Volver a mí Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Entonces, ¿esperabas que fuera yo quien se pusiera implantes? —Intento cambiar de tema de manera teatral, colocando mis manos sobre mi pecho y entrecerrando los ojos.

Julieta escupe su té sin querer, estallando en una carcajada que debe escucharse en todo el edificio.

—¿Esperabas que tomara fotos de mis glúteos y publicara en Instagram mi vida como celebridad? ¿Me imaginabas encerrada durante horas en un gimnasio para presumir de unos abdominales perfectos? ¿Que me mantendría a base de dietas?

—¡Basta, sabes que no es así! —exclama secándose las lágrimas—. ¡Te burlas de mí, pero sí! Imaginaba todo eso… Yo debería ser la hippie. Tú, la mujer fatal.

—Podría ser ambas si quisiera, ¿sabes?

—¡Oh, no te ofendas! —Levanta las manos en señal de rendición—. Solo digo que hemos intercambiado los papeles. Recuerda cómo era yo en el instituto.

—Mmm… ¿Hermosa, increíble, inteligente?

—¡No era así! Fui irresponsable y perezosa… ¿Qué tenía de destacable? ¡Nada! Y tú… tú te esforzabas, avanzabas a paso firme… Ni siquiera estudiabas, ¡pero siempre obtenías excelentes calificaciones en los exámenes!

Mientras rememoramos el pasado, las fiestas y la locura de dos jóvenes despreocupadas, no puedo evitar pensar en cómo, a pesar de nuestras diferencias, ella ha evolucionado a la vez que yo he retrocedido, hasta llegar al punto en el que me encuentro ahora.

Julieta continúa con un monólogo de chismes jugosos, solo se detiene para tomar aire. Mientras escucho con atención sus últimas experiencias amorosas, me doy cuenta de que el tiempo ha volado. Debo salir en busca de Brune.

—¡Mi adoración! ¡Mi sobrina del alma! Cómo la extraño… —exclama Julieta con nostalgia.

—Mi niña estará encantada de verte. Eres la fuente de sus deseos —respondo con una sonrisa.

Tan pronto como Brune nos ve, corre emocionada hacia los brazos de Julieta.

—¡No crezcas más! Te lo prohíbo —le dice a mi niña con cariño—. ¡Estás hermosa! Eres igualita a tu mamá, pero prefiero que sigas siendo pequeña, dulce y tierna para siempre.

Brune, curiosa, cuestiona:

—¿Tan malo es crecer, tía?

—¡Es un asco y muy triste! Pierdes muchas cosas…

Brune, sin dejarse desanimar, propone entusiasmada ir al parque. Julieta me mira con la misma expresión de emoción que mi hija, y no puedo evitar rodar los ojos ante la perspectiva de llevar a dos niñas en lugar de una.

Tomadas de la mano, llegamos al parque. El espacio se encuentra impregnado de colores vibrantes. Los tonos vivos de las flores contrastan con el verde exuberante del césped bien cuidado, donde familias enteras disfrutan de pícnic en mantas extendidas.

Julieta, como siempre, no muestra ni un ápice de vergüenza. Se une a Brune en los juegos, sumergiéndose en la diversión con la misma emoción que una niña. Observo cómo se balancean en los columpios, dejando escapar risas contagiosas que se mezclan con los sonidos del parque.

Decido cumplirles con un capricho y compro algodón de azúcar. Me crece el corazón con el solo hecho de ver la felicidad en los ojos de ambas mientras saborean cada bocado dulce y esponjoso. Sus rostros irradian una alegría que ilumina hasta los recovecos más oscuros de mi interior.

Mientras Brune y Julieta se divierten en los juegos, yo me tomo un momento para admirar el entorno con gratitud sabiendo que, en este rincón de paz y alegría, nuestros lazos se fortalecen. En momentos así, rodeada de naturaleza y seres queridos, es donde encuentro la verdadera esencia de la vida.

Con el correr de los años, acumulo cada vez más evidencias que indican que Julieta es mi alma gemela. Desde el momento en que nos conocimos en clase, nos volvimos inseparables. No soporto pasar largos períodos sin verla, ya que resulta doloroso y solitario.

Poco después Juli rompe mi burbuja. Se sienta a mi lado y me entrega un refresco.

—¿Y Brune? —pregunta curiosa.

—Allá… —Señalo hacia mi pequeña, donde se encuentra con una amiguita de la escuela.

—Oh…

—¡Deja que juegue con alguien de su edad! —le digo tratando de desviar su atención—. ¡Vamos a conversar un rato!

Suspira con tristeza y su expresión se arruga.

—Es tan hermoso… —murmura para sí misma.

—¿De qué hablas?

—¡Ay, quisiera vivir esto a diario! —prosigue con anhelo—. En serio, eres tan afortunada por tener una hija.

La noto al borde de las lágrimas y me preocupo por ella.

—¿Juli?

