Volver a mí Capítulo 6
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Capítulo 6

Este es otro día en el que Teresa está ausente en la oficina.

Al parecer los jefes continúan en sus interminables reuniones laborales.

Agradezco poder respirar en paz y que nadie altere la jornada.

Me tomo las cosas con calma, ya que no hay urgencias ni contingencias que atender.

Es una mañana tranquila y agradable. Aunque estoy de buen humor porque no pisaré esta oficina en unas semanas, aún me siento molesta por lo que sucedió hace horas con Uriel.

—Entonces, ¿ayer recibiste visitas en casa? —dice Axel, que acaba de regresar de su descanso de quince minutos.

Su pregunta me descoloca, ya que no le mencioné nada durante toda la mañana.

—¿Eres adivino? —bromeo.

—¡Me encantaría serlo!

—¿Tienes cámaras escondidas en mi casa?

—¡Eso no me gustaría!

Nos reímos juntos por el comentario absurdo. A veces el humor es una válvula de escape necesaria en medio de las tensiones cotidianas.

—Lucía y Emma vinieron a visitarnos. Pasamos la tarde juntas. No te lo conté porque no era nada relevante —explico.

—Yo te cuento cada detalle, incluso si voy al baño y te doy la hora y los minutos.

—¿No consideras que hoy es un bonito día? —Le señalo la ventana—. Mira afuera…

—¡Ah, entiendo! No quieres recordarlo, ¿verdad? —comenta, captando mi indirecta.

Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque recién, en el descanso, vi las fotos que tu amiga compartió.

Me tenso al darme cuenta de que Lucía tomó fotografías sin mi conocimiento. Pero lo que me deja revuelto el estómago es descubrir que ha compartido esas imágenes en las redes sociales sin mi permiso. La sensación de vulnerabilidad me abruma.

—¡Cómo la odio! —gruño, tapando mi cara con las manos.

—No es grave, Sofi… —dice Ax con un tono suave.

Maldigo no haber configurado filtros para evitar que se compartieran. Mis perfiles se mantienen privados y detesto que mi vida gire en torno a las redes sociales. Suspiro y decido revisar qué fotos ha publicado Lucía en Facebook.

Tengo varias notificaciones que no había visto antes porque las tenía silenciadas.

Al abrir el álbum, me encuentro con una serie de imágenes que me dejan horrorizada.

Ahí están mis fotos más desfavorables, capturadas con mi abdomen al descubierto y mi piel marcada por estrías, debido a que llevaba puesto un top tejido.

También hay otras fotos del interior de mi casa, mi refugio sagrado.

La vergüenza se apodera de mí al verme en imágenes en el supermercado, encorvada y con un aspecto enfermizo.

¡Maldita seas, Lucía! Has elegido publicar mis peores fotos para burlarte de mí. Sabes cuánto me avergüenza.

—¿Qué sucede, Sofi? Te ves pálida… —Ax nota mi cambio de expresión y se preocupa.

—¿Siempre me veo tan mal? —Mi voz falla y no estoy segura de poder sostener su mirada.

—¡No, no! ¿Qué dices? —Borra su sonrisa—. ¡Eres guapísima!

Quiero llorar de rabia, no de tristeza. Me gustaría estrellar el teléfono contra la pared.

No me siento cómoda con la exposición, detesto ser el centro de atención.

¡Dios sabe cuántas personas están viendo esto!

Al pensar en la gente burlándose de mi apariencia, deseo desaparecer o hacerme pequeña hasta que no quede rastro de mí.

Como puedo, termino de ver las últimas fotos.

—¡También hay de Brune! —exclamo con frustración.

Ax asiente, sabiendo cuánto detesto exponer a los niños en las redes sociales por algunos likes y considerando todos los peligros que pueden acechar en línea.

Me muerdo el labio con rabia mientras intento escribirle un mensaje a Lucía para pedirle que borre todas esas imágenes de Internet. Mis dedos no cooperan.

—¿Sofi, estás bien? —Axel se acerca preocupado.

—¡No! Mejor voy a llamarla. Regreso en cinco.

Salgo al pasillo y marco su número. Por suerte, responde de inmediato.

—¡Te voy a matar! ¡Borra esas fotos de mierda ahora!

—Eh, Sofi… ¡Hola! Pero ¿qué sucede? Aún es muy temprano. Acabo de despertar…

No logro calmarme. Mi voz denota la desesperación y la ira que siento:

—¿Qué «hola»? ¿Me escuchaste? ¡Borra todo!

—¿Por qué? —Se ríe.

—¡Ahora!

—¡Cálmate! No me tires mierda solo porque tienes un mal día, ¿eh…?

