25 Ecos del presente #2
—Esquivar un problema no es la mejor manera de arreglarlo.
—Tampoco sabía que yo fuera un problema para ti.
—¡Y no lo eres! Tú eres… —Vaya. Le estaba pasando de nuevo.
Cada vez que soltaba esas dos palabras, el resto se le atragantaba.
Al final optó por la vía fácil. Le entregó el paquete—.
Toma. Esto es el boomerang. Se te olvidó en Stubborn.
Y toma. Léelo —añadió, echando mano al bolsillo de su chaqueta para sacar un sobre—. Así sabrás lo que significas para mí.
—Me parece que no tengo dudas al respecto —concluyó ella, a punto de romper el sobre delante de sus narices.
—Te marchaste antes de que pudiera aclarártelas.
—No vi que corrieras para evitarlo.
—Cuando llegué, tu avión acababa de despegar.
—Carolina no pudo evitar mirarle estupefacta.
¿Hablaba en serio? ¿Había ido a buscarla?
—. Dame una oportunidad, Caro. Léela —suplicó Ethan, poniendo su mano sobre la de ella para sujetar el sobre—.
Si después decides que no quieres verme más, lo aceptaré y me iré por donde he venido.
Tenía los ojos oscurecidos por una sombra de pena.
Todo su cuerpo hablaba de arrepentimiento.
Le daba un pedacito de esa humildad que él sabía explotar tan bien con ella.
Esta vez, también le dio resultado. Con un largo suspiro que sonaba a tregua, Carolina le devolvió el boomerang, volvió a tirar otra rama a Tim para que les dejara tranquilos y abrió el sobre:
Hola, Caro.
Sé que debería llamarte por teléfono y hablar, pero todavía no tengo tu número, y si lo hiciera, no me permitirías explicarme. Además, así tengo una excusa para volver a verte: entregarte una nota más que añadir a tu colección.
He pensado mucho en cómo explicar lo que pasó, y solo le veo un camino: la verdad. Sé que te hice daño cuando te hablé de Hannah, pero quería que te alejaras de mí. Yo no me veía capaz de echarte de mi lado por propia iniciativa.
Quise muchísimo a Hannah. Todavía la quiero, pero me he enamorado perdidamente de otra persona, y debo intentar recuperarla.
Lo reconozco: fui un cobarde. Primero, por no dar la cara para decirte a las claras las razones por las que, en su momento, creía que debías marcharte de mi lado.
Segundo, por no reconocerlo ante mí mismo.
Pero es que nunca imaginé que pudiera volver a amar con la intensidad con la que estoy amando.
No dejo de pensar que, por mi culpa, pude dejar escapar el amor verdadero. Otra vez y para siempre.
Sí. Otra vez. Tengo el inmenso privilegio de haberme enamorado dos veces en mi vida, y de poder compartirlo con la persona adecuada. Esa persona eres tú.
A tu lado tengo ganas de respirar helio y hablar muy agudo. Ya sé que eso puede sonar a pánico. Lo es. Acabo de darme cuenta de que me he pasado los últimos años de mi vida tratando de esconderme. De las personas, del mundo, de la vida. Del amor y el dolor o la alegría que puede proporcionar.
Hasta que volví a encontrarte. Entraste sin llamar a mi puerta, cargada con tus propias inseguridades.
Me hiciste sentirme necesario para otra persona que no fuera yo mismo, Caro.
Y a un tiempo, completamente vulnerable cuando tú te mostrabas fuerte.
Llenaste mi existencia de luces y sombras, con miles de matices que me llevaría toda una vida explicar.
Diste un sentido a cada cosa que hacía, y también a las que no hacía.
Me hiciste sentir vivo.
Por eso no pienso arriesgarme a perderte de nuevo. Me gusta tu olor. Quiero tenerlo en mi casa; en mi cama. En mi ropa y en cada centímetro de mi cuerpo. Y tu sabor. Y también tu sentido del deber y del orden. Tus manías e incluso tus miedos.
A eso se le llama amor, Carolina. Con todas las letras.
Te has convertido en mis particulares fenómenos meteorológicos, por muy cursi que te suene.