—Jamás pensé que alguien pudiera sobrevivir con el corazón roto.

¿Dónde puedo encontrar a la persona adecuada para cumplir mi sueño, So?

Es horrible desear algo y no poder tenerlo.

Lo sé, suena egoísta. Tengo de todo: reconocimiento, dinero, amigos, pretendientes; pero nada me llena.

Siento un vacío, un hambre por amar y ser amada.

Quiero enamorarme, casarme y formar una familia.

Bueno, en realidad, volver a casarme. Me gustaría tener hijos.

¡Muchos niños! Sueño con formar un hogar perfecto, comprar un coche…

pero uno familiar, por supuesto; no como el que tengo ahora.

Quiero uno enorme, que acomode a todos. Me gustaría ser ama de casa y dedicarme por completo a ellos.

La miro incrédula. Aunque con Néstor hemos formado una familia, jamás imaginé ser una ama de casa. Tomo su mano, admirando a esta mujer fuerte que expresa sentimientos tan sinceros desde lo más profundo de su corazón. Me encantaría ser un genio mágico y poder cumplir cada uno de sus sueños.

—Daniel me dijo que por fin dejaste de acosar a su familia.

Suelta una carcajada que parece liberar toda la energía negativa que la envolvía.

—Sí, estaba perdiendo la cabeza por Noah. Al final decidí bajar un cambio… sobre todo cuando me di cuenta de que Ana ya estaba a un paso de denunciarme. Ahora me limito a aparecer si me piden ayuda, nada de shows extras.

—Entiendo a Ana. Me ocurrió algo parecido cuando mis suegros se metieron en mi vida. Daniel es un padre maravilloso.

—Todos han formado sus preciosos hogares, excepto yo. Estoy segura de que incluso ese idiota de Marcos logrará tener una hermosa familia antes que yo.

Su nombre me estremece de la misma forma que en el pasado.

—¿Todavía no se hablan?

Niego con la cabeza

—¿Has intentado buscarlo?

—No. ¿Para qué? Marcos me dio la espalda. ¿Qué sentido tiene?

—Marquitos es un idiota con todas las letras, So, pero jamás te daría la espalda.

—Entonces resulta que posee un gran talento para fingir. Hizo bien en dejarme plantada durante la noche de graduación.

—Estás a esto de convencerme —dice haciendo un gesto con los dedos—. ¿Te funciona a diario tu propio lavado de cerebro?

—¿Estás de su parte o de la mía?

—Al menos yo no busco engañarme. Quieres sonar como si no te importara, pero te conozco y sé que tus sentimientos por él no han cambiado. Tampoco eres rencorosa.

—Han pasado muchos años…

—¡Ay, So! Tienes razón… No te imaginas lo atractivo que se ve ahora. —Me guiña un ojo, sacándome una leve sonrisa—. Me encantaría que volviéramos a reunirnos los cuatro, como en los viejos tiempos, y que reparemos nuestra amistad.

—Es imposible, Juli. La distancia entre Marcos y yo no se puede acortar de ninguna manera. Si alguna vez coincidimos, no seremos tan cercanos como antes.

Quiero que la cena se encuentre lista para cuando llegue Néstor, así que me estoy esforzando. Mientras termino de cocinar, veo que Juli publicó en sus redes sociales una fotografía que nos tomamos en el parque.

Juli, 8:22 pm

¿Adivina quién me acaba de escribir después de ver nuestra foto? Bueno, sí… Daniel, por si piensas primero en él… Pero esta vez me refiero a…. ¡Marcos! Me ha dicho que se alegra de vernos juntas.

—¿Por qué a mí no me dice ni hola? —me quejo en voz alta—. Qué idiota soy, por ponerme tan triste por algo tan insignificante…

¿Por qué todo en mi vida se desvanece con tanta facilidad, incluso las cosas más hermosas?

Hasta ahora, no encuentro una explicación que me dé tranquilidad.

¿Será que merezco esto por errores que cometí en alguna vida pasada?

¿Cuándo llegará el día que por fin pueda soltar esa historia para sepultarla en paz?

Con mi mayor esfuerzo, dejo el recuerdo de Marcos anclado en un rincón oscuro de mi mente cuando cenamos en familia.

La misma rutina de siempre. Nada nuevo.

—¿Y los boletos de avión? ¿Ya los compraste? —le pregunto a Nes mientras terminamos el postre.

Hay algo en su expresión que parece inquietarlo por un momento, pero responde con naturalidad:

—Claro que sí, cariño.

Me llena el alma. Me muerdo el labio imaginando las aventuras que tendremos durante las próximas semanas.

—¡Gracias por todo! En especial, por no haberlo olvidado.

Me sonríe a modo de respuesta, así que no puedo evitar ponerme de pie para acercarme. Me siento sobre sus piernas y lo abrazo. Lo cubro de besos por toda la cara, sintiendo que sí… que es posible volver a enamorarme de él.