Capítulo 11
No hay vuelta atrás.
Esta mañana me levanté antes del amanecer y hablé con Brune, buscando las palabras adecuadas que ella pudiera comprender y asimilar. Le confesé mi malestar y mi niña, con su infinita inocencia, me entendió.
Néstor y yo seguiremos por diferentes caminos.
Las dudas que alguna vez me atormentaron han quedado atrás por completo.
Estoy segura de mi decisión, de esta separación.
Por esa misma razón, he tomado la determinación de regresar al hogar que solíamos compartir.
Después de despedirme de Brune, abordé un autobús y me dirigí de vuelta a la ciudad que alguna vez llamé hogar.
Desde anoche, mi estado anímico va cayendo en picada.
Me encuentro sumida en una profunda decepción, desilusión y tristeza.
Siento como si todos los años que pasé junto a Néstor se desvanecieron en el vacío.
No tuvimos una despedida formal, parece que él no desea volver a verme. Por eso me niego a forzar cualquier tipo de encuentro.
¿Nina es una víctima? ¡Ja!
Aunque mis ojos no han derramado lágrimas, un abrumador peso oprime mi pecho.
En lo más profundo de mi ser, creo que siempre supe la verdad.
No soy ingenua. En ocasiones, llegaba a percibir la energía de Nina, su presencia sutil, entrelazada con la de Néstor.
Es difícil explicarlo con palabras, quizás siempre estuvo presente una intuición latente desde aquel primer momento en que pronunció su nombre.
Pero me he mantenido en un letargo durante estos años, negándome a ver, oír y sentir muchas cosas.
Incluso he silenciado mi propia voz interior.
Cuando llegué a casa, Cleo me recibió plantada frente a la puerta, con su mirada llena de lealtad y comprensión.
Ella se ha vuelto el único vínculo genuino que me queda aquí.
Siento que nada más me pertenece, a pesar de haber trabajado durante años en un empleo que nunca me apasionó, con el único fin de adquirir bienes materiales.
Pero ahora incluso esos objetos carecen de significado para mí.
Ni mi ordenador, ni el enorme televisor, ni siquiera los libros…
Nada de eso me da la sensación de ser realmente mío.
Tampoco los recuerdos se sienten auténticos.
Pareciera que todo fue una representación teatral ensayada con cuidado.
Cada uno de nosotros interpretando un papel ideal.
La familia de mis sueños resultó ser una cruel farsa.
También fue un plan fallido, una estratagema mal concebida que nos llevó por un camino equivocado.
—¡Qué hermoso! —exclama Miriam, sus ojos brillan con entusiasmo.
—¿Te gusta? —pregunto, observando cómo mueve su cabeza en un gesto afirmativo de manera decidida.
De cierta forma siento que intento encontrar refugio con su cercanía.
Una vez más, me invade la sensación de saltar de un lugar a otro, sin descubrir un espacio en donde formar parte.
Me enfrento otra vez a la realidad de que solo me tengo a mí misma, y una de las cosas más frustrantes de ser adulto es confrontar esta verdad.
Incapaz de soportar estar en mi propio hogar, decidí venir a ver a Miriam sin pensarlo demasiado.
—Tu padre nunca me permitía pintarme las uñas —comenta recordando.
—Así es, imposible olvidar ciertas cosas…
—Y mucho menos un rojo intenso como este. ¡Se quedaría calvo si me viera! —exclama riendo, liberando las tensiones acumuladas.
Miriam siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas y absurdas.
Parecía cómoda en ese papel, aunque nunca me detuve a pensar que tal vez, en el fondo, estaba fingiendo, soportando y dejándose llevar.
Supongo que, para algunas personas, es más fácil evitar tomar decisiones propias y aferrarse a lo que se les impone, por miedo a enfrentar el peso de la responsabilidad y la incertidumbre.
—No entiendo cómo nunca pudiste quejarte —suelto en voz alta, dejando escapar un suspiro cargado de frustración.
El aroma suave a café flota en el aire, mientras la luz tenue de la habitación crea sombras danzantes en las paredes. Miriam ladea la cabeza, sus ojos curiosos buscan respuestas.
—¿Quejarme de qué? —pregunta con cautela.
Mi mirada se pierde en el tapizado verde lima del muro, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que siento. Las imágenes del pasado se agolpan en mi mente, como fragmentos de un rompecabezas que aún no logro ensamblar por completo.
—Sobre tu relación con mi padre —respondo con un dejo de amargura en mi tono.
El recuerdo de los desencuentros y las promesas incumplidas se agolpa en mi pecho, pesando como una losa sobre mi corazón.
Miriam se toma un momento antes de responder, fijando sus ojos en los míos. Su voz suena firme, pero puedo percibir un rastro de melancolía.
—Fue un hombre muy importante. Tengo una buena vida gracias a él, Sofía —afirma, buscando justificar lo que fue y lo que aún perdura.
