Capítulo 1 #3
Cuando me calmé, les pedí que se fueran. Fui honesta. Admití que quería un espacio y estar a solas con mi hija. Además, les prometí que solicitaría ayuda si la necesitaba. A regañadientes, se marcharon.
Ahora Brune tiene diez años y nunca he tenido la necesidad de pedirles ayuda. A pesar de mi trabajo, mi vida se centra en ella. Dividí las aguas y me dediqué al cien por ciento a ser madre. No me arrepiento ni por un segundo.
Hoy en día, asumo mi papel con más calma. De hecho, hace un mes, Brune quiso pasar una noche con sus abuelos. Acepté sin objeciones, ahora que ella puede expresarse por sí misma. Sé que debo dejarla volar de a poco. Está creciendo feliz, y eso me llena de orgullo.
—De acuerdo, aguantaré las ganas de vomitar —le digo, volviendo al presente.
—Sofi…
Me dirijo al salón acompañada por Cleo, que ronronea entre mis piernas, y saludo a mis suegros. Me cuesta llamarlos así. Quizás porque siempre he sido una chica rara que prefiere mantener las distancias. No me agrada sentirme invadida.
Sé que no son malas personas. El caso es que suelen ser demasiados afectuosos para mi gusto.
Aún me siento culpable por ver la situación de esa manera, como si fuera algo negativo.
Siempre me pongo en el lugar de la villana de la historia, la que no se deja querer de la forma y en la medida que ellos quisieran. La complicada. La problemática.
Cuando vienen de visita, yo me hago a un lado y trato de pasar desapercibida. A veces ni se dan cuenta de que estoy ahí, y otras parece que me tienen marcada como su blanco preferido.
—Te has servido una porción pequeña, ¿quieres más? —me pregunta Samuel.
—Estoy bien, no te preocupes. Gracias.
—¡Toma! Come —dice, llenando mi plato—. ¡La merluza está deliciosa!
—De verdad, no hace falta.
Siento un nudo en el pecho. Apenas pude terminar la porción anterior. Miro a Néstor, buscando su apoyo.
—Por favor —me dice en silencio, moviendo los labios y haciendo un gesto con la cabeza hacia el plato.
Suspiro. ¿Es tan difícil para él ponerse en mi lugar por un momento?
Esta vez, devoro la cena como si estuviera en una carrera contra el tiempo, ansiando que todo termine pronto. Ofrezco mi mayor esfuerzo para que no sea una tortura. Odio el pescado, su sabor y su olor, pero puedo soportarlo. No es para tanto…
Silvia está contando historias que hacen que Brune se ría a carcajadas. Si miro a mi alrededor, nada parece ser malo.
—Tienes la carita más redonda, Sofi.
—¿Perdón?
—Sí, te veo un poco más rellenita —aclara Samuel—. La última vez que te vimos, estabas mejor… Delgada.
Siempre hace ese tipo de comentarios. Néstor dice que es un hombre mayor y que debería darle la razón. Aunque sé que no es correcto permitirlo, le muestro la mejor de mis sonrisas falsas que guardo en mi catálogo.
—¿No decías que no tenías hambre? Mira ese plato… Terminaste sin problemas la segunda porción, ¡no dejaste nada de sobras!
Cualquier opción que hubiera tomado, habría estado mal. Me he acostumbrado a esa extraña forma que tienen de expresarse. Me convenzo de que no lo hacen con malas intenciones.
Bajo la cabeza, es que ya no importa. Que la gente piense lo que quiera, ¿qué más da?
Brune se ha ido a la cama después de pedirnos que inventemos un cuento infantil entre todos juntos. Ahora está sumida en un profundo sueño.
—¡Bruni es hermosa! Cada vez que la veo, la encuentro más bella. Crece tan rápido, ¡Dios mío! Me has dado la nieta que siempre soñé, Sofi. Las quiero mucho. Gracias por recibirnos —exclama Silvia. Sus ojos brillan con amor y orgullo.
—Gracias a ustedes por la visita. Es un placer verlos —respondo con una sonrisa cálida, apreciando la conexión que se forma entre mi niña y su abuela.
—¿Me pueden avisar cuando lleguen a casa? —pide Nes con un dejo de preocupación en su voz.
—Por supuesto, hijo —responde Samuel mientras Silvia sube al coche.
—¡Buenas noches, mis amores! —Ella nos saluda con la mano, y Samuel inclina la cabeza en señal de despedida antes de poner en marcha el vehículo.
El ambiente se encuentra cargado de emociones encontradas mientras observamos cómo se alejan. La alegría de Nes al tener a su madre cerca se mezcla con la tristeza de saber que la brevedad del encuentro solo concede un vacío más profundo en su interior.
Me dirijo a la cama, deseando sumergirme en el mundo de la lectura antes de entregarme al sueño. Soñar despierta se ha convertido en una forma de escape, una manera de llenar los espacios vacíos de mi vida con las historias románticas que tanto anhelo.
Me declaro una soñadora incurable, una eterna fanática del amor.
Los libros de romance tienen el poder de transportarme a otros mundos, de hacer palpitar mi corazón y avivar mis sueños más profundos.
Cada página es una puerta hacia la pasión y la entrega, y a través de esas palabras escritas, logro encontrar la conexión que parece eludirme en la realidad.
