16 El sabor de tu piel #2
Fantaseó con la posibilidad de extender su postre por cualquier parte de ese cuerpo vibrante y ardiente que tenía para él.
Dejaría resbalar sus yemas por cada depresión de los músculos tensos.
Por los alrededores del ombligo y el contorno de sus pechos redondeados.
Después, haría el mismo recorrido con la lengua.
Sentiría la tensión de aquellos muslos perfectos alrededor de sus caderas y se hundiría en ella hasta el fondo.
La llevaría al cielo una vez, y luego otra, y otra…
El gruñido se convirtió en gemido. Ethan cerró los ojos con fuerza para retomar el hilo de su particular conversación, ignorando en lo posible el dolor de sus testículos. Últimamente tenía unas visiones muy reales. Demasiado.
—¿Qué opinas de la tarta? —preguntó, haciendo un esfuerzo porque su voz no sonara demasiado ronca.
—Opino que tu postre es buenísimo, pero no supera a mi pudding. Por lo tanto, he ganado y tengo carta blanca para el resto de la noche.
—No tan deprisa. —Ethan no dejó que se quitara la servilleta de los ojos y rio cuando ella se estremeció al notar un mordisco en el lóbulo de su oreja—. Yo pienso justamente lo contrario. Este postre es perfecto. Por lo tanto, estamos en tablas.
Ella entrelazó los dedos sobre su regazo y se encogió de hombros. Parecía totalmente confiada, sin miedo a lo que él tuviera en mente.
Ethan procuró controlarse para no precipitarse demasiado. La imagen de aparente sumisión le resultó demasiado sensual. Un disparo directo a su erección, que solo consiguió hacerla palpitar.
Se inclinó sobre ella y sonrió. No la quería pasiva, pero sí relajada. Y así la tenía.
Caro sintió sus manos cálidas separarle las piernas. Lo escuchó arrodillarse entre ellas. Notó el roce de su costado desnudo en la cara interior de sus muslos y el recorrido lento de los dedos hasta su cintura.
—Caro, ¿recuerdas la promesa que te hice ayer?
—S-Sí.
—Quiero cumplirla. Ahora. ¿Me dejarás?
Supo que le dejaría en cuanto sintió cómo tiraba de los pantaloncitos del pijama hacia abajo.
—S-Sí —repitió con un sonido medio ahogado.
Sudaba con solo pensarlo. No se asustó cuando Ethan alargó una mano para masajearle uno de los pechos bajo la tela de la camiseta. Incluso levantó los brazos al intuir que lo que él quería era quitársela. Dejarla mucho más accesible y completamente desnuda.
—Aunque reconozco que estas preciosidades son mi debilidad, no le hago ascos a lo que hay más abajo —continuó él, acariciándole los pechos como si fueran frutas maduras que reventarían si lo hacía más fuerte.
Carolina arqueó la mitad del cuerpo cuando sus labios comenzaron a saborearla con calma, pero no se quitó la servilleta de los ojos. Él tenía razón. Sin poder ver lo que le hacía, la eficacia de las caricias y sensaciones se multiplicaba por mil.
Y él estaba decidido a desintegrarla. Lo que en principio fueron roces leves, se convirtieron en auténticas garras alrededor de sus pechos.
Los moldeó con tensa calma, con tenacidad.
Como si quisiera exprimirlos. Apretó en los lugares más sensibles.
Carolina solo pudo echar la cabeza atrás y arquearse hasta lo imposible.
Sentía los dedos de Ethan hundidos en la carne sensible hasta hacer que vibraran.
Casi pudo sentir sus estremecimientos cuando él cubrió uno de sus pezones con la boca para continuar con la tortura.
Emitió un pequeño y controlado chillido de placer cuando tiró de él con los dientes, para después repasarlo con la punta de su lengua.
Apenas le daba tregua. Carolina tenía la boca abierta y las manos enganchadas a ambos lados de la silla.
Se sentía flotar, y a un tiempo caer en vertical hacia un terreno desconocido.
La humedad de sus muslos comenzó a ser tan evidente que temió mojar la superficie de la silla cuando Ethan rodeó el otro pezón con los dedos para retorcerlo con especial cuidado.
En esa ocasión, fue un auténtico grito lo que surgió de su garganta.
—Oh, Ethan…
Ella no pudo verlo, pero él sonreía. Después de aquella implacable estimulación, la tensión de sus pechos se relajó para desplazarse hacia el ombligo. Ese era el lugar donde las manos de Ethan seguían levantándole ampollas.
—Esta parte de aquí puede parecer corriente, pero no lo es en absoluto —murmuró con la voz enronquecida por el deseo—. ¿Sabes por qué?
Carolina solo pudo mover la cabeza. Sentía la boca seca y el corazón completamente desbocado. La piel le quemaba, al tiempo que estaba resbaladiza por el sudor.
Una vocecita interior le advirtió de la conveniencia de pensar en lo que estaba haciendo y con quién, pero la apartó de un manotazo mental, como si fuera un insecto molesto.
