Volver a mí Capítulo 5
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Capítulo 5

Mientras me encontraba en el trabajo esta mañana, recibí un aviso de Néstor: Lucía y Emma quieren ir de visita a casa. Me emocioné ante la noticia y decidí preparar una deliciosa merienda para darles la bienvenida.

Mi conexión con Lucía se remonta a mis nueve años, cuando nos conocimos en un campamento de verano.

Durante mucho tiempo, compartimos aquellas experiencias hasta que, a los catorce, decidí no continuar asistiendo.

De todas maneras, mantuvimos el vínculo y cultivamos una amistad a distancia a través de cartas y tarjetas postales.

Fue Lucía quien me presentó a Néstor, convencida de que no habría una pareja mejor para mí.

En aquel momento, ella estaba embarazada y atravesaba la dificultad de enfrentar el desafío sola.

Nos brindamos mutuo apoyo en esos días. La acompañé a sus controles médicos, a las emocionantes ecografías y a comprar las cosas necesarias para el bebé.

Creo que ese período compartido tiene mucho que ver con la relación que todavía nos esforzamos en mantener.

Aunque ella no lo menciona de forma directa, le preocupa que la olvide. No se trata solo de mi naturaleza distante y solitaria, sino de cómo aún la afecta la traición y el abandono que sufrió por parte del padre de Emma. Lucía se dedica por completo a su rol de madre, y eso me recuerda a mí.

—¿Qué estás haciendo, Emmita? ¿Me devuelves el teléfono, por favor? —le pido con amabilidad, extendiendo mi mano hacia ella.

—¡Quiero ver tu galería de fotos! —contesta Emma, con una mirada traviesa.

—No, no, no —me niego, manteniendo mi mano extendida—. No me parece apropiado. Vamos, devuélvemelo.

Desde que llegaron, Emma ha estado mostrando un comportamiento invasivo, tomando mis cosas sin permiso.

Hace un rato, entró a mi habitación y revolvió el cajón en el que guardo mi ropa íntima.

Casi sufro un infarto, ya que es ahí donde escondo un pequeño juguete sexual.

Por eso no puedo apartar mis ojos de ella, en especial cuando intenta acariciar a Cleo con demasiada brusquedad.

Aunque suene cruel, a veces deseo que la gata se defienda y que le enseñe una lección de respeto de una vez por todas.

—¡No quiero devolvértelo! —exclama Emma soltando una carcajada que Brune imita.

Se adoran y se tratan como hermanas, a pesar de que solo hay dos años de diferencia entre ellas. Brune admira a Emma y la toma como un ejemplo a seguir.

Estas situaciones me resultan bastante incómodas. Aunque adoro a los niños, a veces me cuesta lidiar con ellos. Espero poder controlar mi fastidio y no demostrarles que lo único que quiero ahora es que se vayan y me dejen en paz.

—Necesito responder algunos mensajes, Emma —le explico, tratando de mantener la calma.

—¿Cuáles? ¡Déjame ver!

Sé que en mi teléfono no hay fotos inapropiadas ni mensajes extraños, no hay nada de lo que deba avergonzarme, pero sigue siendo mío, ¡maldita sea! Solo deseo un poco de tranquilidad para manejar la situación.

—¡Cariño! —interviene por fin su madre—. Eso no está bien. Debes respetar a Sofi y sus cosas.

Desde que Emma nació, Lucía siempre ha repetido la misma frase: «La dejo ser, que crezca libre». ¿Qué puedo hacer yo para cambiar a la niña? La respuesta es nada. Solo me queda tragar mi rabia, recordándome a cada segundo que es una pequeña y no tiene la culpa de su comportamiento.

Le vuelvo a extender la mano para que me entregue el teléfono, pero ella lo arroja sobre la mesa y encoge el hombro con indiferencia. Brune deja de sonreír y aprieta los labios. Yo suspiro evitando soltar algunas maldiciones que se están cocinando en mi interior.

—¿No quieren jugar, chicas? —pregunto tratando de calmar las aguas.

—¡Tengo hambre! No me gustan tus galletas, el coco es horrible —protesta Emma, cruzándose de brazos.

