Capítulo 2
Además de apoyarme en la lectura, el acto de escribir se ha convertido en un aliado indiscutible para mí, aunque por un tiempo abandoné esta afición debido a una experiencia que me arrebató la pasión y donde inició mi decepción.
Uno de mis mayores tesoros era mi diario íntimo, pero dejó de ser especial cuando Néstor lo descubrió y lo leyó a escondidas.
A mis diecinueve años, decidí dar un paso hacia mi independencia y mudarme a un modesto piso de un ambiente.
Tras juntar el dinero necesario, dejé atrás el hogar que compartía con mi madre.
La primera noche en ese espacio reducido, dormí acurrucada en un colchón que adquirí con mi primer salario.
No tenía mucho más. Sin embargo, transcurridos tres meses, Néstor irrumpió en mi vida y trajo consigo una luz llena de esperanza.
—No estás sola —me susurró—. Siempre estaré a tu lado.
«El nidito de nuestro amor» fue el nombre que otorgamos a ese refugio tan especial. Allí, desnudos y abrazados sobre el colchón en el suelo, nos cobijábamos con una manta que él me regaló.
—Lo sé. Te quiero. ¿Sabes qué? Estos siete meses juntos han sido los mejores de mi vida.
—No me gusta verte triste —respondió con dulzura.
—Te tengo a ti, no hay lugar para la tristeza.
—Anoche llorabas.
La afirmación me desconcertó, ya que no le había mencionado nada al respecto, y era imposible que lo supiera, a menos que…
—¡Leíste mi diario! —acusé, sintiendo una profunda amargura—. ¿Por qué lo hiciste?
—No fue así —negó con vehemencia—. Lo encontré entre tus cosas cuando te marchaste a trabajar esta mañana. No pensé que fuera tan importante.
Mis lágrimas brotaron sin control, sintiendo que mi intimidad había sido invadida.
Néstor se disculpó y prometió no volver a repetirlo.
Lo dejé pasar. Al día siguiente, cuando se marchó, prendí fuego a mi diario íntimo.
Fue como si me arrancara una parte esencial de mí misma, consciente de que mi privacidad había sido ultrajada por alguien que no tenía derecho a hacerlo, aunque fuese mi novio.
Algunos años después, ya convertida en madre, mi mundo dio un vuelco al descubrir Wattpad.
¡Qué hermosa revelación! En un principio, me limitaba a leer lo que los demás compartían, pero de a poco me animé a publicar y, con ello, a abrir mi corazón a un sinfín de desconocidos y amigos virtuales.
No obstante, esto sigue siendo un secreto bien guardado.
Se convirtió en mi nuevo tesoro personal.
Hace poco, me atreví a expresar que me sentía tonta por continuar escribiendo en esta plataforma a mis treinta y dos años.
Sin embargo, un usuario mucho mayor que yo me instó a no abandonar este pequeño universo que se ha convertido en mi hogar.
Y aquí estoy ahora, plasmando un nuevo capítulo de la historia de una protagonista fuerte y apasionada, luchando contra su amor verdadero.
He estado entregada a la escritura sin pausa desde el almuerzo, lo cual suma casi dos horas de intensa creatividad. Estiro mi cuerpo cansado y abandono la habitación.
Al entrar a la sala me topo con Néstor, tan metido en su portátil que parece no notar nada a su alrededor. Decido sentarme a su lado y apoyar mi cabeza en su hombro, buscando un poco de cercanía.
—Estoy contenta.
—¿Por qué? —pregunta mostrando cierta curiosidad en sus ojos marrones, reflejando una dulzura que contrasta con su expresión tan seria.
No tengo intención de revelarle lo emocionada que me encuentro por el progreso significativo que he logrado en mi nueva novela, así que opto por compartir solo una parte de la verdad.
—¿Lo has olvidado? Apenas faltan algunos días para que comiencen mis tan esperadas vacaciones —le recuerdo, deseando que él comparta mi entusiasmo.
—Cierto…
Detecto una sombra de duda en la expresión de sus ojos.
—¿Qué sucede? Desde esta mañana, apenas me has contestado con monosílabos.
—¡Nada! Estoy concentrado en mi trabajo. Si no te importa…
—De acuerdo —interrumpo, sintiendo que una pizca de tristeza se insinúa en mi interior—. Te dejo continuar. No quiero ser una molestia, perdón.
Néstor tiene esa costumbre de evitar el diálogo, creando una atmósfera de silencio que se vuelve opresiva. Sus hombros parecen un poco débiles en este momento.
Mientras me preparo una taza de café, mi teléfono anuncia una llamada entrante que atiendo con gusto. Me siento feliz de tener un breve respiro y de poder escapar, aunque sea por un momento, de este hogar sumido en el silencio y lleno de tensiones no expresadas.
—¡Hola, Sofi! ¿Cómo estás?
—Muy bien porque me alegra escuchar tu voz tan poderosa, amigo mío.
—Espero que nunca dejes de decirme cosas lindas. No sabes cómo necesito escucharte…
—¿Por qué? Aquí estoy yo para apoyarte, Dan. Dime qué pasa.
—En realidad, solo me siento agotado… —suspira.
—No puedes dormir, ¿verdad? —adivino, recordando las noches interminables que acompañan la llegada de un bebé.
—Desde que mi esposa dio a luz, ni por tres horas seguidas.
Daniel es uno de mis mejores amigos. Nos conocimos en el instituto y, a pesar de la distancia, hemos logrado mantener nuestra amistad intacta.
