20 Preludio de amor #3
—Esa era la idea. —Carolina ladeó la cabeza cuando sintió los labios de Ethan de nuevo sobre su cuello.
Quería que siguiera besándola. Que siguiera acariciándola.
Que siguiera llevándola a donde él estaba, lejos de cualquier otro sentimiento que no fuera el que ahora la llenaba por completo—. Agárrate a mí, Caro. Yo te sostendré.
Sintió que la fricción de la toalla aumentaba su ritmo. Ahora estaba colgada del cuello de Ethan, completamente apoyada en su pecho y con las puntas de los pies a punto de abandonar el suelo.
Y de repente, lo abandonó. Estaba deliciosamente apresada entre los dedos que presionaban en todo su sexo y la erección de él frotándose contra su trasero, cuando le sobrevino un orgasmo que a punto estuvo de catapultarla afuera por la ventana abierta del dormitorio.
Debió de gritar mucho y muy fuerte, porque cuando pudo controlar sus espasmos para no caerse redonda, escuchó que él se reía en su oído.
—Estarás… satisfecho —afirmó, entre bocanadas intermitentes de aire.
—No más que tú.
—Eso tiene fácil arreglo.
Como si volviera de un tranquilo paseo y no de una auténtica y violenta inundación, Carolina dejó caer la toalla y se giró hacia él.
—Ahora me toca a mí —dijo, con una sonrisa que le hizo temblar.
Le besó en los labios lentamente mientras le desprendía de sus pantalones con un firme tirón, le desabotonaba la camisa y le bajaba el bóxer para que él se lo quitara de un puntapié.
Estaba empapado por la lluvia. Temblaba. Pero la mirada que Caro dejó resbalar por él consiguió hacerle entrar en calor en un tiempo insultantemente corto.
—Mi perfecto guerrero maorí.
Dijo «mi» y «perfecto». Suficiente para que se dejara arrebatar la toalla y empujar contra la pared, nervioso y débil.
En algún momento había perdido el control, pero no se arrepentía en absoluto. Era excitante sentirse dominado por una mujer preciosa, que actuaba con desenvoltura y una cruda sensualidad que le afectaba hasta borrarle todo rastro de raciocinio.
Así, lo estaba consiguiendo. Si él se centraba en todo el remolino de emociones que sus dedos le causaban, no pensaría en el dolor que le palpitaba en el pecho, ni en la angustia que imaginaba sentir al saber que al día siguiente, se marcharía.
Pero lo pensó. El sabor amargo de la tristeza le subió por la garganta y presionó en sus labios para salir en forma de lamento ahogado. Ethan la encerró entre los brazos y la apretó con fuerza, como si así pudiera dejar grabado en su piel cada olor, cada sabor de Caro.
—¿Qué pasa?
Él no contestó. No podía. La sensación de derrota que le empujaba a hundir sus dedos en el pelo rizado lo asustaba y lo excitaba a partes iguales.
Tensó la mandíbula dispuesto a retenerla así para siempre, pero ella se apartó y clavó sus ojos en los de él, comprendiendo de pronto la encrucijada que empezaba a ahogarlo.
—Ethan… Yo…
—No. No digas nada, aroha —murmuró, insultándose mentalmente por aquello que empezaba a humedecerle los ojos—. Hemos estado bien así. Sigamos igual.
Si escuchaba más, sería capaz de hacer cualquier locura que luego no tendría remedio. Aquello era solo sexo, se recordó. Nada más profundo que les implicara demasiado. Ella pareció dudar. Abrió la boca con la intención de seguir hablando, pero algo le hizo cambiar de opinión, y él lo agradeció.
Poco a poco, los latidos de su corazón aumentaron de fuerza, pero no por la pena, sino por la boca mojada que le repasaba cada centímetro de su pecho como si no se lo supiera de memoria.
Aunque quizá fuera eso lo que logró que los pensamientos lúgubres se hicieran a un lado en su cabeza.
El ambiente comenzó a cargarse de aire espeso.
Cerró los ojos y estiró los brazos cuando Caro pasó la toalla por su pecho en lentos y provocadores círculos.
Con una risilla fascinante, le dio la vuelta para secarle la espalda.
—Todavía hay partes de ti que no he probado —canturreó. Ethan no se movió cuando la sintió agacharse para mordisquearle las nalgas—. Estás muy sabroso, Brown. Con el punto perfecto de sal.
