Volver a mí Capítulo 8
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Capítulo 8

—¡Hola, mi Sofi! ¿Cómo estás? Feliz, ¿verdad? —Theo tiene las manos apoyadas sobre mis hombros, transmitiendo una energía efervescente.

Ax me observa con disimulo, con la intención de intervenir si es necesario. Niego con la cabeza para demostrar que puedo manejar la situación y me vuelvo hacia nuestro compañero.

—Todo en orden, ¿y tú?

—¿Ya tienes las maletas listas para largarte?

—Todavía no.

Maldigo haberme adelantado a los hechos y lamento que se me ocurriera exponer mis planes antes.

Debería aprender a cerrar la boca y no comentar nada sobre mis ilusiones.

Estaba tan segura de mí misma que nunca imaginé encontrarme en estas circunstancias.

Ahora que todo el castillo de naipes se ha derrumbado, no sé cómo enfrentarme al mundo y contar que no me iré de viaje en mis vacaciones.

Theo parece percibir algo en mi voz, tal vez las dudas y la inquietud, y arremete:

—¿Cómo van las cosas con Néstor?

No tengo ganas de decirle la verdad, ni en sueños…

—Excelente…

—¡Qué bueno! Si cuentas con horas libres, escríbeme. Me gustaría juntarme contigo en un bar. Para ti, tendré todo el tiempo del mundo.

No puedo evitar sentir un ligero atisbo de paranoia, dejando escapar entre líneas mi mala situación con Néstor o como si Theo se hubiera dado cuenta por sí mismo.

—¡Te voy a extrañar, mi Sofi! —dice, dirigiéndose a su puesto cerca de Marina.

—¿Podemos tomar nuestro descanso juntos? —me pregunta Ax en voz baja.

—Teresa se va a molestar mucho.

—¡Qué va! La bruja tiene una reunión importante, así que estará ausente y no se dará cuenta. Además, es tu último día de trabajo.

Tiene razón, necesito relajarme y permitirme disfrutar un momento de desconexión. Acepto. Al fin y al cabo, no hay nada de malo ni ilegal en lo que vamos a hacer.

Nos encontramos en la sala de descanso al aire libre, rodeados de la brisa suave que acaricia nuestras mejillas. Ax no puede contener la curiosidad en su mirada.

—¿Me dirás qué sucedió?

Frunzo el ceño mientras él enciende un cigarro. El humo se eleva en el aire.

—Nada en concreto.

Me observa sin perder detalle.

—Oh, vamos… ¡No me mientas!

—Ax, yo… ¡Sabes cuánto me cuesta hablar!

—Has pasado preocupada toda la mañana. Te vas a lastimar el labio de tanto morderlo, y mira tus uñas… ¡Eres un completo desastre, Sofía!

Respiro profundo, desviando mis ojos hacia el cielo en un intento de evitar su mirada. Me rindo, tengo que desahogarme.

—Se canceló el viaje.

—¿Qué?

—Néstor tomó la decisión.

Me pregunto cómo estará Brune. ¿Él le habrá contado? Espero no tener esa tarea, ella estaba más ilusionada que yo, aunque no le agradara la idea del vuelo.

Ax sacude la cabeza, desconcertado.

—Pero ¿por qué? ¿Qué sucedió?

Encojo los hombros en señal de incertidumbre.

—Ojalá lo supiera.

—¿Es por dinero?

—No. Supongo que Néstor consideró que no era una idea racional.

—Lo razonable sería que viajaran.

—No entiendo qué pasó, Ax. Estoy confundida. Por eso discutí con Néstor.

No tengo ganas de pronunciar las palabras «nos separamos», ni siquiera quiero imaginar las consecuencias de decirlo en voz alta.

—¡Habla con él! Tiene que haber una explicación lógica. Podrían llegar a un acuerdo.

—Lo intentaré.

—A estas alturas, a solo horas de empezar tus vacaciones, no te he visto ni un segundo feliz ni relajada. ¡No sabes cuánto lamento eso! No te lo mereces.

