19 Perdóname #2
—Está bien. Ya me la habéis dado entre todos. He tenido tiempo para reflexionar y…
—No creo. Si has estado con Brenda, no te habrá dejado pensar.
Otro golpe en la puerta la hizo retroceder, pero a continuación volvió a apoyarse en la hoja, cruzada de brazos.
Si quería su perdón, al menos que lo sudara.
—¡Ábreme! —le oyó gritar con impotencia.
—¿Sabías que mi cerebro es incapaz de procesar exigencias de esa clase?
—Todavía le quedaba mucho para que le dejara entrar a su santuario.
Allí estaba a salvo de impertinencias sin sentido, de ataques verbales y de otros más caóticos, provenientes de tipos guapos que sabían medir su poder al milímetro—.
No has pronunciado las palabras mágicas.
—Te las he escrito. Y te las habría dicho si te hubiera encontrado en casa. O con tu hermana. O con Kamballa. ¡O incluso en el puñetero aeropuerto!
—¿Fuiste al aeropuerto?
—No te encontraba por ningún sitio. No respondiste a mis notas. —Caro escuchó un suspiro largo y profundo—. Ni a mis llamadas…
—Solo me llamó Gavin.
—¡Era yo! —aclaró Ethan, dando un pequeño puñetazo a la puerta—. Si te hubiera llamado desde mi móvil, no habrías contestado.
—Así tampoco.
—Insistí hasta que desgasté la tecla verde. Ya solo me quedaba pensar que te habías marchado sin escucharme.
—Seguro que te hubieras muerto de pena.
—No. Habría ido a por ti. Aunque tuviera que recorrer medio mundo para darte mis razones.
—Así que medio mundo... —El corazón de Carolina comenzó a galopar sin control—. ¿En avión?
—O a nado, en coche, en tren o en globo. Hasta colgado de un dron. ¡Tienes que creerme! Por favor, Caro…
Había oído muchas veces esas tres palabras, pero nunca habían tenido un efecto tan devastador en ella. Carolina giró la llave, pero cuando lo tuvo delante, no supo qué hacer.
Ni siquiera se había afeitado. Llevaba la misma ropa de hacía dos días, y unas profundas ojeras acentuaban el azul oscuro de sus ojos.
Tenía las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y rehuía su mirada.
Parecía angustiado. Perdido.
Y todo por ella. El corazón le tembló al considerar las dimensiones de sus pensamientos.
—Al final me has abierto —le dijo con cierta timidez que resultó encantadora.
—La casa es tuya, ¿no?
—Puedes echarme de tu parte cuando quieras. Supongo que me lo tengo merecido.
—¿Supones?
—Lo siento. Estaba desesperado —soltó, refiriéndose a lo sucedido en el refugio—. No sabía lo que decía. Me merecía esa bofetada que no me diste. Aprendí la lección. Por favor, perdóname.
Fue tan humilde que la neutralizó. Todo en ella vibraba. Temblaba tanto que tuvo miedo de caerse cuando se apartó para dejarle pasar.
—De acuerdo —dijo, aunque su voz sonaba todavía sombría—. Ya está todo aclarado.
Pero no olvidado. Ethan agachó la cabeza en medio del cuarto. Agachó los hombros. Parecía incluso dispuesto a ponerse de rodillas.
—Pensé en marcharme, pero Kamballa me convenció para quedarme —siguió Caro—. Me sugirió que podía darte la oportunidad de explicarte.
—¿Me la darás? —Ella le miraba manteniendo las distancias, pero ahora sus ojos brillaban.
Ethan procuró controlar su euforia y le señaló la cama.
Allí se tumbaron los dos, a miles de kilómetros de distancia pese a que solo les separaban unos milímetros—.
Estoy física y anímicamente agotado, Caro, pero después de cómo me he portado contigo, te lo explicaré aunque me vaya la vida en ello.
—Exagerado.
—Preciosa. —Allí estaban otra vez esos hoyuelos irresistibles, acompañados por una sonrisilla de lo más insinuante.
Ethan rozó sus rizos con las puntas de los dedos.
Ella no se apartó—. He tenido que enterrar a Solomon , despedir a Brenda después de decirle lo que opino sobre ella y su forma de actuar contigo…
—¿Le hablaste de tus sospechas?
—De nuestras sospechas. Sé que piensas lo mismo que yo. Después de perderla de vista, me propuse recuperar el terreno perdido contigo. Cargarme la distancia que había entre nosotros e incluso la jodida puerta que me separaba de ti. Lo he hecho todo, y seguiré haciendo más. Te dije que insistiría.
—Y yo que te escucharía. Adelante.
Si hubiera imaginado que esa iba a ser la parte más complicada, se habría echado para atrás. Pero estaba decidido.
—Mis padres murieron cuando Gavin y yo éramos muy niños —empezó—. Kamballa perdió a su única hija, pero a cambio se hizo cargo de nosotros.
