20 Preludio de amor #2
—Yo puedo disfrutar de tu hermana cualquier otro día —reflexionó Gavin, sonriendo a Maca—. ¡Ben, una ronda más!
A Caro se le atragantó. Comenzó a pensar que al día siguiente volvería a un trabajo que ya no tendría, a un novio que ya no lo era, a una casa que ya no era la suya…
Como si Ben adivinara sus pensamientos, dejó que sonara Passenger con su tema más inapropiado.
… Y la dejas marchar.
Carolina miró a su alrededor. El nudo que le estrujaba las entrañas se hizo más firme, comprimiéndole el estómago.
Acababa de darse cuenta de que no pertenecía a ningún sitio.
Se levantó y respiró hondo. Se empaparía con la que estaba cayendo, pero se las apañaría sola la última noche.
Una vez superada la primera dosis de realidad, ya vería qué hacer con su vida.
—¿Me concede este baile, señorita Serrano?
Gavin y Maca se rieron por lo que la voz profunda había dicho.
Ella no. Se giró muy lentamente hasta encontrarse con una cazadora negra que desapareció para dejar paso a una camisa blanca medio abierta, unos vaqueros ceñidos lo justo y una mandíbula firme y perfectamente afeitada que olía a after save.
La sonrisa que dibujaban los labios llenos no tenía precio.
De su pelo negro caían gotas de agua que le empapaban la camisa, como si esperaran a que ella las recogiera, y los ojos azules se oscurecieron en cuanto la miró, de esa manera especial que utilizaba para que ella terminara decidiendo que nada, excepto él y aquella última noche, importaba.
—Chicos, gracias por cuidarla, pero debemos aprovechar el tiempo. —Ethan les guiñó un ojo y sonrió como solo él sabía hacerlo. Las piernas de Carolina temblaron—. Hola, Caro. Perdona el retraso.
—Hola, Ethan. Estás perdonado… Y perfecto.
Allí tenía a su príncipe azul con la mano mojada, extendida en su dirección.
De repente el bar estuvo vacío, como la calle, el pueblo y el mundo entero. Los sentidos de Carolina se subordinaron a él cuando le cogió la mano y se dejó llevar a un rincón, allí donde las luces solo arrojaban sombras indefinidas que pudieran ocultarlos.
—¿Folk- rock? —le preguntó al oído.
—Cualquier estilo, siempre que sea contigo. Aunque esta es la última canción que yo hubiera elegido.
—Servirá. —Ella le regaló una sonrisa confiada y se encogió de hombros—. Me debes un baile, ¿no? Y mañana me voy.
Los dos se mordieron los labios, intentando racionalizar lo que eso significaba. No pudieron.
«Quédate. No te vayas nunca».
Carolina obvió el mensaje de los ojos de Ethan. Seguro que se había equivocado al descifrarlo.
—Después de cómo te despediste de mí esta tarde, tú eres la que estás en deuda conmigo. Tenemos poco tiempo para saldarla.
«Pídeme que me quede y no me moveré de aquí».
Ethan sacudió la cabeza. Aquel no era el mensaje de los ojos dorados, sino el reflejo de sus propios deseos. La agarró de la cintura y la pegó a él. Comenzaron a balancearse mientras Michael David Rosenberg, la voz de Passenger, se hacía un hueco en su cerebro sin su permiso.
Discutió mentalmente con la letra que escuchaba como si estuviera en un debate. Nunca había sido hombre de extremos tal y como los planteaba Rosenberg. Él no necesitaba estar rodeado de nieve para apreciar el sol, ni odiar la carretera para echar de menos su casa.
Solo necesitaba a Carolina. Y allí la tenía.
Increíblemente guapa y sexy. Atontándolo con su perfume fresco y con aquella respiración acompasada que le calentaba el pecho cuando empezaron a moverse al son de la música.
Sonrió y cerró los ojos. En su mundo ideal, Cheers ya no estaba abarrotado de gente. Solo lo llenaban ellos dos. Sin complicaciones. Sin reclamos ni falsedades. Sin obligaciones. Sin exigencias.
Carolina flotaba en una nube. Y no quería bajarse de ella.
Enlazó los dedos alrededor del cuello de Ethan y apoyó su nariz allí donde le palpitaba el pulso.
Fuerte, decidido. Igual que los latidos de su corazón.
Él intensificó el contacto abarcándole el trasero con las manos para acercarla más a sus caderas.
Cuanto más calor le proporcionara, mayor sería el frío que dejaría al día siguiente. Passenger seguía a su ritmo y Ethan se involucró en él. Tenía la impresión de que no volvería a sentir pena, ni rabia o impotencia, si seguía abrazando a Caro de esa manera.
Pero notó su lengua lamiéndole las gotas de agua del cuello, y dejó de pensar.
— Aroha , no estamos solos. —Los movimientos ondulantes y lentos del baile le excitaron. Hundió los dedos en el trasero de Caro y gimió cuando ella comenzó a frotarse contra su erección—. Caro…
Sus bocas se encontraron casi sin proponérselo. Ella le mordisqueó los labios al ritmo de la música, transmitiéndole una oleada de erotismo tan formidable que terminó separándose para poder controlarse y no empotrarla contra la pared.
