Capítulo 11 #3
Una risita escapa de mis labios ante su comentario, recordándome los momentos de complicidad que compartimos en el pasado.
—De acuerdo —anuncio, dejando que la emoción se apodere de mí—. Yo también quiero encontrarme otra vez.
La alegría inunda su voz cuando me escucha aceptar el desafío.
—¡Bien! Pues mañana a primera hora necesito que cojas el primer tren rumbo a la costa. ¿Qué dices? Te estaré esperando con los brazos abiertos. No te vas a arrepentir… ¡Qué emoción! —exclama.
—¡Bien, bien! De acuerdo… —respondo sintiendo cómo la anticipación se apodera de mí, haciéndome morder el labio con ansias por lo que está por venir.
La oscuridad de la noche me envuelve mientras completo el camino hacia mi hogar. La calle se encuentra tan desierta como yo, apenas iluminada por unos destellos de luz. Pese al cansancio acumulado, no puedo evitar que mi corazón se acelere.
Una nueva etapa está por comenzar, una oportunidad de reconstruirme.
—He llegado a casa —anuncio—. Estoy afuera, en la entrada. Te escribiré mañana, ¿de acuerdo?
Juli, con su inconfundible entusiasmo, me lanza una advertencia en tono burlón:
—¡No me mientas! Te estaré esperando… Y si no vienes, te juro que iré hasta la ciudad, te agarraré de los pelos y te traeré a la costa. ¿Escuchaste? Por las buenas o por las malas, tú eliges.
Sonrío con cariño ante su amenaza, sabiendo que cuenta con la determinación necesaria para cumplirla.
—¡Por las buenas, por las buenas! —respondo divertida—. Te quiero mucho, Juli.
—Yo también te quiero, nos vemos pronto —se despide, dejándome con un corazón lleno de gratitud por tener a una amiga tan leal y apasionada a mi lado.
Apenas cuelgo la llamada, mi teléfono comienza a sonar. Es Néstor, y no puedo evitar sentir un cosquilleo de nervios en mi estómago mientras contesto con rapidez, lista para enfrentar lo que el destino me tenga preparado.
—¡Hola, mamá! —exclama emocionada mi pequeña desde el otro lado de la línea.
—¡Qué alegría escucharte! Cuéntame, ¿cómo estás? —respondo con ternura, anhelando escuchar más sobre su día.
Mi hija procede a relatar con entusiasmo todas las aventuras que ha vivido esa tarde, dejándome entrever su sonrisa a través de las palabras.
Mientras la escucho, me acomodo en la escalera de la entrada de mi casa, sintiendo la solidez de los escalones debajo de mí y el frío del metal de la puerta contra mi espalda.
Ella me informa que está a punto de irse a la cama y me pide que le cuente una historia, una de esas reconfortantes que nos envuelven en un mundo de fantasía.
Cierro los ojos por un momento, permitiendo que la inspiración fluya, y comienzo a narrarle la historia de una valiente niña que estuvo atrapada en un castillo de cristal, un lugar oscuro que le impedía ver más allá de sus confines.
Pero un día, decidida a explorar el mundo, la niña se atrevió a romper las barreras y descubrió un universo lleno de posibilidades y maravillas.
Al finalizar mi relato, noto en su voz un tono lleno de dulzura y complicidad cuando dice:
—¡Qué lindo, mamá! Yo sería amiga de esa niña valiente.
—Sé que sí, cariño. Te extraño tanto, mi amor. No hay nada en el universo que ame más que a ti —confieso con un nudo en la garganta, deseando abrazarla en este mismo instante.
—Yo también te amo y te extraño muchísimo.
—Cada segundo que pasa, más y más. ¡No lo olvides, mi pequeña valiente!
Hago un enorme esfuerzo para contener las lágrimas y no dejar que se filtren a través de mi voz.
—Buenas noches —susurro, apenas logrando mantener la calma—. Que tengas sueños maravillosos.
—Gracias, mamá —responde con suavidad.
Sé que se está quedando dormida, escucho su bostezo entremezclado con sus palabras. Estoy a punto de colgar cuando la voz de Néstor me detiene, trayéndome de vuelta al presente.
—Hola.
—¿Sí? —respondo. Mi voz revela cierta fatiga acumulada durante el día.
Me pongo de pie y abro la puerta, escuchando el tintineo de las llaves y sintiendo la brisa fresca de la noche acariciar mi rostro.
—¿Acabas de llegar a casa?
—Sí, así es —confirmo dejando escapar un suspiro de alivio.
—¿Dónde estuviste? —cuestiona.
Aunque su pregunta podría sonar inquisitiva, decido pasar por alto cualquier atisbo de negatividad. Ruedo los ojos, tratando de no permitir que su actitud me afecte. No quiero cargar con tensiones innecesarias.
—Estuve con Miriam, Néstor. Con mi madre, ¿de acuerdo? —respondo con calma, tratando de transmitir que necesito comprensión y apoyo en lugar de interrogatorios.
Un breve silencio se cuela entre nosotros, amenazando con fragmentar la comunicación en cualquier instante.
—¿Hola? —inquiero, preocupada de haber perdido la conexión.
—Sigo aquí, disculpa. Brune ya se durmió —dice Néstor, su tono revela un cansancio similar al mío.
—Mañana llamaré. ¿Necesitas algo en particular?
—Solo quería decirte que nos quedaremos aquí durante una semana, como lo habíamos planeado.
—De acuerdo.
—Así que tienes estos días para organizar tu mudanza —añade.
Noto la gravedad de la situación en sus palabras. Asiento con la cabeza, aunque sé que él no puede verme, y cierro los ojos por un momento, sintiendo el peso de la responsabilidad y el desafío que se avecinan.