24 Y la dejas marchar #3
—Ahora, ¿qué? Le hablas de Hannah, ella se quita de en medio y a ti no se te ocurre nada mejor que esto —terminó, señalándolo.
—Cada cosa tiene su momento. —Y el suyo había pasado. Ethan resopló y hundió los hombros—. Eres mi hermano, ¿no? ¡Deberías ayudarme!
Gavin puso los ojos en blanco. Hasta el hombre más paciente perdería los estribos con alguien así.
—Sí, soy tu hermano, aunque te hayas acordado del detalle tres semanas más tarde de lo aconsejable.
Y sí, te ayudaré. —Sin decir más, le dio un puñetazo en la mandíbula.
Ethan se tambaleó y cayó otra vez sobre la silla, más sorprendido que dolorido, pero por fin algo calmado—. Hala. ¿Ya estás mejor?
—¿Por qué… has hecho eso?
—Acabo de decírtelo. Cabreándote no llegarás a ningún sitio con Caro.
—Arrodillándome, tampoco.
—¿Estás seguro?
Ya no estaba seguro de nada. Y mirando las cejas alzadas de Gavin, todavía menos.
Su hermano quería que fuera a buscarla.
Lo consideró gracias al golpe recibido, entre otras cosas. Imaginó que marcharse sería sinónimo de nostalgia, de vacío sin las personas queridas… Pero con Caro.
Y decidió que era demasiado arriesgado. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ella seguiría pensando de él. Eso si todavía pensaba en él de alguna manera.
—¡Muévete de una puta vez! —Gavin le agarró de la camiseta y lo zarandeó como cuando eran críos y él hacía una tragedia de la muerte de algún animal—. ¡Caro se ha marchado!
—Mejor.
Se desprendió de la mano de su hermano y volvió a la silla para ocultar la cara entre las manos. Empezaba a pensar que había cometido un terrible error.
—¿No vas a ir a buscarla?
—No.
—¿Vas a dejar que ese imbécil de Jorge tenga su oportunidad con ella? ¡No me lo puedo creer!
Ethan gruñó al oír el nombre, pero no hizo más.
—Ya ha pasado tiempo suficiente como para que Caro esté con él o con cualquier otro —concluyó.
—¿Es que no la quieres?
Con todo su cuerpo y con más de un corazón. No podía quererla de una forma más grande y contraproducente, pero no se lo había dicho.
—No importan mis sentimientos, sino los suyos —murmuró.
Se marchó antes de que su hermano siguiera poniéndole delante todas las estupideces cometidas. Condujo como un autómata, completamente libre de los efectos del alcohol. No supo dónde le llevaba su subconsciente hasta que, mucho tiempo después, reconoció el edificio enfrente del cual había aparcado.
Era la cárcel de máxima seguridad de Melbourne.
Su brújula interna comenzaba a funcionar. Y le hizo comprender por qué estaba ahí.
Puesto que no era una visita programada, tuvo que esperar cerca de una hora, pero al final consiguió que le llevaran hasta su lado de la mampara.
Millones de veces había imaginado ese encuentro como un trauma imposible de superar. Ahora solo miraba a Robert con indiferencia. Sin sufrir ningún bombazo físico ni emocional. Y él rehuía esa mirada, como si intentara reponerse de la sorpresa cuanto antes.
Llevaba las manos esposadas hacia adelante cuando, después de una eternidad, cogió el telefonillo y se lo colocó en la oreja.
Ni siquiera en ese momento miró a Ethan, pero él siguió haciéndolo.
Tenía el pelo más largo que la última vez que lo vio, pero no parecía excesivamente castigado por la vida en prisión.
Todo lo contrario. Su masa muscular había aumentado, dándole un aspecto más intimidatorio. Más real.
Ethan suspiró. Después de cuatro años, tenía a Robert a solo un grueso cristal de distancia.
—Ya sé lo que hizo la española con la que te has estado acostando. En algún momento le agradeceré que me haya alargado la condena —le acusó con voz ronca.
—Lo dudo. A no ser que tus amistades fuera de la cárcel lleguen a España.
Robert tardó en comprender, pero cuando lo hizo, soltó una carcajada que no le afectó en absoluto.
—Chica lista si te ha dejado. Nunca has sabido conservar a tus mujeres, doctor —se burló—. ¿A qué has venido?
A matar fantasmas a través de su propia terapia de choque. A enfrentarse con su pasado para deshacer el nudo de aquella cuerda que le impedía vivir su futuro.
A conceder a los recuerdos de Hannah el lugar que les correspondía.
—A perdonarte —dijo simplemente, haciendo enmudecer a Robert—.
Por haberme quitado a Hannah. Por haber sido el causante directo de su muerte.
Por haber chantajeado a tu padre, aprovechándote de sus buenas intenciones, y por haber permitido que Brenda malgastara su vida jugando conmigo, para salvarte el culo.
Te perdono por intentar terminar con todo lo que Hannah y yo construimos juntos, antes de que tú aparecieras en nuestras vidas para destrozarlas.
Esta es la primera vez que vengo después del juicio, y será la última, pero no te confundas.
No olvidaré jamás lo que me hiciste y lo que pretendías seguir haciéndome.
Quiero que lo tengas muy claro. Nunca me olvidaré de ti, pero te perdono.
«El perdón aligera el peso del alma. Por eso es tan peligroso».
¿Dónde había escuchado eso? Daba igual. Así se sentía cuando salió de allí. Más ligero. Liberado. Con fuerzas renovadas. Su mente recuperó su ritmo habitual y comenzó a ver lo que hasta el momento había tapado con varias capas de estupidez supina.
Cuando llegó a casa, se dio una ducha fría, se afeitó y se cambió de ropa. Si tenía que convertirse en un hombre nuevo, mejor empezar limpio. Acto seguido, empleó las dos horas siguientes en adecentar lo que había convertido en una pocilga.
No dejó de pensar en Carolina durante todo el proceso. Cuando terminó, se sentó en el cómodo sillón de su despacho, colocó la foto de él y Hannah en el centro de la mesa, junto a su portátil, y colgó el anillo de boda en una esquina del marco.
Gavin estaba en lo cierto. Lo había vuelto a hacer. Ahora que sentía el corazón mucho menos vacío, no se le ocurría ninguna razón por la que cometer el mismo error por segunda vez, salvo la necesidad de vivir en la más completa oscuridad para poder apreciar la luz.
Y si ese era el fin, estaba más que conseguido.
Ethan miró de reojo la nota en la que Hannah le comunicaba su abandono y la volvió a leer una última vez, antes de romperla en mil pedazos y tirarla a la papelera.
Después salió a comprar un móvil nuevo, lo puso a punto y llamó a Gavin.