Volver a mí Capítulo 7
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Capítulo 7

Justo que es un día perfecto para que Teresa asista a sus importantes reuniones, ocurre todo lo contrario.

Durante la mañana, me ha dirigido miradas cargadas de desprecio y repugnancia.

Si esto continúa, solo conseguiré ser despedida por mandarla al diablo.

Todo porque no acepté su propuesta de ascenso.

Me siento terrible. Estoy impregnada de mal humor y resentimiento.

Después de decirle a Néstor que quería separarme de él, se rio de mí.

Al principio su rostro palideció, pero luego, en cuestión de segundos, no sé qué pensamiento cruzó por su mente que soltó una risa burlona que me llenó de indignación.

Casi catorce años juntos… Era la primera vez que iba a tomarme un verdadero descanso y que me daba un pequeño lujo. Pero ahora Néstor me quita esa posibilidad. Me ha tratado de «lunática». ¿Tan descabellado suena querer disfrutar de mis vacaciones?

He ahorrado durante todo el maldito año, ¡maldición!

Hemos planeado este viaje por meses, Néstor parecía estar convencido.

No entiendo qué le ha sucedido ni por qué ha cambiado de opinión.

Me siento estafada y traicionada. No puede ser tan buen actor, me niego a creer que todo era una actuación, pero…

—¿Necesitas ayuda con algo? —interrumpe la jefa.

Me obligo a apartar la mirada de la pantalla del ordenador y la enfoco en Teresa.

—No, gracias.

—Llevas tres minutos sin responder correos, ¿hay algún problema?

—¿Qué?

—Sí, estás muy retrasada.

—Oh, perdón. Me daré prisa.

Envío la maldita respuesta presionando la tecla enter. Mi cabeza hace una breve pausa. No estoy perdiendo quince o treinta minutos. Desearía gritarle al mundo que me deje en paz.

—Avísame si necesitas ayuda. No podemos permitirnos demoras de esta forma. ¡Hay trabajo pendiente, por favor!

Me trago mi propio veneno. Una vez alguien me dijo que es preferible hacerse pasar por tonto para demostrar que es al revés durante un desencuentro.

—Disculpa, Teresa. Mira mi ordenador, por favor —le pido mientras me pongo de pie—. ¿Será que tengo problemas? No hay más correos por responder.

Mi jefa realiza una inspección absurda en mi bandeja de entrada.

—¿Te ocurre lo mismo, Axel?

—No hay casos pendientes. Hemos respondido todo.

—Lo informaré —anuncia ella, regresando a su puesto—. Mientras tanto, necesito que revisen las nuevas actualizaciones de los procedimientos.

Me dejo caer en la silla, mordiendo con fuerza mi labio.

—No hay nada que informar, ¿qué le pasa? Hemos trabajado sin parar toda la mañana y ahora estamos sin pendientes.

—Lo sé, Ax. Parece que no puede aceptar que se equivocó.

—¿Lo hiciste a propósito?

—Sí, porque sé que hacemos un buen trabajo. Detrás de su supuesta amabilidad, en realidad solo quiere insinuar que no estamos gestionando. Por eso le pedí que comprobara mi ordenador. Hay un problema o ella se equivoca, y sé que es lo segundo.

—Suena como si estuvieras molesta.

—Porque lo estoy. Entendería si hubiera una razón justificada detrás de su actitud.

He vivido en un hogar hostil, lo cual me ha dotado de la habilidad de descifrar las intenciones de las personas con facilidad.

Gracias a mi infancia, puedo detectar situaciones peligrosas o percibir señales de alerta que otros pasan por alto, y así determinar qué posición debo adoptar.

Sin embargo, creo que he dejado atrás ese patrón, ya que si esto hubiera ocurrido hace un año, un mes, una semana o incluso ayer, me habría quedado en silencio, dándole la razón a Teresa.

Pero ahora estoy en un estado mental diferente, donde me planto y exijo respeto.

Puede que para algunos sea un capricho o un berrinche, incluso algo insignificante… ¿Cómo es posible que, después de tantos años, haya tomado la decisión de separarme de mi pareja por una tontería?

No tengo apetito desde anoche, tampoco tengo ganas de escribir. La falta de concentración me está torturando. No puedo hacer nada de lo que me gusta. Mi cabeza no para de dar vueltas. Gira y gira.

Llegué a casa con la idea de avanzar en mi novela, pero me quedé en blanco.

Mi propia historia me consume y me deja sin energía.

Cuando intento leer, permanezco clavada en la misma página y al final me doy cuenta de que no leí ni una oración.

Mi cabeza está ocupada en mis propios líos, tratando de desenredar nudos y ordenar ideas… y no es nada fácil.

Durante mucho tiempo he soportado el deseo de poner fin a esta relación.

Por diversas razones, no lo hice antes. Cada vez que surgía una complicación o malentendido entre Néstor y yo, sentía el impulso de poner punto final.

Pero cuando me enfrentaba a la realidad, me arrepentía de haberlo considerado.

Sin embargo, ahora estoy segura de mi decisión porque lo he estado procesando a lo largo de los años y ya no me veo capaz de seguir aguantando.

En el pasado, esos pensamientos invadían mi mente porque estaba convencida de que las cosas buenas que me sucedían tenían una corta duración, por lo que me adelantaba a los hechos y elegía terminarlo por mi cuenta.

