18 Doctor Jekyll y míster Hyde
CALABACÍN CON GAMBAS:
Preparación:
Nota a pie de página:
Me siento como si me hubieran arrancado mi propia carne para mezclarla con un ser extraño del que no conozco nada. Tengo los ojos tan hinchados que apenas puedo escribir. Y el corazón tan encogido que no me cabe la comprensión. ¡Le odio!
La enorme jaula de Solomon ocupaba uno de los lados de un estrecho pasillo. En el otro lado, Ethan apoyaba la espalda, sentado en el suelo. Miraba tan fijamente al animal que ni se inmutó cuando Carolina se sentó a su lado.
Había esperado verle actuando para salvarle la vida.
Le impresionó contemplar tanta pasividad, pero enseguida supo el por qué.
El tigre permanecía tumbado de costado, con una respiración tan lenta y trabajosa que era perfectamente audible desde donde ella se encontraba.
Los iris amarillos estaban vidriosos, y por la boca entreabierta asomaba un trozo de lengua.
Ethan sabía que Solomon agonizaba. Lo daba por perdido, pero era tal el sufrimiento de ambos, que Carolina le rodeó los hombros con un brazo y se apoyó en su pecho.
Quería hacerle comprender que no estaba solo. Que podía compartir su pena con ella, o que podía callarse para siempre si lo prefería, pero sintió cómo él se tensaba por el contacto y suspiró con tristeza.
—Lo han envenenado.
—¿Qué dices?
—Que lo han envenenado —repitió Ethan, como un autómata—.
Todavía tendremos que esperar un par de días para saber el resultado de los análisis al detalle, pero yo sé que ha sido así.
Sus síntomas fueron claros desde el principio, pero no contaba con los medios suficientes para reconocer al detalle la sustancia.
Y el único tratamiento que he podido administrarle, ha fallado.
Carolina levantó la cabeza y abrió mucho los ojos.
No por la rabia desgarradora que destilaban las palabras que acababa de escuchar, sino por lo que podía leer entre líneas.
Sabía que Ethan no hablaba por hablar. Por lo tanto, si sus suposiciones eran ciertas, alguien desde dentro había asesinado al animal.
—Lo mismo pasó con el botulismo de los demonios de Tasmania —continuó él—. La carne podrida no fue una coincidencia, ni un descuido. Hemos encontrado más.
Carolina le vio abrazarse las rodillas y apoyar su barbilla en ellas.
Su perfil afilado se remarcó más a contraluz cuando intensificó la atención con la que observaba a Solomon.
No pudo disimular delante de Carolina. Los labios le temblaban.
Ella abrió la boca, dispuesta a decirle que llorara lo que quisiera.
Que estaba allí para eso, pero después lo pensó mejor.
—Tampoco fue un accidente lo que te sucedió con Shiba , o los disparos cerca del lago Wallis —remató Ethan—.
Creo que alguien te encerró con toda la intención, y que disparó con más intención aún.
Pero no quiero ni imaginarme quién es ese alguien.
Ni la clase de celos enfermizos que han podido llevarle a hacerlo.
Ella sí se lo imaginaba. No quiso decirlo en voz alta. Él, tampoco. Pero la amenaza negra y profunda flotó en el ambiente con fuerza por un momento, hasta que Solomon gruñó.
De rodillas, Ethan introdujo la mano entre los barrotes de la jaula y dejó que Solomon le olfateara. Carolina se quedó paralizada contemplando cómo el tigre emitía un lamento bajo y profundo antes de lamer la mano.
Fue un movimiento lento al que siguió otro, cuando el animal estiró el cuello para recibir unas suaves caricias.
Parecía que el gesto le aliviaba, pero a Caro la sobrecogió.
Sintió un enorme nudo comprimiéndole la base del estómago.
Sudaba, pero empezó a temblar cuando contempló cómo los hombros fuertes y anchos de Ethan se sacudían por el llanto.
Él bajó la cabeza para apoyarla en los barrotes, pero no movió la mano ni siquiera cuando Solomon apartó el hocico.
Su compenetración era tal que parecían dos viejos amigos a los que una larga vida llena de amarguras comunes les había vuelto inseparables.
La estampa que ofrecían era demasiado íntima.
Ella se levantó entre lágrimas dispuesta a marcharse, pero las palabras que escuchó la dejaron clavada en el suelo.
—Se está despidiendo de mí. No puedo protegerle, ni a ti tampoco, Caro. No sé qué está pasando…
Carolina levantó la cabeza y se secó la cara. Ya estaba bien de lamentaciones. Ethan parecía hundido, pero ella le ayudaría a salir a flote.
—Dices cosas sin sentido porque estás hecho polvo. Todavía no ha muerto —intentó animarle, sin atreverse a acercarse a él—. Quizá tenga salvación.
Escuchó un par de inspiraciones fuertes y profundas. Le vio levantarse agarrándose a los barrotes, pero cuando se giró hacia ella, Carolina retrocedió realmente asustada.
Sus ojos se habían convertido en dos cuchillos negros que planeaba lanzar contra ella. Tenía la cara tan congestionada que le extrañó que no le saliera espuma por la boca. Con los puños apretados, él dio un par de pasos en su dirección.
Y estalló.
