Volver a empezar Serie completa 18 Doctor Jekyll y míster Hyde #2
71%

18 Doctor Jekyll y míster Hyde #2

—Te lo has tirado. Y bien tirado, diría yo. Vamos, cuéntame eso que tú y yo sabemos que merece la pena —añadió, después de pensárselo—. No tengas miedo de que salga corriendo, Caro. Soy una mujer. Y además, tu hermana.

Dos características que podrían hacerla casi invencible ante las sorpresas de Carolina. Pues nada, si quería carnaza de la buena, la tendría.

Durante casi media hora, Macarena la escuchó sin atreverse ni a respirar. Y cuando Caro terminó, carraspeó para quitarse el nudo de la garganta.

—Ethan es un hombre. Con todo lo que eso supone —apuntó—. Egoísmo, empatía cero, sentido de posesión digno de la mejor de tus novelas… ¿Sigo?

—No. Lo llevan en los genes —reconoció Carolina, procurando que la decepción no se le notara demasiado—. Pero pensé que era diferente de Jorge.

—Si no dejas de compararles, nunca podrás disfrutar de él y con él, Caro. ¡Piensas demasiado! Para Jorge no existías, pero para Ethan, sí. A todas horas.

—Ya, claro. Por eso ha dicho lo que ha dicho delante de todos vosotros.

—No. Por eso te ofreció ayuda en su día.

Por eso tú la aceptaste —replicó Maca, cubriendo su mano con la de ella sobre la mesa y sonriendo con su habitual confianza—.

Por eso ha procurado cumplir todas tus exigencias solo para que siguieras en su casa…

¡Y por eso es tan bueno en la cama! ¡Por favor, Carolina, tienes contigo a una máquina de fabricar orgasmos!

¿Cómo puedes pensar siquiera en dejarlo tirado? ¡Ya estás perdonándole!

¡Ojalá fuera tan fácil como reírse de las bromas de Maca! Pero en esos momentos Carolina le odiaba con tanta fuerza como necesitaba tenerle cerca.

Tiempo después, pertrechada en su parte de la casa tras la puerta divisoria cerrada con llave, comenzó a considerar las palabras de su hermana con más objetividad.

Ethan era buena persona y estaba como un queso. Ethan era un ser responsable y altruista que velaba por ella. Ethan era el hombre casi perfecto que le había dado en unos días lo que otros no le darían en toda una vida.

Ethan era…

¡Un cretino que no veía lo que tenía delante!

***

Cualquiera que le viera por la calle, hubiera podido pensar que se trataba de un desequilibrado a punto de cometer una estupidez.

Y en cierto modo, hubieran acertado. Estaba seguro de que tenía el pelo revuelto, la mirada desquiciada y los andares de un psicópata a punto de cometer un crimen.

Pero daba la casualidad de que en un pueblo como Stubborn, Ethan era un personaje lo suficientemente conocido como para que nadie pensara eso de él, y lo suficientemente respetado como para que, si alguien lo pensaba, se lo callara.

Eso era algo de agradecer. No podía hablar, ni ser educado o agradable. Intuía que su conversación con Brenda iba a ser corta, violenta, contundente y, al fin, determinante.

Estaba pálido y medio mareado por la rabia. Sudaba a mares cuando entró en la clínica, porque no podía dejar de pensar en la agonía de Solomon, en los gritos de Carolina llenos de verdad y en los suyos, sin el más mínimo sentido.

Tenía que arreglar las cosas, y comenzaría por allí.

Tuvo suerte; no había nadie en la sala de espera ni en la consulta de Brenda cuando entró hecho una furia y cerró la puerta. Ella le recibió con una sonrisa de las suyas que consiguió revolverle el estómago.

—¿Qué tal Solomon ? —preguntó, hojeando unos papeles.

—Moribundo.

Brenda levantó la vista poco a poco. Si no fuera porque pensaba que era una puñetera mentirosa, Ethan hubiera pensado que realmente la noticia la había sorprendido. Incluso conmocionado.

—Vaya, lo siento —dijo, y rodeó la mesa alargando una mano con intención de consolarlo.

—Ni se te ocurra.

Brenda se quedó paralizada ante la advertencia cortante. Le conocía lo suficiente como para interpretar el gesto descompuesto con el que la miraba. Lleno de matices que incluían dolor, acusación, reproches, odio y, sobre todo, asco.

Ese fue el que más la afectó. Porque supo que, a causa de él, tendría que cargar con todo lo que viniera después.

—Ethan… —murmuró, con un rápido parpadeo.

—Recoge tus cosas y vete. Estás despedida. —Como si ya hubiera abandonado la consulta, él se hizo cargo de los papeles que estaban sobre la mesa. Parecía tranquilo, pero las manos le temblaban.

—¡Ethan!

—Recibirás la indemnización correspondiente, no te preocupes —continuó él, sin mirarla.

—¡No es eso lo que me preocupa!

—Pues debería, aunque tienes razón. Esa será la menor de tus preocupaciones.

Brenda no se dio por vencida. Su especialidad era hacerse la víctima. Con Ethan siempre funcionaba.

Dejó caer los hombros y parpadeó. Pensó en defender su puesto, pero sonaría demasiado patético, al menos de momento.

—¿Por qué? —se lamentó—. Creo que me merezco una razón, ¿no?

