Volver a mí Capítulo 4
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Capítulo 4

Llegué al trabajo con la música que más me levanta el ánimo sonando en los auriculares.

El sol estaba radiante, me daba en la cara y me llenaba de energía.

Amanecí de buen humor, así que caminar esos dos kilómetros hasta el edificio, que a veces se siente como una tortura emocional, no me amargó en lo más mínimo.

Hoy, pese a todo, me encuentro invencible.

Diviso a Axel justo en la entrada del edificio, con una mirada radiante y un cabello alborotado que le da un aire desenfadado.

Fuma un cigarro con la elegancia de alguien que parece estar en total control de su mundo.

Mientras me acerco, me saluda con un gesto de la mano y, cuando me detengo frente a él, me envuelve en un abrazo reconfortante.

—¿Cómo estás? —me pregunta con una sonrisa.

—¡Con ganas de vivir!

—Ya lo sospechaba… ¡Lo noté en cuanto te vi llegar! Irradias una vibra hermosa, incluso en un lunes…

—¡Pronto estaré de vacaciones! Es una sensación maravillosa que solo puede experimentar alguien que se dedica a un trabajo que no le gusta.

—Me alegra mucho por ti, pero me entristece un poco… No quiero que te vayas. Te echaré de menos, Sofi. Me dejarás desprotegido en esta jungla.

—¡Por un par de días nada más! Tendrás toda mi atención durante el resto del año.

Axel termina su cigarro y entramos al edificio. Mientras esperamos el ascensor, aprovecho para indagar:

—¿Cómo estuvo tu fin de semana?

—El sábado tuve una cita…

—¿Terminó bien?

—¡Ay, Sofi!

—¡No pongas esa cara de inocente!

—Vaya… Me descubriste —dice entre risas—. Sí, cerramos la noche en mi apartamento.

—¡En tu cama!

—¡Sofía, no quería ser tan directo! —Se ríe.

—¡Por fin! Te felicito, de verdad. Ya era hora… ¿Y el domingo estuviste con él?

—No, fui a visitar a mi familia. Mi sobrina me introdujo al mundo de TikTok y empecé a subir videos. ¿Por qué no me advertiste lo adictivo que puede llegar a ser?

—¡Oh, ahora me entiendes! Adiós, Facebook.

—¿Y tú qué hiciste?

—Fui a visitar a Miriam.

Axel no oculta su sorpresa.

—¿Todavía se acuerda de mí? ¿Me sigue odiando? —pregunta.

Subimos al ascensor y marcamos el cuarto piso.

—¿Esperabas que enviara sus mejores recuerdos?

—Bueno… No, la verdad. —Ríe—. ¿Por qué fuiste a verla? No es algo común.

—Tuve ciertos problemas en casa…

—¿En qué lío se metió Néstor?

—El viernes pasado hubo ciertos malentendidos entre nosotros después de que se marcharan mis suegros…

Decido no entrar en detalles sobre lo que sucedió en realidad. Me resulta vergonzoso admitir que no puedo mantener relaciones sexuales con mi pareja.

—En fin, me sentía incómoda. Había una energía muy negativa, ya sabes… Por eso decidí escapar. No soportaba el ambiente en casa.

—Te entiendo —suspira—. Pero, Sofi, llámame la próxima vez… No deberías tener que marcharte de un lugar donde no te sientes bien para terminar en otro igual, ¿de acuerdo?

Salimos del ascensor y nos encontramos con Teresa. Nos dedica una sonrisa falsa, que parece sacada de un libreto de actores, mientras se enfoca en la cafetera. Sin intercambiar palabras, nos encaminamos hacia la oficina.

—Permíteme ser tu salvador, siempre estaré aquí para ti —susurra Ax.

—Gracias —respondo en voz baja.

Axel pasa su brazo alrededor de mis hombros, dándome ánimos. Él conoce mi historia y todo lo que ha sucedido con mis padres, por eso me brinda su apoyo incondicional. Aunque no sea muy expresivo, su calidez siempre se hace presente. Agradecerle nunca sería suficiente.

El día se desarrolla con una carga de trabajo abrumadora. Los lunes siempre requieren un esfuerzo adicional. Aunque me encuentro en un estado de relajación, mis dedos no han dejado de teclear.

—Debes tomarte esta semana con calma —murmura Ax, compartiendo mis pensamientos.

—Lo sé… ¡Es una maldita costumbre!

—¿Ya tomaste una decisión con respecto a la propuesta?

Mi mente vuelve a la reunión con Teresa.

—¿El ascenso? Sí, lo pensé. No voy a postularme.

—¿Qué? ¿Por qué?

Trato de explicarle mis temores, pero Axel no lo comprende. La frustración no hace más que crecer entre nosotros.

—No voy a cambiar de opinión, Ax. ¡Basta!

—Me parece tan tonto de tu parte. Odio que no seas capaz de ver lo buena que eres.

—Néstor coincide conmigo.

—Mira, Sofi… Estabas ilusionada el viernes después de la reunión con la bruja, me gustó verte así. No sé qué te dijo Néstor, pero ¿no has considerado que puede estar equivocado? ¿O siendo egoísta?

—¿Qué quieres decir?

—Tal vez no le gusta la idea de que seas capaz de crecer profesionalmente.

Sé que Ax luchó consigo mismo para evitar ser duro con sus palabras. De hecho, en su mirada noto una disculpa sincera.

—Eso suena estúpido —murmuro soltando una risa nerviosa.

Nes no sería capaz de sabotearme, ¿o sí?

