26 Contigo
MIGAS DE PAN CON CHORIZO
Ingredientes:
-Sal gorda.
Preparación:
Dorar la mitad del chorizo picado junto con el tocino.
Cuando haya soltado parte de la grasa, agregar el ajo y después el pan picado bien fino.
Mezclar bien y añadir el mosto mientras se remueve.
Salar y dejar cocer a fuego lento hasta que el líquido se haya absorbido.
Por último, cortar el chorizo sobrante en rodajas, pasarlo por la sartén vuelta y vuelta, y utilizarlo para acompañar a las migas.
Nota a pie de página:
He encontrado mi propia mezcla de sabores que borran la nostalgia del hogar. Las explosiones que inundan el paladar y te hacen desear más. En una sola persona.
Ethan es todo eso y mucho más. Le amo. Y junto a él, escribiré mi propio final feliz.
Dos años después.
El sol lucía en todo lo alto para acoger un acontecimiento tan importante en plena pradera.
Para la ocasión, Kamballa había cedido parte de su terreno, sobre el que se colocaron varias filas de sillas para los invitados, un pequeño estrado para el oficiante de la ceremonia, unos altavoces que reprodujeron la marcha nupcial con un sonido casi perfecto y una decoración sencilla y nada ostentosa. Al gusto de los novios.
Ella lucía un espectacular vestido beige que se ajustaba a sus curvas como si hubiera nacido con él.
En su mano derecha, sostenía un ramo de flores que solo cambió cuando el novio, vestido con un traje que no le podía sentar mejor, le colocó en el dedo su anillo de casada y pronunció sus votos matrimoniales.
Fue el momento más emocionante. Kamballa cogió aire para desatascarse la garganta, Rosario dejó de acariciar la cabezota de Rusty sin molestarse en disimular las lágrimas, y el resto estalló en aplausos cuando, al fin, Gavin y Macarena se convirtieron en marido y mujer.
—Ha sido… precioso —murmuró Carolina, colgada del brazo de Ethan mientras esperaban a que los invitados se reunieran en una enorme carpa que acogía el banquete de la boda—. Nunca pensé que la loca de mi hermana sentaría la cabeza de esta manera.
—La vida es imprevisible, aroha . Si no, míranos a nosotros.
Ella miró; solo a él. Estaba espectacular con su traje de etiqueta, pero aprovechó la mínima ocasión para quitarse la chaqueta y aflojarse la corbata.
—Así estás mucho mejor. —Rio Carolina, pasando la mano con disimulo por encima de su camisa, solo por el placer de notar los pliegues de sus músculos.
Los ojos azules relampaguearon y se oscurecieron al dilatarse las pupilas.
En esos últimos dos años, no habían dejado de hacerlo cada vez que Carolina estaba con él.
No importaba el lugar o la situación. Estaba total, completa y profundamente enamorado de la mujer que ahora convivía con él.
Con su desorden, sus ausencias inesperadas por motivos de trabajo, sus frustraciones cuando algo no salía según lo esperado y con toda su capacidad de improvisación, en la cama y fuera de ella.
Después de su vuelta, habían tenido que enfrentarse a los escollos legales que supusieron los delitos cometidos tanto por Ben como por Brenda.
Ethan estaba convencido de que, de no haber contado con la presencia de Carolina, hubiera sido mucho peor.
Pero ella estaba allí, y los obstáculos se salvaron a base de amor, comprensión, apoyo incondicional y, por qué no decirlo, sexo del bueno, desenfrenado y sin medida.
Un nuevo veterinario había pasado a formar parte de la plantilla de la clínica, que había aumentado su clientela hasta hacerse, en ocasiones, casi asfixiante.
Después de que el funcionario sobornado por Ben fuese apartado de su trabajo, tampoco tuvo demasiados inconvenientes en hacer funcionar el refugio en condiciones y con las ayudas pertinentes.
Por su parte, Adam superaba su fracaso amoroso volcándose por completo en los animales; Carolina y Macarena abrieron una pequeña agencia de viajes a la que llamaron «Boomerang».
Caro se había integrado a la perfección en la comunidad de Stubborn.
Los vecinos la habían aceptado como una más, y tomaban sus consejos acerca de los viajes al pie de la letra.
Solo se había separado de ella por varios días en media docena de ocasiones, y el regreso resultó, sencillamente, memorable.
Les iba muy bien, juntos y por separado. Su vida fluía tranquila y feliz, para demostrarse mutuamente que los mejores bocados se daban poco a poco, saboreándolos aunque tuvieran el deje amargo de las discusiones o la explosión inigualable de las reconciliaciones.
Habían ido a cabalgar, a las playas de Bondi y a otras mucho menos transitadas, donde poder retozar como dos adolescentes.
Sin sobresaltos. A Ethan ya no le molestaba pasar el tiempo metido en cualquier pub, siempre que Carolina estuviera con él.
No tenía miedo de reconocer que estaba completamente enganchado a ella.
Y la muy listilla sabía sacar ventaja de esa debilidad siempre que podía.
Eso era lo que estaba haciendo ahora mismo, preciosa con aquel mono dorado, a juego con sus ojos, cerrado hasta el cuello y mucho más estilizado con aquellos tacones de diez centímetros que la acercaban un poco más a su boca.