—¡Es tu culpa! Subes imágenes mías sin mi consentimiento y ahora, según tú, tengo un mal día, ¿en serio?

—¡Estás bella en las fotos, Sofi! Tienes un cuerpo hermoso y solo quería que la gente te dijera cosas lindas. ¿No has visto los comentarios?

—Tus supuestas explicaciones no me sirven de nada.

—Uf, ¿por qué te pones así? Te ofendes y no es para tanto…

—¡Bórralas! —grito, luchando contra la impotencia.

—Eres una desquiciada, Sofía. Esto no es normal, deberías ir al psicólogo. ¡Tienes problemas graves!

—Piensa lo que quieras, pero elimina ese álbum ahora.

—¡Bueno, de acuerdo! Uf, qué pesada eres.

Cuelgo la llamada. Tal vez me pasé en la forma en que se lo pedí, pero… ¡No puedo pensar con claridad, sintiéndome tan avergonzada! No es lo mío ser el centro de atención, a pesar de que en el pasado fui alguien popular. Ahora no quiero destacar, quiero mantener un perfil bajo…

Me aseguro de que Lucía cumpla su palabra y borre las fotos.

Me alivia ver que lo hace como prometió.

Antes de cerrar la aplicación, veo una actualización de Marcos…

¡Maldición! ¿Habrá visto mis imágenes? Guardaba una pequeña esperanza de retomar nuestra amistad, de volver a hablar con él e incluso fantaseaba con la posibilidad de reavivar nuestro vínculo…

Pero ahora, viendo cómo luzco… ¡Ay, basta! No sé por qué pienso en estas cosas.

No me enorgullece admitir que mi imaginación no tiene límites.

Además, no estoy segura de hasta qué punto podría considerarse traición lo mío, pero me he quedado mirando la foto de perfil de Marcos más de lo debido; la misma que suelo admirar en otras ocasiones, sobre todo cuando recuerdo que nuestra historia quedó pendiente. Si Nes lo supiera, no me lo perdonaría.

Ruego al cielo que Marcos no haya visto el álbum de Lucía. Regreso a mi puesto con el corazón en un puño.

Juli, 10:47 am

¿Cómo estás?

Sofía, 10:48 am

Trabajando, todo en orden. ¿Tú?

Juli, 10:48 am

¿Seguro estás bien? Dime la verdad…

Sofía, 10:49 am

¿A qué te refieres?

Juli, 10:49 am

¡Soy chismosa! Mmm… Digamos que tuve una mala sensación recién al ver cómo desaparecen fotos tuyas.

Sofi, 10:50 am

Me veo horrible, ¿verdad?

Juli, 10:51 am

¡Sabía que esto pasaría, vaya locura! Ahora eres mucho más hermosa que antes. Es una lástima que no puedas verlo. Podrías vestirte con papel higiénico y lucirás igual de guapa porque tu sonrisa es un brillo puro, ¿sabes? Te escribí para recordarte que eres una luz. Cálmate.

Al llegar a casa, me encontré con un desastre desalentador. El lugar se hallaba sumido en el caos, con cada rincón lleno de suciedad y desorden. Si ya estaba molesta con anterioridad, en ese momento el sentimiento se intensificó, multiplicado por dos razones.

El ambiente en mi hogar reflejó el estado de ánimo agitado que me embargaba. Cada objeto fuera de su lugar parecía burlarse de mí, recordando mi frustración creciente.

Néstor, 15:35

Estoy decepcionado por tu forma de tratar a Luci. Ella no merecía ser despreciada así…

Por cierto, aprovecho para decirte que no te preocupes por Uriel, ya se marchó.

Estaba ordenando el cuarto de Brune, pero tuve que parar para ahogar un grito de frustración en el suave abrazo de un almohadón.

¿Por qué Nes no me entiende? ¿Por qué no intenta entenderme?

Lo único que obtengo son más aguijones en mi corazón.

Por suerte, encontré un inesperado consuelo lavando y organizando, como si la limpieza pudiera purificar también mi alma tumultuosa.

Después de un rato decidí ponerme a escribir, aunque no en mi novela.

Esta vez me dio por soltar palabras sobre mí misma, como si necesitara vaciar todo ese torbellino de emociones.

Tuve que hacer una pausa para ir a buscar a Brune a la salida de la escuela, pero aun así seguía con esa urgencia de dejar mi furia en el papel…

porque, seamos sinceros, a veces las letras son más pacientes que las personas.

—No quiero seguir así… —susurré, con más drama que en una telenovela.

De pronto me cayó la ficha: todavía podía salvar el día. Cerré la computadora como quien apaga un incendio y me fui directo al cuarto de Brune con una idea que, al menos en mi cabeza, prometía revolucionar nuestra rutina.