Entra Marina llamando nuestra atención y nos sorprende con una exquisita canasta repleta de bizcochos. Su sonrisa es tan gigante que muestra su dentadura por completo. Es mi salvación, la distracción que necesitaba para no abordar un tema que me hace doler el corazón.

—¿Qué opinará la nutricionista de todo esto? —pregunto en tono de broma.

—¡Es mi permitido de la semana! —exclama soltando una carcajada—. Está aprobado, no te preocupes. Además, es para compartir…

—¡Ojalá todos tuvieran la suerte de contar con una compañera como tú!

—Vamos a disfrutar de los bizcochos hasta el último pedacito —agrega Ax—. Tenemos que aprovechar que la bruja se encuentra en las suyas.

Sé que pasaremos una mañana agradable y, con suerte, nuestra jefa continuará ausente. Suspiramos aliviados y pedimos en silencio que sus interminables reuniones se prolonguen aún más. La presencia de Teresa resulta opresiva, no es agradable sentirnos bajo su mirada crítica y superior.

—¡Ah, casi se me olvida! ¿Por qué no han respondido a los mensajes de WhatsApp?

—¿A qué te refieres? —pregunto abriendo la aplicación y buscando de qué se trata.

Estoy en varios grupos de trabajo en WhatsApp, pero los tengo todos silenciados. La verdad es que me parecen bastante inútiles: la mayoría termina siendo un espacio para quejarse o para chismes, y prefiero mantenerme lejos para no llenar la cabeza de ruido.

—¡Ah, Theo! —resopla Axel mirando la pantalla de su teléfono.

—¡Exacto! ¿Recuerdan que nos invitó a salir en pareja?

El sábado por la mañana nos envió un mensaje con la propuesta, mensaje que ignoramos tanto mi amigo como yo.

—¡Me dejaron abandonada, chicos! —se lamenta Mari—. No tuve más opción que asistir.

—Perdón, Mari. ¿Qué pasó? ¿Qué tal estuvo la cena?

—Horrible. Theo hizo todo lo posible por acaparar la atención y su novia resultó ser aún más extravagante que él. No se perdieron de nada…

—Oh, debí haber ido solo para burlarme entonces…

—¡Axel, por favor! —Me río.

—Mi novio y yo tuvimos que inventar una excusa tonta para marcharnos temprano… No volveré a salir con ellos. No somos compatibles en absoluto, fue una situación incómoda.

Mari procede a relatarnos con lujo de detalles cada momento de la cita.

Nos esforzamos por contener la risa cuando Theo se acerca luciendo una expresión de mal humor. Agradezco no estar bajo su radar como suele ocurrir.

De manera involuntaria, mi mente se preocupa en varias ocasiones por la cantidad de trabajo que aún me queda por hacer.

Sin embargo, me esfuerzo en alejar esos pensamientos y en concentrarme en lo esencial y necesario.

Repito para mí misma una y otra vez que la semana tiene que ser ligera, que debo enfocar mi energía en lo que está por venir: mis ansiadas vacaciones.

¡Qué lindo fue finalizar la agotadora jornada laboral! Por suerte, durante toda la mañana, agradecí que Teresa se haya mantenido ocupada en sus reuniones importantes.

A metros de casa, vislumbro a la distancia una melena rubia y familiar.

—¡Sabía que eras tú! Pude reconocerte a lo lejos, incluso sin mis gafas.

Julieta se voltea hacia mí con una amplia sonrisa en el rostro. Nos abrazamos de inmediato.

—¡Sorpresa, So! Te estaba esperando, sabía que ibas a aparecer en cualquier momento.

Anhelaba llegar a casa, despojarme de mis prendas y sumergirme en la tranquilidad para escribir, llena de ilusión.

La caminata matutina y las melodías que resonaron en mis oídos me habían inspirado.

Aunque me siento desconcertada por su visita inesperada, con gusto dejaré de lado mis planes por su compañía.

Siendo ella tan improvisada, no debería sorprenderme su presencia.

Me enfundo en un vestido largo y, al regresar a la sala, me encuentro a Julieta sentada en el sofá, con su blusa desabotonada y el sostén al descubierto. Pongo los ojos en blanco.

—¡La hippie más radiante! —halaga.

—¡Gracias! —Le guiño un ojo—. Ahora dime qué haces aquí.

Preparo un sándwich y té helado con mucha prisa, torturada por el hambre.

Julieta es la misma de nuestra adolescencia, pero ahora nos deslumbra con una intensidad aún mayor. Es un alma incomprendida, rebosante de rebeldía y diversión… mientras que yo, en cambio, me he convertido en una persona amargada y seria.

—¿Recuerdas que comencé a brindar cursos y capacitaciones? —pregunta con entusiasmo.

—¿Cómo olvidarlo? —le digo tratando de ocultar mi propia decepción personal.

—¡Mis alumnas están a punto de graduarse! He venido a entregarles sus diplomas y vamos a celebrarlo en grande.

Siempre he admirado su sencillez y suerte. Desde que éramos jóvenes, supe que estaba destinada al éxito. Y no me equivoqué.

—¡Eso es maravilloso! Me alegra muchísimo. Espero que sigas apostando por este camino.

—¡Eso mismo! —Suspira—. Es irónico, ¿no crees?

—¿A qué te refieres?

—Que yo soñara con la vida que tú tienes.

—No deberías decir eso.

—¡Lo digo porque todavía es mi sueño!

Una sensación de culpa me invade al escuchar sus palabras.

Me doy cuenta de lo ingrata que puedo parecer al no encontrar la felicidad en lo que tengo, al sentirme estancada y alejada de mi propia esencia, al no ser honesta ni siquiera con Julieta.

Ella piensa que vivo una fantástica historia de amor, una que también hubiera deseado tener.