17 Luna de hiel #2
Ni en cien años hubiera imaginado que aquella chica bonita con pinta de no haber roto un plato pudiera comportarse así en la cama.
Que pudiera llevarle a perder el control con tanta facilidad que él correspondió con un beso furioso.
Le mordió los labios. Le llenó la boca con la lengua y le susurró palabras incoherentes.
Casi al mismo tiempo las caderas de Carolina comenzaron a buscarle.
Estaba tan duro que sintió las primeras palpitaciones.
Quería sumergirse en ella para siempre. Sentirse apresado entre aquellas piernas, en su interior.
Avanzar entre su carne para embestir con furia y verla retorcerse debajo de él, suplicando más.
Estaba empapada. Ahora dejaba pequeños mordiscos en su cuello y cogía su erección con una mano, apretándola y recorriéndola a partes iguales.
—Has despertado a la bestia —bromeó Caro, con los labios brillantes.
—¿Te refieres a la que tienes en la mano?
Ethan le correspondió pasando las yemas de los dedos por sus costillas hasta llegar a sus caderas.
Le clavó los dedos para sujetarla, y ella creyó enloquecer.
Cuando él la tocaba, perdía todo el control sobre su cuerpo y sus emociones.
Se convertía en otra persona, con otro pasado y, lo que era más importante, con un presente.
No podía evitar comportarse como una ninfómana.
Ni retorcerse buscando siempre un punto más. Un mundo más.
—No puedo esperar —reconoció—. Y creo que tú tampoco.
Él lanzó un lamento enorme y procuró apartarse para arrodillarse entre sus piernas. No debía mirar hacia abajo. Ni quedarse absorto, babeando por los pechos de Caro, por el movimiento de sus caderas o por los dedos que todavía seguían jugando con él. Si no, seguiría sin pensar en las consecuencias.
—Caro, vas a destrozarme —dijo, separándole las manos con los labios apretados—. Tienes que esperar un poco o meteremos la pata.
Además de otras cosas. Esperó lo justo para que se colocara un preservativo y después volvió a lanzarse a por él. Su interior parecía una hoguera. Nunca había tenido aquella ansia por hacer el amor, pero tampoco se sorprendía al sentirla.
Quería dureza. En concreto, esa que apuntaba hacia ella.
Ethan gruñó y volvió a besarla. Lo había intentado todo, pero Caro le exigía tanto que no pudo alargar más los preliminares.
La penetró hasta el fondo, pero cuando estuvieron unidos, los dos se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos.
No interrumpieron el contacto visual cuando él comenzó a moverse.
Tampoco cuando ella le rodeó las caderas con las piernas, o cuando Ethan se agarró al cabecero de la cama para poder empujar más profundo hasta llenarla del todo.
Tenía la impresión de que caía por un precipicio que no tenía fin. Con una de las manos sujetó a Caro por el pelo y volvió a besarla. En cada vaivén, su lengua entraba y salía de su boca a un ritmo cada vez más rápido y ansioso.
Ella le clavó las uñas en los hombros y él le mordió el cuello.
Gritaron una y otra vez el nombre del otro hasta que no les quedó voz, ni aire, ni fuerzas.
La cama temblaba; la habitación giraba. El mundo entero se tambaleó cuando Ethan se derrumbó sobre ella a medias, con la boca todavía sobre su cuello, el potente aliento calentándola y sus manos abrigándola.
Carolina no quería salir de aquel estado de éxtasis sexual en el que Ethan llevaba manteniéndola desde hacía mucho. Hubiera dado lo que fuera por estar siempre así, con él dentro de ella. La hacía revivir, como si hasta entonces se hubiera limitado a permanecer en estado vegetativo.
Resopló y le cogió la cara entre las manos. Al hacerlo, notó que él temblaba. Y cuando leyó lo que el azul oscuro de aquellos ojos le decía, fue su corazón el que se tambaleó.
Vio un enorme agujero. Un vacío que se iba llenando.
Y un mensaje intenso, profundo. Tan claro como un cartel iluminado con luces de neón.
Pero Carolina prefirió centrarse en el aspecto meramente físico de la relación.
Pensar en lo que todavía tenía en el cuerpo era mucho menos problemático.
Y pensar que podría repetirlo hasta que se hiciera de día era, sencillamente, inigualable.
—Ha sido… fantástico.
—Para los dos. Te lo aseguro.
Ethan sonrió y se tumbó a su lado para volver a recuperar el aliento perdido.
Se sentía físicamente roto en mil pedazos, pero emocionalmente completo por primera vez en años.
Sabía que tenía la respuesta a su lado, pero no quiso alargar la mano y cogerla.
Besó a Caro con dulzura en la boca, en los párpados, en la frente húmeda.
En las sienes palpitantes y en las mejillas rojas, y se levantó con pereza.
—Ahora vuelvo —dijo.
La abandonó solo unos segundos. Cuando regresó del baño, se acostó a su lado y la envolvió con un solo brazo.
Los minutos transcurrieron sin que ninguno hablara, pero ambos sabían lo que pensaba el otro. Hasta que Carolina apoyó la cabeza en el pecho de Ethan y se lo acarició con los dedos.
—Estás muy callada.
—Intento recuperarme de lo que me acaba de ocurrir.
