Capítulo 1 #2
—Bueno, se están conociendo, ¿así suena mejor para ti? ¡No seas aburrido, Ax! —replica Theo, sin dejar de mostrarse seguro de sí mismo.
—¡Oigan! —interrumpo con urgencia—. Cierren la boca, porque Teresa viene hacia aquí y dudo que quieran invitarla también.
Observo a mis compañeros comportarse de la misma forma que lo harían los niños, fingiendo estar ocupados con la pantalla de sus ordenadores, como si estuvieran resolviendo casos complicados.
—Sofía, necesito que me acompañes a mi oficina ahora —anuncia ella.
Todos suspiran aliviados, pero también con una pizca de pena por mí. Asiento y con rapidez sigo a Teresa hacia su oficina. ¡Maldita sea! Solo faltan diez minutos para que termine mi jornada… ¡Me quiero ir a casa de una vez!
A lo largo de mi carrera en esta empresa he tenido muchos jefes, pero ella es la única con la cual no he logrado establecer una conexión. Tanto Axel como Marina me han comentado lo mismo en varias ocasiones, incluso Theo lo ha mencionado alguna vez.
Entramos a su pequeño espacio y tomo asiento mientras ella cierra la puerta de vidrio. Luego se sienta frente a mí, se pone las gafas y comienza a trabajar en su portátil.
—¿Todo en orden? —me animo a preguntar, tratando de romper el incómodo silencio. Detesto esta sensación de desconexión.
Ella se encuentra concentrada en su lectura y no se molesta en responder. Empiezo a repasar todo lo que pude haber hecho mal. Aparte de confundir el nombre de algún cliente en el encabezado de un correo electrónico al que respondí, no se me ocurre qué más podría haber sido…
—Te estuve monitoreando.
—Bien… ¿Hay algo en lo que deba mejorar? —quiero saber, sintiendo un nudo en mi garganta.
—¿Te has enterado de lo que dicen sobre los empleados con más antigüedad? —pregunta mirando hacia el exterior a través de una pequeña ventana.
—Imagino que muchas cosas.
—Dicen que se vuelven difíciles, que dejan de ser productivos y esperan ser despedidos con una gran indemnización gracias a sus años en la empresa.
—Creo que no todos los empleados veteranos encajan en esa descripción.
—Eso mismo he descubierto contigo.
—Siempre hago mi trabajo lo mejor que puedo.
—¿Sabes? Me avergüenza admitirlo, pero estuve a la defensiva contigo. Observé de cerca tu desempeño y no encontré nada negativo… Eres sobresaliente.
—De acuerdo. Gracias —respondo intentando mantener la calma.
—¡Te felicito!
Trago saliva con dificultad, lamentando en lo más profundo de mi ser que ella no haya encontrado nada malo.
A veces anhelo ser despedida, porque después de todos estos años no he sido capaz de irme por voluntad propia.
Nunca he faltado al trabajo por enfermedad, a pesar de que a menudo lo necesitaba, y sé lo contradictorio que resulta.
Mis pensamientos y acciones están en constante conflicto. No puedo lidiar conmigo misma.
—En diez días podrás disfrutar de tus vacaciones.
—Así es. Trato de no pensar en eso, me provoca ansiedad.
—¿Tienes planes?
—Sí… Vamos a viajar a Río de Janeiro. Después de mucho tiempo, mi pareja y yo pudimos coordinar nuestras vacaciones.
—¡Qué bueno! Me alegro por ti. Solo quería decirte que sigas así, como hasta ahora. Lo estás haciendo muy bien. Tómate la próxima semana con calma.
—De acuerdo.
Miro el reloj, ansiosa por correr para no perder el autobús.
—¡Espera! Hay algo más que quiero decirte —me detiene.
—Claro —contesto reprimiendo un suspiro—. ¿Qué sucede?
—Hay un puesto vacante para ascender en la empresa. He chequeado que cumples con todos los requisitos. Me gustaría que consideres postularte.
Teresa me enseña rápidamente cuál es el puesto que buscan cubrir y no oculto mi interés. De hecho, me emociona y siento que puedo con el trabajo.
—La oportunidad es muy buena, ¿verdad?
—¡Guau! Es… increíble. Pero…
—¿Es un inconveniente el horario? ¿Tienes alguna duda? Puedo coordinar una reunión en la que podrás sacarte cualquier inquietud.
—No es eso. Es… Debo hablarlo en casa. Necesito la opinión de mi pareja.
—Ah, entiendo —responde—. No hay problema. Tienes tiempo hasta el viernes para presentar la solicitud y no va a interferir con tus vacaciones. Piénsalo tranquila.
—¡Gracias! —Hago crujir mis dedos con nerviosismo—. Gracias por tenerme en cuenta. Significa mucho, de verdad. Nunca me ofrecieron algo así y me siento… rara.
—Te lo mereces —dice con una sonrisa—. Tu turno ha terminado. Ve a casa. Nos vemos, Sofi.
—¡Hasta el lunes, Teresa! De nuevo, gracias por todo.
Me despido con rapidez de Mari y Theo, y alcanzo a Axel antes de llegar al ascensor.
—¿Qué quería la bruja?
—¿Felicitarme?
—¿De verdad?
Levanto un hombro en señal de indiferencia.
—Además, me ofreció un ascenso.
—¡Es genial! ¿Has aceptado?
—Debo postularme primero y luego pasar por una serie de procesos de selección, ya sabes… Lo voy a pensar.
—Entiendo —responde Ax. Parece que tiene ganas de agregar algo más, pero no lo hace.
—Si Teresa supiera…
—¿Lo mucho que amas nuestro empleo?
