26 Contigo #2
¡Ay! Esa mirada huidiza. Esas arruguillas en la frente. Esa inclinación de cabeza acompañada del pestañeo, como si intentara por todos los medios dar pena, sabiendo que lo conseguiría…
—Caro… —intentó advertirla.
—Ethan…
—¿Desde cuándo llevas planeando esto?
Carolina resopló y se encogió de hombros, dándose por vencida.
—Vale, lo reconozco —refunfuñó—. Se lo dije a Maca y a Gavin la semana pasada. Fue idea de ellos que te lo propusiera precisamente hoy. Pero nadie más lo sabe, te lo prometo. Ni Kamballa, ni mi madre, ni Adam. Nadie.
—¿Otra vez? —Ethan levantó una ceja y se cruzó de brazos.
Debería, pero no podía enfadarse. Ni con ella, ni con ellos.
A fin de cuentas, no era nada habitual que la mujer de tus mejores sueños y de todas tus pesadillas, te propusiera matrimonio de golpe y porrazo—.
En algún momento tendremos que hablar muy seriamente con esos dos.
Solo para establecer límites entre nuestra vida privada y la suya.
Caro se acercó a él meneando sus caderas, como si estuviera en un desfile de modas y fuera el centro de atención.
Lo era. De la suya. Tanto, que toda la determinación de mantenerse en su sitio se fue por donde había venido cuando ella posó la palma de la mano en su mejilla bronceada.
El resultado fue el mismo de siempre; Ethan se olvidó de todo y se concentró en disfrutar de lo bien que olía para casi paladear lo bien que sabría.
—Melodramático —le susurró.
—Manipuladora.
—Veo que no te lo esperabas —dijo Caro con una risilla.
—No. Quiero decir, que no me lo esperaba.
—Pero seguro que tienes una respuesta, ¿verdad?
Por supuesto que la tenía. Como si durante los dos últimos años hubiera estado allí, esperando el momento en el que aquella mujer tan impresionantemente única se lo pidiera, haciendo que pareciera lo más natural del mundo.
El corazón le gritó en el pecho para terminar de decírselo. Y los ojos volvieron a humedecérsele, aunque afortunadamente no pasó de ahí.
Hubiera sido muy patético ponerse a llorar de emoción.
—La tengo —dijo, poniéndose los pantalones en su lugar y agarrándola de las manos—. Soy muy complicado, Carolina.
—Lo sé.
—Con demasiadas responsabilidades.
—Eso también lo sé —replicó Carolina, enredando los dedos en su pelo revuelto—. Y no he tenido que ponerme una escafandra, ni una armadura medieval, para soportarlo. No pienso quitarme nunca el anillo de compromiso que me regalaste, pero me gustaría acompañarlo con uno de casada.
Él entrecerró los ojos, no sabía si por desconfianza o por el conocido miedo del que tanto le había hablado Gavin cuando al fin se decidió a dar el paso con Macarena.
—Hace dos años me dijiste que no estabas preparada —objetó.
—Hace dos años me hablaste de un proyecto de vida en común, y fue lo que acepté.
Creo que me has dado argumentos de sobra para ir un paso más allá.
Si tú quieres, claro. Tienes motivos para pensar que saldrá mal y para poner todos los reparos del mundo, que lo entenderé. No me marcharé porque me digas que no.
Sí. Con Hannah, no pudo salirle peor. Ahora también podría ocurrir, por mucho que Caro fuera diferente. Pero no lo sabría si no se arriesgaba.
Con ella nada era igual. Estaba seguro de su amor por él. Al menos en el hoy. ¿Quién podría saber a ciencia cierta lo que pasaría mañana?
Ya estaba. Tenía luz verde para actuar como un chiflado y ponerse a saltar de alegría. También podría entrar en aquella carpa para anunciar la noticia. Seguro que Kamballa gritaría con él, y Rosario acabaría por fijar su residencia habitual en Stubborn.
Pero solo se mojó los labios y respiró muy hondo, esperando que así la opresión que sentía en el pecho se relajara un poco.
—Espero que estés segura de lo que acabas de pedirme —dijo con toda la sinceridad que le cabía en el corazón—, porque si digo que sí, tendrás que soportarme el resto de tu vida.
Los ojos dorados se iluminaron con una enorme sonrisa.
—De momento, no es tan malo. —Carolina se puso de puntillas y dejó caer un beso en la punta de su nariz—. ¿Algo más que deba saber?