Pero esta vez es diferente, no lo siento de la misma manera…

Ha llegado el momento, ya no puedo seguir soportando la carga que llevo sobre mis hombros.

No quiero odiarte, Néstor. Eso es lo único que tengo en mente. No voy a mantenerme en nuestra relación solo para evitar lastimarte. Esta vez, soy yo quien no quiere salir lastimada.

Otros motivos por los que pensé que debía terminar la relación tenían que ver con cosas más serias y concretas que pasaron al inicio de nuestra historia, razones que justificaban una separación. No eran esas pequeñas nimiedades que me hacían explotar de rabia.

Uno de esos días que jamás podré olvidar fue durante una cena en un restaurante italiano con Samuel, Silvia y Uriel. Fue el momento más vergonzoso e incómodo que me tocó vivir junto a esta familia.

—¿Eres celosa, niña? —me preguntó Samuel con una mirada curiosa.

Por aquel entonces, llevaba poco tiempo con Néstor y todo en nuestra relación era pura felicidad. Estábamos en la etapa de conocernos y cada experiencia era hermosa. Siendo mi primer novio formal, no tenía referencias anteriores y todo parecía perfecto.

—Somos padres modernos —añadió él—. En esta familia, valoramos mucho la libertad. Los celos y la desconfianza son emociones dañinas. Los ojos están para ver.

Silvia asintió, como si quisiera mostrar que coincidía con él.

Aunque no comprendía cuál era el límite que consideraban apropiado, decidí asentir para mantener una buena impresión. Apenas los conocía, habíamos coincidido en contadas ocasiones, y esperaba poder entenderlos mejor con el tiempo.

—Pensé que mi hijo tendría dificultades para elegir entre ustedes dos.

Fruncí el ceño y miré a Silvia, instándola a que continuara explicando.

—Incluso pensé que podrían terminar en una pelea por Néstor.

Dejé escapar una risa nerviosa y le pregunté a qué se refería.

—Lucía y tú.

—Pero ella es mi amiga. —Me dirigí a Néstor confundida—: No sabía que tenía algún interés en ti.

—No es así —respondió Nes—. No soy el tipo de hombre que le atrae a Luci, la conoces mejor que yo… Además, tampoco la veo de esa forma.

—Entonces no entiendo por qué la involucran en este tema…

—Bueno, en el caso de que Lucía estuviera interesada en Néstor…

—¡No! Jamás me pelearía con una amiga por un chico. La conozco desde hace años. Nunca me habría fijado en Néstor si ella hubiera mostrado algún tipo de interés en él.

Samuel se involucró en la conversación y preguntó:

—¿Y Uriel? ¿Qué harías si te encontraras atraída por el hermano de tu pareja? Me da curiosidad saber cómo reaccionarías si sintieras una conexión con Uriel. Míralo, es guapo… Es imposible que no sientas cierta tentación.

Sentí asco ante la insinuación. Ni siquiera había prestado atención al hermano de Néstor.

No sé cómo explicarlo, pero a mí me atrae la energía de las personas.

No me considero alguien que se enamora con facilidad.

El atractivo físico me resulta irrelevante si no siento una conexión inicial.

Además, el término «interés» no me parece adecuado.

Todas las personas son increíbles a su manera.

Soy amante de las palabras y las historias, por lo que cualquier cosa que alguien me cuente me resulta interesante.

Ante la incomodidad de la situación, consideré que Samuel me estaba haciendo una broma. Sin embargo, las cuatro personas frente a mí esperaban una respuesta, y supe en ese instante que la pregunta era seria.

—Solo te veo a ti —dije, mirando a Nes a los ojos.

Estoy segura de que fue una especie de prueba de amor.

Me encantaría meterme en la cabeza de los demás para entenderlos mejor. Aunque, siendo sincera, me da miedo lo que podría encontrar ahí dentro.

—¿Qué buscas? —me preguntó Uriel, dirigiéndome la palabra por primera vez—. ¿Qué quieres de mi hermano?

—Tuve una buena impresión de Néstor, me agrada y nos estamos conociendo. Solo soy una chica normal a la que le gusta un chico normal. Eso es todo.

Quería largarme, mi cuerpo se estaba preparando. No había recibido ni una pizca de simpatía por parte de ellos.

La siguiente pregunta fue aún más ofensiva:

—¿Estás interesada en el dinero de Néstor?

Empezaron a indagar sobre mi familia y mis posesiones. Dado que había cortado por completo los lazos con mi pasado, no tenía ganas de tocar ese tema.

—Renuncié a mi herencia.

—¡Eso es imposible! ¿Lo escuchaste, papá? —soltó Uriel con una sonrisa torcida—. No te creo… Todas están detrás del dinero. Y cuando encuentres a alguien más frágil, vas a cambiar a Néstor como si fuera un electrodoméstico viejo.

Yo me sentía en un juicio por crímenes contra la humanidad, con el estómago tan cerrado que no podía tocar la comida.

Pero Uriel no se detuvo ahí, siguió echando leña al fuego con tono burlón:

—Si estuvieras con Nina, nada de esto estaría pasando —añadió, escupiendo las palabras como si disfrutara la provocación.