Volver a empezar Serie completa 22 Máscara de cristal #2
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22 Máscara de cristal #2

¡Aquella manipuladora que se enfrentaba a ella como si tuviera la razón no era la Macarena que ella conocía! Carolina estuvo a punto de pellizcarse para comprobar que no estaba en medio de una pesadilla.

—¿También tendré que consultarte las dimensiones y el decorado de mi casa, o si debo aceptar o rechazar un trabajo? Y ya de paso, ¿te extiendo una lista con mis platos favoritos para que decidas si me sientan bien o no, o te doy autorización para que cobres mi sueldo por mí?

—No merezco que me trates así, Caro.

—¿Qué le vamos a hacer? Ser la más buena del mundo está sobrevalorado.

Había dejado salir su lengua viperina para hacer daño a su hermana, pero estaba tan enfadada que no se arrepentía. Macarena se hundió en la silla y Gavin tomó la iniciativa.

—Voy a enterarme bien antes de ponerte verde —le advirtió—. ¿Hasta dónde te ha contado Ethan?

—¡Hasta donde yo he sido capaz de escuchar! —siguió gritando Carolina. Se sentía demasiado traicionada como para atender a razones—. ¡Escondió el tema de Hannah solo para engañarme!

—Hannah está muerta, Caro —intervino Maca—. Gavin me contó la historia anoche. Él no te ha engañado.

Carolina se fijó en los dos. Era demasiado tarde para explicarles la clase de engaño a la que se refería. Ni siquiera sabía por qué seguía allí si no era para comprobar hasta qué punto se habían reído de ella. Con un murmullo oscuro, se levantó de la silla.

—En realidad me da lo mismo cuándo te hayas enterado de lo de Hannah —siseó, dirigiéndose a la salida—. Solo quiero marcharme.

—Maca tenía razón. No quise creerla, pero ahora veo que me equivoqué. —Las palabras de Gavin la dejaron clavada en el suelo—. Estás huyendo.

—¡No! Me vuelvo a mi casa, de donde nunca debí salir.

—Estás muerta de miedo, Caro —insistió Gavin, como si no la hubiera oído.

—Estoy… —Enamorada. Y no era miedo lo que tenía, sino auténtico terror—.

Harta. Venía a despedirme de mi hermana y me encuentro con que ha manipulado mi vida aprovechándose de todas mis debilidades.

Ya no puedo remediarlo, pero pienso desaparecer de la vida de Ethan. Como si nunca le hubiera conocido.

Eso iba a ser poco menos que imposible, pero Gavin se guardó la opinión. Si Ethan la quería, tendría que luchar por ella.

Carolina cogió el dinero solo por pura necesidad. La vieron dar unos pasos vacilantes en dirección a la puerta, pero antes de abrirla, les dedicó una última mirada llena de ira y se apresuró a salir de allí, dejándoles completamente perplejos.

—Se acabó lo que se daba —bromeó Maca con un suspiro—. Ahora mi hermana dejará de hablarme para siempre. Y tendrá razón, porque esta vez me he pasado.

—Eso no es tan malo.

Maca le miró boquiabierta.

—Tú flipas —murmuró en castellano.

—No sé qué acabas de decir, pero seguro que la respuesta es no.

—Gavin sonreía. Y cuando él sonreía así, todos los problemas del mundo se evaporaban por efecto del calor—.

Caro está cabreada, pero volverá a hablarte cuando se le pase.

Y si se va, mejor. Así Ethan reaccionará de una vez cuando le cuente lo que ha pasado.

—¡Tú flipas! —repitió Macarena, sin dar crédito a sus oídos.

—Ya te dije que no. Prepárate. Te vas con Kamballa.

—¿Por qué?

—Porque voy a hablar con él en persona. Los dos solos. —Sin dejar de sonreír, Gavin la besó con ternura—. Maca, empiezo a conocerte, pero mi hermano no. Si te ve por aquí, haciéndote la encontradiza, no va a decir ni media palabra, ¿comprendes?

Ella sonrió. Le comprendía por completo. El plan seguía activo a pesar del pequeño traspiés de Carolina.

En cuanto Macarena se marchó, Gavin cogió el móvil y llamó a Ethan.

Nadie le respondió.

***

—Fluoracetato de sodio, también llamado «Compuesto 1080».

Veneno ilegal en la mayoría de países, utilizado para el control de la fauna nociva o indeseable.

Es soluble al agua, no volátil y sin sabor…

En caso de intoxicación, es conveniente incitar al vómito y hacer lavados de estómago, puesto que no se conoce un antídoto lo suficientemente eficaz contra él.

Ethan lo leyó en voz alta desde la pantalla del portátil, para que Adam pudiera oírle.

Su maquinaria mental empezó a funcionar como si le hubieran puesto una inyección de adrenalina. Tenía un enorme puzle en la cabeza que golpeaba las paredes de su cráneo, pero él empezó a encajarlas.

La persona que había suministrado el veneno a Solomon lo habría hecho a través del agua o la comida. No se le ocurría otra vía que hubiera pasado desapercibida. Por lo tanto, era alguien familiarizado con la sustancia, con el refugio y con él mismo.

Además de con Kamballa y con Rusty .

¿Brenda?

Recordó el favor que su abuela le pidió el día que le presentó a Carolina con respecto al veneno para los ratones del cobertizo, sílaba por sílaba.

Su mente hiló el cúmulo de circunstancias hasta confeccionar un paisaje desolador. La idea aparentemente descabellada le hizo levantarse de la silla de un salto con la mirada desorbitada.