—«¡Qué malagradecida eres! ¡Ahí está la puerta para que te largues ahora mismo!». No, gracias. No quiero escuchar esos reproches de Teresa otra vez.
—Es terrible darse cuenta de que nos hemos acostumbrado a fingir sinceridad, ¿verdad?
—Ni siquiera lo menciones. Es el resumen de mi vida.
Mi verdadero yo, sin máscaras ni pretensiones, sale a la luz cuando estoy con Brune.
—¡Hola, mi pequeña! ¿Cómo te fue en la escuela hoy?
—¡Por fin es viernes! —exclama levantando los brazos en señal de victoria.
Sacudimos nuestras cabezas al estilo del metal, mientras los otros padres presentes nos miran con cierto desdén. No me importa la opinión de los demás, ¡qué les den!
—¡Mamá, eres una loca! —Ríe con fuerza, contagiándome de su alegría.
—Y tú no te quedas atrás, peque.
—¡Solo falta una semana para las vacaciones! —anuncia, entregándome su morral—. Estoy contando los días, ¡qué emoción! Aunque me da bastante miedo el avión… —confiesa con una expresión de preocupación.
—Te entiendo, mi amor. Pero ¿sabes qué? Estoy segura de que será una experiencia única. Creo que una vez que estemos en el aire y algo te llame la atención, olvidarás cualquier miedo. Además, estaré a tu lado, tomándote fuerte de la mano, tal como lo hago ahora.
—¡Mejor así! Creo que papá será el que sufrirá más que yo, estoy segura —comenta entre risas.
Aunque a Brune le cause gracia, no a mí. Sin embargo, decido seguirle el juego.
—Esperemos que no. No seas demasiado dura con papá…
—Tienes razón. ¡Pobre papá! —concede con una sonrisa traviesa.
Néstor es mi completo opuesto. Al principio, me encantaba su vulnerabilidad y su capacidad de expresarse sin preocuparse por el juicio de los demás.
Aún admiro esa cualidad en él. Sin embargo, con el tiempo, también me he dado cuenta de su otra cara, su lado infantil que parece persistir incluso en su cuerpo de adulto.
Quizás se deba a nuestras diferentes crianzas y entornos. Él tuvo la familia perfecta, la que todos considerarían ideal, y sigue siendo una unidad sólida. En cambio, mi familia es un tema complicado…
No sé cómo hemos logrado encajar a pesar de nuestras diferencias tan marcadas, pero hacerlo ha sido un triunfo para ambos, al menos por un tiempo.
Durante la película, luché contra el sueño que amenazaba con vencerme en varias ocasiones. Abría los ojos de inmediato cada vez que sentía la mirada intensa de mi hija sobre mí. Me resistí con todas mis fuerzas y artimañas, decidida a no dejarme vencer por el cansancio.
Néstor llega antes de lo esperado, interrumpiendo mis preparativos para la cena. Sus padres lo siguen de cerca mientras ingresan a la casa. Dejo caer los hombros al verlos.
Los tres se dirigen hacia Brune, que se encuentra acostada en la alfombra junto a Cleo, y la abrazan, desbordantes de amor. Mi hija está radiante, como siempre. Siendo la única nieta, se acostumbró a ser el centro de atención de la familia y le encanta que sea así.
Néstor se acerca a mí y me da un beso fugaz en los labios.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —susurro.
—Se me olvidó. No es para tanto…
—Es que…
—¿Tanto te perturban mis padres?
—No me refiero a eso… No me molesta la visita. ¿Por qué siempre sacas las cosas de contexto? No preparé suficiente comida, de haberlo sabido…
—Mi madre trajo la cena.
—Bueno, no importa.
Exhausta, regreso a la cocina y retiro la cacerola del fuego.
—Aprendió una receta nueva y le hace ilusión que la pruebes. Albóndigas de merluza en salsa ver…
No lo dejo terminar.
—¿Estás bromeando, Nes? Sabes que no me gusta el pescado y, si la memoria no me falla, ellos también lo saben.
—Seguro que mi madre lo olvidó.
—Cenaré lo que preparé, no te preocupes. Paso de la merluza.
—Sofi, cariño… No seas grosera, por favor.
—¿Esperas que coma algo que no me gusta?
—Fue hecho con amor. No quiero que se arme un drama.
Lo miro tratando de recordar cuándo he tenido malas actitudes.
Y me doy cuenta de que no hay ningún recuerdo de ese tipo en mi mente.
Siempre he sido educada y respetuosa. Excepto cuando Brune nació y quisieron instalarse en nuestra casa para cuidarla, porque no confiaban en que yo sería capaz de hacerlo.
Ese fue el momento en el que perdí la paciencia.
Estaba cansada de no tener intimidad. Aguanté solo una semana.
Exploté cuando Brune tuvo hambre. Mi suegra insistió en que ella quería ser la encargada de alimentarla, y Néstor preparó el biberón con orgullo. Todos sabían que yo prefería la lactancia materna por encima de cualquier cosa, que estaba a favor de amamantarla.
—¿Estás bien? —me preguntó él, con una estúpida sonrisa en el rostro.
Recuerdo que lo miré con odio, deseando su muerte. No bromeo.
—¿Te parece que estoy bien? Por supuesto que no, idiota —le grité frente a sus padres—. ¡Tengo las tetas hinchadas! Me duelen, maldita sea. ¡Váyanse a la mierda con esa puta leche falsa!
El silencio invadió la sala. Me dirigí corriendo a mi habitación, donde me encerré. Tuve que hacerme una extracción, llorando de tristeza y dolor físico.