Eres el sol que me calienta cuando estoy frío, la luna que necesito para poder dormir.
La lluvia que me empapa aunque esté seco e incluso el montón de truenos y relámpagos que me llenan la cabeza porque, al parecer, has decidido instalarte ahí de manera permanente sin mi permiso.
Has sido la única persona capaz de hacerme ver el desastre en el que se había convertido mi vida, sin miedo a compartir conmigo mi lado oscuro.
Te molestaste demasiado en hacerme creer en mí mismo y en lo que siento por ti, como para que ahora pueda vivir en completa soledad.
Ya he estado así demasiado tiempo. Y no me hubiera importado seguir, antes de ti.
Ahora, la decisión es fácil: si el pago por abandonar esa soledad eres tú, acepto encantado.
No se trata solo de pedirte perdón. Sé que me perdonarás aunque no me lo merezca, pero necesito tenerte cerca para volver a ser yo, Caro. Desde que te fuiste, tengo la impresión de haber perdido una parte muy importante de mí.
¿No te has dado cuenta? Somos como Solomon y Shiba. Yo estaba tan ciego que no quise ver el honor que suponía recibir un amor tan grande como el tuyo. Y tú… Quiero imaginar que tu sordera te impidió escuchar lo que realmente quería decirte, Caro.
Necesito recuperar a la amiga que me limpió las lágrimas cuando, lleno de rabia, le confesé mis secretos más profundos.
Que me prestó su hombro para apoyarme en él sin miedo a caerme.
A la mujer tímida que se transforma en una vampiresa chupasangre cuando hacemos el amor.
A la fuerza que me impulsa a cometer mis mayores errores y mis mejores aciertos. Estoy decidido a recuperarte.
Voy a por ti.
Besos,
Ethan.
Carolina dobló el papel.
Se había quedado sin aire.
¡Dios! Por primera vez desde su segundo encuentro, sentía que estaba asomada a una ventana a través de la cual podía ver los verdaderos sentimientos de Ethan.
La carta era como un cristal completamente transparente. Controló su respiración para no parecer débil delante de él y levantó los ojos al cabo de una eternidad.
—Quiero cumplir mi sueño, Caro.
—Tu sueño está en Stubborn. En la clínica, el refugio…
—No. Mi sueño está aquí y casi lo dejo marchar para siempre. Mi sueño eres tú.
Ethan se arrodilló delante de ella, sacó una diminuta caja de alguno de sus múltiples bolsillos y, mientras sujetaba sus dedos con una mano, le ponía un sencillo anillo de oro en el anular con la otra.
A Carolina le entró el pánico. Y el entusiasmo.
Y la desconfianza. Todo mezclado sin que nada prevaleciera sobre lo demás.
Clavó los ojos en la alianza con dificultad, porque las manos empezaron a temblarle de tal manera que pensó que toda ella se desmayaría, como si fuera una damisela decimonónica.
Pero ni era una heroína romántica, ni el hombre que la miraba ansioso por escuchar algo, era el príncipe encantado de un cuento de hadas.
Había tardado mucho en encontrar esa tranquilidad que ahora se marchaba junto con el ligero viento helado que no lograba enfriarle la cara. Ni el cuerpo. Ni el corazón.
—Por favor, dime algo. —Oyó el carraspeo incómodo de Ethan antes de que pudiera llenar su mente con algo coherente y, sobre todo, adecuado—. No sé si te habrás dado cuenta, pero empiezo a sentirme ridículo aquí plantado.
—¿Es un anillo de compromiso?
—No. De eso ya tuviste algo, que por lo que veo ha desaparecido.
Supondré que el hombre que te lo regaló también, porque así me sentiré más fuerte.
Esto solo es un proyecto de vida en común.
—La respuesta de Ethan la sorprendió y la tranquilizó a la vez.
Por lo menos, lo suficiente como para no apartar la mano y arrancarse el anillo o el dedo, lo mismo daba—.
A no ser que tú quieras otra cosa, en cuyo caso tendríamos que hablarlo largo y tendido, siempre que no se trate de quitarte el anillo para tirármelo a la cara.
—¡No quiero! Me refiero a tirártelo… Es decir… No estoy preparada todavía…