Volver a empezar Serie completa 25 Ecos del presente
94%

25 Ecos del presente

PAPILLOTE DE LENGUADO

Ingredientes:

Preparación:

Nota a pie de página:

Mis recuerdos solo tienen un nombre, que vuelve a mí como si fuera un boomerang. Ácido como un limón sobre la piel desnuda. Salado como si me sazonara con sal. Especiado como el tomillo y el perejil.

Ethan, Ethan, Ethan.

Un mes después.

Ethan.

Ese fue el primer nombre que le vino a la cabeza cuando, aquella mañana de principios de febrero, Carolina abrió la puerta atendiendo a la petición de su madre, que estaba entretenida cosiendo el dobladillo de una falda, y se encontró de sopetón con Gavin y Maca.

—Caro, ¿quién es?

En un primer momento se quedó allí, inmóvil como una estatua, clavando sus ojos en los de aquellos dos traidores sin conseguir cabrearse, o alegrarse, o entristecerse, después de no haber tenido noticias de ellos de forma personal.

Maca llamaba a su madre casi todas las semanas, eso sí.

Por eso sabía que Carolina se había mudado allí.

Seguro que también sabía que había sido el mes más tranquilo en años para ella.

Que Rosario se había dedicado a curar el corazón en carne viva de su hija, y que ella se había reencontrado con esa madre que se había diluido durante su niñez.

Un mes en el que ambas habían vuelto a sus orígenes, a su modo. Caro había ganado una confidente a quien contarle todas sus penas, sobre todo las sentimentales. Rosario ya sabía lo ocurrido con Jorge, lo ocurrido con Ethan. Lo ocurrido con su vida.

Había cicatrizado su corazón. Ahora, de golpe y porrazo, cuando empezaba a contar con la tranquilidad de espíritu necesaria como para emprender un nuevo camino en algún sentido distinto de todos los tomados hasta el momento, solo podía pensar que, si Gavin y Maca estaban allí, quizá también estuviera Ethan.

—¡Pero Carolina, cómo se te ocurre tener a tu hermana en la puerta con el frío que hace! Pasad, por favor…

La voz de su madre la sacó de la rigidez mental en la que se encontraba.

Ni siquiera se sobresaltó cuando Tim , el perro labrador que una vecina le había regalado siendo ella una adolescente y que cuidaba de Rosario tanto como ella de él, se abalanzó sobre Macarena para darle la bienvenida a su modo.

Su hermana rio, le acarició y lo apartó para acercarse a Carolina con una mirada seria que reflejaba tanto arrepentimiento como ausencia de rencor.

—Hola, Caro —murmuró.

—Hola, Maca.

—Hola, Caro.

—Hola, Gavin.

Rosario se apartó lo justo para observar la escena sin interferir en ella. Estaba al tanto del enfado de sus dos hijas y de los motivos, pero tendrían que ser ellas quienes lo arreglaran.

—¿Qué tal estás?

Macarena trataba de ser amable. El rencor nunca había sido su fuerte, y menos con Carolina. Dio un paso en su dirección, probablemente dispuesta a abrazarla y besarla, pero Caro le quitó las intenciones, retrocediendo.

—Pues depende de la franja horaria —respondió con sorna—.

Hasta media mañana decido reírme de mi situación e ignorar el resto del mundo, pero después de comer tengo que controlar mis instintos asesinos.

Ahora, al veros aquí de sopetón, intento no ponerme a chillar como una histérica si pienso que mi madre también puede ser una traidora.

—Una mirada muy elocuente se escapó hacia Rosario—. ¿Te sirve?

Y si no le servía, daba lo mismo. Su aparición había sido tan inesperada que Carolina no se sintió con fuerzas para seguir allí. Ni para una reconciliación, por lo menos momentánea.

Necesitaba tranquilidad, soledad y, sobre todo, distancia.

Solo de pensar en él, el corazón le temblaba en el pecho y las pulsaciones se le disparaban. Había puesto demasiado empeño en conseguir que lo suyo pasara a formar parte de la historia de sus fracasos, como para que ahora una simple posibilidad diera al traste con todo.

—Me voy —dijo, cogiendo su abrigo y su bufanda.

Caminó con paso firme cuesta arriba hacia un pinar cercano, donde solía dar todos los días largos paseos en compañía de Tim .

Esta vez, el perro no la acompañó. Rosario observó el comportamiento infantil de su hija mayor y se limitó a chasquear la lengua y sacudir la cabeza.

—Tenéis que perdonarla —rogó—. Han pasado demasiadas cosas, Maca.

—¿No le dijiste que veníamos?

—No pude. Está tan débil mentalmente que no me atreví. ¿Este es tu Gavin?

—Oh, sí. Al completo —remarcó Maca, con una de sus sonrisas más pícaras—. ¿No es guapísimo?

Desde luego. Rosario llenó a su hija de besos y recibió a Gavin con un cordial abrazo, antes de prepararles unos vasos de leche caliente y sentarse con ellos. Pasaron la siguiente media hora poniéndose al día, hasta que una nueva llamada a la puerta les interrumpió.

Fue Maca quien abrió.

—¡Ethan, pasa! —exclamó en inglés—. ¿Ya terminaste de examinar al ternero de Julia?

—Esto… sí. Me he entretenido. Lo siento.

Con una deslumbrante sonrisa, Macarena se hizo a un lado y le señaló.