—¿Una razón?

Parecía aturdido. Como si hubiera ensayado un guion que ella acababa de echarle por tierra.

—Sí, por supuesto. Creí que me tenías por buena profesional.

—Y te sigo teniendo. Ya lo creo.

—Entonces no entiendo…

Ethan le lanzó una mirada fulminante. Se estaba conteniendo, pero no sabía por cuánto tiempo.

—Eres tan buena que has conseguido engañarme todo lo que has querido y más —aclaró, con una voz demasiado suave—. Pero como toda persona que se deja llevar por las pasiones, sean del tipo que sean, van dejando un rastro que termina siendo fácil de seguir.

—Si no te conociera, juraría que me estás acusando de algo…

—Puedes jurarlo. Desde luego que puedes.

Esto último fue un siseo amenazante. Ethan apoyó las manos en la mesa, probablemente buscando no dejarse llevar por todo lo que le revolvía por dentro. Cogió aire varias veces antes de levantar la vista, pero cuando lo hizo, Brenda retrocedió por instinto.

En su relación, siempre habían tenido sus más y sus menos. Discusiones más o menos fuertes donde ella era la que perdía los papeles y él quien terminaba por comportarse de manera adulta y sensata.

Eso se había terminado. Ethan estaba rebosante de ira. De una rabia oscura y peligrosa. Tenía los dientes apretados, pero aun así, Brenda tuvo miedo de que se los clavara de un momento a otro.

—Zorra… —siseó, avanzando lentamente hacia ella.

Con un rugido muy parecido al de sus animales salvajes, la acorraló contra la puerta cerrada. No la tocó, pero ella tembló como si lo hiciera. Y se asustó de verdad cuando Ethan golpeó la superficie de madera con el puño cerrado, muy cerca de su cabeza. Brenda se sintió incapaz de moverse.

—E-than… —murmuró.

—Tú envenenaste a Solomon —acusó entre respiraciones fuertes y rápidas, con la cara llena de un sudor frío que le provocó un estremecimiento de miedo—.

Le diste la carne envenenada a los demonios de Tasmania…

¡Nos disparaste y estuviste a punto de matar a Caro, después de haberla encerrado en el recinto de los tigres junto a Shiba !

¿Quieres más razones, o te basta con esas?

Brenda procuró mantener la calma y no echarse a llorar víctima de un ataque de pánico.

—No… puedes… probarlo —tartamudeó, en medio de violentos carraspeos—. ¡No puedes afirmarlo sin pruebas!

—Si crees que eres la única con capacidad para intrigar, te equivocas. —Él le señaló el cuello chasqueando la lengua. Como si no hubiera pasado nada—. Ahora solo estamos tú y yo. Tu palabra contra la mía. Te conviene hacer lo que te he pedido por las buenas y no armar barullo.

En cuanto Ethan se apartó, aprovechó para arrastrarse hasta el otro extremo de la consulta para recuperar su capacidad pulmonar al completo.

—No lo creo… —replicó, lanzándole una mirada venenosa—. ¿Serviría de algo decir que no he hecho nada de lo que me acusas?

—No, salvo para hacerme parecer idiota, cosa que, desde luego, no soy.

—Bien. —Brenda consiguió ponerse derecha—. Entonces te diré que nunca encontrarás lo que buscas.

—«Nunca» es demasiado tiempo —dijo Ethan, cruzándose de brazos para mirarla con todo el desprecio que pudo.

Tomaba aire con mucho esfuerzo. No continuó hablando hasta que no empezó a dominarse—.

Pero puedes estar segura de que haré todo lo posible.

Y si no lo consigo, no importa, porque habrás desaparecido de mi vida y de la de Caro.

Lo harás, ¿verdad? No me gustaría tener que ser más persuasivo, Brenda.

—Pues no te va a quedar otra. —Verdad o no, él ya la había juzgado y sentenciado. Brenda mostró una sonrisa torcida y se apoyó en la pared—. Si piensas que voy a dejar que esa mosquita muerta se quede contigo, estás muy equivocado.

No recibió respuesta en varios minutos. Con la calma recuperada, Ethan se sentó y se dedicó a atravesarla con la mirada.

Si la amenaza había surtido efecto en él, no lo demostró.

La observaba con una seguridad apabullante, como si tuviera un plan en la cabeza y supiera que surtiría efecto al cien por cien.

Hasta que se levantó, se acercó a ella recorriendo la superficie de la mesa con el dedo índice y le habló al oído muy bajito:

—Si vuelves a acercarte a nosotros, haré que tu vida sea un auténtico infierno —susurró con la mejor de sus sonrisas—. Acabo de decirte que estás despedida. Y si tengo suerte, dentro de poco estarás entre rejas. Ahora… ¡largo de aquí!

Brenda vio cómo señalaba la puerta y se echaba atrás para permitirle pasar.

Solo dudó un momento. El necesario para cruzar su mirada con la de él. Para decirle que había ganado una batalla, pero no la guerra, antes de marcharse.

Cuando Ethan supo que volvía a estar solo, se derrumbó en la silla y enterró la cara entre las manos.

Aunque pareciera lo contrario, acababa de solventar la parte más fácil.

Ahora quedaba la más difícil: recuperar la confianza de Carolina.