17 Luna de hiel #3
Caro se levantó con las manos en las caderas y las piernas separadas. Ethan se fijó en que los rizos negros le cubrían los pezones como si ella misma se los hubiera colocado.
Estaba preciosa. Pero si se lo decía, igual intentaba ahogarle con la almohada.
—No —respondió ella, dando un repaso con los ojos al espléndido cuerpo desnudo que estaba tendido sobre la cama. Sus músculos ondulaban a cada movimiento perezoso y descuidado. Era provocativo y caliente—, pero podría acostumbrarme a que me lo dijeran.
—Yo también podría acostumbrarse a decírtelo. A todas horas, y durante mucho, pero que mucho tiempo.
Sacudió la cabeza lleno de pánico y se apoyó en un codo para disimularlo. Acababa de meter la pata.
—Estabas más guapo dormido. Empecemos otra vez —murmuró ella, más para sí misma que para él, antes de pegarse en la boca una sonrisa despreocupada—. Buenos días, Ethan.
—Buenos días, Caro.
—¿No vas a correr?
—¿Te parece que hemos hecho poco ejercicio? —sugirió él, dando palmaditas a su parte de la cama.
Carolina se asustó. ¡Ya pensaba en aquella parte de la cama como suya! ¿Qué sería lo siguiente? ¿Hacer que su ropa interior descendiera una planta, solo porque él la había hecho gritar tanto que le dolía la garganta?
—Creo que deberías ir a la clínica —soltó, con la única intención de romper el hechizo de complicidad que todavía les unía—. Ya es muy tarde.
Ethan continuó con aquella sonrisa sugerente y con la mano sobre el colchón.
—Hoy no voy a trabajar —decidió, acercándose a ella para acariciar uno de sus brazos—. Tengo otros planes. Ven y te los cuento.
—No sé…
—¿Qué pasa? ¿Huelo mal? No —concluyó, llevándose la nariz a su axila con tanta espontaneidad que Caro volvió a reírse—. Aunque si tú opinas lo contrario, podemos arreglarlo con una ducha conjunta.
—¡Qué dices! —Lo miró horrorizada. Tenía el cuerpo como si le hubiera pasado un tráiler por encima—. Me duele todo…
—¿Todavía puedes andar?
—¡Eso sí!
—Entonces ven aquí.
Ella fue. Se dejó arropar por sus brazos y terminó suspirando contra su pecho. Necesitaba ese contacto. Estuvieron los dos completamente enlazados en silencio unos minutos, hasta que él dejó caer un beso en su cabeza y respiró hondo para atrapar los restos del aroma a fresas de su champú.
—Había pensado en tomarme unos días libres para disfrutarlos contigo.
—Pero no puedes dejar Stubborn y sus alrededores sin veterinario.
—Brenda se encargará de la clínica y de los casos puntuales del refugio hasta que hablemos de su despido. —Carolina solo asintió—. A nosotros se nos acaba el tiempo.
Para ella, escuchar aquellas palabras tan tristes fue como un mazazo en el corazón. Una idea fugaz se le pasó por la cabeza. A punto estuvo de decirle que no se iría si él no quería. Que se quedaría, como Maca, hasta que él decidiera…
¿El qué? ¿Que se había aburrido? ¿Y entonces qué haría? ¿Regresar a España más sola que la una, con la única compañía de una conciencia que no dejaría de repetirle «te lo dije»?
—Conozco un lugar al que se llega por una senda perfecta para ir a caballo —continuó Ethan, en vista de que ella seguía callada.
—La última vez que monté a caballo tenía diez años.
—Bah. Eso es como andar en bicicleta o hacer el amor.
Nunca se olvida. Cerca de donde vive Kamballa hay un granjero que suele dejarme alguno de sus caballos a cambio de mis servicios cuando son necesarios.
Podemos pedirle un par de ellos y llegar hasta ese lugar. Allí te enseñaré a lanzar el boomerang.
—Si siempre trabajas a cambio de esos favores, no me extraña que necesites dinero en efectivo y que tu nevera esté llena de comida precocinada. No eres nada práctico.
Ethan rio y le levantó la cara para darle su beso de buenos días. Y de paso, esconder todos los miedos que le habían acosado desde que empezó aquella conversación llena de dobles y peligrosos sentidos que ninguno quiso enfrentar.
Ya habría tiempo para eso. De momento, ella parecía haber aceptado sus planes más inmediatos. Con eso le valía.