—Sí. Esto. —La agarró por la cintura y comenzaron a moverse al son de las notas que les llegaban de la celebración.
Carolina entrelazó los dedos en torno a su cuello y Ethan dejó que los suyos vagaran a lo largo y ancho de su cintura.
Comenzaron con besos lentos, tiernos y leves, para terminar profundizando en la boca del otro como si fuera la primera vez que se exploraban.
Como si nunca antes se hubieran descubierto—.
Y sí. Claro que quiero casarme contigo, aroha . Las veces que hagan falta.
—Con una me basta para hacerte el hombre más feliz del mundo.
Para cerrar heridas y terminar de dar continuidad a sus vidas. Para convivir con el pasado sin miedo a lo que el futuro les podría deparar. Para reconstruir los pedazos del Ethan que todavía caminaba a ciegas y permitir que él hiciera lo propio con su parte más oscura.
Le abrazó con tanta fuerza que terminó por colgarse de su cuello. Ethan la apretó hasta que casi no pudieron respirar y los pechos de ambos se fundieron en uno solo.
—Gracias a ti, ya lo soy. —Se había quedado sin aliento.
Su boca empezó a saborear la piel ligeramente salada de Caro camino a su clavícula.
Con los pulgares, recorrió sus costados de un modo tan liviano que ella casi no se dio cuenta, en dirección a la parte inferior del mono.
Tiró hacia abajo de la prenda y ella terminó por apartarla de un puntapié—.
Tú me has hecho volar, Caro. Y aterrizar en una realidad a la que no quiero renunciar nunca.
—¿No te gustaría poder olvidar ciertas partes de tu vida?
—Ni siquiera quiero que lo intentes, ¿me oyes? —Con una sonrisa burlona, la aupó al borde de la mesa y, de un manotazo, la dejó libre de trastos—. Si lo hago, no podría acordarme de nuestra última noche aquí…
—Antes de que Gretel pariera a sus potrillos.
—Buena memoria. Y tampoco podría acordarme de lo que te prometí que haría.
—Por si le quedaba alguna duda, le separó las piernas y se inclinó entre ellas.
Carolina contuvo la respiración y se reclinó sobre la mesa.
Sintió que se deshacía solo con percibir el calor de su aliento, pero comenzó a desmenuzarse en trozos minúsculos cuando la lengua de Ethan inició su lento recorrido.
Era un maestro en el sexo oral. La saboreaba sabiendo exactamente dónde detenerse.
Dónde profundizar y por dónde pasar como el suave aleteo de una mariposa.
Arriba y abajo. Adentro y afuera. Sometiéndola a un vaivén de sensaciones que iban mucho más allá del simple placer físico, porque la ataban a él con los hilos indestructibles del amor profundo—.
Esta vez no pienso atender otras urgencias que no sean las nuestras, mi vida.
—Ethan, Caro, ¿estáis ahí?
Los dos dirigieron sus sorprendidas miradas a la puerta cerrada. No era Gavin, sino Adam, quien en esa ocasión les llamaba. Después se miraron el uno al otro, antes de volver a la puerta.
—¡Ethan! ¡Kamballa no deja de preguntar por ti!
Carolina hizo amago de bajarse de la mesa, pero él no estaba dispuesto a terminar de la misma forma que aquella Nochebuena plagada de imprevistos. Era algo que nunca le había confesado, y pensaba dejar el desenlace en el más absoluto de los secretos.
—De eso nada. —Volvió a sentarla en la mesa, le cogió la cara entre las manos para asegurarse de que toda su atención se concentraba en él y comenzó a besarla antes de que diera la voz de alarma y lo echara todo a perder—. Nadie me va a chafar el plan.
—Pero pueden necesitarnos…
—Por mí, como si el mundo da un petardazo —insistió Ethan, apoyando las manos a ambos lados de sus caderas para evitar que se le escapara—.
Maca y Gavin van a seguir sin nosotros, Caro.
No me importa que Adam piense que estamos aquí, haciendo lo que deberíamos estar haciendo ya a estas alturas, o que toda la fauna australiana se haya puesto de parto a la vez, ¿me entiendes?
Te quiero. Vas a casarte conmigo. Y tenemos aquí este pedazo de tarta Pavlova para celebrarlo. ¿Se te ocurre mejor idea?
Carolina rio con malicia, hundió el dedo en el merengue y lo llevó hacia donde quería.
Aquella era la mejor idea del día, del mes, del año y probablemente del resto de su vida.