Volver a mí Capítulo 3
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Capítulo 3

Gracias a la llegada del anhelado domingo, me desperté temprano y llena de entusiasmo para continuar escribiendo mi historia.

Mi ánimo está en su punto más alto, mucho mejor que el día de ayer.

Preparé un café amargo y, al abrir mi cuenta de Wattpad en el portátil, una oleada de motivación me invadió al leer las hermosas devoluciones y los buenos comentarios de mis fieles lectores.

Avanzo en mi novela, dejando que mi mente se sumerja en ella y permitiendo que las palabras fluyan con una facilidad sorprendente a través de mis dedos.

Observo mi reflejo en la pantalla y suelto las tensiones de mi rostro al darme cuenta de que he estado sonriendo sin parar durante dos horas.

Me han quedado pequeñas marcas de expresión alrededor de mi boca, que a mi edad se hacen más notorias.

¡Maldición! Me levanto de prisa para hidratar mi piel, tan descuidada en los últimos años.

Aplico una cantidad generosa de crema y me encamino hacia la cocina con la intención de preparar más café.

Mientras saboreo un sorbo caliente, Néstor se materializa frente a mí. Su semblante refleja derrota y tristeza, una imagen distinta a la de ayer por completo.

—¿Quieres una taza? —le ofrezco.

Asiente con la cabeza y se acerca a mi lado para servirse. Le dedico una sonrisa con la esperanza de aliviar la tensión de las últimas horas.

—¿Te levantaste temprano? —pregunta.

—Sí. ¿Tú pudiste descansar?

—No.

Néstor siempre ha tenido la capacidad de conciliar el sueño sin dificultad.

Desde niña he sufrido de insomnio, y por eso solía preguntarme cómo lograba dormir él con tanta facilidad, ¿es que no tiene traumas que tratar?

Para mí, pegar un ojo más de seis horas sería un auténtico regalo.

Ahora me preocupa ver su aspecto desolado y me pregunto si él también me percibe de esa manera a causa de mi problema crónico.

—¿Tienes que trabajar? —indago.

—Mañana.

¡Vaya! Resulta que ambos tenemos el día libre. El empleo nos ha consumido tanto que solo coincidimos una vez a la semana.

—¿Quieres hacer algo? —propone.

Siento una oleada de sorpresa. Le sonrío de nuevo.

—Esperemos a que Brune se despierte y lo discutiremos con ella.

Asiente y me mira de reojo, pasando su lengua por los labios antes de hablar.

—Sofi, por favor, dime qué somos.

Siento que mi corazón se parte en dos.

—Ya lo sabes… —respondo experimentando una punzada de dolor. Detesto cuando intentan poner en palabras mis sentimientos o buscar una explicación detallada.

—Sofi, necesito que me lo digas.

—Estamos juntos.

Mi voz tiembla y en cualquier momento podría quebrarme en lágrimas. No puedo mentir, por nada del mundo deseo lastimarlo.

—¿Aún me quieres? —pregunta buscando una respuesta directa.

—Claro que sí.

—¿Como amigos?

Lo miro a los ojos. No tengo ganas de responder, pero sé que debo hacerlo. Suelto medias verdades.

—Somos mucho más que eso. Eres mi mejor amigo, el padre ejemplar de mi hija, mi compañero, mi confidente, mi apoyo. También llevas de maravilla un papel muy especial: eres mi pareja.

Él sacude la cabeza, toma aire y lucha por no derramar lágrimas.

—Ya no sientes deseo por mí, y no me refiero solo al sexo. Ya no estás enamorada de mí, Sofi.

—¡Te elijo cada día! —exclamo dejando escapar algunas lágrimas—. Eso debería ser suficiente para seguir adelante. ¡Estoy contigo! Te elijo, Nes. Basta ya…

Acumulamos doce largos años juntos. Superaremos esto. Aunque nada haya sido perfecto entre nosotros, siempre nos esforzamos por dar lo mejor para sostener esta relación.

Me abraza y desliza con suavidad la mano por mi espalda, consolándome.

—Yo sigo amándote como el primer día —susurra con dulzura.

Sus palabras desatan una tormenta en mi interior.

Soy más injusta que la vida misma. Lo quiero con intensidad, porque es una persona maravillosa.

A veces miro hacia atrás y me pregunto qué nos ha sucedido, en qué momento hemos perdido ese encanto y esa pasión desbordante.

La experiencia me ha enseñado de manera cruda las distintas facetas del amor.

—Prometo volver a enamorarte —añade.

Aprieto con fuerza su mano y encuentro en su rostro que la conversación ha llegado a su límite, al menos por ahora.

Me pongo con mi novela y Néstor se las arregla para ver una película y, al mismo tiempo, seguir metido en su trabajo. Le suelto que no le pagan lo suficiente para tanta dedicación, y él responde con una carcajada.

El maldito teléfono de Néstor se convirtió en una interferencia constante en nuestra relación, superando con creces las veces que estoy dispuesta a admitir.