Anoche, mientras luchaba contra el insomnio en el sofá, los recuerdos de cuando me mudé sola a los diecinueve años invadieron mi mente. Me sentí igual de desprotegida y vulnerable que en aquel entonces.

Cuando por fin logré quedarme dormida, mis sueños fueron puras pesadillas.

Me vi persiguiendo a alguien con todas mis fuerzas, con la esperanza de alcanzarlo, de estar a su lado y caminar juntos, pero mis esfuerzos fueron en vano.

Siempre me dejaba atrás. Y esa sensación es desgarradora. Siento que nunca seré suficiente.

Me encuentro atrapada en esta oficina, como si el aire se agotara a mi alrededor.

Es igual a estar en una cárcel. No puedo dejar de pensar en lo que vendrá después.

Me aterra el caos que he traído a mi vida y desearía poder deshacerlo todo.

Quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. No era perfecta, pero…

No me encuentro lista para enfrentar el desastre, maldita sea.

Ayer estaba segura. De hecho, todavía creo que estoy tomando la decisión correcta.

Pero también me asusta, no tengo a dónde ir.

Uno de los dos tendrá que abandonar la casa, porque será imposible vivir juntos; eso no funciona en las separaciones.

Sé que él no se marchará, se negará. ¿Podré plantarme frente a él y pedirle que se vaya?

No querrá hacerlo, y no quiero pasar por ese tormento…

Tampoco me gustaría tocarle la puerta a Miriam y pedirle que me acoja.

Y Brune… Me aterra pensar en el dolor que experimentará mi pequeña.

Quizás, en medio de toda esta confusión, la mejor opción sea intentar una reconciliación.

Juli, 5:21 pm

Mañana voy a regresar a la costa. ¿Podemos vernos? Iré a tu casa si te encuentras libre.

Sofía, 5:23 pm

¡Estaré encantada! Pero necesito salir de aquí, prefiero ir a buscarte.

No soporto mantenerme ni un segundo más en esta casa. La opresión me agobia y necesito con desesperación una descarga emocional. Me apresuro a recoger a Brune en la escuela, llevando una muda de ropa, y nos dirigimos hacia el hotel donde mi amiga nos espera con los brazos abiertos.

Juli nos recibe con un amor profundo, como solo ella sabe hacerlo, y nos anuncia emocionada que el hotel cuenta con un pequeño parque interno.

Brune, ansiosa por liberarse de su uniforme escolar, se apresura a ponerse la ropa que le he traído y juntas nos dirigimos al exterior para disfrutar del aire fresco y la libertad.

Perseguimos a Brune entre arbustos y árboles que parecen tener más años que nosotras juntas. Al final, muertas de cansancio, nos desplomamos en el pasto. Juli me alcanza un refresco con esa mirada de «sé que lo necesitas más que yo», como si la botella fuera un trofeo.

—Oye, te has agotado muy rápido —comenta, notando mi estado de ánimo.

—Lo hago todo el tiempo. Además, he tenido un día muy largo.

—Sé que hoy empiezan tus vacaciones, estuve pendiente. No sé qué pasa por tu cabecita, pero te ves tan apagada… ¿Qué está quitando tu brillo? —pregunta con preocupación, buscando comprenderme.

—Intento estar bien, lo juro —susurro, sintiendo cómo la máscara de fortaleza comienza a resquebrajarse.

Mi mirada se dirige hacia Brune, que juega en la distancia.

Observo la emoción y la inocencia en su rostro, y un nudo se forma en mi garganta.

Solo espero que no me odie cuando le anuncie que su padre y yo nos hemos separado.

No quiero que vea la oscuridad que amenaza con consumirme.

Desearía desvanecerme y evitar el dolor que vendrá.

—Pocas veces te he visto así —dice Juli, captando mi angustia.

—No habrá viaje. Estaré encerrada en casa durante mis vacaciones —confieso, sintiendo cómo la opresión se intensifica.