Me pregunto a menudo por qué los seres humanos podemos describir y hablar del amor de manera tan intensa, pero nos encontramos luchando para no concretarlo en nuestras vidas.
El concepto romántico parece estar confinado a las páginas y a la imaginación, sin poder salir al mundo tangible.
Supongo que me atrae tanto porque, en su esencia, es un refugio seguro y ficticio.
Y en ocasiones, solo a veces, anhelo encontrar ese amor idealizado en la vida real.
Aunque soy la protagonista indiscutible de mi propia historia, debo admitir que Néstor no encaja como el interés romántico con el que soñaba.
Cuando permito que mis pensamientos y deseos fluyan con libertad, no es él quien pinta el lienzo de mis fantasías.
No puedo precisar cuándo comenzó esta desconexión entre nosotros, pero sé que algo ha cambiado.
Hoy en día, aunque no lo quiera admitir en voz alta, he dejado de considerar a Néstor como el amor de mi vida, pero nos elegimos cada día y lucho por encontrar otra vez aquello que nos unió.
En el pasado, vivimos experiencias salvajes e irrepetibles.
Compartimos muchos momentos de locura y éramos invencibles juntos.
Al iniciar nuestra relación, su presencia me llenaba de felicidad como nunca había experimentado.
Me sentía importante, amada y bendecida por la vida misma.
Creíamos que nada ni nadie podría separarnos, que éramos capaces de enfrentar cualquier obstáculo y vencer al mundo entero si se interponía en nuestro camino.
Sin embargo, ¿de qué manera puedo explicar que ahora lo veo más como un buen amigo?
El amor, el deseo, la pasión, la ternura, la alegría…
todo eso y más se ha ido desvaneciendo entre nuestros dedos con el paso del tiempo. ¿Qué nos queda ahora?
Sigo leyendo, distraída de la realidad. Entonces, Néstor ingresa a nuestra habitación, se desnuda y se acuesta a mi lado.
Aclarando la garganta, me mira expectante.
Con un gesto suave, me quito las gafas, cierro el libro y lo coloco con cuidado sobre la mesa de noche.
Luego apago la lámpara y dejo que mi mirada se pierda en el techo, como buscando respuestas en las sombras.
—Gracias por hoy —susurra, acercándose a mi rostro.
Apoyo mi mejilla sobre su frente, sintiendo su calor reconfortante. Quiero caricias dulces y cercanía, deseo sentirme protegida. Acepto con gratitud sus abrazos y le permito apoyar su cabeza en mi pecho. Lo envuelvo con mis brazos, buscando un consuelo que a veces parece esfumarse entre nosotros.
—Quiero contarte una cosa importante, Nes.
—¿Qué? ¿Sucedió algo?
—Más o menos. Pero no te asustes —lo tranquilizo—. Teresa me hizo una propuesta laboral muy interesante.
—¿Quién?
—Teresa, mi jefa —le recuerdo—. Me ofreció un ascenso.
—¡Ah!
Le cuento la oferta que me hizo con lujo de detalles y sin poder ocultar mi alegría.
—Es muy riesgoso —dice cuando termino de hablar.
—¿Te parece?
—Demasiado bueno para ser cierto, ¿no? ¿Y si todo es un truco para sacarte del medio? Tienes mucha antigüedad en la empresa… ¿y si en realidad ese «crecimiento» es la forma más elegante de hacerte perder lo que ya ganaste?
—Suenas conspiranoico.
—Sofi, no quiero ofenderte —dice con lástima—, pero no tienes una preparación académica que te respalde. Sabes que me gusta apostar a lo seguro, mi opinión es esa.
—Pero…
—No asumas riesgos innecesarios. Tu puesto actual no es malo. Si aceptas el ascenso, serán más grandes las responsabilidades que tendrás, y no estás preparada para un cambio de esa magnitud.
—¿Por qué dices eso?
—Porque te conozco y sé qué es lo mejor para ti. Pero, si decides aceptar el puesto nuevo, te apoyaré de todas formas.
Siento una molestia en el estómago. La emoción inicial ha desaparecido por completo.
—Tienes razón. Gracias por abrirme los ojos. Es demasiado para mí.
—Cuenta conmigo, cariño.
—Te quiero.
—Y yo a ti —responde, sellando mis palabras con un beso en el cuello.
Aunque hay cierta dulzura en ese gesto, de repente, la habitación parece envolverse en una atmósfera gélida e inhóspita.
Me quedo en silencio, escuchando que su respiración cambia, se agita.
Sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo.
Retengo el aire de mis pulmones y, cuando ya no soporto seguir conteniendo la respiración, lo suelto en forma de lamento.
Maldigo en mi interior porque Nes lo malinterpreta, creyendo que he gemido.
—Oh, yo también te deseo —dice, dejando que sus ansias se desborden mientras presiona el costado de mi cadera.
Sus besos se vuelven más intensos a medida que se coloca sobre mí, buscando una conexión física que alguna vez fue más fácil de encontrar.
—Tengo sueño. —Lo detengo, clavando mis manos con firmeza contra su pecho, creando una barrera que nos separa.
Me mira con decepción en sus ojos durante unos segundos eternos. Luego suspira y se vuelve hacia un lado, dándome la espalda. En el silencio que se instala entre nosotros, puedo sentir el peso de la confusión y la insatisfacción que nos rodea.