—Uyuyuy… ¿Y qué ha sido? ¿Una inundación, un tsunami, un volcán?
No. Solo Ethan Brown. Caro no pensaba en otra cosa desde que había pisado tierra australiana.
Era como si alguien le hubiera hecho un conveniente lavado de cerebro.
Sus días compartidos con él eran tan intensos, que a veces le costaba recordar que tenía una vida anterior.
Y esa profundidad en sus reflexiones la asustaba.
—Todavía me pregunto cómo puede haber mujeres que finjan orgasmos hasta conseguir que sus parejas se lo crean —dijo, eludiendo una respuesta más que obvia.
—Puede que nunca hayan tenido un orgasmo tan satisfactorio como los tuyos conmigo.
Cuando vio que hablaba completamente en serio, Caro empezó a reírse hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que doblarse en dos por el dolor de estómago.
—Hala… —pudo decir, entre carcajada y carcajada—. Baja, Modesto, que sube Ethan.
—¿Quién tiene que bajar? —preguntó apoyándose sobre un codo para mirarla con el ceño fruncido.
—¡Nadie, tonto! —exclamó ella, limpiándose las lágrimas de la risa—. Es una manera de decir que eres un poco chulo.
—Ah. —Él se relajó. Volvió a tumbarse de espaldas y la rodeó con el brazo—. Caro, ¿te importaría dejar de hablar conmigo en sentido figurado?
—Mejor dejo de hablar y paso a otras cosas. ¿Qué te parece?
—No me creo que te hayas recuperado tan rápido.
Aun así, la besó. No podía dejar de besarla. Cuanto más lo hacía, más ganas tenía de seguir haciéndolo. Sobre todo porque sabía que, como mínimo, la respuesta le igualaría.
—Necesitamos desempatar, Ethan. Otra vez.
—¿Me estás proponiendo una maratón sexual?
—¿Por qué no? —dijo Caro levantando una ceja—. Se te ha llenado mucho el ego con el tema de la satisfacción femenina, pero me encantaría averiguar hasta dónde eres capaz de aguantar.
Él rio y levantó los brazos. Se rendía. Dejó que Caro se entretuviera con la lengua en sus tetillas y los dedos recorriendo sus caderas.
Sabía que tardarían en volver a excitarse, pero sería mil veces mejor.
El agotamiento físico era la única manera de terminar amansando a la impresionante pantera negra.
Caro soltó una risilla y se inclinó sobre su pecho. No se atrevía a levantar la vista por miedo a lo que pudiera encontrarse. Siguió acariciándole en sentido ascendente y, cuando llegó al cuello, se agarró a él para abrazarlo.
Seguro que era eso lo que sentían las protagonistas de las novelas que tanto le gustaban, al tener con ellas a su bravo caballero. Una mezcla intermitente de excitación y fortaleza.
Un estado de ingravidez permanente que no podía traerle nada bueno.
Los pájaros dejaron de piarle en la cabeza cuando volvió a la realidad. Aquello no era un relato para románticos incurables, sino su vida. Ya conocía esas emociones. Y había aprendido a darles la espalda antes de que le hicieran daño.
Era feliz. Eso podía admitirlo. Pero la felicidad nunca le había durado demasiado. Y cuando aterrizaba de bruces en la realidad, el dolor tardaba demasiado en irse.
No quería que volviera a ocurrir, pero tampoco sabía cómo evitarlo.
Se estaba enamorando de Ethan Brown.
***
Cuando Ethan abrió los ojos, fue porque dejó de sentir el calorcito del cuerpo de Caro junto al suyo.
Habían pasado una noche memorable. En todos los sentidos que su cerebro adormilado fue capaz de imaginar. Porque si algo hicieron además de ejercicio físico, fue dar rienda suelta a su imaginación.
Normalmente, «la mañana siguiente» solía ser bastante impersonal para él. Si nunca compartía más que unas palabras de despedida, de lo demás mejor ni hablar. Pero con ella quería compartirlo todo. Su calor, su olor, su contacto, el desayuno, la comida, la cena y más noches como aquella.
Caro salió del baño. Su silueta desnuda comenzó a pulular por el dormitorio con la silenciosa elegancia de un gato, activando de nuevo todo el proceso en él.
Le dio miedo. Pánico. Y también una dulce sensación que cubrió las dos emociones anteriores con una tranquilidad pavorosa.
Porque en ese momento supo que tardaría mucho tiempo en cansarse de ella.
Volvía a tener ganas de escucharla gemir. Necesitaba notar las uñas en su espalda, los dientes en su pecho y aquella preciosa boca de labios gruesos otra vez en…
Carolina se sentó en el borde de la cama con cuidado y él alargó un brazo para tocarla. Ella dio un bote sobre el colchón.
—¡Ethan! ¿Te gusta asustarme?
—Me encanta. Sobre todo porque esa melena tan bonita que tienes se te desparrama por todo el cuerpo como si fueras una sirena.
—Carolina lo miró un momento, y luego estalló en carcajadas—.
¿Qué? Ya sé que suena cursi, pero es que cuando un hombre pasa una noche como la que yo he pasado contigo, le sale la vena romántica.
—La vena romántica. Ya. ¿Es esa que te late entre las piernas?
—Esa misma. ¿Alguna vez te han dicho que tienes el culo en forma de corazón?