Cogió el móvil y se dirigió a la salida.

—Espérame aquí —dijo a Adam.

No tardó demasiado en volver, mucho más ensimismado y preocupado de lo que se había marchado.

—Desembucha.

Se quedó mirando a Adam. Sudaba. Temblaba. Parecía hiperactivo cuando cogió un par de llaves de uno de los cajones de su mesa de trabajo.

—Conocemos a la persona que lo mató —sentenció, señalando los resultados de la analítica de Solomon —. Y no creo que se detenga ahí. Es demasiado cruel como para arrepentirse.

Los dos cruzaron una mirada de entendimiento.

—Ethan, Brenda puede ser muchas cosas, pero no la veo capaz de…

—Necesito terminar con esto cuanto antes —murmuró, arrastrando a Adam hasta los coches.

—Quieres despedirte de Caro.

Ethan se detuvo de golpe.

No pensaba despedirse, porque no pensaba dejarla marchar.

—Es demasiado largo de explicar. Ahora no hay tiempo —admitió a regañadientes—. Kamballa y Macarena están juntas. ¿Podrías ir a hacerles compañía?

—¿Y tú podrías decirme qué te traes entre manos?

—¡Adam! Te lo pido por favor…

No se quedó para ver si había surtido efecto.

Corrió hasta el cuarto de herramientas. No tuvo necesidad de utilizar las llaves porque la puerta estaba abierta, señal inequívoca de que Ben ya andaba por allí.

Las guardó en el bolsillo de su vaquero y rebuscó hasta que encontró lo que despejó todas sus dudas.

¡Mierda! No se había equivocado, ¡pero cuánto había deseado hacerlo! La bolsa del veneno todavía conservaba una parte. Ethan cogió el móvil con la intención de llamar a la policía, pero alguien a su espalda decidió que no era buena idea.

—Deja el móvil en el suelo, por favor. Tenemos que hablar.

Aquella voz era la que había esperado oír. Por eso no se sorprendió cuando, muy despacio, hizo lo que Ben le decía y se giró en su dirección.

Su amigo cerraba la puerta del cuarto y le apuntaba con el rifle de dardos tranquilizantes que utilizaban para sedar a los animales.

Uno solo de esos dardos en cualquier parte de su cuerpo, y en menos de diez segundos estaría completamente drogado.

Estaba en clara desventaja. Por lo tanto, debía actuar con naturalidad.

—Ben, qué bien que apareces —dijo, levantando la bolsa del veneno por encima de su cabeza sin soltar el móvil—. Solomon murió envenenado. Solo estaba buscando algo que coincidiera con lo que decían los análisis.

—Y lo has encontrado. Deja el móvil en el suelo —insistió, cuando empezó a sonar. Por el rabillo del ojo, Ethan vio el nombre de Gavin en la pantalla—. Siéntate en ese banquete de ahí.

Obedeció. No pudo hacer nada cuando Ben destrozó el móvil a base de pisotones. En cierto modo, la escena era demasiado absurda como para que intentara comprenderla a la primera.

Debía conservar la calma, por lo menos hasta que pudiera averiguar más.

—Yo le proporcioné el veneno a Kamballa cuando me pidió algo para acabar con los ratones del cobertizo.

Me costó lo mío, porque en la mayoría de los lugares es una sustancia ilegal, pero se la conseguí.

Y luego, se la robé. Claro que acabas de hablar con ella.

Supongo que ya estarás al corriente —dijo, sin dejar de amenazarle con la escopeta—.

Me vi obligado. Mi hijo me tiene amenazado.

En otras circunstancias, Ethan se hubiera reído de la broma.

Pero Ben parecía hablar muy en serio.

—Tú y Linda no tenéis hijos —aseguró, sin desviar la vista del arma.

—Robert no es hijo de Linda, sino de una mujer con quien me acosté una noche. Fue después de una discusión matrimonial. Me marché a Sidney, bebí demasiado...

—¿Qué… Robert?

—El Robert que tú y yo conocemos.

Ethan pudo sentir cómo la sangre abandonaba su cara. Ni en un millón de años hubiera considerado aquella posibilidad.

—Tiene que ser una broma macabra… —siseó entre dientes. Aunque por la expresión de Ben, comenzó a dudarlo—. Tú mejor que nadie sabes lo que me une a ese hijo de puta.

—Yo tampoco podía creérmelo cuando hace poco más de un año, recibí la visita de su madre.

No me pidió ayuda para Robert. Solo quería decirme que era mi hijo, sabiendo de antemano que yo me aseguraría del asunto antes de hacer nada que pudiera arruinar mi vida y mi matrimonio.

Cuando le hablé a Robert de las pruebas de paternidad, él accedió encantado —siguió escupiendo Ben, entre triste y avergonzado—.

Era verdad. Aquel asesino sin escrúpulos era mi hijo.

Si hubiera sido una persona íntegra, quizá se lo hubiera contado a Linda, pero así…

—Es demasiado retorcido.

Ethan habló con voz muy baja y amenazante. El relato de Ben sonaba convincente, pero su lógica se negaba a darlo por bueno. Parecía hundirse en la peor de sus pesadillas.

—Todavía no entiendo por qué querías matar a los mismos animales de los que has cuidado los últimos años, pero esto es demasiado —continuó, en vista de que Ben guardaba silencio—. Aun suponiendo que fuera verdad, no te imagino aceptándolo como parte de tu familia.

Hizo un movimiento en su dirección, pero Ben se parapetó detrás de la escopeta.