Sabía lo que estaba a punto de permitir; hasta dónde podría llegar. Y lo mejor de todo era que no le importaba en absoluto. Estaba tan concentrada en sentir la lengua de Ethan detenerse en el ombligo, que dio un pequeño salto cuando recibió las sensaciones en toda su plenitud.
—Porque va antes de lo que realmente quiero tener en la boca —continuó él—. ¿Cómo te sientes?
—Como la Cenicienta acorralada por el increíble Hulk —dijo, mordiéndose el labio.
—¿Asustada?
—No. Halagada por un hombre que va directo a lo que quiere.
Aquella respuesta fue un afrodisíaco imparable.
Ella era lo que quería. Su cuerpo moldeable y dispuesto.
Su boca, entreabierta como en ese mismo momento, dispuesta a dar tanto como a recibir.
Las gotas de sudor que le ponían la piel tan brillante y esos gemidos que le transportarían a un mundo mucho más sencillo, desprovisto de emociones profundas, complicaciones inútiles, sufrimientos eternos.
Ethan tiró de sus caderas hacia delante para ponerla al borde de la silla, y ella se relajó.
—Esta vez no habrá interrupciones —le aseguró, besándola con ardor antes de volver a descender—.
Caro, tengo delante de mí todo lo que quiero.
Busco hacerte gritar durante toda la noche, hasta que dejes de preguntarte lo que puedes significar para mí.
—Besó el comienzo de su ingle y le abrió las piernas con toda la delicadeza que su parte racional le permitía—.
Y cuando el sol nos dé en los dientes y nos despierte juntos en la misma cama, te olvidarás de todos esos miedos detrás de los que te escondes, porque habré conseguido hacerte sentir la mujer más guapa del mundo.
No haré caso a otra cosa que no seas tú y esto tan bonito que veo. ¡Dios! Me deja sin respiración.
No le mentía. Realmente pensaba que el sexo de Carolina era precioso. Pasó el dedo por la carne rosada, brillante de fluidos, y se lo llevó a la boca. Dios, el sabor era muchísimo mejor de lo que se había imaginado. Con el roce, los pliegues comenzaron a inflamarse y ella contuvo la respiración.
Ethan, por el contrario, exhaló el aire con fuerza. Su parte animal le llevó a mordisquearla alrededor de las ingles, hasta pararse de repente.
Carolina intentó averiguar el por qué de la interrupción, pero enseguida lo supo. Sintió las yemas de los dedos recorrer su hendidura en sentido ascendente, dejando en aquel lugar algo fresco que la calentaba cada vez más.
—Merengue. Muy imaginativo. —Ella tembló.
Por los medidos pellizcos de los dientes de Ethan y por la carga erótica del juego al que se había prestado.
Apretó los labios y condensó todas esas sensaciones en un solo punto.
Podía sentir la piel de gallina ante el contacto directo con él, e incluso oler la excitación en el ambiente.
Su carne se reblandecía y su corazón comenzó a deshacerse cuando él enredó los dedos en su pubis. Se lo imaginó sonriendo, y gimió.
—Caro, ¿quieres ver lo que hago?
—No… Es mucho mejor imaginarlo.
—Entonces, ¿estás preparada?
Por completo. Él había llegado al fondo de sus pensamientos y se lo acababa de demostrar. No veía por qué no podía hacer lo mismo con su cuerpo.
—Adelante —murmuró, palpando a ciegas su cabeza hasta colocarla justo donde quería tenerla.
Carolina ya no pensó. Abrió más los muslos y le dejó el camino completamente libre. Sintió un ligero soplo que la hizo temblar y luego otra caricia que resbalaba por la humedad de su vulva con una lentitud exasperante.
—Así estarás muy dulce.
Ver aquella carne brillante rodeada de merengue, supuso el límite para Ethan. Quería probarla… No. Quería darse un absoluto banquete con ella.
Primero la tocó con los labios. Después, chupó con la lengua y describió con ella figuras indeterminadas, explorando entre sus pliegues para extender y retirar el merengue a un tiempo.
Carolina se agarró otra vez a la silla y elevó ligeramente las caderas.
Se mordió el labio inferior con fuerza, intentando contener el chorro ardiente que le quemaba cada órgano interno de su cuerpo hasta convertirla en cenizas candentes, pero no pudo.
En un tiempo escandalosamente corto, Ethan estaba tomando posesión de cada una de sus emociones con confianza y seguridad. Tembló cuando el frescor inicial del dulce desapareció para dejar paso a la tórrida pasión que la humedecía cada vez más.
Él no dejó ni un rincón por explorar, hasta que Carolina se amarró a su pelo para evitar caer de la silla.
—Oh, sí, aroha … Espero que te guste, porque tan solo es una mínima parte de lo que tengo en mente.
¿Una mínima parte? Carolina no podía pensar, ni escuchar como era debido, mientras la lengua de Ethan la llevaba al límite del paroxismo.
Se adelantó buscando más profundidad, más intensidad.
Se sentía devorada por llamas que consumían toda su resistencia.
El vientre se le contrajo, pero cuando estaba a punto de explotar, él se detuvo.
—¡Ethan!
Escuchó una risilla queda que le calentó los muslos, en respuesta a su protesta.
—Tranquila —la acunó—. Esto no ha hecho más que empezar.