20 Preludio de amor
MARMITAKO DE SALMÓN
Ingredientes:
-Aceite y sal.
Preparación:
Cortar el salmón en tacos grandes y la verdura en trozos pequeños.
Saltear las verduras en aceite y, cuando estén blandas, reducir el fuego para que se confiten.
Añadir las patatas peladas y rotas. Verter un litro de agua, sal y dejar cocer durante veinte minutos.
A continuación, picar las almendras y agregarlas junto a los dados de salmón, previamente salados.
Cuando empiece a hervir, apagar el fuego y tapar para que el salmón termine de cocerse y la salsa espese. Servir caliente.
Nota a pie de página:
Estoy troceada, y metida en una salsa espesa de la que no sé salir. Me he enamorado perdidamente del hombre equivocado. Mi cabeza me lo decía, pero no quise hacerle caso. Y ahora…
El sonido del móvil despertó a Ethan cuando Caro estaba en la ducha.
Seguía tan vestido, sucio y agotado como la noche antes. Le dolía todo el cuerpo cuando atendió la llamada. No era nada urgente, pero sí tenía su importancia.
Claro que nada tenía tanta importancia como Carolina. Había sido capaz de dormir con ella sin hacer el amor. Eso no le ocurría desde…
Bueno, nunca le había ocurrido en una relación ocasional.
Ese simple detalle ya merecía una atención especial. Y si encima se dejaba llevar por el sonido sugerente de la ducha que tenía tan cerca, el tema se volvía una tortura.
Su imaginación voló hacia allí. Si se daba prisa, podría meterse con ella en la ducha. Aprovechándose de la sorpresa, la enjabonaría a conciencia. Con las manos. Masajeando, presionando, acariciando, para luego retirar el jabón del mismo modo.
Suspiró y se sentó en la cama con un gruñido. El tema se estaba poniendo demasiado duro.
Sus pantalones así lo atestiguaban.
—¿Quién era?
Se le olvidó con quién acababa de hablar en cuanto sus ojos capturaron la imagen de Caro, parada en la puerta del baño, con una toalla enrollada alrededor del cuerpo.
Le dominaba con su presencia. En cuanto la olía, necesitaba tocarla. Hundir la cara en aquellos rizos perfumados hasta empapársela antes de que los secara, y hundir la boca en otros hasta mojárselos más aún.
Con una sonrisa perezosa, se levantó de la cama y la encerró entre los brazos.
—Buenos días, Caro —saludó, acariciándola el cuello con la punta de la nariz—. Y gracias.
—Buenos días, Ethan. De nada. Pero no me has respondido.
—Es que no quiero.
—¿Y eso?
—Porque era una llamada de trabajo. Un granjero necesita que vaya a comprobar si los testículos de Cornelius , el toro que utiliza de semental para cubrir a sus vacas, tienen el tamaño adecuado para cumplir su función.
—Ah… O sea, que el tamaño sí que importa.
—En un semental, sí. —Rio él—. En quien estás insinuando, se puede comprobar rápidamente.
Carolina parpadeó seductora y dejó que su mano resbalara hasta la cinturilla de los pantalones de Ethan.
—Cualquiera diría que hay prisa —ronroneó.
—Más o menos. Por la tarde tenemos la jornada de puertas abiertas de la clínica. Durante un día al año, atendemos problemas comunes de mascotas cuyos dueños no pueden costeárselo.
—Ajá. ¿Y cuál es el problema?
—Tú. Te vas mañana. Sé que no podremos hacer nada de lo planeado, pero no me importará pasar el día entero contigo. En la cama.
Tiró de la toalla con la intención de librarse de ella, pero Carolina cambió de opinión y la agarró con fuerza.
—No.
—He dormido vestido —murmuró, calentándole la piel con la fuerza de su aliento—. Estoy muy sucio. ¿Me bañarás tú?
—Que no.
Ethan se cruzó de brazos y frunció el ceño. Era la primera vez que ella se negaba a tener sexo.
—¿Por qué no? —refunfuñó.
—Si me tocas, empezaremos a meternos mano y terminaremos justo como tú quieres.
—¿Y qué hay de malo?
—Tu trabajo. Necesitas una ducha, un afeitado y un cambio de ropa urgente, así que te espero aquí.
—No estás hablando en serio…
Con una risilla por lo bajo, Carolina casi lo arrastró al pasillo y le besó.
—Medirás testículos; desparasitarás perros.
Y yo te acompañaré para que podamos estar juntos.
—Confundido por su decisión y por el beso, Ethan abrió la boca, pero Caro le puso un dedo sobre los labios—.
Te espero abajo con un buen desayuno para reponer fuerzas.
Y prepárate, porque hoy conduzco yo. Tú solo dime por dónde ir.
***
Por primera vez, Carolina tuvo el placer de ver a Ethan en su salsa durante todo un día. Disfrutando de su trabajo como si este fuera también su mejor hobbie.
No puso pegas a que ella condujera bajo sus instrucciones. Sus ojos azules habían clareado, señal inequívoca de que él estaba tranquilo. Y en sus labios, flotaba una sonrisilla que no desapareció cuando al fin Caro aparcó junto a la propiedad del granjero.
El hombre les condujo hacia el lugar donde estaría Cornelius . Se acercaron por detrás. El animal estaba prácticamente inmovilizado en su cubículo de rejas. Mugió intranquilo cuando Ethan se agachó junto a sus patas traseras, pero enseguida meneó el rabo como si espantara moscas.