—¡Mierda, son casi cuatro meses!
—Así es, Sofi. Dime cómo hiciste con Brune… ¿Hay algún truco?
—Pues no estuve sola y, aunque no lo parezca, el tiempo vuela; cuando menos lo esperas, se cumple un año —respondo, recordando aquellos primeros días de maternidad y la incertidumbre que los acompañó—. Brune fue una bebé tranquila, por suerte. No sé qué decirte…
—Duerme durante el día, ¡Dios mío!
—¡Mientras tú trabajas y no puedes descansar! Tu hijo es muy travieso —comento con complicidad, reconociendo los desafíos que enfrenta—. ¿Cómo está Ana?
—Por lo menos, duerme cuando lo hace Noah.
—Ese es un truco muy práctico, la verdad.
—¡Así es! De todas formas, ambos estamos muy felices, Sofi. Sabes lo mucho que lo deseábamos —expresa, transmitiendo su amor y gratitud a pesar del agotamiento.
—Los bebés vienen con advertencia, términos y condiciones que se aceptan con bastante anticipación —bromeo.
—Es verdad. —Se ríe—. Qué lindo es quejarse un poquito. Gracias por escuchar.
—En eso somos buenos. Por cierto, ¿Julieta se decidió por no molestarte?
—¡Oh, sí! Hace una semana que dejó de pasar por casa y solo llama para ver cómo marchan las cosas con Noah —responde, aliviado.
—A pesar de ser inoportuna, es un encanto. Por eso es nuestra mejor amiga.
—Creo que detrás de su preocupación por mi hijo, solo desea ser madre…
—Sí… —Suspiro, recordando nuestras conversaciones acerca de la maternidad—. Lo hemos hablado. Siente que su tiempo se agota y la gente no deja de preguntarle para cuándo. Juli no se merece eso…
—Sé cómo es. También lo he vivido.
—Y yo, con respecto al segundo hijo que nunca estará en mis planes.
—Creo que el único que no siente esa presión es Marcos.
Mi pecho se comprime al escuchar su nombre.
Marcos, ¿cómo te estará tratando la vida? ¿Algún día vas a regresar?
No es que se haya marchado lejos, solo se ha perdido en el pasado sin una explicación clara.
A veces la vida nos lleva por caminos diferentes y, aunque el tiempo y la distancia pisan fuerte, los recuerdos y los lazos que compartimos siguen vivos en nuestros corazones.
—Sí, es cierto… —respondo sintiendo una mezcla de nostalgia, añoranza y una sensación de vacío que jamás podré llenar—. Perdón, Dan, tengo que colgar… En unos minutos, debo recoger a Brune. Se fue a almorzar a la casa de una de sus amiguitas.
—Está bien, entiendo. Llámame cuando tengas tiempo. Abraza fuerte a tu niña de parte mía.
—Claro que sí. Siempre estaré aquí para ti, amigo. Te quiero mucho y te deseo toda la suerte y paciencia del mundo.
—La voy a necesitar. Gracias por escucharme, Sofi. Eres un verdadero tesoro.
Nos despedimos, conscientes de que nuestra amistad perdurará a pesar de los desafíos que la vida nos presente.
Aunque cada uno tenga sus propias batallas por enfrentar, siempre encontraremos consuelo y apoyo mutuo en nuestras conversaciones y en el lazo inquebrantable que compartimos. Saberlo me da paz.
Regreso a la sala y Néstor sigue en la misma posición en la que se encontraba antes. Su semblante refleja una mezcla de frustración y cansancio, y percibo la tensión en el aire.
—Preparé café, ¿te gustaría una taza? —ofrezco, esperando que el gesto pueda suavizar el clima que aún nos rodea.
—No —responde con voz cortante, sin siquiera mirarme.
Lo analizo con detenimiento, tratando de descifrar sus emociones. Parece estar lidiando con algo más profundo que un simple enojo hacia mí.
—¿Qué sucede? —pregunto con cautela—. Siento que estás molesto conmigo.
Suspira y me sostiene la mirada, revelando su vulnerabilidad.
—Sofía, dime… ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor?
La pregunta me golpea y siento un nudo en mi estómago. Bajo la guardia y trato de explicar mis sentimientos. No es sencillo abordar el tema.
—¿Sigues molesto por lo que pasó anoche?
—¿Cuándo dejarás de creer que solo te veo como un objeto sexual?
Sus palabras resuenan en mis oídos y me hacen reflexionar sobre mis propias inseguridades.
—No es que piense eso, yo…
—¡Eso es lo que tienes en tu mente, Sofía! Te amo y te deseo. Quiero esa conexión que solíamos tener, pero tú interpretas las cosas de manera distorsionada. No eres un objeto para mí, cariño.
La verdad de sus palabras me sacude y me siento desarmada. ¿Será cierto que he estado proyectando mis propios miedos en nuestra relación?
—Ya no es como antes… —susurro sintiendo que la distancia entre nosotros se hace más evidente.
Él suspira una vez más y continúa con un tono cargado de frustración:
—¿Sabes? Dices que quieres hablar, aunque a veces siento que ocultas tu verdadero yo.
Me gustaría entenderte, pero siempre construyes barreras entre nosotros.
Y al final, parece que solo ves los problemas en mí, sin considerar tu propia parte en todo esto.
Necesitamos tener una comunicación más honesta y abierta.