—Mañana podemos ir a Sidney, o ver un partido de rugby en vivo y en directo aquí en Stubborn —siguió—. También iríamos a las playas de Bondai. Demasiado típicas para el turismo, pero fabulosas. ¿Te has traído el bikini? Aunque ahora que lo pienso, estarás mucho mejor sin él.
—Ya veo que lo tienes todo más que pensado.
—Casi todo. Me faltas tú.
—Y tus responsabilidades. ¿Ya has avisado a los demás?
—Nooooo… —Ethan puso los ojos en blanco y arrugó el entrecejo—. Pero lo haré en cuanto me digas que sí.
Carolina se apoyó en sus hombros y contuvo la risa cuando le vio hacer una mueca de dolor.
—Esto podría considerarse un sí. Ni se te ocurra quejarte, que solo tú tienes la culpa de estar tan dolorido —le reprendió.
—¿Yo? ¡Pero si me exprimes como si fuera un limón! Tengo las marcas de tus uñas y tus dientes por media espalda…
—Si quieres, podemos dejarlo hasta que te cures. —A la vez que decía aquello, las yemas de sus dedos describían un lento camino hasta las nalgas de Ethan—. Tu culo no tiene forma de corazón, pero parece comestible. Me encantaría probarlo.
—Y a mí me encantaría que te quedaras… en mi cama —se apresuró a aclarar, antes de que volviera el bucle de los malos entendidos—. Podemos aprovechar así lo que nos queda de mañana.
Volvió a su boca como si hiciera siglos que no la probaba, pero el sonido del móvil les interrumpió. Por el rabillo del ojo, vio que era Adam.
—Voy a cogerlo —suspiró con fastidio—. Así me ahorro la llamada.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño completamente desnudo. Carolina le escuchó responder en un tono alegre que fue cambiando a medida que pasaba de casi gritar, a susurrar. Intuyó que había problemas. Lo suficientemente graves como para arruinar sus planes más inmediatos.
Intentó no desanimarse, pero cuando Ethan entró en el dormitorio, se asustó de verdad.
Parecía otra persona. Ausente. Con la mirada sombría clavada en la cama como si ella no estuviera allí, sino en un mundo paralelo al que acababan de compartir.
— Solomon . Se muere.
Tres palabras que la pusieron en funcionamiento. Carolina saltó de la cama y le abrazó intentando consolarle.
No obtuvo respuesta de ningún tipo. Ethan parecía haber entrado en trance.
—Nos daremos una ducha rápida —insistió, negándose a darse por vencida—. Tú utiliza este baño y yo subiré arriba. Iremos al refugio. ¡Venga!
—No. Yo iré al refugio. Tú te quedas.
—Que conste que lo he intentado. —Caro se cruzó de brazos y clavó los talones en el suelo, mientras le lanzaba una mirada concluyente—.
Estoy hasta los ovarios de que los hombres intenten gobernarme, ¿sabes?
Primero, mi padre. Después, Jorge. ¿Y ahora, tú?
Ni de coña, vamos, ¡Ni de coña! Voy a ir al refugio porque es importante para ti, pero también para mí.
¡Y voy a ir, contigo o sin ti! ¿Queda claro?
¡Ya está bien de comportarte como si fueras un avestruz, Ethan!
Si tienes miedo, reconócelo. Si necesitas a alguien a tu lado para sobrellevarlo, también.
—Caro, no voy a poder estar contigo.
—No me importa —continuó, golpeándole el esternón con el dedo—. Pero tampoco me voy a quedar de brazos cruzados si decides no esperarme. Si cuando salga de la ducha te has ido, me las ingeniaré para estar contigo y con Solomon . ¡He dicho!
Y lo dijo con tanta firmeza que la esperó.
Cualquier cosa antes que volver a soportar otro arranque de mal genio.
Una vez en el refugio, ni siquiera se preocupó de saber si Caro se había quedado con Maca, Adam y Ben, que no se atrevieron ni a darle los buenos días.
Prácticamente corrió hacia donde se encontraba Solomon , pero cuando Carolina quiso seguirle, Adam la agarró del brazo.
—No vayas. Es mejor que le dejes solo.
—No voy a dejarle solo, Adam. Quiero estar con él. Y él quiere estar conmigo. Pero está demasiado apenado para darse cuenta.
Parecía tan convencida de lo que decía que la dejaron marcharse.
Si hubieran sabido cómo le temblaban las piernas, la habrían atado de pies y manos.