Mientras la besaba, pensó en los inconvenientes de que llevara pantalones y no uno de sus vestidos o faldas.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Caro sin casi despegar los labios.
—¿No se nota?
Ethan deslizó las manos a lo largo de sus muslos y la apretó contra él.
—Si me esperas aquí, robo una ración de tarta Pavlova y nos escapamos al cobertizo.
Era muy capaz de hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Y eso que eran los hermanos de los novios.
Bueno, ¿qué más daba? Había invitados suficientes como para que su presencia no fuera necesaria. Y podrían hacerlo rápido. Así, no tendrían más que decir que habían ido al baño, o alguna tontería por el estilo, que nadie se creería solo con verlos, pero que nadie se atrevería a rebatir.
Al imaginarse la escena, Ethan sonrió. Fue la misma sonrisa llena de hoyuelos que tenía cuando Caro reapareció con lo prometido en una mano, y sus zapatos de tacón en la otra.
—Así iremos más rápido y será mucho más cómodo —le susurró sacudiendo en alto los tacones, como si le hubiera leído el pensamiento—. A no ser que quieras que te los clave en alguna parte de tu cuerpo perfecto…
—Yo seré el que te clave algo a ti, amor mío.
—Ethan la estrechó entre los brazos para besarla, con tanto ímpetu que la tarta estuvo a punto de terminar en el suelo.
Con su palma abierta abarcando el trasero firme de Carolina, prácticamente la empujó al interior del cobertizo antes de cerrar la puerta con llave—.
Ni siquiera te daré tiempo para pedírmelo.
Empezó por devorarle la boca mientras se deshacía de los inconvenientes del estilizado mono, al menos de cintura para arriba.
Una vez más, comprobó que ella no llevaba ropa interior.
Gimió cuando sintió en las palmas de las manos la ligera presión de los pezones duros de Carolina y adelantó sus caderas para acoplarse entre sus piernas.
—Cualquiera diría que no nos hemos visto en meses —rio Carolina.
—Si alguien se atreve a decirlo, será por pura envidia, ¿sabes? —Sin dejar de besarla, prácticamente se arrancó la camisa para seguir sintiéndola por completo contra su pecho—. Al vernos tan felices, enamorados y…
—¿Encoñados?
—Ufff… Esa palabra suena muy mal, aroha . Estás adquiriendo costumbres poco recomendables, diría yo.
Carolina rio por lo bajo y le mordisqueó la oreja.
—Aprendí de ti —susurró, conteniendo un jadeo cuando Ethan hizo lo mismo con uno de sus pezones—. No te cortas a la hora de expresarte en determinados momentos, Brown.
—Pero te encanta.
—Sí… —El aire se le escapó de golpe cuando él la agarró con fuerza para frotarse contra ella—. Oh, ya lo creo que sí.
Siempre que esos asaltos sexuales se producían en los momentos más inesperados, Ethan procuraba aprovechar cada partícula de su cuerpo, de su piel.
De su olor a excitación, mezclado con el inconfundible aroma a fresas.
Sentía una incontrolable necesidad de saborearlo todo con ella, porque todavía, muy en el fondo de su mente, tenía miedo de perderla.
De que en algún momento se cansara de él y decidiera cerrarle las puertas a aquella apasionada creatividad que le regalaba cuando hacían el amor.
Le mordisqueó el cuello y dejó que ella le bajara los pantalones hasta las rodillas, pero cuando iba a hacer lo propio con aquel traje tan lleno de incordios, Carolina lo separó.
—Deberías escucharme antes.
Se tomó su tiempo en recuperar la tranquilidad. Enlazó su mirada con la de él de forma que Ethan solo pudo pensar en todo lo que aquellos ojos parecían prometerle, y se arrodilló, cogiendo una de sus manos entre las de ella.
—Yo no tengo anillo, ni nota —empezó, completamente emocionada—. Y no he aparecido por sorpresa, pero espero que lo que tengo que decirte sí que te sorprenda. Ethan Brown, ¿quieres casarte conmigo?
Él no se rio, ni empezó a saltar completamente entusiasmado.
En realidad, no hizo nada de lo que hubiera sido lógico, a poco que se supieran los sentimientos que le inspiraba Carolina.
Si alguien le hubiera visto, con los pantalones limpiando el suelo del cobertizo de Kamballa mientras, bajo la carpa, los invitados a la boda disfrutaban nuevamente de Passenger y su Let Her Go , habría buscado inmediatamente un mando a distancia para darle a la pausa y disfrutar mejor del final.
Era su canción. Y su final. Su película. Su amor y su Carolina, que se ponía de pie y ladeaba la cabeza con una sonrisa amable e incluso condescendiente, como si comprendiera el bloqueo mental en el que estaba inmerso.
—Por eso querías traerme hasta aquí —afirmó.
Carolina hizo un mohín para ocultar su desilusión.
—No pienses que quiero quitarle el protagonismo a Maca y Gavin —probó a decir.
—Yo no lo pienso, pero a lo mejor ellos, sí.
—Es que me he dejado llevar por la magia del momento.