16 El sabor de tu piel #3
Él hacía tantos esfuerzos por controlarse, que temió no poder incrementar el placer de Caro. No quiso mirar su sexo hinchado y empapado para no penetrarla sin pensar más allá. Pero la necesidad de estar dentro de su cuerpo era demasiado urgente como para esperar.
Introdujo un dedo en su vagina ahogando un grito.
Estaba ardiente, resbaladiza. Lo engulló como si fuera un mar violento y tembló cuando el dedo comenzó a moverse y él regresó a su clítoris hinchado para mordisquearlo.
Lo lamió. Lo chupó hasta empaparse la boca con sus jugos.
Aceleró el ritmo del dedo instintivamente, cuando la sintió respirar con dificultad y recibió unas oleadas de calor tan grandes que tuvo que resguardarse presionando su ingle contra la superficie de la silla.
Aquello era mejor que cualquier postre que pudiera ofrecerle. El deseo comenzó a fluir sin control en Carolina, hasta llegar al último rincón de su cuerpo. Burbujeó con tanta fuerza que alzó sus caderas buscándole, a la vez que hundió las manos en el pelo negro para presionarle más contra ella.
El líquido espeso que le brotaba del cuerpo, mezclado con el dulce, comenzó a llenarle la boca. Ethan lo bebió. Lo absorbió. Se ahogó en él mientras se controlaba como podía.
Tenía que aguantar hasta el final. Hundió la lengua en ella, y después apresó el clítoris con los dientes para darle ligeros y contundentes golpes con la punta de la lengua. Esta vez obtuvo un auténtico y largo quejido.
Carolina jadeaba totalmente fuera de sí.
No necesitaba ver para sentir. Las oleadas de placer fueron ganando en intensidad hasta obligarla a clavar los talones en la espalda de Ethan para catapultarle hacia delante.
Se retorció en cuanto sintió otro dedo en su interior.
No podía hablar para explicarle lo que quería, pero él lo supo a la perfección.
Paso por paso, abrió los labios vaginales empapados de Caro y se dedicó a lamerlos con lentitud, para luego absorberla con tanta fuerza que sus caderas se elevaron con un gemido.
—Me… encanta…
Hervía por dentro. Él lo comprobó en cuanto movió los dedos con más rapidez. No necesitó de más. Notó cómo su cuerpo se tensaba primero, para caer en una brutal convulsión que la hizo gritar.
Acababa de experimentar un orgasmo apoteósico, pero Ethan apretó los dientes y se levantó para mirarla. Ella tenía un aspecto desordenado. Con la cara enrojecida, y los pechos que subían y bajaban agitados por la respiración.
Con la sonrisa de satisfacción que le regaló antes de que las tornas se cambiaran. Estaba tan aturdido que tardó en darse cuenta de que ahora era él quien se sentaba en la silla y tenía a Caro arrodillada entre sus piernas.
—La nata no tiene nada que envidiar al merengue en cuanto a imaginación —dijo, cuando vio la enorme erección que había debajo de sus pantalones—. Pero no te vendaré los ojos. Quiero que veas todo lo que voy a hacerte.
Se había lanzado al vacío, y le encantaba lo que había encontrado en él.
Arrojó la servilleta al suelo. Sin que sus miradas se despegasen, alargó una mano para llevarse una porción de nata de la tarta y untarla en el miembro duro.
La sensación de frío en contraste con el calor que le asfixiaba fue tan repentina que él saltó en la silla.
—Así el postre es mucho más completo.
Ethan levantó la cabeza a tiempo de ver cómo Caro se chupaba los dedos mientras miraba su impresionante erección. Sintió tanta prisa que a punto estuvo de llevarle la boca hacia allí para que sustituyera los dedos por…
Se estaba haciendo ilusiones. Ahora ella se levantaría con alguna excusa y, como mucho, le permitiría hacer el amor al estilo convencional.
—¿Vas a hacer lo que creo que vas a hacer? —se arriesgó a preguntar.
—No lo sé. No sé si entre nosotros hay la confianza suficiente…
—¿No crees que la haya, aroha?
Caro había hablado de confianza entre ellos. No de ella hacia él. Lo que significaba que esta segunda existía, porque sabía que él no pondría el grito en el cielo. Que disfrutaría.
