Volver a empezar Serie completa 22 Máscara de cristal
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22 Máscara de cristal

Preparación:

Pelar y trocear la cebolla. Cortar las judías por la mitad y cocerlas en agua hirviendo con sal durante seis minutos, para luego escurrirlas.

Calentar una cucharada de aceite en una cazuela para rehogar la cebolla.

Añadir los calabacines cortados en rodajas finas y las judías, el perejil y los ajos picados. Cocer cinco minutos más y salpimentar.

Por otro lado, cocer las láminas de la lasaña, escurrirlas y extenderlas sobre un paño limpio. Formar la lasaña intercalando las láminas de pasta con el relleno caliente. Finalmente, espolvorear con perejil picado y queso rallado.

Nota a pie de página:

Estoy enfadada. Rabiosa. Con la sensación de que siempre he permanecido apresada entre láminas ardientes que me impiden moverme para golpear a los culpables. O a mí misma.

El sonido de la puerta al cerrarse fue el pistoletazo de salida para Carolina.

Ella tampoco había podido dormir, pero no se había pasado las horas lamentándose de sus errores. Lo hecho, hecho estaba.

No sería feliz con Ethan. Él no le ofrecería una relación, ni estable ni de ningún otro tipo. Tampoco le regalaría un anillo de compromiso como el que se negaba a abandonar su dedo, fuera lo que ella quería o no.

Había sido dolorosamente claro al respecto. Y a ella ya no le quedaban fuerzas para luchar. Las había empleado todas en levantar a Ethan cuando se había derrumbado.

Hizo la maleta y bajó las escaleras mirando al frente para no dejar un pedacito de su alma en cada rincón de aquella casa.

La posó en el salón y consultó el reloj.

Las ocho y media. Tendría que pedirle a Maca algo de dinero prestado, por lo menos para coger un taxi hasta el aeropuerto.

Por el camino llamaría a Adam, Ben y Kamballa para despedirse.

No quería darles pie a que intentaran convencerla de que se quedara.

Afrontó el trayecto hasta el apartamento de Gavin como si fuera el camino al patíbulo. Cuando llegó, estaba tan desbordada por la situación que ni siquiera se dio cuenta de que los había pillado en pijama.

—Te veo cansada, Caro —saludó Maca, malinterpretando las ojeras—. ¿Te preparo el desayuno?

—No, gracias. No tengo el estómago muy bien que digamos.

—Habría que ver a mi hermano —apoyó Gavin, con una alegre carcajada—. ¿Dónde está?

—No lo sé —afirmó Carolina, derrumbándose sobre una silla—. He venido a despedirme. Mi avión sale a las doce.

El anuncio de un terremoto hubiera causado menos destrozos en el optimismo de la pareja. Los dos dejaron sus tostadas a medio comer sobre el plato e intercambiaron una mirada indescifrable para Caro.

—¿Crees que ha llegado el momento? —preguntó su hermana.

—Sí —respondió Gavin.

—Pero no sabemos cómo reaccionará… —insistió Maca, ignorando a Carolina por completo.

—Da lo mismo. Mejor un enfado que la ignorancia.

Gavin le dio un disimulado codazo y señaló a Carolina con la barbilla.

¿Qué estaba pasando ahí?

—Caro, no puedes irte —empezó Maca sin ninguna convicción, pasando los ojos de ella a Gavin.

—No veo ninguna razón para quedarme.

—Pero es que…

—Maca, te estás poniendo roja. ¿Ha ocurrido algo que yo deba saber?

—¡Sí! —exclamó su hermana, saltando de la silla.

—Y tiene que ver con Ethan —añadió Gavin con toda la intención de echarle una mano.

Carolina inspiró hondo varias veces y procuró mantener la poca calma que a esas alturas conservaba.

No quería preguntar, pero la preocupación por Ethan pudo más.

—¿Le ha pasado algo?

—No, pero le pasará cuando vuelva del refugio y vea que te has ido —respondió Gavin, resoplando sobre su café—. Esto no estaba planeado.

—¿Planeado? ¿Qué quieres decir?

Interceptó otra tanda de miraditas cómplices que la sacaron de quicio. Tamborileó con los dedos sobre la mesa, sabiendo que Maca terminaría por soltarlo.

Como así fue.

Vio cómo su hermana se dirigía a su bolso, sacaba la cartera y ponía delante de ella una cantidad de dólares australianos muy parecida a la que ella le confió su primera noche en Stubborn.

Su instinto empezó a guiarla, pero se negó a creerlo. Necesitaba preguntar antes.

—¿Qué… es esto?

—El dinero que te guardé —susurró Maca para el cuello de su pijama—. Si te vas a marchar, te hará falta.

No se había equivocado. Carolina miró los billetes como si estuvieran envueltos en llamas, cuando la que empezaba a arder era ella.

—Si piensas que te vas a ir de rositas en cuanto lo coja, vas lista —advirtió—. Me parece que me merezco una explicación por lo menos.

—Verás… —Su hermana se aclaró la garganta un par de veces y prefirió no mirarla a la cara.

Mala señal—. Tu encuentro con Ethan cuando vinimos a Stubborn no fue del todo casual.

Gavin y yo lo planeamos así, esperando que los dos dejarais atrás vuestras respectivas relaciones.

Que tú bebieras tanto nos facilitó las cosas, porque Ethan se hizo cargo de ti enseguida.