—¡No tienes la menor idea de lo que estás diciendo! —vociferó fuera de sí—. ¡ Solomon se está muriendo lentamente y no hay nada que yo pueda hacer! ¡No soy Dios, Caro! ¿Es que no me has entendido?
—¡Perfectamente! ¿Y tú? ¿Me has entendido a mí?
—Carolina se tomó unos segundos en recuperar un poco de su habitual serenidad y levantó las palmas de las manos—.
Ethan, un día me dijiste que no solías darte por vencido tan fácilmente, ¿recuerdas?
—Con un gran esfuerzo por su parte, él asintió–.
Y yo he visto lo que eres capaz de hacer con los animales.
Tu fe en la vida te lleva a ser maravilloso.
Tienes un don. Salvaste uno de los potrillos de Gretel .
¡A lo mejor todavía puedes salvar a Solomon !
Pero si no lo consigues, ¡haz algo para acortarle la agonía!
Había llegado demasiado lejos. Hasta ella lo supo. Pero ya no podía dar marcha atrás.
La expresión confusa de Ethan se aclaró de repente, para sustituirla por una de incredulidad que derivó en otra de furiosa decepción. Carolina no se acobardó. Los dos se miraron como si fueran los púgiles de un combate de boxeo. No escucharon cómo los demás entraban y les observaban boquiabiertos.
—Ethan, acaba de llegar el funcionario público y quiere que le acompañes…
Él estaba tan tenso que parecía una mole de piedra. Furioso, enrabietado y completamente destrozado por dentro. No hizo caso de las palabras de Adam, ni de nada que no fuera Carolina.
— Solomon te necesita, de un modo u otro —insistió Caro, con una voz mucho más suave que pareció desquiciarle todavía más—. Ayúdale a vivir… o a morir.
—¡Ya está bien! —escupió, enseñando los dientes. Con los ojos brillantes y las lágrimas empapándole la cara—. ¡No pienso escuchar las sandeces de una española que se cree que lo sabe todo, cuando lo único que hace bien es calentarme la bragueta!
Ese fue el último sonido que se oyó durante muchos minutos. Maca, Adam y Ben se quedaron tan pasmados que, cuando Carolina reaccionó, ni siquiera se movieron.
Aguantó las ganas de golpearle hasta cansarse, suponiendo que en algún momento se cansara. Alguien tenía que poner un límite, y esa era ella. Por mucho que él ya lo hubiera cruzado.
—Agradece a los demás que no te abofetee ahora mismo. —Carolina desvió sus ojos un instante hacia Solomon con una tristeza infinita—. La única razón por la que seguiré viéndote es ese absurdo contrato verbal que nos une. Para el resto búscate la vida, egoísta de mierda.
Salió con la dignidad intacta. En cuanto su pelo, todavía húmedo, dejó el acostumbrado olor a fresas, Ethan pareció regresar al mundo real.
—Si te das prisa, todavía puedes arreglarlo.
Miró a Adam como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de que estaba allí.
Se preguntó cómo era posible que en cuestión de minutos hubiera pasado de adorarla en su cama, a tratarla de aquel modo tan humillante.
A punto estuvo de correr detrás de ella, pero Maca se le adelantó, después de lanzarle una mirada asesina.
Gilipollas redomado. Niño mimado. Y sí, muy egoísta.
Era todo eso y más, pero no podía arreglarlo. Adam se había equivocado, porque Carolina acababa de tomar una decisión. Y cuando eso ocurría, era prácticamente imposible hacerla cambiar de idea.
Esa era una de las pocas cosas que había aprendido de ella. Ojalá hubiera aprendido también a no faltarle al respeto. A no traicionar su confianza. A no herir su sensibilidad, ni en público ni en privado.
Solo al cabo de mucho rato de mirar la puerta abierta y vacía, Ethan fue en busca del funcionario que esperaba a la entrada del refugio.
Por el camino se limpió las lágrimas, pero siguieron brotándole de los ojos.
***
—Caro, creo que es mejor que llores. Cuando pones esa cara, me das miedo.
Macarena tenía sus razones, desde luego.
Cuando Carolina sacaba su temperamento en su idioma natal, pocas cosas sobrevivían.
Primero fue la servilleta la que terminó en el suelo, seguida de un vaso de agua que regó el mantel de la mesa del restaurante donde estaban comiendo, literalmente.
Ahora, no veía el plato que tenía delante, y casi ni oía a su hermana.
Solo imaginaba sórdidas formas para vengarse de Ethan.
—No pienso volver a llorar por un tío nunca más —afirmó entre dientes.
—Yo lo veo de esta manera…
—¡No digas eso! ¡Me recuerda a él!
—Si no quieres acordarte de él, vuélvete a España. —Sí. Eso haría. En cuanto terminara aquella comida a la que su hermana había decidido invitarla para calmar los ánimos—. Pero antes, creo que deberías tener en cuenta ciertas cosas.
—¿Como cuáles? ¿Que durante unos minutos ha sido la mejor copia de un machista asqueroso? ¿Que me ha hecho sentir como si valiera menos que nada?
Maca se echó hacia atrás en su silla y consideró cada una de sus preguntas. Luego, con una sonrisa maliciosa, se inclinó hacia delante y posó su dedo en la nariz de Carolina.