24 Y la dejas marchar #2
No perdió el tiempo en esas minucias. Cuando pudo ponerse en pie, caminó hasta la puerta tambaleándose y la abrió en tromba, para terminar cayendo sobre un sorprendido Gavin que se lo quitó de encima para terminar ayudándole a ponerse en pie.
—¡Ethan! ¿Qué te ha pasado? He estado llamándote, pero tu móvil ni siquiera me daba señal… ¡Joder, qué mal hueles! ¿Has estado bebiendo?
—No hay tiempo.
—¡Ya lo sé! Acabo de hablar con Adam. Él me dijo que estabas aquí. Al parecer, Brenda ha entrado en tu casa por la fuerza.
La mera posibilidad de que aquella trastornada pudiera hacer daño a Caro le volvió a revolver el estómago. Con la pierna todavía entumecida, Ethan casi corrió hacia su coche.
—¡Espera! —exclamó Gavin—. ¡La policía está allí!
—¿Y Caro?
Solo se detuvo para escuchar la respuesta. Su hermano llegó hasta él y le apretó el hombro. Con eso le dijo suficiente.
—Creo que se ha ido al aeropuerto —informó—. Pero antes de que intentes detenerla, tienes que ir hasta tu casa. Y escucharme para evitarte una apoplejía, si es que estás en situación de conducir y llevarme contigo.
Estaría en cualquier situación que implicara reparar errores.
Con Gavin en el asiento del copiloto hablando sin parar, intentó asimilar que Macarena y él habían preparado su primer encuentro con Carolina.
Que Brenda en realidad tenía una relación con Robert y que se había acercado a él solo por encargo.
Sí, ella había encerrado a Caro en el recinto de los tigres y les había disparado en el lago. Y su dulce aroha lo había grabado todo, para después reducirla y atarla a la silla.
Aceptó la información como si no fuera con él. En ese momento su capacidad para pensar, reprochar y gritar estaba más adormecida que su pierna. Solo tenía una cosa en mente. El resto, eran obstáculos que tendría que salvar con la mayor rapidez posible.
Llegó a su casa a tiempo de escuchar la última parte de la grabación de Caro. Brenda lloraba, esposada y cabizbaja, con un enorme bulto cerca de la sien.
Ethan solo la miró una vez: para acusarla de allanamiento de morada. Se quedó lo justo para formalizar la denuncia. Y prácticamente echó a Gavin. Cuando su casa quedó en silencio, se lavó la cara y fue al aeropuerto.
Dejó el coche aparcado de cualquier manera y corrió hasta quedarse sin aliento. Pero llegó tarde. Como le sucedía últimamente con todos los acontecimientos importantes de su vida.
El avión con destino a Madrid había despegado hacía cinco minutos.
Todo había terminado.
Durante los días siguientes, se encerró en su casa y el resto del mundo dejó de existir.
No hubo clínica, ni refugio, ni Nochevieja o Año Nuevo.
Solo salió en un par de ocasiones. Una fue para declarar por lo ocurrido con Brenda y Ben.
La otra, para proveerse de unas cuantas botellas de vino y algo para comer.
De eso hacía ya… ¿Cuánto? ¿Dos semanas? ¿Tres? La comida se había terminado el día anterior, pero el vino, no.
La grabación de Carolina sirvió para acortar y facilitar el resto del proceso, pero no para evitar el escándalo en un pueblo de las dimensiones de Stubborn.
Cuando se enteró de todo, Linda, la esposa de Ben, sufrió un amago de infarto que no fue a más.
Por otro lado, la policía registró la casa de Brenda, donde encontraron un arma cuya munición coincidía con la que había herido a Caro.
Ellos se habían cavado su propia tumba por un exceso de confianza. Le daba igual. Tampoco le importaba que Kamballa hubiera intentado sacarle de su aislamiento a base de dulzura, o que Adam y Gavin prácticamente echaran la puerta abajo, para terminar rindiéndose.
Había convertido su casa en un búnker maloliente y sucio.
Su vida ya no era su realidad, sino la que Caro había marcado.
Se había apropiado de toda esa confianza que tan bien había guardado, con tantas probabilidades de éxito que a él no le quedó más remedio que seguir una fantasía, hasta que esa fantasía le abandonó en el peor momento.
Se había vuelto a enamorar demasiado pronto. Y se había dado cuenta demasiado tarde.
No se le ocurría nada más cruel, si exceptuaba el hecho de que había intentado por todos los medios pensar en Carolina como en una simple anécdota, después de abonar el terreno convenientemente, para que ella terminara por salir corriendo de su lado.
A fin de cuentas, eso debía ser.
Mentira. Si cerraba los ojos, viajaba mentalmente por cada centímetro de su cuerpo. Recordaba cada beso, cada caricia y palabra. Sobre todo cada palabra dicha por él, con el único objetivo de hacerle la separación más llevadera.
Segunda mentira. Cada vez era peor. Al principio, la buscaba por la calle. Cuando entraba en su casa, contenía la respiración por miedo a oler ese perfume a fresas que siempre la acompañaba.
Ahora, apenas podía respirar. Y no era en sentido figurado.
Sufría tal incontinencia emocional que casi no pudo incorporarse en el maldito sofá.