—En la facultad tenía un profesor que decía que los testículos de un toro deben parecerse a dos latas de refresco metidas en un calcetín —dijo, sacando su metro del maletín para medir—.
Y las pelotas de este cumplen los requisitos.
La calidad del semen ha quedado demostrada en otras ocasiones, así que no tenemos por qué desconfiar.
El granjero estuvo completamente de acuerdo. Le preguntó por el precio de su visita, pero ante el asombro de Carolina, Ethan rechazó la posibilidad de cobrar en dinero.
—Me he enterado de que tienes unos conejos preciosos —dijo.
—Todavía son gazapos. Siguen con su madre —respondió el granjero.
—No importa siempre que haya biberones para muñecas. ¿Me das uno?
Cinco minutos después, Ethan se llevaba una pequeña bola peluda de color blanco en una caja de cartón, como pago por sus servicios.
Carolina prefirió no preguntar. Imaginó que se enteraría de lo que pretendía cuando, después de un rato, aparcaron delante de una casa pequeña, con un amplio jardín donde una niña jugaba bajo la atenta mirada de una mujer.
Por cómo la niña corrió hacia ellos en cuanto los vio, supuso que Ethan las conocía.
—Hola —saludó.
—Hola, doctor —respondieron la mujer y la niña a un tiempo.
—Esto es para ti, Hannah. Por Peter Pan .
Hannah lanzó un chillido de alegría cuando vio el pequeño conejo y se agarró al cuello de Ethan para llenarle de besos.
—¡Gracias! —exclamó—. ¡Mira, mamá! ¡Se parece a Peter Pan cuando era chiquitín!
—Y puedes ponerle el nombre que tú quieras. Cuídalo, ¿de acuerdo?
La mirada de gratitud que la niña le dirigió fue casi tan grande como la de la madre. Carolina vio cómo Ethan asentía satisfecho cuando se marcharon con la promesa de Hannah de que lo cuidaría como si fuera su mejor amigo, pero en cuanto subieron al coche, Caro no aguantó más.
—Has medido los testículos a un toro con los riesgos que eso conlleva, y a cambio has recibido un conejito que has regalado a una niña —dijo con el ceño fruncido—. ¿Por qué?
—Porque el día que volví a verte, tuvimos que enterrar al suyo después de que le atropellara un coche.
Porque a veces el agradecimiento genuino es mil veces mejor que el dinero en metálico —enumeró él sin quitar los ojos de la carretera—, y porque pienso disfrutar de mi propio conejito en cuanto pueda.
—Tu conejito se hinchará a comer zanahorias, Brown —remató Caro con una carcajada—. Veremos quién se empacha antes.
Entre bromas, sugerencias íntimas, besos robados y caricias disimuladas, comieron en el mismo restaurante donde había estado con Macarena y se dirigieron a la clínica. Adam estaba allí, tan sonriente como siempre.
—Ya está todo preparado —dijo.
A los potenciales clientes no les importó que el cielo comenzara a cubrirse para descargar una de esas tormentas de verano que a Caro tanto le gustaban. Allí estaban, formando cola mientras esperaban.
Caro observó maravillada cómo Ethan, de pie en todo momento, colocaba a los animales sobre una mesa y escuchaba con atención las explicaciones de sus dueños, a los que saludó por sus nombres uno a uno.
Era increíble la admiración que causaba. La seguridad con la que actuaba de una forma tan desinteresada. Lo corta que se le hizo la tarde hasta que vio a Maca y Gavin haciendo cola.
—Vosotros no tenéis mascotas —apreció Ethan cuando llegaron a su altura.
—Eso depende de lo que entiendas por mascota —respondió Maca con un guiño dirigido a su novio—. Mi oso preferido está en perfecto estado de salud.
—No por mucho tiempo —se quejó Gavin—. Si sigues estrujándome así no voy a durarte mucho.
—Debe ser cosa de familia. —Sus ojos se encontraron con los de Caro. Los dos sonrieron—. ¿Qué hacéis aquí, aparte de obstaculizar la cola?
—Vengo a por mi hermana antes de que le caiga el chaparrón encima. Queremos invitarla a cenar, si a ti no te importa.
—Para nada. —El resto de la noche sería para él—. Todavía voy a tardar un poco, Caro. No deberías estar aquí perdiendo el tiempo conmigo.
—Contigo nunca pierdo el tiempo. —Carolina se levantó de la silla en la que estaba sentada, le besó en la boca y le acarició la mejilla—. ¿Nos vemos después?
A Ethan se le cortó la respiración. Achicó los ojos y asintió.
—Aunque tenga que abrirme paso a puñetazos.
***
La cena desenfadada desembocó en una ronda de cervezas en el Cheers, justo antes de que la tormenta de verano comenzara a descargar sobre Stubborn.
A la tercera, Carolina empezó a impacientarse.
Se había esmerado en arreglarse. Llevaba el pelo suelto, un vestido ajustado con un estampado floral y un escote redondo que enseñaba lo suficiente como para retener la atención de Ethan el resto de la noche y del año.
Sus sandalias de tacón alto le hacían parecer mucho más esbelta.
Sencilla, sin apenas maquillaje. Como a él le gustaba y a ella le apetecía.
El problema era que Ethan no aparecía.
—No eres un incordio, Caro. Tranquila —comentó Maca, apretándole la mano.
—Ya. Pero os estoy cortando el rollo.