17 Luna de hiel
ENSALADA TEMPLADA
Ingredientes:
-Sal.
Preparación:
Lava y escurre la escarola. Córtala en trozos grandes con las manos y resérvala.
Corta el ajo en láminas finas y dóralo a fuego lento.
Saca los huesos de las ciruelas y córtalas a tiras.
A continuación, coloca la escarola en un bol y agrega las ciruelas, las nueces troceadas y sal.
Por último, mezcla el aceite de dorar el ajo con el vinagre y vierte este aliño sobre la ensalada.
Nota a pie de página:
Lo que siento no tiene nada de templado. Es ardiente, contradictorio y variopinto, como los ingredientes de una ensalada. Lo suficientemente fuerte como para lanzarme a por ello. Creo que a Ethan le gusta. Espero que le guste. Quiero que le guste.
Caro le miraba sonriente. Como una niña que acaba de cometer una travesura sin importancia.
Solo que aquella travesura tenía mucha importancia. Para él, pero también para ella. Ethan lo leyó en el brillo de aquellos ojos que le echaban el lazo con la seguridad de que lo atraparían a la primera intentona.
Apartó la ropa esparcida por el suelo de un puntapié y consiguió ponerse de pie.
—Me parece que habrá que deshacer el empate —pudo decir, acercándola a él para besarla larga y profundamente.
Los dos se saborearon a sí mismos de boca del otro. Cuando Caro se apartó, volvía a temblar.
—O podemos alargarlo hasta que se haga de día —propuso.
No hizo falta que se lo repitiera. Se sentía lo suficientemente fuerte como para llevarla en brazos a la habitación, apartar los cojines y demás inconvenientes de un manotazo y dejarla sobre la cama.
—¿Recuerdas lo que te dije antes? —preguntó, mirándola con tanta intensidad que a ella le costó trabajo moverse.
—Me dijiste muchas cosas.
—Que soy todo tuyo. —Hizo una pausa para coger aire y se puso a gatas sobre ella. Caro cerró los ojos esperando, pero la boca de Ethan se quedó a medio centímetro de la suya—. Lo mantengo. Puedes pedirme lo que quieras.
No se refería a nada material, por supuesto. Ojalá se hubiera referido a eso. Tenía tal gesto de ardiente humildad en la cara, que Caro se la abarcó con las manos y lo besó con toda la dulzura que pudo reunir, después de haber compartido un acto tan íntimo como el de la cocina.
No se arrepentía. Es más, se alegraba. Tampoco evitó las comparaciones, porque en ellas Ethan salía claramente beneficiado. En su día, Jorge le había preguntado si era la primera vez que hacía una felación con su habitual prepotencia, consiguiendo que se sintiera inferior. Con Ethan fue diferente.
Lo había hecho con ganas. Y su excitación había crecido junto con la de él, hasta sentirse orgullosa de haberle proporcionado aquel orgasmo del que todavía se estaba recuperando. Él callaba, pero se lo decía con los ojos sin atreverse a expresarlo con palabras.
Tampoco era necesario. Caro era capaz de entenderle así. Y puesto que podía pedir, pidió.
No todos los días se tenía delante a un genio de la lámpara perfectamente proporcionado, apoyado sobre los brazos para no caer sobre ella antes de tiempo.
Moreno, con sus ojos azules oscurecidos y brillantes y aquellos labios que provocaban cuando hablaba, cuando sonreía, cuando succionaba, cuando besaba…
—Quiero que me beses. En todos los sitios.
—Él sonrió. Se acopló entre sus piernas y se introdujo en su boca hasta hacer el beso más profundo y duradero.
Caro apenas pudo apartarle para volver a respirar.
La boca de Ethan obraba milagros. Ahora estaba otra vez sin aire.
Con el vapor de su sangre saliendo por cada poro del cuerpo—.
Quiero que después, me toques. Quiero tenerte dentro de mí. ¿Pido demasiado?
—Esta vez lo haremos con tranquilidad, aroha . —Desplazó las manos por los costados de Caro hasta hacerla estremecer—. De momento me has dejado agotado.
—Pero te ha gustado.
Más que eso, pensó él con una sonrisa de las suyas. Caro suspiró, le echó los brazos al cuello e introdujo la punta de su lengua en los hoyuelos de sus mejillas.
—Mmm, qué bueno. Llevo queriendo hacer esto desde el primer día.
—¿Y por qué has tardado tanto? Mira cómo me has puesto.
Caro miró hacia donde él indicaba. Su erección era enorme y brillante.
Casi perfecta. No habían pasado ni diez minutos desde su despliegue sexual en la cocina, pero la imagen que ofrecía Ethan se acercaba demasiado a la de una obra de Da Vinci esculpida en piedra.
Con la diferencia de que él era de carne y hueso.
Y estaba muy lejos de mantenerse frío cuando empezó a hacer realidad todas sus peticiones.
—¿Está bien así? —preguntó, acariciando la piel suave de uno de sus pechos y deslizando las yemas de los dedos por el otro costado de Carolina—. Procuraré ser suave.
—¡No! ¿Por qué?
