Volver a empezar Serie completa 24 Y la dejas marchar
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24 Y la dejas marchar

Preparación:

Poner a remojo las alubias la noche anterior.

Cortar las verduras, sofreírlas en aceite de oliva y ponerlas en una olla con las alubias coladas.

Cubrir con agua y cocer hasta que empiece a hervir.

A continuación, agregar un vaso de agua fría para interrumpir la cocción a los treinta minutos.

Añadir parte del tocino y cocer treinta minutos más.

Triturar, añadir la crema de leche y pasarlo por el pasapuré.

Por último, cortar en dados la manzana pelada y saltearla junto con el tocino restante, cortado también en dados.

Servir la crema en platos y coronar con la manzana y el tocino.

Nota a pie de página:

La maldad no desaparece cubriéndola de agua y dejándola hervir. Me ha puesto a prueba y yo he reaccionado como debía. O eso creo. Aunque me siento perdida, sin rumbo fijo, sé que mi ánimo no está tan triturado como para no volverlo a encontrar. Hay luz al final del túnel…

Lo primero que hizo Carolina cuando el taxi la dejó frente al bloque de apartamentos en las afueras de Madrid, fue volver a conectar el móvil. Había pospuesto el momento por miedo a lo que pudiera encontrarse, pero la triste realidad fue que no encontró nada.

Ni WhatsApp, ni llamadas.

Ni siquiera un hombre arrepentido por sus actos, que intentaba actuar a la desesperada corriendo hacia el aeropuerto para impedir que ella se marchara.

Ethan la había arrojado de su lado, convencido de lo que hacía.

Aunque se dijo que así era mejor, no pudo desprenderse de la decepción.

Era muy consciente de que había emprendido un camino sin retorno al tomar aquel avión; como un juego de mesa donde no existe la posibilidad de volver a la casilla uno.

Ahora estaba parada delante de su pasado más inmediato, para darle carpetazo de una vez por todas. Temblaba por el frío y por los nervios. Miró el reloj y respiró profundo. Volvía a ser invierno. Estaba en pleno día. Y había pasado horas de reflexión para tomar una decisión.

Jorge era historia. Aquel apartamento, también.

Si tenía suerte, lo encontraría vacío para coger sus pertenencias y abandonarlo definitivamente.

Eso parecía cuando abrió la puerta, arrastró la maleta hasta el pequeño salón, se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá con un resoplido.

Creyó que estaba sola, pero vio las llaves del coche de Jorge sobre la mesa de centro justo cuando unos ruidos muy sospechosos procedentes del dormitorio llamaron su atención.

Con el ceño fruncido, Carolina se acercó en silencio y pegó la oreja a la puerta.

De nada servía buscar alternativas edulcoradas. Alguien ahí dentro se lo estaba pasando mejor que bien.

Días antes, hubiera iniciado una violenta discusión con Jorge después de haberse marchado sin abrir aquella puerta. Pero ahora todo había cambiado.

La abrió poco a poco, con un aplomo que incluso a ella le sorprendió. Delante de sus narices y con el sol entrando por la ventana, Isabel, su jefa, montaba sobre Jorge con tanto ímpetu que el somier chirriaba cada vez más seguido.

Él acariciaba su espalda con los ojos cerrados. Gemían. Susurraban. Estaban tan concentrados que ninguno se dio cuenta de la presencia de Carolina hasta que ella avanzó y, junto al cabecero de la cama, intentó quitarse el anillo de compromiso.

Esta vez, ¡oh milagro!, el anillo abandonó su dedo para que pudiera tirarlo a la cara de Jorge.

—¿Pero qué…?

—Podría habérmelo quedado para venderlo.

Hubiera cobrado los ahorros que te quedaste sin mi permiso, y buena parte de los gastos que tú, zorra sinvergüenza, me obligaste a tener cuando me preparaste la encerrona en el hotel de Australia.

—Aquello último no era del todo cierto, pero Isabel no tenía por qué saberlo—.

Al final he decidido que así me quedo mucho más a gusto.

Isabel gritó al descubrirla allí. La expresión de Jorge no tenía precio.

Ella solo quería llorar, pero aquellos dos necesitaban una lección y se la daría.

Ya lloraría más tarde.

—Os ha sorprendido que después de vuestros tejemanejes haya durado tanto en el otro lado del mundo sin morirme de hambre o de asco, ¿verdad?

Pero no os preocupéis. No os guardaré más rencor del necesario.

Por mí podéis seguir hasta terminar —continuó, abriendo su parte del armario para sacar su ropa de invierno y una maleta adicional en la que meterla—.

Cómo terminéis, ya es cosa vuestra. Madre mía, Isabel, pero qué vieja estás y qué caídas las tienes —siguió, aprovechando que la susodicha ni siquiera se había tapado—. Las tetas, digo.

—Carolina…

Jorge comenzó a hacerse cargo de la situación. Empujó a Isabel a un lado y alargó la mano con intención de tocarla.

—Te aconsejo que conserves algo de dignidad y te separes de mí antes de que no pueda aguantarme y te vomite encima —le advirtió, apartando la vista de aquellos dos indeseables.

El coraje le estaba pasando factura. El corazón le aporreaba el pecho, el sudor le mojaba las palmas de las manos y las piernas empezaron a temblarle cuando salió de allí.

