Capítulo 2 #2
Tomando las llaves, dejo la charla a medias y salgo a toda prisa en busca de Brune, sintiendo la urgencia de alejarme por un momento para reflexionar.
Las palabras de Néstor martillean mi mente mientras camino. ¿Será que he estado evitando enfrentar mis propias inseguridades y temores? Tal vez sea hora de mirar más allá y examinar mi papel en nuestra comunicación desgastada.
—¡Papá, hola! No sabía que hoy ibas a trabajar desde casa. —La voz entusiasta de Brune llena la sala mientras corre hacia los brazos de Néstor.
—Hola, pequeña. ¿Cómo te fue? ¿Te divertiste con tus amigas? ¿Todo bien? —La sonrisa cálida de Nes se refleja en sus ojos, mostrando un genuino interés por su día.
—¡Te extrañé! ¿Podemos jugar un ratito, porfis? —Brune se aferra a su padre deseando aprovechar cualquier momento de diversión.
—No puedo. —Néstor suelta una risa suave, pero su mirada se entristece—. Tengo mucho trabajo que terminar para mañana.
—¡Oh! Siempre igual. —Brune camina hacia su dormitorio, arrastrando los pies como una muestra de decepción palpable—. Bueno, me voy a cambiar.
La sala se envuelve en un silencio incómodo mientras Néstor parece ignorarme por completo. No me ha dirigido ni siquiera una mirada. El aire se vuelve gélido, como si una barrera invisible nos separara.
—¿Todo este distanciamiento es porque no me abro de piernas para ti?
Me dedica una mirada penetrante, cargado de furia contenida.
—Ten cuidado con lo que dices, Sofía. No quiero discutir ahora, mucho menos si Brune es capaz de escuchar estas acusaciones asquerosas y sin sentido.
El sonido de la música del programa de televisión que tanto le gusta a Brune se filtra desde la habitación, recordándonos que hay un mundo exterior donde la alegría aún existe.
—Lo único que te importa es follar… —Mis palabras se detienen en seco, atrapadas entre la angustia y la dificultad de expresar lo que siento.
—Hacer el amor contigo —corrige con un tono mezclado de frustración y convicción—. Sí, me importa. Pero no es solo eso. ¿No escuchas lo que digo? Miles de discusiones por lo mismo, ya estoy harto.
—Cuando me tocas… Tus caricias no son… —Mi voz se quiebra, incapaz de dar voz a la tormenta interna que se desata dentro de mí. Las emociones se entrelazan con los pensamientos, creando una batalla constante.
—¿Qué? Dilo —me desafía.
—Me acerco a ti y entonces aprovechas para manosearme. —Levanta una mano como advertencia—. Mientras yo necesito una pizca de ternura, tú solo intentas penetrarme.
—¡Sofía, basta! —susurra con un tono hostil que araña mi piel.
En busca de refugio, me dirijo hacia la habitación de Brune y me siento en su cama, observándola mientras baila con la gracia y la alegría de las niñas del programa de televisión que sigue con tanta devoción.
—¿Vamos a ver a Miriam? —propongo rompiendo el silencio que amenaza con ahogarme.
Brune se gira hacia mí, sus ojos brillan y se llenan de emoción, y salta alto, levantando un puño en señal de entusiasmo desbordante. Su felicidad contagiosa, pura y genuina es un bálsamo para mi alma, al menos por un instante.
Llamamos a la puerta, lo que me provoca una mezcla de nervios y ansiedad. No suelo visitar a Miriam con frecuencia, pero la tensión en mi hogar me ha empujado a buscar cualquier excusa para escapar de allí. Me pareció que visitar a Miriam era una opción viable.
Noto que observa a través de la ventana, frunciendo el ceño al verme, pero su expresión se transforma en una amplia sonrisa cuando nota la presencia de mi hija. Abre la puerta de inmediato y Brune se abalanza sobre ella, rodeándola con sus pequeños brazos.
Nuestra relación no es la peor, pero es extraña y más distante de lo que se espera entre una madre y una única hija.
Siento que nací en las circunstancias equivocadas, como si no perteneciera del todo.
Desde niña, siempre me he sentido fuera de lugar cuando estoy cerca de su sofocante presencia.
A medida que los años han pasado, esa sensación ha ido creciendo y ahora me cuesta mantenerme a flote bajo el peso de esa incómoda dinámica.
—Estaba pensando mucho en ti —le dice Miriam a Brune.
Nos encontramos en el amplio patio de su casa. La soledad del lugar me golpea con fuerza y me duele darme cuenta de lo vacío que se siente.
—¡Ay, abu! Yo también. Falta poco para mis vacaciones, ¿lo sabías?
—¡Oh! ¿En serio? ¿Y qué planes tienen?
—¡Hacer un viaje!
—No estaba al tanto… ¡Qué maravillosa noticia!