Por eso no te devolví el dinero. Te hubiera sacado del aprieto un par de días, como mucho.

Gavin y yo decidimos que lo mejor sería mentirte con respecto a eso, anular la reserva del hotel y dejar que las cosas fluyeran por sí mismas.

—Verás… —repitió Gavin, tomando el relevo—.

Maca y yo comenzamos a chatear poco después de nuestro viaje a España.

Una cosa llevó a la otra… La confianza fue mutua…

Yo le conté que Ethan había conocido a una chica en Madrid.

Ella me explicó que tú estabas inmersa en una relación con un chico que no te convenía en absoluto, después de haberte enrollado con un australiano que era veterinario y que, curiosamente, se llamaba igual que mi hermano.

Las fechas coincidían, así que decidimos poner en marcha algo que empezó como una broma, pero que acabó muy en serio.

—Gavin se detuvo de golpe cuando vio cómo Carolina fulminaba a su hermana con la mirada—.

Maca me explicó que tu jefa había propuesto este viaje a Australia por motivos de trabajo, y que ella te acompañaría para conocernos en persona.

Entonces vimos la oportunidad de organizaros una especie de cita a ciegas para reencontraros.

—No me imaginaba que dejarías a Jorge antes de llegar aquí, Caro, lo juro —se disculpó Maca—. Esperaba que te olvidaras de él con Ethan…

Carolina pasó por varios y vertiginosos estados de ánimo.

Primero intentó no matar a su hermana, la única culpable de todo, por mucho que hubiera contado con la complicidad de Gavin.

A continuación, toda la sangre de su cuerpo pareció concentrarse en sus pies, porque le entró tal flojera que agradeció estar sentada.

Tenía la mente bloqueada, pero cuando paseó los ojos de uno a la otra y viceversa, para verles la cara, procuró no enfurecerse tanto como para no poder razonar.

—Sé lo que estás pensando —continuó Maca, ante la falta absoluta de palabras de su hermana.

Carolina frunció el entrecejo casi al mismo tiempo que los labios.

No, no lo sabía en absoluto, y casi mejor así—.

Que me he metido donde no me llaman. Pero es que después de que tus amigas me contaran que aquella noche te fuiste con un australiano macizo y encantador del que solo pudieron darme su nombre y su profesión, no podía quedarme de brazos cruzados.

Sobre todo cuando poco después te liaste con un payaso como Jorge…

La voz de Maca se fue diluyendo, tragada por la ira contenida de Carolina. Intentaba asimilar que una simple despedida podía terminar en una pelea catastrófica.

—Caro, deberías hablar —siguió, cada vez más nerviosa—. Si no dices lo que sientes, esos silencios harán demasiado ruido. Y llegará un momento en que no podrás soportarlo.

—¿Querías que las cosas fluyeran por sí solas? Bonita manera de demostrarlo —siseó en castellano, con los ojos entrecerrados—. ¿Contenta?

—No. Para nada.

Carolina cogió aire. Ahora que había empezado, no podría parar.

—Me espiabas cuando salía de fiesta sin ti —añadió, utilizando su lengua natal en vista de que Maca la seguía.

—Me preocupaba, como una buena hermana.

—Interrogaste a mis amigas en vez de preguntarme a mí… —A medida que avanzaba, su rabia crecía. Y su indignación. Y también su impotencia.

—¡Eh, que no eres la única ofendida! Si hubieras querido contarme que te enrollaste con alguien, lo habrías hecho sin que preguntara —aclaró Maca, siguiendo la discusión en inglés—. Pero te callaste. ¡No confiaste en mí!

—Decidiste sobre mi vida sentimental…

—¡Es que tú no estabas en condiciones de hacerlo!

—¿Y en base a qué llegaste a esa conclusión? —Macarena no respondió. Agachó la cabeza, completamente avergonzada por primera vez en mucho tiempo—. Para colmo, me organizaste una cita con un desconocido cuando todavía estaba con Jorge…

—Ya os conocíais. Y tampoco os ha ido tan mal —concluyó su hermana, esta vez en inglés.

—Estáis bien juntos, Caro —intervino Gavin—. La verdad es que no pensábamos que llegarais tan lejos.

—Pero llegamos. —Carolina seguía concentrada en Macarena—. ¡No tenías ningún derecho a manejarme así! ¡Ni a ocultármelo todo! ¡Ni a mentirme, diciéndome que me acompañabas para conocer a tu novio, cuando en realidad tenías otros planes! ¡Habéis jugado con nosotros!

—No fue así exactamente.

—¡No quiero saber cómo fue! ¡Me trae sin cuidado! —Los ojos de Carolina echaban fuego cuando dio un puñetazo sobre la mesa—. Me marcho.

Macarena no se dio por vencida.

—Gavin, no sabía cómo eras tú y yo no sabía cómo era Ethan. Hubiéramos dado marcha atrás de haber visto problemas entre vosotros —insistió—. Pero os gustasteis. E Isabel anuló tu reserva de hotel. Cuando Ethan te propuso el arreglo de la casa, aceptaste.

—¡No tuve más remedio!

—¡Lo tuviste, pero lo rechazaste! ¡No seas tan hipócrita y reconoce que te fuiste con él porque quisiste!

Gavin carraspeó y levantó una mano. Nunca había visto a Maca tan enfadada.

—Chicas… —probó a decir.

—¡No te metas! —le gritaron las dos a la vez, para seguir asesinándose con la mirada.