La maldita soga que siempre he sentido alrededor de mi cuello parece apretar con más fuerza que nunca, amenazando con asfixiarme.

—Oh, no sé qué habrá sucedido, pero lo bueno es que tu familia seguirá unida.

¡Hay cosas más importantes, So! Para mucha gente, las vacaciones son un lujo y un privilegio.

No te sientas mal por no tomar un vuelo.

No debe haber una sensación mejor que improvisar con tu hija y tu pareja nuevos planes que estén al alcance —dice, buscando infundir ánimo y perspectiva.

—No, Juli. Para ser clara, eso de familia ya no existe —digo con pesar, sintiendo cómo las palabras salen con dificultad de mis labios.

—No te sigo…

—Me separé.

Es así la manera en la que dejo escapar la verdad que he guardado en lo más profundo de mi ser.

El rostro de Juli refleja la sorpresa, una expresión única que revela su asombro.

Sin más preámbulos, procedo a contarle todos los detalles de los últimos años, cada fragmento de mi relación con Néstor, para que comprenda mi situación.

Le cuento sobre la sensación de distancia y angustia que me invaden, y también del terrible temor de sentirme atrapada en un lugar donde no pertenezco.

Por fin, admito en voz alta que Néstor es más un amigo que una pareja, y también expreso el miedo abrumador que siento al imaginar una vida diferente.

Me confieso sin fuerzas, sin la capacidad de enfrentar lo que está por venir.

A intervalos, me detengo para llorar, liberando el peso que he cargado en silencio durante tanto tiempo.

Brune interrumpe nuestra charla con su inocencia y energía desbordante. Nos pide que la miremos mientras realiza acrobacias y luego nos lanza una pelota.

—Gracias, Juli, por escucharme y estar.

—Lamento no haberme dado cuenta antes. Fui tan ciega al no ver las señales. No tendrías que llegar a este punto para ayudarme a abrir los ojos. ¡Lo siento! Te he fallado.

—No fue tu culpa. Di lo mejor de mí, actué como pude. Me engañé a mí misma y a todos en el camino.

—No tengas miedo. Las cosas suceden por alguna razón. Seguro hay una lección que debes aprender. No estarás sola —afirma, tratando de infundir esperanza y consuelo.

Aunque Juli es una de las mejores personas en mi vida, en lo más profundo de mi ser, sé que estaré sola. No importa cuánto me acompañe y apoye, esta es una batalla que debo enfrentar por mí misma.

Toma mi mano y nos quedamos en silencio durante unos minutos, compartiendo un momento de conexión.

—¿Qué sucede? —le pregunto cuando suelta un gruñido, notando su frustración acumulada.

—¡Me enfurece que Néstor haya cancelado las vacaciones! Yo no lo habría permitido, ni siquiera si se tratara de mi exesposo. ¡Qué coraje! —exclama, dejando escapar su indignación.

Una oleada de risa surge dentro de mí ante la forma en que Juli suelta su veneno sin reservas.

—¿Y si hacemos las valijas y nos vamos juntas? —dice, soltando la idea fuera tan fácil como salir a comprar ropa.

—¿A dónde?

—Ven conmigo a la costa. ¡Lejos de aquí! Recordemos nuestras aventuras de adolescencia. Brune nunca ha visitado el lugar donde naciste y creciste. ¿Qué mejor oportunidad para redescubrir nuestras raíces?

—No lo sé…

—Piénsalo. Te prometo que no te vas a arrepentir. Tienes dos semanas de vacaciones, ¿verdad? Ven conmigo, aunque sea solo por dos o tres días. Permítele al mar llevarse tus pesadillas para que puedas notar las nuevas oportunidades que te esperan en la vida —insiste.

—Lo voy a pensar… —murmuro, dejando la puerta abierta a la posibilidad.

No puedo evitar imaginar cómo sería volver a la costa después de tantos años. Dejé demasiadas cosas atrás.