—¡Sí! Y prometimos que vendremos a visitarte más seguido, ¿verdad, mami?
—Por supuesto…
—Mmm… Tu madre no parece muy convencida, pequeña.
—Abu, hazme caso. ¡Yo tomo las decisiones! Vendremos a verte porque así lo digo. Mamá no se opone a lo que yo decido.
—¿Qué estás diciendo, monstruito? —bromeo.
Brune cubre su rostro con las manos y sale corriendo hacia la mochila que dejó tirada unos metros más allá, riendo con alegría.
—Le encanta actuar. Este año asistió a clases de teatro.
—¡Magnífico! —Miriam me mira con dureza y agrega—: Tú nunca tuviste intereses similares cuando eras niña.
—Porque no podía hacer lo mismo que los demás. Así lo decidía papá.
—¡Osvaldo era un buen hombre, Sofía!
—Sí, nos protegía tanto que no podíamos mirar a nadie a los ojos, ni siquiera a él, porque lo consideraba desobediencia.
—Era estricto, pero nos amaba. Aborrezco que su muerte haya sido un alivio para ti.
Niego con la cabeza. Lloré por mi padre como pocas veces y Miriam lo presenció en primera fila, ya que estuve a su lado. No merecía mis lágrimas, pero lamenté su partida mucho más de lo que ella podría imaginar.
—¿Sigues trabajando en esa empresa? —pregunta, cambiando de tema.
Miriam tiene muchas cualidades admirables, pero también hay una parte de ella que es dura y exigente. Nunca me levantó la mano, aunque sus palabras afiladas hieren sin piedad y dejan cicatrices profundas cuando se detienen. A veces me pregunto si tiene un corazón en su pecho.
—Sí, por supuesto.
—¿Sigues frecuentando a esa gente?
Por «esa gente» se refiere a Axel. Lo conoció cuando Brune nació y quedó escandalizada por su presencia.
—Claro que sí, es mi amigo.
—¡Abu, ven a jugar conmigo!
Miriam sonríe a mi hija, emocionada por la invitación, y se levanta para unirse a ella. Sin embargo, se detiene por un momento y me lanza una mirada llena de desprecio y repulsión, idéntica a la que me dirigió hace diecisiete años. Los recuerdos me abruman una vez más.
—Dios los cría y el viento los amontona —escupe.
Sus palabras cortantes y su actitud implacable son una constante en nuestra relación.
Aunque guarda cierta ternura por Brune, su mirada hacia mí siempre está teñida de desdén y decepción.
Su apariencia y su aura imponente crean una distancia amarga y gigante que nos divide con fuerza, como si hubiera una brecha insalvable entre la mujer que soy y la que ella siempre esperó que sea.
Abigail y yo éramos inseparables desde niñas, nos conocimos con apenas dos o tres años. Nuestros padres tenían una estrecha relación, hasta que un día descubrieron el preciado secreto que compartíamos.
En aquel entonces, vivíamos en la ciudad donde nací, al este de aquí. Nuestra acogedora casa se encontraba justo frente al mar, un lugar en el que solíamos pasar innumerables horas juntas.
Recuerdo con claridad aquel día en el que estaba tumbada en el sofá, viendo la televisión y disfrutando de unas galletas con leche.
Miriam se sentó cerca de mí, con sus gafas descansando sobre su cabeza y se dispuso a enviar algunos mensajes de texto.
De repente, sus ojos se posaron en mí de una manera intensa, como si tuvieran el poder de lanzar poderosas explosiones emocionales.
Un escalofrío recorrió mi espalda y supe, en ese instante, que acababa de cometer el peor error de mi vida a mis quince años: olvidé borrar los mensajes que había enviado y recibido horas antes.
—¿Qué? —apenas pude pronunciar, mientras observaba en su rostro una mezcla de desconcierto y horror. Su boca estaba abierta y su nariz, arrugada. Sentí un mareo que amenazaba con hacerme perder el conocimiento.
—¿Eres lesbiana? —preguntó con un tono fulminante.
Abigail y yo nos dimos el primer beso inocente a los trece años.
Fue una exploración natural en esa etapa de nuestra vida, un despertar de curiosidad.
Con el paso del tiempo, lo que era un simple beso se convirtió en un sentimiento profundo y sincero.
Nos costó asimilar que nos queríamos más allá de la amistad que habíamos construido desde la infancia.
En esos mensajes que Miriam leyó, estaba claro cuál era nuestro verdadero vínculo.
Yo soñaba con Abi, ilusionada con volver a sentir sus besos una y otra vez.
—Si lo soy, ¿qué importa? —respondí, enfrentándome a la mirada hostil que me empezó a perseguir desde entonces.
Sentía que me consideraba un ser repugnante, alguien que ya no merecía un reconocimiento como su hija.