25 Ecos del presente #3
— Aroha , no te disculpes. —Al fin él se levantó, pero no le soltó la mano—.
He pasado un infierno que ha culminado a la hora de montar en el avión, para convencerte de que lo mejor que puede pasarnos en la vida es seguir juntos.
Eso es lo único que te pido, y espero que aceptes.
Si no, seguiré insistiendo aunque me digas que te has enamorado de otro.
Se había separado de ella. Y había dejado una corriente entre los dos tan fría que Carolina decidió que no quería volverla a sentir. Nunca más.
Se abalanzó sobre él y le abrazó con todas sus fuerzas.
—¿De otro? ¡Me he enamorado de ti! —exclamó, luchando contra sí misma para que la voz no le fallara en ese momento—.
¡Yo te quiero, Ethan! Desde antes de que me hablaras de Hannah.
Y después seguí queriéndote, porque comprendía tus emociones.
He intentado por todos los medios odiarte para poder olvidarte, pero me sentía identificada contigo.
Respeto tus sentimientos con respecto a Hannah.
Los admiro. Por eso te perdoné casi en el mismo momento en que supe toda la historia.
Con su muerte, Hannah te llenó de vida —explicó, enmarcándole la cara con las manos para obligarle a que la mirara—.
Me regalaste una parte de ella para matar a mis propios fantasmas, Ethan.
Tú eres mi calma. Mi ancla. Mi persona valiosa.
Te elijo a ti por encima de cualquier otro. Siempre te elegiré.
—¡Pero te marchaste antes de decírmelo!
—Supongo que me movieron las mismas razones que a ti —explicó Carolina, cabizbaja—. Miedo y orgullo.
Con un fuerte suspiro lleno de contrariedades, Ethan atrajo su cabeza hacia el corazón que ahora le latía descontrolado.
Cada segundo que pasaba, se daba cuenta de cuánto la quería. De cuánto la necesitaba. Y de lo destrozado que se habría sentido si ella hubiera terminado por rechazarle.
La apartó un poco y estudió su cara con atención. No quería imaginarse cosas antes de tiempo.
—¿Te vendrás conmigo? —preguntó.
—Quizá tengamos que pensarlo.
Le había entrado el pánico. Él frunció el ceño, pero no se dio por vencido. Si ella daba un paso atrás, él lo daría hacia adelante.
—Me encantaría saber qué tienes en mente, Carolina.
—Existen las redes sociales. El teléfono, el WhatsApp y la Web Cam…
—Y las palomas mensajeras. —Ethan resopló.
Ya no aguantaba más. Volvió a atraparla dentro de la chaqueta y la besó para no seguir escuchando tonterías de ese calibre.
Saboreó sus labios, su boca, su lengua. Su entrega y su calor.
Hasta que decidió seguir con la conversación antes de seguir con el beso—.
Como dice Kamballa, «amores a distancia, felices los cuatro».
No voy a dejar que haya más injerencias entre nosotros.
Tú te vienes o yo me quedo. Elige. Si es por el trabajo, hablas inglés mejor que yo, y tienes talento de sobra para aceptar lo que quieras —refunfuñó, dejando pequeños besos a lo largo de la mandíbula de Caro.
Le cerró los ojos con los labios, repasó sus sienes y acarició su cuello con la nariz.
No supo la magnitud real de lo que había perdido hasta que no volvió a recuperar cada sensación con aquel contacto intermitente—.
Nadie dice que sea sencillo, pero tendremos lo más importante: estaremos juntos.
Además —añadió—, Kamballa te echa muchísimo de menos.
—¿Y tú?
Demasiado. La apretó contra su cuerpo y aspiró su perfume característico hasta quedarse sin capacidad pulmonar. Enredó sus dedos en los rizos negros y elevó los ojos al cielo.
Había resucitado con ella. Y había tenido que saborear el más absoluto fracaso para decidirse a recuperarla.
No pensaba desperdiciar la ocasión por dudar de una simple pregunta.
—Yo, más que nadie —susurró contra su cabeza—. Por eso pongo a tu disposición mi casa, mi vida, mis sueños y hasta mis ahorros, que no son muchos pero algo aportarán.
—Un préstamo. —Con un esfuerzo sobrehumano, Carolina se separó de él lo justo para poder hablar—. Será un préstamo.
—De acuerdo —dijo muy solemne, extendiendo una mano para sellar el trato.
Caro la tomó, pero en ese momento él tiró de ella con una enorme sonrisa y la besó otra vez.
Fue un beso lleno de urgencia y de sinsabores pasados.
De resentimientos olvidados y de reencuentros vitales.
De la dedicación más profunda y de la promesa más duradera que ella podía recibir—.
Esto puedes considerarlo un regalo de la casa. O un anticipo con devolución urgente.
Carolina lanzó un grito de fingido enfado, pero volvió a enredar los dedos alrededor de su cuello para seguir besándole, esta vez con mucha más lentitud.
Hacía una hora, no tenía perspectiva de futuro. Ni siquiera se veía capaz de reconciliarse con Macarena y Gavin.
Pero había aparecido un viento huracanado con nombre propio, que no temía reconocer sus errores y sus verdades. Con ella, sin medias tintas.
Tenía razón. No sería fácil, pero habría una segunda oportunidad. Para los dos.