Juli, fiel a su estilo, siempre con planes descabellados y con esa habilidad de venderlos como si fueran geniales. Nos despedimos con la promesa de vernos pronto, convencidas de que nuestra amistad aguanta cualquier distancia… y hasta sus disparates.

Compramos una pizza y cenamos en casa antes de que llegue Néstor.

Justo cuando Brune se dispone a ir a la cama, él aparece.

Me parece extraño que nos acompañe mientras invento un cuento para nuestra hija antes de dormir.

Es raro verlo presente, y me gusta que Brune se sienta fascinada por su compañía.

Después de darle el beso de las buenas noches a mi pequeña, me dirijo hacia nuestro cuarto y Néstor me sigue de cerca, sus pasos resuenan en el silencio de la habitación. Lo enfrento con determinación cuando veo que cierra la puerta tras de sí, encerrándonos en un espacio de confesiones pendientes.

—¿Por qué, Néstor? Necesito una explicación. —Mi voz se quiebra, una mezcla de frustración y anhelo.

Sus ojos evitan los míos por un instante antes de que encuentre el valor para responder.

—Por un ascenso. —Su tono cargado, como si el peso de su elección fuera más grande de lo que imaginaba.

La decepción se instala en mí, ahogando cualquier atisbo de enojo anterior.

—No entiendo por qué lo ocultaste. Podríamos haber encontrado una solución juntos, un punto intermedio. Parece que solo pensaste en ti.

Néstor busca mi mirada con desesperación, tratando de transmitir el remordimiento que lo embarga.

—Me di cuenta demasiado tarde de cuánto aportas tú también a esta familia. Ahora veo lo importante que es pasar tiempo juntos. Te pido disculpas. Por eso me he tomado las vacaciones para estar con ustedes, mis princesas.

Sus palabras, aunque tardías, buscan sanar las heridas que se han abierto entre nosotros.

Una mezcla de emociones se agolpa dentro de mí.

La idea de estar juntos en unas vacaciones anheladas despierta una pequeña llama de esperanza en mi corazón.

Pero la realidad de nuestra separación se interpone en mi alegría, recordando los obstáculos que enfrentamos.

¿Qué me emociona más? ¿Será la posibilidad de una reconciliación o la incertidumbre que la acompaña?

—Mañana nos vamos de aquí. ¡Hagamos las maletas! —exclama.

Su entusiasmo es contagioso, encendiendo un destello de optimismo en mi interior. Asiento con la cabeza, las lágrimas amenazando con escaparse, una mezcla de felicidad y temor.

—¡La familia nos espera!

—¿Qué? —Mi incredulidad se refleja en mi voz, una sombra de duda se dibuja en mi rostro.

—¡Sí, así es! Pasaremos las vacaciones en la casa de mis padres. —Su tono se mantiene optimista, pero mi corazón se llena de aprehensión.

¿Es que el mundo está en mi contra?

La idea de pasar las vacaciones en la casa de los padres de Néstor no me entusiasma en absoluto.

A medida que sus palabras se asientan en mi mente, mis esperanzas iniciales se desvanecen.

Sé que no me sentiré bienvenida en ese lugar, que seré una invitada incómoda, una intrusa en medio de recuerdos y tradiciones familiares arraigadas.

Intento ocultar mi desilusión y hacer frente a la situación con dignidad.

Pero una voz susurra con amargura en mi interior, recordándome todas las veces en las que me he sentido excluida, como si no perteneciera.

Es una herida que se reabre una y otra vez, alimentando mis inseguridades y desvaneciendo cualquier atisbo de alegría que haya surgido.

El mundo parece haber conspirado en mi contra, presentándome una realidad que no puedo aceptar bajo ningún punto de vista.

Me enfrento a una encrucijada emocional, dividida entre el deseo de mantener la armonía por el bien de mi hija y el dolor de saber que me enfrento a la realidad de que nuestras expectativas y aspiraciones están en desacuerdo.

Noto cómo una amarga sensación de resignación se instala en lo profundo de mi pecho, igual que un huésped indeseado que amenaza con quedarse para siempre si la realidad no cambia.