—Estaban deliciosas, mami —interviene Brune—. A mí me encantan.

Le sonrío a mi hija, sabiendo que solo quiere hacerme sentir bien. Miro a Emma intentando encontrar una solución.

—De acuerdo. ¿Qué te apetece, pequeña?

—¡Un pastel!

—Oh, no tenemos —anuncio, dirigiéndome hacia la cocina—. Pero puedo ofrecerte leche con los cereales favoritos de Brune.

Hago una pausa en mi camino para observar los pasos apresurados de Emma hacia los cajones de la despensa. En ese lugar, almacenamos las golosinas y chocolates que compro en grandes cantidades cada mes.

—¡Qué asco la leche! —exclama mientras guarda los dulces en los bolsillos, vaciando los cajones sin ningún reparo.

Busco una mirada de complicidad en Lucía, esperando que haga o diga algo al respecto, pero ella está absorta en su teléfono, tuiteando sin prestar atención a la situación.

—¡Mamá, el regalo! —recuerda Brune.

Lo había olvidado por completo… Hace unos días, me encontré con una blusa rosa que me pareció preciosa en cuanto la vi. Enseguida pensé en Emma y en lo bonita que le quedaría.

Brune y yo le entregamos el paquete, llenas de ilusión. La niña lo abre con entusiasmo y mi corazón se agranda en mi pecho.

—¡Qué linda! —dice Lucía con una sonrisa genuina.

Sin embargo, noto una expresión extraña en el rostro de Emma mientras contempla la blusa.

—¿No te gusta? —pregunto tratando de entender.

—Sí… Bueno, no es mi estilo… Gracias de todos modos.

En apenas unos segundos, su emoción se desvaneció…

Prometo no volver a cometer este error. No habrá más sorpresas que resulten en decepciones.

—¡Quiero ver cómo te queda! —añade Lucía, igual de entusiasmada que antes.

Emma niega con la cabeza y guarda la blusa sin probársela.

No quiero sentir este rechazo. Una vez más, he intentado agradar a los demás y ha salido mal…

No voy a depositar en ella la responsabilidad de mis propias inseguridades y malestares.

Me quedo en silencio, no tiene sentido protestar.

He aprendido la lección. Sé qué debo evitar para no lamentarme así.

No volveré a intentar ser amable y dulce.

—¿Cómo va todo con Nes? —me pregunta Lucía cuando nos quedamos a solas.

—Bien, con algunas diferencias normales. Estamos trabajando en nuestra relación.

—Es lo mínimo que puedes hacer. Néstor siempre te ofrece lo mejor. No te quejes sin motivo.

Aunque sus palabras me golpean como un puñetazo, mantengo una sonrisa forzada.

—Tienes razón.

—La mayoría de los hombres son idiotas. Nes es una excepción, por supuesto.

—Sí, claro.

Trago saliva con fuerza y consulto el reloj con impaciencia. Me duele la cabeza y me siento incómoda en mi propia casa.

Fuimos al supermercado a comprar los ingredientes para la cena.

Tuve que gastar más dinero de lo previsto debido a que Emma empezó a añadir productos que no estaban en la lista, por el simple hecho de que le apetecía, a pesar de mi negativa.

Cuando respondí de mala forma que no podía permitirme tantos gastos innecesarios, Lucía intervino y le pidió que se calmara.

Brune intentó hacer lo mismo, aunque solo hizo falta lanzarle una mirada de advertencia para que entendiera.

Se marcharon después de la cena y sentí un alivio infinito.

—¿Qué sucede? —me pregunta Nes, notando mi inquietud—. No haces más que rodar sobre la cama.

—No puedo dormir. El dolor de cabeza y el insomnio son una combinación espantosa —respondo dejando escapar mi malestar.

Me ubico de costado para mirarlo. Decido contarle lo sucedido, buscando su perspectiva y aprovechando esta oportunidad, ya que parece que tengo toda su atención.

—Te juro que me agobia su forma de ser. ¿Crees que soy intolerante?

