23 Errar es humano #2
La veterinaria cayó en el sofá, pero Carolina decidió asegurarse de que no sería un peligro inmediato para ella ni para Ethan.
Aprovechando su aturdimiento, volvió a estrellarle el puño cerca de la sien.
—Esta es mi salida —dijo, con aire triunfal al verla casi inconsciente sobre el sofá—. Y no sabes lo a gusto que me he quedado.
No había planeado nada de eso, pero ahora tenía que aprovechar su estado para noquearla del todo.
Aunque Brenda era más delgada que ella, le costó mucho arrastrarla hasta una de las sillas del salón.
Sudaba a mares cuando saqueó los cajones de la cómoda del cuarto de Ethan, buscando algo con lo que sujetarla.
Encontró tres cinturones. Con uno le ató las muñecas, con otro los tobillos, y utilizó el tercero para amarrarla bien al respaldo de la silla.
Después, cogió dos paños de cocina y la amordazó con ellos.
Estaba demasiado conmocionada por lo que había sido capaz de hacer como para mirarla a la cara.
Se sentó en el sofá para recuperarse. Solo al cabo de un rato, recordó la grabadora y la apagó para poder usar el móvil.
La primera llamada fue para la policía, denunciando que había sufrido un asalto en la casa de su novio. La segunda, fue para Adam.
—¡Caro! ¿Dónde estás?
—En casa. ¡Por favor, dime que Ethan se encuentra bien!
El silencio la mareó. Sintió el impulso de una náusea, pero la controló.
—¡Adam! —repitió, cada vez más angustiada.
—Está bien, tranquila. —Carolina soltó el aire de golpe—. ¿Y tú?
Sin quitarle los ojos de encima a Brenda, dejó salir toda la tensión acumulada. Se derrumbó y le contó todo lo que acababa de ocurrir, hasta que solo volvió a oír aquel dichoso silencio que le crispó los nervios. Luego un susurro, y finalmente la voz firme de Adam.
—¡Caro, no te muevas de ahí! ¿Me estás escuchando? ¡Caro!
Ella colgó el teléfono y se lo quedó mirando un buen rato. No sabía si enviar la grabación a Adam. Si la escuchaba, y sabiendo lo que sentía por Brenda, podría destruirla. Pero tampoco quería hacerlo al móvil de Gavin o de Maca, así que no tenía muchas más alternativas.
Escribió un WhatsApp con la petición de que se lo hiciera llegar a la policía y se arriesgó. Luego, apagó el móvil y se quedó mirando al vacío.
Amaba a Ethan. Tanto como para permitir que ese sentimiento le atrofiase los pulmones, la cabeza y el corazón.
Tanto como para ceder al miedo y huir como una delincuente mayor que la que tenía delante.
Tanto como para ayudarlo en lo posible y aceptar el destrozo emocional que implicaba hacer lo que le dictaba el sentido común.
Se levantó inspirando hondo para recuperarse y miró por la ventana cuando escuchó el pitido de un claxon.
El taxi que había pedido para llevarla hasta el aeropuerto de Sidney, aguardaba en la puerta.
***
Ben tenía las cosas muy claras cuando penetró en la propiedad de Kamballa y se aseguró de que no había otro vehículo a la vista más que su conocida camioneta.
La silenciaría de la misma manera que a Ethan. Nada más.
Encontró la puerta del cobertizo abierta, pero antes de entrar en él, echó un último vistazo a los alrededores. A veces, las visitas dejaban sus coches dentro del recinto vallado, pero no parecía ser el caso.
Asomó la cabeza con cautela. En la penumbra, vio a Kamballa inclinada sobre la mesa, aparentemente concentrada en algo.
Mejor así. Si le disparaba el dardo ahora, no tendría que ver su cara de asombro y decepción. Podría marcharse con la conciencia relativamente tranquila.
Levantó la escopeta, pero un gruñido bajo y profundo a su derecha lo distrajo.
—¡ Rusty , ataca!
A Ben no le dio tiempo a replantearse nada. De entre la penumbra, surgió una enorme bola de pelo que saltó sobre él enseñando los dientes.
Era una jodida emboscada. ¡Debió haberlo supuesto! Ethan había hablado con su abuela. La habría puesto sobre aviso.
El perro intentó morderle el hombro, pero él lo evitó con un manotazo. Sin embargo, el impacto fue tan grande que cayó al suelo de espaldas, sin soltar el arma.
Por el rabillo del ojo vio cómo Kamballa cogía algo con un mango muy largo dispuesta a ayudar al perro. No se lo pensó. Apretó el gatillo, con tan buena fortuna que dio de lleno en el costado de Rusty .
El animal salió despedido entre aullidos de dolor, pero Ben pudo levantarse a tiempo de defenderse de Kamballa. Caminó hacia ella llevando todavía consigo la escopeta, pero una ligera presión en su espalda le obligó a parar.
Ben se giró muy lentamente para encontrarse con la sonrisa tranquila de Adam. Y con su rifle.
—Hola, Ben —saludó—. ¿Y Ethan?
—Durmiendo —respondió, con una sonrisa retorcida—. No serás capaz de dispararme…
Adam dio un paso al frente. El cañón del rifle se le clavó directamente en el pecho.
—Ya sabes que crecí en la calle —apuntó, alzando una ceja—. Soy capaz de muchas cosas.
—Pero no de matar a un hombre.
—Ponme a prueba. —El gesto de Adam se endureció al instante.
Su intento de escapar se había frustrado.
Ahora no tenía con lo que defenderse. Kamballa sostenía una pala dispuesta a estampársela en la cabeza, además de un cañón apoyado justo al lado de su corazón—.
Intenta algo, y sabrás de lo que soy capaz de primera mano.
Había aparecido demasiado rápido, y actuaba demasiado seguro en opinión de Ben. Él hizo un movimiento para intentar desviar el arma, pero Adam fue más rápido y le propinó un golpe en la sien con la culata que le dejó fuera de combate en el acto.
Cayó a los pies de Kamballa al mismo tiempo que la pala que ella tenía en las manos. Con un suspiro de alivio, la mujer fue a comprobar cómo se encontraba Rusty .
—No te preocupes. Solo está dormido —la tranquilizó Adam, palmeando el bolsillo delantero de su vaquero—. Perdona el retraso. Estaba hablando con Caro.
—¿Caro? ¿Cómo está?
En pocas palabras, Adam le relató lo ocurrido en casa de Ethan. Kamballa no dijo ni media palabra. Dejó que el chico cargara con Rusty y salieron del cobertizo, cerrando la puerta con llave para que Ben no pudiera irse antes de que llegara la policía.
—Vamos con Maca. Debe de estar comiéndose las uñas por la impaciencia —comentó al cabo de un rato, meneando la cabeza—. Tenemos que asegurarnos de que Ethan está bien.
—Lo está. —Con su habitual sonrisa que despejaba cielos enteros, Adam señaló el móvil—. Gavin me lo confirmó después de hablar con Caro.
Kamballa respiró tranquila. Después de la primera sorpresa al recibir la llamada de Ethan advirtiéndole acerca de Ben, se lo había comunicado a Macarena y a Adam, que acababa de llegar.
Tras mucho discutir, decidieron actuar por su cuenta en primera instancia por si Ethan se había equivocado.
Dejaron sus propias miguitas de pan y esperaron por si Ben aparecía.
Apareció. Y cayó en la trampa. Ahora, estaría inconsciente un buen rato gracias a Adam.
Ciertamente Ethan había sabido elegir a sus amistades, pensó Kamballa con una sonrisa satisfecha. Solo faltaba que también hiciera caso a su corazón.