Ella pareció pensárselo. La vio fruncir el ceño sin dejar de mirar su erección. Afortunadamente no lo hacía con reparos, ni con vergüenza, sino con un interés tan intenso que su pene brincó de entusiasmo antes de tiempo.
Lo pensó antes de responderle. Si no era confianza aquello que le había permitido hacer, no se le ocurría de qué otra forma podría llamarlo. Y necesitaba corresponderle. Devolverle todo el placer que acababa de proporcionarle, con creces.
Sabía cómo hacerlo, así que tomó su decisión. Se retiró la melena rizada hacia un lado y, con una sonrisa, se inclinó sobre la nata.
—La hay —concluyó.
El primer lametón disparó su adrenalina y excitó sus sentidos.
Ethan se puso a temblar antes de sentir los labios suaves alrededor de su pene.
El calor de la boca abrasándolo mientras ascendía y descendía con mucho cuidado.
Poco a poco. Como si estuviera afinando las cuerdas de algún instrumento musical, los dedos de Caro abarcando la base y acariciándola, presionando con sabia delicadeza.
Él tragó saliva con dificultad. Los dientes casi se le rompieron por la fuerza empleada en apretarlos y un ronco gemido se le escapó antes de lo deseable.
Haciendo un esfuerzo supremo, bajó la mirada para encontrarse con los ojos de Caro. Ella seguía lamiendo su erección hasta el fondo, estimulando sus testículos a un tiempo con la mano, con sus iris dorados clavados en él.
La imagen era tan sugerente, tan erótica y a un tiempo tan tierna, que sintió que estaba perdido.
O soñando. Jadeó. Ni siquiera se molestó en limpiarse el sudor que comenzaba a resbalarle por las sienes.
Tenía el vientre tenso y dolorido. Con sus testículos a punto de explotar cuando Caro decidió interrumpir aquella tortura.
Afortunadamente. Si no, hubiera llegado al final en un tiempo récord.
—Mmm… —ronroneó, dejando que su aliento siguiera calentándolo—. La mezcla del dulce de la nata y la sal de tu cuerpo es increíble.
No. Lo increíble era que Carolina supiera con exactitud qué era lo que quería y cómo dárselo. Que se prestara a cumplir sus fantasías como si entre los dos hubieran pasado meses de confidencias, convivencia y… ¿amor?
No. Aquello no tenía que ver con el amor en el sentido ideal de la palabra. Pero sí en el carnal. Él pudo levantar la cabeza lo justo para ver cómo ella se relamía. Tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes. Parecía querer comérselo de un bocado. Sin remilgos.
Él solo quería que terminara lo que había empezado, de la misma forma que lo había empezado.
—Soy todo tuyo —murmuró, acariciando los rizos de su cabeza y empujándola suavemente hacia su ingle—. Puedes hacer lo que quieras.
Caro volvió a su entretenimiento con una mirada perversa.
Se sentía cómoda, excitada y segura. Era increíble que ni siquiera le temblaran las manos, mientras que Ethan ardía por dentro y por fuera.
Elevó la cabeza con un largo gruñido cuando notó la lengua de Caro enroscarse en él de nuevo.
Soltó el aire de golpe y comenzó a gemir.
Lo que Caro hacía con su boca era verdadero arte.
Le succionaba a pequeños sorbos, acariciándole como si no quisiera que terminara.
Bebía de él sin ninguna indecisión. Dispuesta a volverle loco.
Fantástico. Maravilloso. Increíble y demasiado intenso como para controlarlo.
Dejó que ella se llenara la boca con su sexo y levantó las caderas cuando sintió sus labios mojados deslizándose con maestría.
Los dedos de Caro se enredaron en el vello que cubría sus testículos endurecidos, y no aguantó más.
La animó a seguir con sonidos guturales y oscuros y se vació en su boca gritando sin control, con sus caderas empujando hacia adelante.
Más arriba; más adentro. Mucho más profundo.
Caro tardó en retirarse. Él estaba tan agotado que fue incapaz de moverse. Tampoco podía abrir los ojos para verla, pero la sentía.
Acababa de tener el orgasmo más destructor de su vida, y descubría que le hacía feliz.
—Volvemos a estar en tablas.