Sus padres lo mantenían pegado a la línea durante horas, interrumpiendo sin piedad los momentos más preciosos que compartíamos.

Me sentía ridícula al pedirle que se quedara a mi lado en el cine, deseando que permaneciera conmigo durante toda la película, o cuando buscábamos intimidad y su atención se desviaba hacia el dispositivo.

Las redes sociales también se convirtieron en una distracción importante en su vida, y continúan siéndolo hasta el día de hoy.

Aunque me he acostumbrado a esta realidad, debo confesar que aún siento una curiosidad inmensa por saber qué es lo que lo mantiene tan cautivado cuando se encierra en el baño durante horas, absorto en el teléfono.

Los celos fueron un desafío constante al comienzo de nuestra relación.

No puedo negar las dificultades que atravesamos.

La confianza pendía de un hilo frágil, a punto de romperse en cualquier momento.

No quería salir lastimada, estaba decidida a evitar el dolor a toda costa.

Pero siempre se encontraba presente ella, la sombra de esa otra mujer, Nina, acechando en medio de todo…

Nina fue la razón por la que tuvimos la mayoría de nuestros desencuentros.

A Néstor le encantaba estar rodeado de amigos, mantener un contacto constante con su entorno, sobre todo con su familia, incluso con antiguos intereses románticos.

Esta necesidad de conexión constante marcaba una diferencia entre nosotros, ya que yo prefería alejarme de todo lo que solía ser, dejando atrás los vínculos que me ataban a lejanos recuerdos y el lugar que una vez consideré mi hogar.

No rompí cada uno de los lazos con mi pasado, pero sí con una parte considerable de ellos.

Sin embargo, cuando Néstor entró en mi vida, mi mundo dio un giro completo.

Él se convirtió en una pieza fundamental que me ayudó a mantener el contacto con Miriam y a enfrentar la pérdida de mi padre, ocurrida unos meses antes.

Observar la forma en la que se relacionaba con sus lazos sanguíneos y cómo valoraba las palabras «familia» y «hogar» les dio un nuevo significado a esos conceptos para mí.

Gracias a él, dichos términos dejaron de ser etiquetas vacías y cobraron una importancia más profunda y trascendental en mi vida.

Siempre buscaba encontrarle algún defecto a Néstor, algo de qué quejarme, porque estaba acostumbrada a relaciones tumultuosas y amores efímeros.

Deseaba descubrir la oscuridad oculta en su interior, pero no lograba encontrarla, porque él era bueno, así de simple.

Un hijo ejemplar, un amigo de hierro, un gran compañero, un amante de oro, un vecino al que aprecian y un ciudadano modelo.

Un padre maravilloso. Admiraba y me fascinaba esa perfección en él, pero me resultaba chocante al mismo tiempo.

A veces Néstor conseguía sacarme de mis casillas al intentar controlar todos los aspectos de su vida.

Su crianza había inculcado en él la necesidad de mantener cierta vigilancia y deseos de ser el mejor, seguir determinados patrones y asegurarse de que cada pieza encajara a la perfección en su mundo.

Deseaba tener una familia perfecta, un trabajo inmejorable y productivo y ser el estudiante ideal.

Por eso destacaba a nuestro alrededor, consiguiendo aplausos y admiración, incluyendo a Miriam.

Creo que Néstor personifica todo lo que mi madre deseaba inculcar en mí, y también encarna lo que mi padre anhelaba que me convirtiera.

Por esta razón, mi madre celebró nuestra unión como nadie más lo hizo.

Las diferencias entre Samuel, Silvia y yo eran evidentes cuando se trataba de adaptarnos a esta nueva dinámica familiar.

Ellos esperaban encontrar rastros de Nina en mí, pero no vieron ni un ápice de su personalidad.

No soy una persona simpática, divertida o graciosa, tampoco me entrometo en la vida de los demás.

No tengo ese cariño familiar innato, ni soy afectuosa ni habladora.

Siempre percibí un cierto rechazo hacia mi forma de ser, en especial por parte de Samuel.

Recuerdo como si fuera ayer cuando me dijo que Néstor me abandonaría si él se lo sugería.

En ese instante, supe que se convertiría en un desafío.

Comprendí que sería yo quien debía adaptarse a su mundo, en lugar de esperar que ellos se amoldaran al mío.

Néstor era lo mejor que me había ocurrido en la vida y, para ser digna de él, sentí la necesidad de convertirme en alguien igual de perfecta.

Desde entonces, he mantenido una máscara y una personalidad que no me pertenecen.

Sin embargo, todo cambió cuando Brune llegó a nuestras vidas.

Fue el acontecimiento más trascendental que he experimentado.

Me di cuenta de que también debía ser perfecta para ella y convertirme en la madre que siempre deseé en lugar de Miriam, y además porque Néstor, sin duda alguna, era el padre que también anhelaba tener para mí misma.