Ethan rio ante los pucheros que ponía Caro y besó con delicadeza el contorno que acababa de acariciar. Después hizo lo mismo en su cuello, y junto al lóbulo de su oreja. Le encantaba comprobar cómo ella se estremecía con cada beso, entre risillas y miradas llenas de promesas por cumplir.
Las cumpliría. Todas.
—Porque si no te los dejaré llenos de marcas —reconoció, sujetándola de la barbilla para que lo mirara—. Antes me sobrepasé.
—Eso solo hubiera ocurrido si me hubieras hecho cosquillas para hacerme caer de la silla —replicó ella con una mirada maliciosa—. Y no fue así.
—Humm… Creo recordar que estuviste a punto de caerte. Aunque las cosquillas no tuvieron nada que ver.
—Fue por culpa de tu boca. —Solo con recordarlo, su cuerpo volvía a reaccionar como si la estuviera sintiendo todavía allí—. De tu lengua. De tus dedos. ¡Dios, Brown! Creo que nunca me habían hecho sufrir tanto para llegar a un orgasmo.
—¿Quieres tener más? —La conversación se volvió íntima, insinuante.
Los ojos azules se oscurecieron y su mirada se volvió penetrante cuando él se inclinó sobre ella para fijarse en los montículos rosados que volvían a agitarse por la respiración.
Era como si sus respectivas caricias perezosas se hubieran vuelto más profundas.
La deseaba de nuevo, y esta vez al completo—. ¿Estás preparada, Caro?
Ella dejó que su mano vagara por los músculos del brazo de Ethan hasta notar cómo comenzaba a estremecerse de nuevo.
—Siempre estoy preparada —respondió, arqueándose hacia él.
Ethan sonrió y golpeó con la lengua uno de sus pezones, estimulándolo hasta que brilló, duro y potente, ante sus ojos. Lo mordió con cuidado, haciendo que una de sus manos descansara sobre el vientre plano de Caro. Tenía la piel húmeda de sudor, ligeramente pegajosa por el dulce.
Al recordar dónde se lo había puesto y cómo se lo había retirado, la necesidad le atravesó a la velocidad del rayo, castigándole los testículos.
Pudo sentir cómo se endurecían, cómo se tensaban.
Con ella, era dolorosamente consciente de cada una de sus reacciones, como si su sensibilidad se multiplicara por mil.
Y a un tiempo, estaba absolutamente pendiente de sus necesidades.
Por eso sabía que después de un orgasmo como el experimentado hacía un rato, Caro tendría la sensibilidad a flor de piel.
No quería hacerle daño con una caricia demasiado fuerte, pero su sorpresa fue casi infinita cuando la oyó gemir y arquearse en dirección a su boca.
Carolina se dejó llevar. Vibraba bajo aquellas manos que lograban arrancarle la esencia de todo su deseo.
Empezaba a pensar que hacer el amor como si tocara las notas lentas de una partitura tenía sus ventajas.
Con movimientos lánguidos, cerró los ojos y abrió el resto de sentidos a todas las sensaciones.
La piel de Ethan era firme, pero no áspera.
Como una tela de gran calidad. El olor que despedía su cuerpo tenía una mezcla intensa de aroma de vainilla y menta, mezclado con toques de canela.
Abrió los labios y gimió cuando aspiró su respiración.
Sí. Con los ojos cerrados, los demás sentidos se llenaron con la presencia de Ethan.
Se retorció para acomodarse mejor y hundió los dedos en la carne caliente que tenía entre las manos para disfrutar del poder que él desplegaba sobre su cuerpo y su mente.
Llevó los dedos a lo largo de aquella espalda perfectamente formada, delineando cada ondulación de los músculos tensos, hasta terminar en la curvatura de sus nalgas.
Las apretó con firmeza y abrió las piernas.
—Caro…
—¿Sí?
—¿Qué me has hecho? —Enterró la cara en el hueco de su cuello y se llenó el pecho con su aire.
Ese que ya reconocería a ciegas. Después, levantó la cabeza hasta que sus ojos se encontraron—.
Quiero estar contigo a todas horas. Dormir contigo, despertarme a tu lado, tocarte y olerte constantemente.
Si fueras un cuadro, te compraría sin dudarlo solo para contemplarte.
Carolina solo pudo sonreír y enredar sus piernas con las de él para conseguir que la deliciosa fricción que empezaba a quemarle el vientre fuera más profunda y duradera.
—Pero tu pasión son los animales, no el arte —explicó, dejando que sus dedos resbalaran por su mejilla—. ¿Y si yo fuera una pantera negra, como me has llamado alguna vez? ¿Utilizarías tu mesa de operaciones para domesticarme?
—Nunca lo he hecho ahí, pero me parece un buen lugar. Muy morboso.
—¡Estás loco! —rio Caro, deseando de verdad que esa fuera una de sus bromas.
—Loco por ti.
Llevó la boca a su clavícula y se la mordisqueó para no pararse a pensar en lo que acababa de decir.
Siempre podría echarle la culpa al calentón del momento.
Porque realmente estaba muy caliente. Tanto como para permanecer rígido sobre Caro cuando sintió sus dedos deslizándose por la ranura del trasero hasta acariciar sus testículos desde atrás.