El vaso de vino cayó sobre la alfombra cuando lo logró. También volcó la botella cuando pudo poner los pies en el suelo, pero hubiera hecho falta la lava de un volcán en erupción para que se diera cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
Estaba mareado. Se llevó la mano al pecho y lo presionó con fuerza. Se ahogaba. No podía respirar. Y no tenía móvil. Ben lo había destrozado.
Tanteando en la penumbra, encontró un par de sandalias que en algún momento se había quitado y volvió a ponérselas.
Salió de la casa a trompicones, sin preocuparse si cerraba la puerta con llave.
Le costó lo suyo llegar al apartamento de Gavin, pero cuando su hermano le abrió la puerta, entró con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse de bruces.
—¡Necesito ayuda! —murmuró, abriendo la boca en medio de un auténtico ataque de ansiedad.
Gavin no se asustó al verlo aparecer tan de repente con barba de días, la ropa arrugada y sucia y un olor a alcohol que se detectaba a kilómetros de distancia.
Macarena todavía no se había levantado. La aparición de Ethan había sido inoportuna, pero había aparecido, y no pensaba dejar escapar la oportunidad.
—Hola, Gavin. ¿Cómo estás? Gracias por preocuparte por mí en este tiempo —recitó el propio Gavin, imitando su voz—.
Me alegro mucho de que todo haya salido bien con Ben y Brenda.
Perdona por no dar señales de vida, pero ya ves que sigo en pie.
Hecho un asco y oliendo a cerdo, pero en pie. ¿He llegado en mal momento?
—¡Me importa una mierda el momento! —susurró Ethan, sentándose en una silla de la cocina cuando su hermano cerró la puerta y ocupó otra—. ¡No estoy para bromas!
—¿Qué te pasa?
—No lo sé… Me cuesta respirar. Apenas duermo. No consigo concentrarme en nada que no sea Carolina. Y de comer, ni hablamos…
—Parece algo malo —añadió Gavin, cruzado de brazos tan tranquilo.
—¡Peor! —Ethan abrió la boca, atónito. ¿Es que no iba a hacer nada para ayudarle?
—. Me encanta recordar cómo Caro se apartaba los rizos de la cara con la mano cuando estaba contenta, o con un resoplido cuando se enfadaba.
Se le formaba una arruga justo aquí, entre las cejas, cuando tenía miedo de algo, pero terminaba por superarlo para darme consejos acerca de mi vida.
—¿Te daba consejos y tú los aceptabas?
—Si lo hubiera hecho, no estaría aquí ahora. —Ethan se frotó la nuca con un lamento casi inaudible—. ¡Hasta la escucho reír! Y a veces, me dice lo que debo hacer al oído aunque sé que no está conmigo…
Si aquello no le hacía reaccionar, ya no sabía qué más decir. Gavin sonrió cuando se levantó para prepararle un café; luego soltó una risilla baja cuando se lo puso delante, y terminó con una carcajada al ver cómo Ethan contenía las arcadas ante el primer sorbo.
—Tienes razón. Es peor —dijo, abrazándose el estómago sin parar de reír—. ¡Te has enamorado!
—No.
—Sí. ¿Tanto te has empeñado en olvidar que no reconoces los síntomas?
—No —repitió, con el ceño fruncido.
—El amor asusta. Por su poder y por cómo nos afecta. Es lógico que no lo aceptes.
—Aun suponiendo que fuera así, a mí no me afectaría. Ya no —insistió, agarrando la taza con fuerza para terminar el café.
—Ethan, a ti te afecta más que a nadie.
—¡¿Y de quién es la culpa?! —gritó, fuera de control. Dio un puñetazo tan fuerte sobre la mesa que la taza de café acabó en el suelo. Ninguno de los dos se sobresaltó—. ¡Tuya y de esa bruja de Macarena!
—Ah, que ahora sale a relucir la cita a ciegas…
—¡He tardado demasiado en escupírtelo en la cara! —Ethan no salía de su asombro. ¿De verdad podía permanecer tan tranquilo, cuando él estaba a un paso de morirse?—. ¡Yo era feliz con mi vida!
—Permíteme… que insista.
—¡No te lo permito! —estalló, volviendo a levantarse—. ¡Estaba muy a gusto con mi trabajo, con mi libertad y con todo lo demás!
—Uy, síííí… —Gavin levantó una ceja y recogió la taza del suelo.
A continuación se apoyó en su silla y volvió a cruzarse de brazos.
No, no parecía dispuesto a gran cosa más—.
Por eso llevas semanas sin cumplir con tus compromisos profesionales.
Por eso nos has ignorado y has preferido buscar respuestas en el alcohol. Otra vez. Dime, ¿las has encontrado?
—¡Pues claro que no! ¡No digas tonterías! —Con un lamento apagado, se revolvió el pelo—. Todavía me pregunto a qué coño he venido.
—A lo mejor a pedir disculpas. O a reconocer que no puedes presentarte aquí como si no hubiera pasado nada.
—¡Sé lo que ha pasado! ¡Pero te necesito! —Aunque se mereciera esa disculpa que no era capaz de dar.
—¿Para qué, exactamente? ¿Para seguir por el camino fácil? ¿O para aceptar lo que sientes por Caro?
—¿Crees que he seguido el camino fácil?
—Igual que hiciste con Hannah —afirmó Gavin con tristeza—. Pensaba que tenías intención de convencerla para que se quedara.
—¡Y eso era lo que quería! —Su cabeza comenzaba a aclararse. Aunque él hiciera todo lo posible por conseguir lo contrario—. Pero ahora…