Volvió a ponerle de cara y bajó la toalla hasta sus testículos para secárselos con mimo. De una forma suave y delicada, recorrió su miembro grueso y endurecido hasta la punta, y volvió a reír cuando él gruñó y adelantó sus caderas, buscando más.
—No hables más, aroha —le ordenó, quitándole la toalla y poniendo un dedo en sus labios—. Solo siente.
Carolina decidió que el presente con él valdría infinitamente más que cualquier futuro.
Y Ethan ya no tenía fuerzas para nada que no fuera meterse en su cuerpo y no salir de ahí en lo que le quedara de noche.
Intentó auparla, pero ella fue más rápida y, de otro pequeño empujón, consiguió tumbarlo de espaldas en la cama para colocarse a horcajadas sobre él.
Se inclinó sobre su pecho con la elegancia de un felino. Con ese pequeño movimiento, sus muslos le rozaron la ingle. Ethan apretó los dientes.
—¿Alguna vez te han puesto un condón?
—¿Cómo quieres que me acuerde ahora? No me exijas tanto, Caro… —pidió, cogiéndole la cara entre las manos para besarla hasta hacerle daño en los labios.
Sin bajarse de sus caderas, ella sacó un preservativo de un cajón de la mesilla de noche. Puso el condón en la punta de su pene y lo desenrolló hasta la base con toda la lentitud del mundo. Acariciándole. Dejando huella en cada milímetro de piel cubierta.
En ese momento él pudo sentir el aumento de temperatura que logró que entrara en combustión. Las yemas suaves repasaban el lugar que cubría el látex varias veces, afanándose para que quedara bien colocado.
—Vas a matarme.
Ella recorrió el preservativo de abajo a arriba. Su pene brincó de entusiasmo.
—Yo te veo muy vivo —apreció con una sonrisa.
—Un poco más y me correré antes de que termines.
Afortunadamente eso no ocurrió. Sin despegar sus ojos de los de él, Carolina sostuvo en alto su miembro para introducírselo.
Ethan cogió aire cuando se vio tragado por aquel conjunto de músculos palpitantes, resbaladizos y empapados.
Ni siquiera el preservativo parecía suficiente protección.
Tuvo la impresión de que terminaría por deshacerse.
Caro se balanceaba sobre él con los ojos cerrados y el placer más absoluto en su cara.
—Eres de lo peor, aroha …
—Pero puedo ser de lo mejor. —Sus caderas describieron un lento y amplio círculo que lo engulló todavía más—. ¿Lo ves?
—Me encanta cómo te mueves —susurró, recorriendo con sus manos cada contorno de su vibrante cuerpo hasta descansar en su trasero para empujarla un poco hacia delante—. Cómo me besas. Cómo me acaricias… Dios, Caro, ¡no se te ocurra parar ahora!
Elevó sus caderas para conseguir una penetración más profunda y siguió el ritmo que ella marcaba. Estaba tan resbaladiza que tuvo miedo de salirse antes de terminar, pero entonces ella explotó, y sus estremecimientos le arrastraron al fondo.
Gritó completamente roto, y abrió los brazos para recibir el cuerpo agotado y sudoroso de Carolina sobre el suyo. Los latidos de su corazón, el perfume dulzón que desprendía su sexo y el sudor de su frente.
Cuando pudo, clavó la mirada en el techo del dormitorio. No quería moverse. Ni salir de donde estaba. Aquel era el mejor lugar donde espantar miedos e inquietudes, pero al parecer Caro no opinaba lo mismo.
Poco a poco se incorporó para mirarle. Le dijo con los ojos todo lo que necesitaba saber. En ellos vio la esperanza y la admiración, pero también la incertidumbre.
Suficiente para echarse a temblar.
—Me encanta mirarte —afirmó Caro, repasando con un dedo perezoso la mandíbula apretada de Ethan.
—No deberías ir más allá.
El brillo de admiración desapareció. Con cuidado para que no fuera doloroso, Carolina se separó de él y se sentó a su lado, mirando al frente.
—Tienes razón —reconoció, encogiéndose de hombros—. Quizá sea mejor así.
—No, no lo es.
Pero no le quedaba otra alternativa que alejarse de ella para protegerse de otro descalabro de dimensiones desconocidas.
Ethan soltó el aire de sus pulmones poco a poco y se incorporó.
Sabía lo que tenía que hacer, y cómo hacerlo.