21 Y ahora, tú
CREMA DE PERAS AL VINO
Preparación:
Pelar las peras y cortarlas en trozos irregulares retirando los corazones.
Juntarlas en un cazo con el vino, la canela y el azúcar para cocer durante cuarenta minutos.
Después, triturar y colar la crema. Volverla a calentar junto con la mantequilla y repartir en platos o cuencos individuales.
Acompañar con helado de vainilla y llevar a la mesa enseguida.
Nota a pie de página:
Desearía estar inmersa en vino para poder echar la culpa a algo. Me gustaría poder separar mi cuerpo de mi corazón para no terminar triturada por secretos ajenos, pero he llegado demasiado tarde. De momento, solo tengo capacidad para hacer las maletas y desaparecer de la vida de Ethan.
Carolina tenía la impresión de que, si dejaba de abrazarle y permitía que se marchara de su lado, ya nada volvería a ser igual. Ni siquiera cuando volviera, tan desnudo y asombrosamente perfecto como se había ido.
Así fue. Los ojos de Ethan volvían a ser dos fríos agujeros negros tras los que se escondía para evitar ser alcanzado por nada que tuviera que ver con sus sentimientos.
—Te mentí —soltó de sopetón cuando volvió a la cama, alargándole una foto enmarcada en donde él aparecía sonriente junto a una rubia muy guapa.
Carolina cogió el marco con manos temblorosas, tratando por todos los medios de que su parte pragmática analizara la situación con frialdad. Al fondo aparecía la propiedad de Kamballa, aunque el hombre de la foto era más risueño que el que tenía al lado. También más joven y despreocupado.
Sus temores se confirmaron cuando él le enseñó una alianza matrimonial.
«Ethan-Hannah».
Carolina no pudo leer el resto. Los ojos se le llenaron de lágrimas que contuvo con determinación.
Antes de parecer una pobre tonta, quería saber qué significaba todo aquello.
—¿En qué me mentiste exactamente? —murmuró.
—Cuando te hablé del refugio y del dinero en metálico de la herencia de mis padres. Te mentí. El dinero no procedía de ahí, sino de ella.
Carolina era incapaz de mirarle. O de realizar algún movimiento que indicara que estaba viva. Sentía una presión insoportable en el estómago y una cerrazón enorme en la garganta.
—¿Estás casado? —preguntó entre dientes.
—Lo estuve. Con Hannah. La dueña de Solomon .
—Aquel era el primer paso: contar la historia de manera rápida, para que ella no se diera cuenta de cómo le destrozaba hacerlo—.
La conocí en el último curso de la facultad.
Era la única hija de un rico magnate australiano.
Fue un flechazo. En cuanto terminamos la carrera, nos casamos, cosa que no gustó nada a sus padres, que pensaban que yo iba detrás de su dinero.
Tragó saliva para no sentir la rigidez de los músculos. El segundo paso era más difícil: hacerse el duro contando cómo había perdido lo que más había querido, para que Carolina empezara a despreciarle de verdad.
—Y en parte tenían razón. —¡No, ninguna!
—. Las cantidades de las que dispuso Hannah hasta que sus padres decidieron cortarnos el grifo, sirvieron como anticipo para la clínica y esta casa.
Del refugio me encargué yo, junto con Ben y Adam.
Solomon , el tigre ciego que había formado parte de la familia de Hannah desde hacía tiempo, fue el primer animal que lo ocupó.
—Iba bien. Estaba convencido de que su voz había sonado neutra cuando pronunció su nombre—.
Ella decía que era suyo, y yo la creí. En realidad, me lo creí todo. No fui más que un auténtico gilipollas…
Se mojó los labios para aliviar la sequedad y le alargó un papel pulcramente doblado.
Carolina titubeó a la hora de leerlo. Ethan estaba desconocido. Le resolvía todas sus dudas contándole episodios de su vida desde fuera, como si se limitara a ver una película en la que era un mero espectador.
¿Era posible que se hubiera equivocado tanto con él?
Decidió leer la nota para salir de dudas.
—Se marchó con otro… —murmuró con la boca abierta. Después del primer colapso mental, su cabeza comenzaba a atar cabos. Y había cosas que no le cuadraban—. Pero tú me dijiste que la persona que te había regalado a Solomon murió.
—Así fue. —Él se apoyó en el cabecero de la cama y cerró los ojos—.
Después de casarnos, yo le presenté a Robert.
Trabajaba en el laboratorio que se encarga de efectuar los análisis que envío de vez en cuando.
A Hannah le gustaba ir en persona a por los resultados y yo accedía encantado.
Ya sabes que prescindo de la tecnología en cuanto puedo.
Una tarde, al volver de la clínica, me encontré con esto.
—Ethan le quitó la nota y la arrugó entre los dedos—.
Al principio pensé que se trataba de una broma.
La llamé al móvil cientos de veces, pero no respondió.
Me dirigí al laboratorio de Sidney con la intención de aclarar las cosas, pero allí me dijeron que hacía días que Robert había dejado su trabajo.
