21 Y ahora, tú #2
—Que lo tuyo con tu mujer fue demasiado especial para repetirlo con nadie.
—He decidido ser sincero para que no me veas como un cerdo.
—Eso es cuestionable. —Carolina se levantó de la cama completamente rígida y comenzó a vestirse con su ropa empapada por la lluvia.
Ahora ya sabía el lugar que le correspondía, y estaba muy lejos de allí.
Él se había encargado de explicárselo demasiado bien—.
Supongo que cuando quieres a una persona hasta ese punto, no puedes dejarla vayas donde vayas. Eso solo pasa una vez en la vida.
—No hagas que me sienta como un cabrón, Caro.
—Si te comportaras de otra manera, te sentirías de otra manera.
—En ese momento él hubiera aceptado cualquier cosa.
Insultos, gritos, lloros. Incluso golpes.
Pero Carolina le despachaba con una dignidad demasiado indiferente—.
Y si dejas de mirarme con pena, yo dejaré de dártela.
No sé qué hago aquí a estas alturas. Debo de ser masoquista.
Por lo visto ya está todo dicho y hecho.
—Siempre fui claro contigo —masculló, con la mirada perdida más allá de ella.
—Se te olvidó comentarme que estabas enamorado de otra.
—¿Qué hubiera cambiado eso?
¿Cómo podía preguntarlo siquiera, allí plantado, sin molestarse en moverse en alguna dirección?
¡Se habría protegido de él! No padecería esa sensación de inutilidad, de humillación extrema a la que él la estaba sometiendo para aceptar que, al lado de la todopoderosa Hannah, ella era insignificante.
Era probable que ni siquiera hubiera supuesto un buen polvo.
Pero Ethan parecía incapaz de comprender esos matices por mucho que se los explicara.
—En lo que a mí respecta, lo suficiente —respondió, encogiéndose de hombros para evitar que le temblaran—. Aunque parece que el detalle no significa lo mismo para ti.
—Este «detalle», como lo llamas, pertenece a mi vida privada.
—Y yo no, claro.
No. Él sabía que no la quería, pero le hacía sentir. Allí la tenía, poniéndolo contra las cuerdas. De vuelta, después de tres años. Como un boomerang al que quería lanzar muy lejos, pero que regresaría hasta encontrar su objetivo.
—¡Tú eres otra cosa! —gritó, poniéndose de pie con la mandíbula dura.
Necesitaba alejarla de su lado y no lo estaba consiguiendo con la suficiente rapidez.
Ella tampoco se lo ponía fácil—. Tú eres…
¡Algo así como un ancla a la que me he agarrado los últimos días!
Una chica guapa que decidió vivir conmigo durante un tiempo, dormir conmigo y, ¡sí! ¡Follar conmigo!
—Demasiado simple, hasta para ti. ¿No hay nada más?
Le estaba presionando para que dijera cosas que no sentía. La mirada de los ojos dorados removió su fibra más íntima. Tenía que terminar ya.
—No —dijo, sintiendo el sabor amargo de la palabra.
—Entonces espero que pases buena noche. Mañana me vuelvo a España.
Aquella era la declaración de intenciones que él esperaba oír. Lo había conseguido, pero cuando Carolina estaba a punto de desaparecer por la puerta, le miró por encima del hombro.
—Deberías perdonar —murmuró.
—¿Qué?
—Una vez me dijiste que yo debería perdonar a mi madre por no haber hecho nada para defenderme de mi padre —aclaró Carolina, con una voz sorprendentemente firme y serena—. Tú deberías perdonar a Robert para poder vivir tranquilo.
Los ojos de Ethan siguieron clavados en la puerta mucho después de que ella se hubiera encerrado en la parte superior de la casa.
Dejó que se humedecieran. Dejó incluso que las lágrimas le corrieran por las mejillas cuando volvió a tumbarse en la cama, completamente convencido de que había hecho lo correcto.
***
Pasó la mitad de la noche atento a cualquier movimiento que indicara que Carolina había decidido adelantar la hora de su regreso a España, y la otra mitad reprochándose a sí mismo haber sido tan cruel con ella.
Después de estropearlo, quería arreglarlo.
Aunque no sabía si podría. Carolina había sufrido lo suyo junto a aquel desconocido Jorge del que solo había escuchado lo peor de lo peor.
Lo soportó; en su opinión cometió un error al hacerlo, pero aun así, Carolina no parecía la clase de mujer que aceptara así como así los cambios repentinos de opinión.
Tenía principios. Muchísima capacidad de decisión. Y fidelidad absoluta ante esas decisiones, lo cual quería decir que podría intentar convencerla de que no tenía múltiple personalidad, sino una sola pero muy complicada, sin una mínima garantía de éxito.
Aunque eso no lo echaría para atrás. Entre otras cosas, porque jamás se perdonaría lo contrario.
Y el tiempo le daba un ultimátum. Eran las ocho de la mañana.
Tenía hasta las diez para aclarar las cosas con Carolina y demostrarle que no tenía intención de herirla, sino un follón enorme en la cabeza.
Ethan se levantó de la cama con una decisión tomada cuando sonó el móvil. Mientras se dirigía a las escaleras, respondió a la llamada de Adam.
—Buenos días —saludó. Comenzó a subir los peldaños. Uno, dos… —. ¿Qué pasa?
—Tienes que venir al refugio. Acabo de recibir los resultados de los análisis de Solomon .
— Solomon . —Tres, cuatro, cinco. Ni toda una estampida de tigres ciegos le haría cambiar de opinión con respecto a Caro. La acorralaría hasta que le escuchara, por el bien de su conciencia—. ¿Y qué pasa? ¿No podéis encargaros vosotros?
Al otro lado se oyó un suspiro, y luego tres palabras que le paralizaron:
—Fluoroacetato de sodio.
Silencio. Mucho silencio.
—Ethan, ¿sigues ahí?
Solomon ya había muerto, pero la imagen de capullo manipulador que había dado a Carolina permanecería ahí hasta que él intentara cambiarla.
—¡Ethan!
—¡¿Qué?!
—¿Vas a venir o no?
Solo unos días antes, la respuesta estaría tan clara que no hubiera sido necesaria la pregunta. Ahora, sopesaba la importancia de cada cosa.
—Sí, siempre que no me entretengas más allá de las diez —concluyó, mientras renunciaba a subir el resto de peldaños y salía de la casa dando un portazo.