—No, intolerante no… pero disimular tampoco es tu talento. En la cena tu cara era básicamente un letrero luminoso de «socorro».

—¿Tan evidente fue?

—Totalmente. Yo lo noto porque te conozco, pero cualquiera podía ver que estabas a punto de explotar. Igual, te entiendo: seguro intentaste que se sintieran como en casa…, aunque tu sonrisa parecía más de «quiero que se vayan ya» que de anfitriona.

—A veces siento que soy una maldita esponja, absorbo demasiada negatividad.

—Debes aprender a procesar la frustración. No permitas que te afecte tanto —me aconseja, acariciando mi cabello.

Sus palabras resuenan en mí, haciéndome reflexionar sobre mi forma de reaccionar ante las situaciones que no dependen de mí.

—Tienes razón, Nes. Gracias por ser honesto —murmuro.

Busco consuelo apoyándome en su hombro y cierro los ojos, dejando que el peso de mis preocupaciones se desvanezca de a poco. Hablar sobre lo que me atormentaba por dentro ha tenido un efecto liberador que no esperaba.

Mi sueño se ve interrumpido por algunos ruidos provenientes de la sala. Néstor no está a mi lado en la cama. Observo el reloj, dándome cuenta de que apenas he dormido una hora. La intranquilidad se apodera de mí y me levanto para investigar.

Abriendo la puerta de mi habitación, identifico la voz de Uriel, mi cuñado. Suspiro con resignación antes de enfrentar la situación que se avecina.

—Hola, Sofi —me saluda él, como si su presencia no fuera un inconveniente—. ¿Todo bien? Perdón por despertarte.

—Buenas noches. No te preocupes, el ruido no fue un problema —respondo con una sonrisa forzada, intentando disimular mi descontento.

Néstor interviene tratando de explicar la situación:

—Uriel tuvo un pequeño problema y necesitaba un lugar para pasar la noche. Espero que no te importe.

Supongo que Uriel ha vuelto a tener problemas con su novia. En repetidas ocasiones se ha refugiado en casa de sus padres o de amigos cuando las cosas no marchan bien en su relación.

—Vete a la cama, amor. Yo voy en un momento —me indica Nes, mostrando su apoyo incondicional hacia su familia.

Mientras llevo sábanas a la habitación de invitados para acomodar a Uriel, intento hacerlo sentir cómodo y bienvenido, pero en el fondo desearía no tener que compartir el mismo techo con él.

Observo la mirada de aprobación en los ojos de Néstor, quien valora la importancia de la familia por encima de todo.

Aunque mi manera de pensar difiere en ciertos aspectos, me esfuerzo por ser empática y seguir su ejemplo.

Finalmente, me voy a la cama despreciando el horario.

Me pregunto si lograré conciliar el sueño otra vez, ya que la tranquilidad se ha visto perturbada por la presencia de Uriel.

Podría haberme negado a recibirlo asumiendo el papel de mala, pero la decisión vino de parte de una persona que me importa mucho, así que decido cerrar la boca y aceptar con resignación las circunstancias.

Sin embargo, la tensión entre Néstor y yo no tarda en hacerse evidente. Él regresa a la cama y comienza a hablar de Uriel sin detenerse ni un segundo, sin considerar mi necesidad de descanso.

—¡Basta, Nes! —exclamo, agotada y frustrada.

—¿Ahora qué sucede? —responde molesto por mi interrupción.

—Por favor, cállate. Quiero dormir.

—Hace un momento estabas de buen humor.

—¿Debería haber echado a tu hermano? ¿Querías que tus padres y él me odiaran aún más? Permíteme ser la tonta que a menudo dice «sí» —expreso con amargura, revelando la carga emocional que llevo sobre mis hombros.

Néstor resopla y me da la espalda, dejando en claro su desinterés por mis palabras. No importa, estoy acostumbrada a que mi opinión no tenga valor alguno.

Así paso toda la noche, mirando el techo y dejando que los pensamientos me atormenten.

Cuando los primeros rayos de sol se filtran por la ventana, mis ojos pesan otra vez, indicándome que amanece un nuevo día lleno de incertidumbre y tensiones.