Entonces empecé a tomar conciencia de la realidad.
Me volví loco imaginando cómo actuaría cuando la volviera a tener delante, porque la quise más que a mi vida.
—Esa era la última parte. La más sincera.
Si le revelaba a Caro sus verdaderos sentimientos con respecto a Hannah de manera que pareciera un rechazo, ella le odiaría tanto que querría perderlo de vista cuanto antes—.
Yo era como un satélite a su alrededor. Mi mundo era Hannah.
Mi vida era Hannah. Mis problemas eran Hannah y mis soluciones también.
Pero todo se esfumó cuando al amanecer Tom, el jefe de policía, se presentó en mi casa para decirme que Robert y Hannah habían tenido un accidente de coche y que ella había fallecido.
Al parecer, se habían corrido una juerga para celebrar que estaban juntos y él conducía borracho.
Se despeñaron por un barranco. Hannah murió por las múltiples lesiones internas.
Reconocí el cadáver en el hospital al que la llevaron…
Creo que es lo más difícil que he tenido que hacer nunca.
Un silencio pesado y culpable se instaló entre ellos después de aquellas palabras. Carolina solo podía oír la respiración pesada de Ethan.
—Robert salió mejor parado, si exceptuamos la paliza que le di en la habitación del hospital.
Me dijeron que planeaba denunciarme, pero creo que al final su abogado le hizo desistir de tan brillante idea —continuó, fingiendo indiferencia a pesar de las gotas de sudor que, a aquellas alturas, le resbalaban por las sienes—.
Por lo demás, solo sufrió heridas leves y una acusación por homicidio que lo llevó a la cárcel.
El juicio fue un auténtico infierno. No sabes lo que se siente cuando descubres que la persona en la que más confías te ha traicionado.
El dolor que te rompe por dentro cuando comprendes que te quedarás con tus reproches para siempre.
—Por primera vez, se giró hacia ella y le acarició las manos.
Las emociones empezaban a desbordarlo—. Y cuando consigues sobrevivir al día a día, descubres que solo eres un trozo de carne que tiene miedo del mundo.
Ese hijo de puta me quitó la posibilidad de intentarlo de nuevo.
Me lo quitó todo. Está en la cárcel de máxima seguridad de Melbourne después de un intento de fuga al poco de ser declarado culpable por la muerte de Hannah, ¡y espero que se pudra en ella!
Porque si alguna vez me lo vuelvo a encontrar, seré yo quien acabe en una cárcel.
Tenía la voz distorsionada por una mezcla de miedo y desprecio que le tensaba los rasgos de la cara hasta no parecer él. Le apretaba tanto los dedos que a ella le costó soltarse.
Casi se compadeció de él. Pero en una cosa, estaba equivocado.
Carolina conocía a la perfección la sensación de desarraigo, de profunda inferioridad, al descubrir el engaño por parte de quien menos se espera.
Lo había vivido demasiadas veces como para no reconocerlo en alguien que trataba de disimularlo, aunque en esta ocasión era diferente. Ethan estaba enamorado de Hannah.
Se había enamorado de un hombre que tenía el alma completamente quebrada. Los recuerdos que Carolina veía en él, le encadenaban a una mujer muerta.
—Hannah había suscrito un seguro de vida poco después de casarnos donde yo era el beneficiario.
Sus padres iniciaron acciones legales para evitar que yo lo cobrara, pero no pudieron hacer nada.
Lo invertí en el refugio, pensando que a ella le hubiera gustado —explicó Ethan, con sus pupilas clavadas en ella.
Había dejado ese tono tan indiferente. Ahora le temblaba la voz—.
Durante mucho tiempo me culpé de todo. Me convertí en un despojo humano dependiente del alcohol, tan inútil que tardé mucho en volver a servir para algo.
Y cuando lo conseguí gracias a todos los demás, solo quería morirme para estar con ella.
No me importaba que me hubiera engañado, ni que hubiera fingido ser conmigo lo que no era.
Llegué a aceptar incluso que me hubiera utilizado.
Solo quería volver a su lado. Para mí no existía trabajo, ni amigos o familia.
Los rechacé por activa y por pasiva. Pero Gavin no se dio por vencido.
Decidió que no quería perder al único hermano que tenía e insistió en llevarme a España hasta que yo acepté, dos años después de que ocurriera todo.
Allí te conocí a ti. ¿Quién me iba a decir que ahora iba a estar aquí, contigo, contándote algo que nunca he contado a ninguna otra, solo para hacerte entender que nadie reemplazará a Hannah?
La última declaración de intenciones cumplió su cometido. Carolina apretó los labios y tragó saliva. Ahora, además, se sentiría desplazada, utilizada. Justo como él quería que se sintiera.
—Me estás diciendo que conmigo solo querías follar —le reprochó con una sequedad muy serena.
—Es lo que hemos estado haciendo —respondió él, desviando los ojos para digerir la repugnancia que sentía hacia sí mismo.