Estaba respirando un aire demasiado denso y pesado. Contaminante. De ahí los mareos. Las náuseas. Las ganas de terminar con todo para poder desahogarse a gusto.

—Caro…

—Ni se te pase por la cabeza —advirtió con la voz seca.

Jorge la seguía, vestido con unos calzoncillos y mucho arrepentimiento.

De ese que siempre le había funcionado con ella.

Claro que eso fue antes de que Ethan apareciera en su vida para cambiar por completo sus prioridades—.

Esto es lo que parece. Y a saber cuánto tiempo lleva siéndolo.

—No tanto como tú crees.

—Buen consuelo. —¡Era increíble! ¡Ya ni siquiera se molestaba en buscar una excusa factible!

Aunque, ¿qué le importaba a ella? A esas alturas, absolutamente nada—.

Ahórrate las explicaciones. Cuando me marché, dejamos de ser pareja.

Seguro que lo celebraste con Isabel… Pero te comunico que no fuiste el único.

Ojo por ojo. Carolina volvió a ponerse el abrigo con una ligera sensación de victoria y, siguiendo una vocecita con muy mala uva, cogió las llaves del coche con disimulo.

—¿Sabes? Tengo que agradecerte la escenita —continuó en un tono mucho más frívolo—. Me ha ahorrado una conversación que nunca quise tener.

—¿Cómo iba a saber que tú…? ¿Que hoy…? —Jorge no parecía encontrar las palabras acertadas, y no era por arrepentimiento, sino por la sorpresa que todavía tenía en el cuerpo. Su cabeza pasaba de la puerta del dormitorio a Caro, y otra vez al dormitorio—. ¡No puedes irte así! —exclamó al final.

—Mira y verás.

—¿A dónde vas a ir tú sin mí?

Carolina le sostuvo la mirada y se la devolvió con decisión.

Le era tan indiferente que lo único que sentía era un inmenso alivio.

—A vivir sin ti, Jorge —dijo, cargando con las dos maletas hasta la puerta—. A vivir.

Solo cuando lo perdió de vista y se metió en el coche, aparcado a unos metros, pudo permitirse el lujo de dejar salir toda la tensión acumulada para analizar su situación.

Tenía veintiocho años y estaba sin trabajo. Sin casa. A su alrededor, la vida que tanto esfuerzo emocional le había costado conseguir, se desmoronaba.

Apoyó la frente en el volante y dejó que las lágrimas fluyeran. No pudo pararlas. Tenía la impresión de que lloraba por todo lo que no lloró en su momento. Por el pasado con Jorge, por el presente con Ethan. Por las maniobras de Gavin y Maca.

Porque no veía el comienzo de su futuro, ni tampoco su fin.

Hasta que recordó a alguien.

Apoyó la espalda en el respaldo del asiento y se sonó la nariz con un pañuelo de papel.

Sería muy egoísta, pero actuaba a la desesperada. Si todo iba bien, tendría mucho tiempo para dar todo tipo de explicaciones.

Cogió el móvil y marcó el número. Esperó hasta que, al otro lado, alguien respondió…

Y en ese momento se quedó sin habla.

—¿Diga?

Escuchar la voz amable y cariñosa le dolió como un puñetazo en el estómago. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para volver a respirar.

—¿Diga? —repitió Rosario, su madre. Carolina cerró los ojos. Le quemaban por la culpa. Mentalmente, la llamó a gritos. Y tras un silencio eterno, escuchó—: Caro, hija, ¿eres tú?

¡Sí, sí, sí! ¡Claro que era ella! Carolina sonrió, aunque volvía a tener las mejillas empapadas.

Se le cayó la venda del orgullo para permitirle ver la realidad.

Comprendió que durante todos esos años había sido verdaderamente egoísta con su madre.

Porque nunca había estado sola. Rosario calmaba su rabia, comprendía su tristeza.

Fue su amiga, su mejor silencio. Pero ella estaba demasiado dolida como para seguir aceptándolos.

Tenía que pedirle perdón, no exigirlo. Estaba a pocos kilómetros del pequeño pueblecito de la sierra. Y a miles de la mujer que esperaba respuesta.

—Mamá… Lo siento. Lo siento tanto… Por favor, perdóname.

Fueron las únicas palabras que cruzaron en muchos minutos.

Carolina dejó que su madre escuchara sus lloros de arrepentimiento y dejó que ella le ofreciera los de felicidad.

Los compartieron para reforzar los hilos invisibles que siempre las habían mantenido unidas, y cuando las dos se vaciaron por dentro, Rosario habló:

—Ven —dijo—. Tenemos mucho de qué hablar.

Carolina arrancó y se alejó de allí, sin considerar que volvía a huir. No había parado de hacerlo desde que Ethan le desveló sus sentimientos con respecto a Hannah.

Volvería a su hogar. Pasaría la Nochevieja con su madre, y empezaría de nuevo.

Eso era lo que realmente importaba.

***

Cuando Ethan abrió los ojos, estaba entumecido, dolorido y con un desorden mental que desapareció en cuanto pensó en Carolina.

Tenía que asegurarse de que estaba bien. Tocó con la mano las llaves guardadas en el bolsillo del vaquero y sonrió, felicitándose por el exceso de confianza de Ben, pero en cuanto intentó levantarse, las náuseas le obligaron a vomitar allí mismo.