Volver a empezar Serie completa 22 Máscara de cristal #3
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22 Máscara de cristal #3

—Ni se te ocurra moverte —le recordó, con una expresión salvaje en la cara—. Fui un idiota, pero era mi deber aceptar lo que revelaba la genética.

—¿Tu deber? ¡Deberías sentirte más obligado conmigo! —El estómago comenzaba a dolerle. Era verdad… —. Pero te callaste. Sabiendo lo que había ocurrido con Hannah, ¡no me dijiste ni una palabra!

—¿Y arriesgarme a que Linda se enterara?

—se disculpó. Al menos en eso, parecía sincero—.

Cuando él me pidió ayuda, tuve que decirle que prefería que Linda no supiera nada del tema.

Cometí mi peor error. Él me chantajeó. Tenía contactos fuera de la cárcel que le debían varios favores.

Me dijo que incluso podrían atentar contra la vida de Linda si no hacía lo que me pedía.

De hecho, tuve un claro ejemplo. ¿Recuerdas cuando se rompió la pierna?

—Ethan asintió sin dar crédito a lo que estaba escuchando—.

No fue una caída. Dos hombres la sorprendieron una noche mientras salía a tirar la basura y decidieron dejarme un aviso.

Ben había actuado por miedo. Todavía lo hacía. Tenía sus propios planes para él. Por eso le contaba todo sin preocuparse de que él lo denunciara. El corazón de Ethan se paralizó un segundo, para iniciar una carrera suicida al segundo siguiente.

—Y decidiste que la forma más rápida de hacerme daño era a través del refugio —concluyó.

— Solomon era muy especial para ti. Más incluso que los demonios de Tasmania enfermos de botulismo por la carne podrida —reconoció con un triste encogimiento de hombros—.

Yo lo hice todo. Hubiera seguido con el resto solo por mi Linda, pero después de la primera visita del empleado público, no me costó sobornarle a cambio de sus informes desfavorables.

Ahora ya sabes por qué nunca cumplías sus exigencias.

—Carolina…

A la mente de Ethan acudió Shiba , a punto de abalanzarse sobre ella. El rasguño de su espalda, que pudo ser mucho más si no hubieran reaccionado a tiempo.

Una furia desconocida se apoderó de él, pero clavó los dedos en el borde del banquete para evitar saltar sobre Ben. Antes, tenía que asegurarse. Antes…

—Eso no fue cosa mía. —La expresión de Ben había pasado de despreocupada a acongojada—. Cedí al chantaje de Robert por seguridad, pero nunca me hubiera atrevido a atentar contra la vida de otra persona.

—¿No? ¿Y cómo llamas a lo que me has estado haciendo?

—gritó Ethan fuera de sí. No hizo caso del arma que le apuntaba.

Se puso en pie y avanzó hacia Ben muy lentamente—.

Joder, me conoces casi desde que nací. A mí, a mi hermano, a mi abuela…

¡Has estado en mi casa infinidad de veces!

¡Arreglabas la cerca de Kamballa cada vez que algún tablón se rompía!

¡Le instalaste un grifo de ducha nuevo, y Linda nos daba de merendar cuando nos presentábamos en tu casa!

¡Viniste a mi boda! —Ben bajó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero Ethan no quería ni podía parar—.

Tú me viste feliz con Hannah y destrozado por su muerte.

Me escuchaste llorar, rabiar de celos y dolor.

Me ayudaste a emborracharme, a curarme y a poner en marcha el mayor de mis sueños. ¡Eras mi amigo!

—¡Ya escuché suficiente! —Ben le presionó el pecho con el cañón de la escopeta y le obligó a retroceder—.

¿Crees que me gusta lo que he hecho? ¡No!

¡Tengo una cadena perpetua alrededor del cuello!

¡Me odio a mí mismo cada día desde que todo empezó!

Pero protegeré a Linda… ¡Y tú deberías hacer lo mismo con Caro! ¡Brenda es capaz de todo!

La última frase hizo que Ethan se detuviera, completamente incrédulo. Aquello era como la guinda de un pastel casi imposible de digerir.

—¿Brenda? —preguntó, recordando una a una las acusaciones que le había restregado por la cara el día que la despidió.

Quizá no fuera tan desencaminado con respecto a ella.

—¡Ella fue la que encerró a Carolina en el recinto de los tigres, y también la que os disparó! —gritó Ben. Parecía dispuesto a seguir hablando, pero de repente apretó los labios, como conteniéndose—. No voy a explicarte por qué.

No tenía que hacerlo. Ya no.

Carolina. La preocupación pasó a convertirse en un ataque irreprimible de ira hacia el hombre que tenía delante.

¡Dios, Carolina!

Sintió cómo sus entrañas se rompían al suponer el peligro que podría estar corriendo. Se convirtió en un animal acorralado. Su mente se nubló. No le importó su situación, ni el hecho de enfrentarse a un hombre armado. Lo único que quería era asegurarse de que ella estaba a salvo.

Asegurarse de que seguiría con él.

Se abalanzó sobre Ben con un grito de rabia, sabiendo que la única baza a su favor era su mayor corpulencia y juventud. Le estrelló el puño derecho en la cara y el izquierdo en el estómago. No pensaba. Solo actuaba. Pero calculó mal.

Pese a su rapidez, Ben apretó el gatillo.

Ethan sintió el dardo clavado en su muslo y retrocedió tambaleándose.

Se lo arrancó rápidamente, pero eso no evitó que la droga corriera por sus venas.

Intentó apoyarse en los estantes para tomar impulso y seguir atacando a Ben.

No podía consentir que se saliera con la suya.

No podía dejar sola a Caro, como antes había dejado a Hannah.

La historia no podía repetirse, por mucho que la vista comenzara a nublársele y las piernas le fallaran.

Cayó al suelo, llevándose un estante con él.

Su respiración comenzó a ralentizarse. Notó cómo el sudor le empapaba la camiseta y su cuerpo no obedecía las órdenes de su cerebro.

Parpadeó, negándose a dormirse, para ver cómo Ben se acercaba a él.

Parecía un poco decepcionado cuando le empujó con un pequeño puntapié.

—No espero que me entiendas. —Ethan quiso decirle que sí le entendía.

Pero ya no podía hablar—. Necesito pedirte disculpas.

Por no haber denunciado el chantaje de Robert.

Habría sido más fácil, pero Linda no lo hubiera soportado.

Por haber traicionado tu confianza. Nunca lo hubiera hecho voluntariamente.

Y por silenciar a Kamballa. Si no hubieras hablado con ella de esto hace un momento, me bastaría con mantenerte aquí encerrado y dormido hasta que estuviera lo suficientemente lejos. Pero así…

Ethan se arrastró con un gemido.

Lo último que vio antes de caer en un plácido sueño, fue su silueta oscura abandonando el cuarto de herramientas.