—¿Terminaste la tarea? —pregunté, tratando de enmascarar mi agitación bajo una apariencia de calma.

—Sí, ¿puedo jugar videojuegos?

Respiré hondo, juntando coraje y fuerzas para no dejar que mi hija notara el torbellino que tenía dentro.

—¿Quieres ir al centro comercial? Podríamos comer algo rico…

—¡Sí! —respondió con entusiasmo, como si mi propuesta fuera la mejor idea del día.

Y tenía razón: en ese momento entendí que todavía podía rescatar algo positivo, incluso en medio del caos. Esa pequeña revelación me recordó que mi actitud pesa mucho en cómo me siento, y que necesito trabajar en mi autoestima y mirar las cosas desde otro ángulo.

Al volver a casa nos encontramos con Néstor, concentrado en su cena solitaria, con la mirada perdida en las luces parpadeantes de la tele.

Brune y yo entendimos enseguida la señal silenciosa de «no molestar».

Así que, sin hacer ruido, preparé el baño para mi niña y la acompañé hasta su cama, deseándole dulces sueños…

mientras pensaba que, al menos, alguien en la casa había tenido un buen final de jornada.

—Perdón… —Mis palabras apenas audibles flotan en el aire cargado de agobio. Me siento a su lado en la cama.

Me invaden los fantasmas sobre mi comportamiento impulsivo y exagerado, así como el reconocimiento de las consecuencias no calculadas de mis acciones. Deseo que Nes escuche mi punto de vista, pues ha tomado una postura unilateral a favor de Lucía, sin siquiera indagar sobre lo que sucedido.

—Te veías hermosa, mi amor —asegura Néstor.

—Lo dices porque estamos juntos.

—Es la pura realidad, eres hermosa —insiste, esforzándose por transmitir su genuino aprecio.

—Bueno…, está bien…

Mi resistencia comienza a desvanecerse, comprendiendo que Néstor no puede otorgar la felicidad que anhelo. Ese poder reside dentro de mí misma.

Él, rendido ante la fortaleza y la determinación que resuenan en mi voz, asiente con una expresión resignada.

—También quiero disculparme por cómo te traté con relación a Uriel. Él podía quedarse todo el tiempo que necesitara, aunque yo estuviera molesta. No soy una mala persona, Nes…

—Lo sé —susurra con suavidad, extendiendo una mano para acariciar mi mejilla.

—Los días han sido tan intensos… Debo encontrar un equilibrio antes de que mi cabeza estalle en mil pedazos.

—Tienes que dejar de enfocarte en lo negativo —aconseja.

—Eso es lo que intento hacer día a día. Cada vez que sienta que estoy a punto de hundirme, recordaré que tengo unas merecidas vacaciones por delante —añado, vislumbrando un rayo de esperanza en medio de la tormenta.

—Sí…

—Oye, Nes… Por cierto, ¿dónde están los boletos de avión? —pregunto, anticipando las emociones de una aventura desconocida.

Me mira con una expresión extraña, sus labios se abren y parece que las palabras se le escapan. El silencio se prolonga, cargado de incertidumbre.

—¡Oh, ya sé! Has olvidado dónde los guardaste, ¿verdad? —le digo con impaciencia, intentando entender esa reacción tan inesperada.

Finalmente, pronuncia una respuesta que mi mente se resiste a procesar. Sacudo la cabeza en un intento de negar la realidad.

—¿Cómo? —Mi voz temblorosa se entremezcla con la incredulidad.

—Que no compré los boletos —repite.

Sus palabras me hacen daño. Mi corazón empieza a latir con prisa.

—¿Por qué?

No consigo contener mi desconcierto y río con nervios, intentando convencerme de que debe ser una broma.

—Decidí que no vamos a viajar.

—¿Por qué no?

Empiezo a repasar mentalmente todas las razones que han llevado a Néstor a tomar una decisión tan repentina. Apenas puedo creer que, a pocos días de mis vacaciones soñadas, él tenga el poder de arrebatarlas de mis manos. ¿Quién se piensa que es para disponer, tomar o tirar sin mi opinión?

—Nunca estuvo en mis planes, en realidad —confiesa, dejando al descubierto su falta de consideración.

Voy a perder la paciencia y la cordura. ¿Cómo se atreve? No es mi dueño. No es amo de mis decisiones. En medio de un arrebato de indignación y dolor, me animo a ser valiente.

—De acuerdo… —suelto con voz tensa, clavando mi mirada en la suya—. Pensarás que estoy delirando, pero ¿sabes qué? Ya no quiero seguir contigo. Se acabó. Nos separamos. ¡Esta decisión la tomo yo!