Volver a mí Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Mirar hacia atrás y enfrentar las consecuencias de mis actos y elecciones es como chocar de frente con una pared sólida que me confronta con la cruda realidad: todo esto ha sido una farsa.

Me invade un sentimiento de repulsión hacia lo fingido, deseando deshacerme de cada una de las máscaras que he tenido que usar.

Observo mi reflejo en el espejo y me encuentro tratando de convencerme de que este es el lugar donde debo estar, aunque internamente sé que algo no encaja.

Con el paso de los años esa sensación de desilusión y engaño se ha ido diluyendo, pero sigue dejando su huella igual que una sombra persistente.

Durante mucho tiempo sentí que todo lo que intentaba construir era frágil, como si estuviera escribiendo en la arena.

Palabras invisibles que yo llevaba grabadas en la piel «Néstor y Sofía por siempre juntos» parecían destinadas a durar.

Pero ya se sabe: el mar no perdona. Olas van, olas vienen, y de a poco se fue llevando la frase…

, igual que los sueños y las ilusiones que alguna vez deposité en lo nuestro.

Entre pensamientos y la charla de la mañana, el día terminó por escaparse sin que me diera cuenta. Por desgracia, esta combinación ha sido un obstáculo a la hora de avanzar en mi novela, un proyecto que ahora yace en pausa, esperando que encuentre el equilibrio necesario para darle vida.

En busca de un respiro, hemos decidido reunirnos como familia frente a la TV.

La sala está envuelta en una penumbra suave, mientras Brune, nuestro pequeño rayo de sol, dibuja una enorme sonrisa en su rostro.

Mis ojos se posan en Néstor, quien no puede apartar la mirada de su teléfono.

Es una escena que se ha vuelto recurrente, el encuentro de tres almas solitarias dentro de estas cuatro paredes, incapaces de escapar de la rutina y la monotonía.

Nos conformamos con ver una película, jugar a juegos de mesa o perdernos en el mundo virtual del ordenador, como si eso pudiera llenar el vacío que se ha instalado en nuestras vidas.

En ocasiones, añoro la alegría desbordante de mi adolescencia, ser la chica rebelde que desafió los límites y las convenciones.

Recuerdo, como si fuese ayer, cuando admití con cierta audacia ante mi madre que Abi era algo más que una simple amiga de la infancia.

Fue ese acto de valentía el que me convirtió en una especie de anticristo para mis padres, por desafiar su visión del mundo y revelar una parte de mí que estaba ansiosa por expresarse.

Con la intención de sobrellevar la situación en casa, me apoyé en Julieta, Marcos y Daniel, mis compañeros de travesuras y noches de fiesta desenfrenada, donde cada momento se encontraba cargado de locura y adrenalina.

A medida que fuimos creciendo, tuve la suerte de caer en la historia de un nuevo amor.

Bueno, en realidad fue una historia que tampoco terminó, porque jamás inició.

Sin embargo, todo ese mundo vibrante y lleno de vida se desmoronó como un castillo de naipes en el momento en que mi padre partió de este mundo.

Hubo un clic, un cambio drástico que nos sacudió a todos.

Nos vimos obligadas a mudarnos, a dejar atrás el pasado y enfrentar un futuro incierto.

Fue en ese punto donde empecé a asumir responsabilidades, a crecer de golpe.

La muerte me trajo una extraña sensación de libertad y, al mismo tiempo, me lanzó de lleno a la adultez.

Me marché buscando mi propio camino y tratando de encontrar un lugar en el mundo.

A veces me pregunto quién soy en realidad: si soy la chica intrépida y sin límites claros de mi adolescencia, o si soy la esposa y madre entregada al cien por ciento a su familia, que ha dejado de lado su independencia en aras de la estabilidad y la seguridad.

Quizás sea una mezcla de ambas identidades, o tal vez ninguna de ellas sea capaz de definirme por completo.

Aunque esta vida tranquila y monótona que vivimos bajo este techo y entre estas cuatro paredes me brinda una sensación de seguridad, no puedo evitar sentirme atrapada y abrumada por la realidad. El concreto se cierne sobre mí, amenazando con aplastar mis sueños y anhelos.

Desearía poder decirle a Néstor que quiero salir de fiesta con él, por ejemplo, como en los viejos tiempos, ya que aseguró que volvería a enamorarme.

Pero ya no soy la misma chica audaz y temeraria que solía ser.

Él ha echado raíces más resistentes y profundas que las mías.

De hecho, me pregunto si aún queda espacio para que yo también pueda echar raíces y crecer.

Él se ha acomodado en este sofá, en esta casa, entre estas cuatro paredes, sin preocuparse por explorar nuevas experiencias ni cuestionar su situación.

Parece estar satisfecho con la rutina y la comodidad, sin darle vueltas al asunto como yo lo hago todo el tiempo.

Me dan ganas de decirle: «Amor, ¿por qué no salimos a pasear?

Vayamos los tres a descubrir otras ciudades.

Podemos escapar sin planes, y seguro volveremos agotados a casa, pero felices».

Pero claro, ya conozco el repertorio: «no tengo ganas», «estoy cansado», «suena complicado»…

Básicamente el capítulo uno, dos y tres de su manual de excusas.

Al final, seguro termina eligiendo la opción más fácil: sofá, tele y cero aventuras.

En las palabras y acciones de Néstor, solo encuentro un aburrimiento contundente y constante.

Cada día se asemeja al anterior, todo se repite una y otra vez.

La emoción se ha desvanecido, a pesar de mis esfuerzos por avivarla.

Incluso me hubiese gustado que Néstor comprara ese coche cuando se lo propuse.

El miedo a aprender a conducir se interpuso en su camino y, en lugar de ello, seguimos atados al transporte público, perdiendo así la espontaneidad y la libertad de movernos a nuestro antojo.

Néstor no se atreve a explorar lo nuevo, no se aventura fuera de su zona de confort.

La única razón por la que actúa es cuando se da cuenta de que ha perdido algo, pero si no prefiere hundirse en la rutina.

Solo emerge a la superficie al sentirse ahogado, repitiendo el ciclo una y otra vez.

Es en este punto donde me planteo la posibilidad de tomar el volante yo misma.

¿Qué sucedería si aprendo a conducir y emprendo mi verdadero camino, trazando mi propia ruta en la vida?

Estoy disfrutando de una partida de cartas con Brune, riendo y divirtiéndonos juntas.

Sin embargo, mi alegría se ve empañada por la actitud de Néstor, quien ha optado por sumergirse en su propio mundo.

Se ha puesto los auriculares y se entretiene con su teléfono, mirando videos o cualquier otra cosa que le interese más.

Me molesta sentirme ignorada, como si mi presencia no tuviera importancia.

Pero lo que me enfurece aún más es ver cuando nuestra hija también se ve afectada por esta indiferencia.

Brune interrumpe el juego de repente, emocionada, buscando la atención de su padre.

—¡Oye, papá! Quiero ganarle a mamá, y no puedo. ¡Ella es la mejor! Esto es difícil para mí.

Néstor la mira de reojo, con desgana y sin prestarle atención. Insistiendo, Brune le ruega:

—¿Me ayudas?