—Si sigues besándome así, tendremos que recurrir al baño público del Cheers —murmuró.
—Pues vámonos.
—Dejé el coche en casa. Vine andando para estirar las piernas cuando me sorprendió la tormenta —dijo, pensando que había un mundo entero de distancia entre aquel bar y su cama—. Y no me he traído paraguas.
—Nos iremos igual.
—Está diluviando, Caro. Te mojarás.
—Nos mojaremos, Ethan. Y después de secarnos, volveremos a mojarnos.
A él le bastó con esa insinuación para decidir que aquella era la mejor idea que le habían propuesto nunca.
Cubrió los hombros de Caro con su cazadora mojada y tiró de ella fuera del bar. Corrieron entre risas para guarecerse de la lluvia torrencial que todavía seguía cayendo, pero cuando cerraron la puerta de casa detrás de ellos, los dos estaban completamente empapados.
Se miraron a los ojos y rieron por lo bajo.
Luego la risa pasó a ser una simple sonrisa llena de intenciones.
Cada uno tenía un charco a sus pies cuando él posó las manos a ambos lados de las caderas de Caro y la empujó contra la puerta cerrada.
Ni siquiera esperó a que ella se abrazara a él para lamerle de la garganta cada gota de agua de lluvia.
Descubrió que tenía sed. De ella. De su cuerpo.
Y mucha prisa. Recorrió con la boca la distancia que le separaba de la suya y la besó con ansia.
Tuvo miedo de no cansarse nunca de aquella cálida suavidad que siempre se encontraba, o de la entrega que Carolina demostraba a través de lentos movimientos para pegarse a él hasta no ser más que una prolongación de sí mismo.
La oyó gemir, y eso activó todos sus instintos. Con un nuevo y suave empujón, Ethan tiró hacia arriba del borde de su vestido hasta dejárselo por la cintura, para toparse con sus bragas.
Confundido y con las pupilas dilatadas, vio cómo ella sonreía.
—No pensarás que iba a ponértelo siempre tan fácil, ¿verdad?
—No hubiera estado mal —confesó él, riendo por lo bajo—. Pero tengo mis recursos. ¿Nos secamos?
Con ella de la mano corrió al baño, cogió dos toallas y las tiró sobre la cama de su habitación.
Todavía de pie, la pegó de espaldas a su pecho y comenzó a saborear la distancia entre el cuello y el hombro de Caro.
Lo trabajó con los labios como si fuera una masa dura que tenía que ser moldeada al gusto para conseguir una buena horneada.
La mordisqueó con insistencia, convirtiendo aquel lento recorrido en uno de los lugares más erógenos de su cuerpo.
Carolina inclinó la cabeza hacia delante y gimió.
Ahora su boca se detenía justo en el vértice del hombro, mientras una de sus manos abarcaba un pecho al completo para seguir estimulándola de una forma implacable.
Salvaje. Increíblemente sensual. Él le bajó la cremallera del vestido sin dejar de besarla, de chuparla, de lamerla.
Después le siguió el sujetador sin que su boca cambiara de recorrido.
Derretía con su aliento la piel que cubría el hueco de su cuello y la mantenía sujeta, consiguiendo que su propia realidad cambiara de dirección.
Sabía lo que hacía y que eso era precisamente lo que ella quería que hiciera.
—¿No decías que era mejor hacer el amor con lentitud? —preguntó sin ser capaz de controlar su propia voz.
—Hoy la lentitud va a irse por el mismo camino que tus bragas, aroha .
La había dejado completamente desnuda. Ardiente para lo que él tuviera pensado. Y contrariamente a lo que pudiera parecer, Ethan pensaba a una velocidad de vértigo.
Sin soltarla, cogió una toalla y la envolvió con ella.
—No quiero que te enfríes.
Ni un cubo de agua helada hubiera conseguido que Carolina se enfriase a esas alturas.
El tacto de la toalla era suave y firme bajo los dedos de Ethan. Comenzó por frotarle los hombros y los brazos, poniendo especial cuidado en la herida que aún no había curado del todo. Después tomó sus pechos y los masajeó con la toalla.
En medio de su delirio, Carolina no pudo hacer otra cosa que no fuera dejar caer su mojada cabeza hacia atrás, sobre el pecho de Ethan, cuando él siguió secando más abajo, deteniéndose un momento en su vientre para terminar entre sus piernas.
—Ábrete un poco más… no te voy a hacer daño. Te lo prometo.
Ella soltó el aire de golpe y volvió a coger otra bocanada para no asfixiarse.
Alargó los brazos hacia atrás hasta que encontró el cuello de Ethan, y se aferró a él como si tuviera miedo de dejarse llevar por el río oscuro y potente que la bañaba entera.
Abrió las piernas y sintió la aspereza de la toalla en su sexo, presionado con delicadeza y habilidad.
Él comenzó a frotarla poco a poco. Los brazos de Carolina se aflojaron cuando sintió cómo la tela resbalaba cada vez con más facilidad entre su hendidura empapada y caliente.
La notaba por todas partes, adelante y atrás, deteniéndose en su clítoris hinchado para permitir que Ethan lo apretara con los dedos.
—Estás volviendo a empaparme… —susurró, a punto de caer desmayada.