—Mamá, este es Ethan —añadió en castellano—. Ha venido a buscar a Carolina, pero por el camino vio que Julia pedía ayuda para su ternero y él se ofreció. Es veterinario.

Ya lo sabía. Impresionante y absolutamente impredecible. Rosario se le quedó mirando de pie, sin decir ni una palabra.

—Encantado de conocerla —saludó Ethan en castellano, extendiendo una insegura mano en su dirección—. Usted es…

—Rosario.

Y le estaba chequeando con tal minuciosidad que se sintió como un virus atrapado bajo un microscopio.

Levantó la cabeza y dejó caer la mano. Estaba claro que la mujer no se la estrecharía antes de darle el visto bueno, cosa que podría tardar indefinidamente. Pero alguien en su lugar decidió que, después de todo, sí que era digno de confianza.

Sintió un lametón en los dedos y sonrió cuando vio a un precioso ejemplar de labrador cómodamente sentado a su lado, esperando reciprocidad.

Se agachó y le rascó las orejas.

—¿Es de Caro? —preguntó a Rosario en su mismo idioma.

—Sí —respondió ella con gesto severo—. ¿Y tú?

—Yo también soy de Caro.

Había pronunciado las palabras mágicas. La boca fruncida de Rosario se relajó en una sonrisa hospitalaria. Sin mediar más palabras, se puso de puntillas para abrazarle y darle un beso en cada mejilla.

—Está allí —dijo, señalándole el pinar a través de la ventana—. Ve.

Ethan no dudó. Con los ojos entrecerrados, salió y silbó a Tim para que le siguiera.

***

Sabía que era él.

Conforme se acercaba, cargando con un pequeño paquete, las emociones de Carolina empezaron a desatarse.

Parecía más delgado. El viento helado que soplaba en su contra le alborotaba el pelo negro, pero no impedía que siguiera aproximándose a buen paso.

Señal de que seguía conservando su buena forma física.

Seguro que bajo la ropa, sus músculos tendrían la misma consistencia de siempre.

La misma atrayente dureza que la hacía suspirar solo de pensarlo.

Como en aquel instante, en el que todo pareció detenerse a su alrededor, para después empezar a girar vertiginosamente.

Quería abrazarle y comerle a besos aquella barba de un día que le ensombrecía la mandíbula.

Quitarle las gafas de sol que llevaba para poder disfrutar de cada una de sus miradas.

Arrancarle a mordiscos la gruesa chaqueta de lana para extenderla en el suelo y tumbarse en ella con él encima.

Gritarle, insultarle, echarle en cara su desfachatez al presentarse allí, después de haber dejado todo más que claro en Stubborn.

No hizo nada de lo planeado. Ethan se quedó plantado delante de ella, con Tim saltando entre los dos y el dichoso paquete a medio camino.

Se quitó las gafas de sol, mientras pensaba que nunca la había visto tan guapa como en aquel momento, vestida con unos gruesos leggins negros y unas botas de invierno, juzgándole con dureza a través del brillo dorado de sus ojos.

Le pareció que tenía la boca llena de arena cuando consiguió hablar.

—Hola, Caro.

—Hola, Ethan.

Un esquimal le hubiera saludado con más cariño.

—Esperaba encontrarte con tu madre —insistió, intentando imprimir a la situación un mínimo de naturalidad—, pero una tal Julia me ha entretenido y, cuando he llegado, ya te habías ido.

—Habrás tenido problemas para comunicarte con Julia —comentó Caro, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo y desviando la mirada. Estaba dolida e intentaba controlar el caos que estaba a punto de estallar dentro de ella. Demasiado para una sola vez.

—Hay signos que son universales.

—Veo que te has traído a Tim . —Ethan se forzó a sonreír cuando ella se agachó y le llenó de mimos—. Es raro. Normalmente no suele recibir así a los extraños, ¿verdad, bonito?

—Yo no soy un extraño, Caro.

Al menos, eso esperaba. Pero ella seguía en otra esfera de realidad distinta de la suya. Levantó las cejas, como si dudara, y se puso de pie.

—¿Cómo está Adam? —preguntó, para evitar preguntar directamente por él.

—Hecho polvo después de lo de Brenda, aunque se repondrá. Por cierto, gracias por hacer lo que hiciste.

—De nada. Cualquier amiga hubiera hecho lo mismo por ti.

—¿Amiga? —Ella le vio fruncir el ceño. Parecía estar pasándolo mal pero, ¿qué menos, después de lo que había sucedido en el último mes?—. ¡No he venido a buscar a una amiga!

—¿Se te ha perdido otra cosa, entonces?

—Sí. —Con inmensa tristeza, cogió una rama y la lanzó lejos para que Tim fuera a por ella. Carolina le vio hundir los hombros. Algo dentro de ella se resquebrajó—. Pero ahora no sé si la encontraré.

—¿Qué pasó con los informes del funcionario?

El cambio de tema fue tan brusco que Ethan pareció balancearse hacia atrás por los efectos.

Muy bien, pensó, recuperándose con rapidez. Comprendido. No quería hablar de temas más personales.

De momento.

—Ben le sobornaba, así que no sirvieron para nada —respondió a regañadientes—. Seguimos trabajando para conseguir los permisos.

—Me alegro.

La sangre le empezó a hervir. Si ella pensaba seguir así indefinidamente, él no. Sin previo aviso, colocó los dedos debajo de su barbilla e hizo que le mirara.

—He venido por ti, Caro.

—¿Por mí? —Ella se apartó y bajó la vista—. No sabía que te gustara buscar problemas.