Una mezcla de emociones se entrelaza en mi interior. Reconozco la verdad en sus palabras, el legado tangible que mi padre dejó en nuestras vidas. Pero también hay un anhelo profundo, una necesidad de algo más que lo material. Quiero que Miriam entienda eso, aunque sea difícil de expresar.
Muevo la cabeza, negando y con los labios sellados, dejando que mi gesto hable por sí mismo. Deseo que note mi desacuerdo, mi hambre de afecto y comprensión.
—Nos brindó una buena vida y estabilidad económica —prosigue ella, su voz resuena en la habitación—. No nos faltó nada.
Sus palabras son como un eco vacío, un recordatorio de lo que se obtuvo, pero también de lo que se dejó de lado. La tristeza se entrelaza con el recuerdo de las sonrisas falsas y las palabras vacías. Todo lo que faltó y se disfrazó bajo una apariencia de perfección.
—No tuvimos amor —susurro, sintiendo un nudo en la garganta mientras las palabras escapan de mí. Quiero que ella entienda que se trata de algo más que una mera comodidad material—. Aunque no lo admitamos, todos necesitamos amor, incluso tú.
Un destello de incredulidad cruza por sus ojos, como si la idea de buscar y recibir afecto fuera algo ajeno a su mundo. Pero, por un breve instante, logro vislumbrar una chispa de vulnerabilidad, un indicio de que tal vez, en lo más profundo de su ser, también anhelaba algo más.
—El amor puede ser visto de diferentes formas —responde, su voz suena cargada de matices y sombras que no logro descifrar.
Mi mente se llena de preguntas sin respuesta, pero una en particular se alza por encima de todas las demás.
—¿Tú lo amabas? —inquiero con cautela, buscando una verdad que nos libere de las cadenas del pasado, aunque sea dolorosa.
El silencio se cierne sobre nosotras, como si el peso de esa pregunta fuera demasiado grande para ser sostenido por el aire. Nuestras miradas se encuentran y puedo ver en los ojos de Miriam un destello de tristeza, de añoranza y de una complejidad emocional que va más allá de las palabras.
Quizás, en este momento, ambas comenzamos a comprender que el amor puede ser tan esquivo como necesario, y que la búsqueda de él ha dejado huellas profundas en nuestras almas.
Cuando era niña, en una calurosa noche de Navidad, se grabó en mi memoria una escena que me persigue hasta el día de hoy.
Miriam se acercó a mi padre con ilusión en los ojos, buscando abrazarlo en un gesto cargado de afecto.
Sin embargo, lo que esperaba como un cálido encuentro amoroso se convirtió en un rechazo helado.
Aquella escena dolorosa tuvo lugar en nuestra casa, frente a un grupo de amigos y colegas de mi padre, quienes presenciaron el desencuentro con una mezcla de incomodidad y sorpresa.
Abi, al igual que yo, observó la situación con profunda tristeza, consciente del vacío que había en aquel gesto.
Mi padre era un hombre distante y reservado.
Su frialdad se manifestaba tanto en público como en privado, y nuestras vidas carecían de las demostraciones de cariño que otras familias disfrutaban con naturalidad.
Durante aquellos años, jamás fui testigo de un abrazo, un beso o una muestra de ternura entre ellos.
El amor se había vuelto una presencia ausente en nuestro hogar, y la distancia emocional se convertía en una barrera infranqueable.
Pocos minutos después del incidente, me adentré en el cuarto de baño y me encontré con un conmovedor espectáculo: Miriam, abrumada por la tristeza y las lágrimas, intentaba recomponerse en soledad.
En ese instante, supe que aquel rechazo había dejado una marca profunda en su corazón.
El deseo de recibir cariño por parte del hombre que decía amarla terminó aplastado bajo los escombros, y ya no volvería a verla intentando llenar ese vacío afectivo.
El baño, con esa luz suave, parecía abrazarla en su tristeza.
El sonido del agua corriendo hacía que todo se sintiera íntimo y melancólico.
Me alejé de Miriam despacio, cargando con la distancia emocional que nos separaba.
Me di cuenta de que, aunque el amor se exprese de mil maneras distintas, todos necesitamos sentirlo cerca.
La frialdad de mi padre dejó una huella enorme en nuestra familia, y me pregunto cuánto se nos fue perdiendo en el trayecto.
—¿Por qué quieres saber eso? ¿Acaso no tienes idea de lo mucho que respetaba a tu padre? —dice Miriam con un tono defensivo y una mirada intensa que deja claro lo que significa para ella.
Una idea me ronda la cabeza y decido soltarla, dejando que las palabras fluyan sin esfuerzo:
—Son dos cosas distintas. A veces van de la mano, sí, pero el respeto puede existir sin amor. No hace falta querer a alguien para tratarlo con respeto.
Mis palabras parecen impactarla, generando una chispa de sorpresa en sus ojos. Decido profundizar en mi razonamiento:
—Y, por otro lado, no creo que tu respeto hacia él fuera tan genuino. En realidad, creo que había un temor…
—¿Miedo? Tu padre nunca fue aterrador —responde de inmediato, con un toque de incredulidad.