Volver a empezar Serie completa 19 Perdóname
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19 Perdóname

COPA DE TIRAMISÚ

Ingredientes:

Preparación:

Separar las yemas de las claras para introducir las primeras en un bol con el azúcar.

Batir con las varillas eléctricas hasta obtener una crema esponjosa y blanquecina.

Incorporar poco a poco el mascarpone y las claras montadas a punto de nieve.

Trocear el bizcocho y repartirlo en el fondo de cuatro copas.

Mojar ligeramente con el café y cubrir con la crema preparada.

Finalmente, espolvorear el cacao por encima con un colador pequeño y meter todo en la nevera durante dos horas antes de servir.

Nota a pie de página:

Tendríamos que separar las yemas de las claras, mentalmente hablando, más a menudo. Yo lo he hecho a tiempo para saber que no le odio. Aunque al final hemos terminado de la manera más inesperada, me ha gustado. Lo siento muy cerca de mí.

Contra todo pronóstico, mi cabeza comienza a aclararse. Ay, qué miedo me da…

Carolina se durmió muy tarde. Cuando se despertó, tenía los párpados hinchados y los ojos le escocían de tanto llorar, pero se levantó de un salto y se dio prisa en ducharse. No quería encontrarse con Ethan.

Se vistió con lo primero que pilló cuando sus pies descalzos se toparon con algo que tardó en recoger del suelo, sabiendo de antemano lo que era.

Conforme fue leyendo, un nuevo cargamento de lágrimas contribuyó a que los ojos le escocieran todavía más.

Hola, Caro.

Solomon murió anoche. Y creo que tu confianza en mí, también.

Estás en tu derecho. Te he dado motivos más que de sobra. Pero quiero que te quede claro que yo no soy como ese Jorge con el que seguro, me estás comparando. Ni de lejos.

Soy más bruto. Infinitamente más cabezota. No se me da bien encajar una negativa. Y además, insisto hasta conseguir que la otra persona me perdone o me coja manía. No sé cuál de las dos opciones elegirás tú, pero voy a arriesgarme.

Necesito verte. Sin imposiciones. Necesito recuperar todo lo perdido.

Besos,

Ethan.

Carolina guardó la nota con las otras y volvió a encender su móvil. Tenía al menos doce WhatsApp de Maca, informándola de lo que ya sabía, además de comentar, como de pasada, que Ethan no dejaba de preguntar por ella.

Eso no la ablandó. Bajó a la cocina y se tomó un vaso de leche, antes de quedarse sentada en el sofá, con la vista clavada en la ventana.

Oyó sonar el móvil una vez. Era Gavin.

No lo cogió. Aguantó hasta diez llamadas seguidas con diez tonos cada una, y respiró tranquila cuando al fin se hizo otra vez el silencio.

Aunque no fue por mucho tiempo. Unos golpecitos en la puerta la hicieron ponerse de pie para espiar a través de la ventana.

No supo si alegrarse o temblar de miedo cuando vio a Kamballa al otro lado.

—Has estado llorando —dijo, sin pasar de la puerta cuando Caro la abrió.

—Todo el día y parte de la noche.

—Mi nieto mayor a veces es un insensible, pero siempre hace las cosas por algo. ¿Puedo entrar?

—Nada de lo que digas o hagas va a hacerme cambiar de opinión con respecto a él —aclaró Carolina, apartándose a un lado—. No sé si sabes lo que ha pasado…

—Claro que lo sé, cariño. Él me lo ha contado.

—Kamballa no quiso explicarle en qué circunstancias lo había hecho para que ella no pensara que tomaba partido por él.

Se limitó a cruzarse de brazos y señalar la camioneta aparcada—.

Pero quiero saber tu versión antes de tener una opinión neutral. ¿Me acompañas?

—Solo si me aseguras que no te ha enviado a por mí.

—No me ha enviado a por ti. ¿Nos vamos?

Carolina no se lo pensó dos veces. Cuando pararon en su casa y Kamballa la acomodó en el salón, ofreciéndole un té con aroma a fresas, le contó todo.

—Ethan lleva años manteniendo un equilibrio muy inestable entre su cabeza y su corazón —explicó Kamballa, proporcionándole el consuelo de un abrazo.

—Yo no creo que sea tan complicado —insistió Caro, todavía muy herida—. Sabía cuáles eran mis puntos débiles y decidió aprovecharse de ellos.

—No es tan retorcido, cariño. Solo está hecho un lío monumental desde que estás con él.

—¿Por qué? ¡Yo no le he hecho nada!

—Si él no te lo ha explicado todavía, no tardará en hacerlo. Pero tienes que darle la oportunidad. Está desesperado porque sabe que te ha hecho daño y tiene miedo de tu rechazo.

Y ella, empeñada en jugar al escondite para evitarlo. ¡Qué ridiculez! Ya era lo suficientemente adulta como para no culparse de lo que otros hacían. ¿O no?

—Discutimos —insistió, frunciendo el ceño.

—Todas las parejas discuten.

—No somos pareja. Y esto fue más allá. Me ninguneó delante de los demás, sabiendo lo que hacía.

—Dudo que lo supiera. En circunstancias normales nunca hubiera hecho eso, pero uno de sus animales estaba muriéndose. Te respeta más allá de sí mismo, Caro. Estoy segura.

—Yo no.

Kamballa suspiró. Dejó su tacita sobre la mesa y le cogió las manos.

—No estoy poniéndome de su lado. Se comportó mal y tendrá que intentar arreglarlo. En eso tú decides —dijo con dulzura—. Pero antes de que lo hagas, piensa que él te quiere.