—El terreno del refugio forma parte de vuestra herencia. Ben me lo dijo.
— Solomon era un animal muy importante para mí —siguió Ethan, acariciándole la mejilla mientras hablaba—, porque me lo regaló una persona más importante aún.
Carolina tragó saliva y miró al frente. Su instinto le avisó, pero decidió callar y escuchar el resto de las confesiones, por muy dolorosas que fueran.
—¿Nunca has tenido un sueño? —preguntó Ethan—. Uno que pudiera cumplirse.
—Montar mi propia agencia de viajes.
—El mío apuntaba más alto. No me conformaba con tener la clínica. Quería lo que has visto. Un refugio para animales desahuciados. Contaba con parte del montante de la herencia de mis padres en efectivo, el terreno y muchas ganas de trabajar.
—Además de amigos que no te mereces.
—Es verdad —admitió Ethan—. Ellos forman parte de mi vida.
Igual que los animales con los que me fui haciendo poco a poco.
Los descartaban de los zoos porque, con sus taras, no eran atractivos para el público.
O me los regalaban millonarios que pensaban que un animal era uno más de sus caprichos y, sencillamente, se cansaban de mantenerlos.
—Solomon pertenece a la segunda parte.
—Sí. —Ethan tuvo que parar. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Caro le acarició la mejilla barbuda y él sufrió un temblor generalizado.
A esas alturas, todavía no le había reprochado nada, ni se había marchado haciendo aspavientos.
Le escuchaba y, lo que era cien veces mejor, le apoyaba con un simple gesto—.
Aunque la persona en cuestión se desprendió de él con pena.
Todavía recuerdo lo que me dijo: «Es parte de mí». Y como tal lo cuidé.
Ahora hablaba con una mezcla rara de tristeza y amargura, dirigidas a esa persona de la que Caro no conocía nada.
—¿No volvió para visitarle? —preguntó con indecisión.
—No pudo. Murió. Con lo ocurrido a Solomon , he tenido la impresión de que deshacía los lazos que me mantenían unido a…
esa persona. —Lo había dicho en sentido figurado, pero era verdad.
Se había aferrado a Hannah a través de Solomon con tanta fuerza, que ahora que el vínculo se había roto, no podía evitar sentirse tan culpable como libre—.
Eso me destrozó por dentro, Caro. Por eso te dije lo que te dije sin pensarlo y, por supuesto, sin sentirlo.
Aunque no lo reconociera abiertamente, se veía a leguas que él había querido mucho a esa persona, fuera una clase de amor u otra.
¿Qué más daba? Carolina se incorporó a medias para poder ver con claridad el brillo de las lágrimas en los ojos oscurecidos.
A ratos parecía un hombre invencible, a ratos un niño indefenso. Ahora tocaba lo segundo.
Pasó las yemas de los dedos por su pelo para apartárselo de la cara y le besó con dulzura, pero él la apartó.
—El funcionario vio agonizar a Solomon . Tenías razón, Caro. Debí haberle proporcionado una muerte rápida e indolora, pero no fui capaz. ¿Lo entiendes ahora? ¡Dejé que un animal sufriera hasta el final porque le quería demasiado como para matarle yo mismo!
Se miraba las manos como si en ellas estuviera escrito todo un relato de terror. Abría y cerraba los dedos, intentando tal vez dar marcha atrás para poder quebrantar su propio código deontológico.
—Lo más probable es que me cierren el refugio para siempre —concluyó, dejándose caer sobre la cama. Cerró los ojos, como disfrutando del respetuoso silencio de Carolina, pero cuando los volvió a abrir, la agarró de los brazos con fuerza—. Y es injusto.
—Ethan…
—Déjame terminar. No mentí cuando dije que me calentabas la bragueta. ¡Vaya si sabes calentármela! —Carolina no pudo evitar una débil sonrisa al percibir cierto tono de broma en él—. Pero sí lo hice con el resto. Tú eres mucho más que eso para mí, Caro. Tú eres…
—No tienes que darme más explicaciones. Hace tiempo que te he perdonado —le interrumpió, arrojándose a su cuello para abrazarlo. Quería quitarle el sufrimiento de los ojos, del cuerpo y del corazón—. Solo tienes que decirme qué necesitas, Ethan. Solo eso.
—Necesito una amiga, Caro.
—Pues aquí me tienes.
Ni siquiera pudo agradecérselo de palabra. Estaba emocionado. Acobardado. Y muy cansado. Aquella noche no hicieron el amor. Ella fue la roca que él pidió, entre caricias y besos furtivos. No le exigió nada más, aunque sabía que todavía quedaba mucho en la mente de aquel hombre por descubrir.
Aquella noche durmieron enlazados. Caro, con su pijama. Ethan, sin desvestirse, pero unidos con un poder infinitamente más fuerte que el de las palabras: el amor.