¿La quería? ¡Por favor, si hasta sonaba ridículo en su cabeza!

Se frotó los brazos. Por alguna extraña razón, de repente sentía frío.

—No lo entiendo.

Aunque para eso tenía su inteligencia emocional.

¿Cuántas veces disculpó a Jorge por actos que no tenían disculpa, de esa misma manera?

Él nunca se mereció ese reconocimiento. Ethan, sí.

Todavía tenía escalofríos si recordaba cómo lo había visto.

Destrozado. Incapaz de razonar. Si se ponía a pensar, hubiera jurado que ni siquiera la veía cuando le gritaba.

—¿Me dejas explicártelo?

—Depende de lo que utilices para hacerlo.

—No es nada malo, no te preocupes —rio Kamballa—. Solo un cuento para niños.

Así que un cuento le ayudaría a comprender mejor a Ethan. Demasiado representativo de lo que opinaba de él en ese mismo momento. Carolina terminó por recostarse en el sofá y cruzar las manos sobre su regazo, dando luz verde a lo que fuera a escuchar.

—Cuando el canguro llegó a Australia con sus compañeros, todas sus patas tenían la misma longitud —comenzó Kamballa, sabiendo de antemano que Caro no entendería el sentido de aquellas palabras hasta que no terminara su relato—.

Entonces llegó el Hombre Cazador, con lanzas que viajaban más rápido que los animales de cuatro patas.

Cuando el canguro, que descansaba tranquilo, vio a la criatura de dos patas que le amenazaba, pensó que estaría a salvo, puesto que él correría más rápido.

«Iniciaron una carrera por la supervivencia, pero por mucho que lo intentaba, el canguro no podía alejarse del Hombre.

Agotado, se dejó caer en el suelo, pero levantó la cabeza cuando vio una brillante luz.

El Hombre había encendido un fuego con el que calentarse.

Con cuidado, el canguro se puso de pie y, apoyado sobre sus patas traseras, se alejó de allí de puntillas.

Así pudo huir. Pero al cabo de un rato se dio cuenta de que solo utilizaba dos patas, igual que el Hombre. Después, descubrió que podía cubrir más terreno saltando que corriendo. Utilizó la cola para equilibrarse, hasta que aprendió a saltar mucho más lejos que el Hombre con sus zancadas.

Cada vez utilizó menos sus patas delanteras. Estas se hicieron más cortas, mientras que las traseras se fortalecían. Y así ha seguido siendo hasta nuestros días».

Carolina la miraba embobada. Casi se sobresaltó cuando Kamballa dejó de hablar.

—¿Es una leyenda maorí? —preguntó.

—A Ethan le encantaba de niño, porque le explicaba el misterio del canguro y sus dos patas.

Cariño, los animales han llegado a ser una parte tan importante de su vida, que a veces me han parecido uno solo.

Ahora tú le confundes —siguió Kamballa, acariciándole la mejilla—.

Eres tan imprescindible para él que ni siquiera se ha dado cuenta.

La pregunta es: ¿quieres seguir siéndolo?

No supo qué responder. Una parte de ella estaba deseando con todas sus fuerzas creer lo que decía Kamballa. La otra, estaba a punto de correr en dirección opuesta, antes de que volvieran a destrozarle el corazón.

—No lo sé —dijo finalmente, clavando la mirada en sus manos temblorosas—. No tengo ni la menor idea de lo que quiero.

***

Cuando volvió a la casa de Ethan, ya no tenía ese rencor llenándole el pecho en lugar de aire.

Había llegado a la conclusión de que todo eso era agotador e inservible.

Pero se encontró una nueva nota junto a la puerta que separaba las dos plantas de la casa, y una sonrisa deslumbrante le iluminó la cara cuando la desdobló:

Hola, Caro:

Te marchas pasado mañana, así que va a ser un poco complicado llevar a cabo todos nuestros planes. Me conformo con uno:

¿Me perdonas?

PERDÓNAME. PERDÓNAME. PERDÓNAME. PERDÓNAME. PERDÓNAME. PERDÓNAMEPERDÓNAMEPERDÓNAMEPERDÓNAMEPERDÓNAME. ¡¡¡PERDÓNAME!!! ¡¡¡PERDÓNAME!!! PERDÓNAME.

Besos,

Ethan.

PD: voy a seguir pidiéndotelo por escrito hasta que me dejes hacerlo en persona.

La guardó en su sitio y se metió en la cama sin que aquella sonrisa se fuera. Es más, hubiera jurado que toda ella sonreía cuando, mucho tiempo después, escuchó unos fuertes golpes que la hicieron sentarse en la cama, con el corazón descontrolado.

—¡¡Carolina!! ¡Sé que estás ahí! ¡¡Si no me abres la puerta ahora mismo, la echo abajo!!

Le llevó una fracción de segundo comprender lo que pasaba. Ethan intentaba abrir la puerta con su juego de llaves, pero ella había dejado las suyas puestas del otro lado.

Corrió a abrirle, pero luego lo pensó mejor. Por muchas excusas que tuviera, se había comportado como un imbécil.

Merecía un castigo. Aunque fuera pequeñito.

—Adelante. Tírala —le animó, apoyándose en la pared—. No pienses que voy a montar un numerito. Para eso ya estás tú.

Observó cómo la manilla giraba con furia y sonrió al escuchar un taco dicho en maorí.

—Llevo escuchando eso mismo desde ayer —reconoció Ethan al cabo de un rato. Parecía más calmado.

—Alguien necesitaba una lección múltiple de humildad.