Volver a empezar Serie completa 16 El sabor de tu piel
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16 El sabor de tu piel

Preparación:

Lavar las castañas, hacerles un corte en forma de cruz y ponerlas a hervir en agua y una pizca de sal durante dos minutos.

Después de dejarlas enfriar, pelarlas. A continuación, preparar el almíbar con el agua y el azúcar.

Cuando haya espesado, incorporar las castañas y cocer a fuego lento durante treinta minutos.

Finalmente picar la mitad de las castañas y mezclarlas con el helado de vainilla reblandecido.

Congelar de nuevo y servir con las castañas restantes, enteras.

Nota a pie de página:

Todavía tengo su sabor en mi boca. Un sabor dulce, almibarado, con el final duro de las castañas ablandadas en agua.

No soy capaz de analizar lo que eso implica, aunque sé que tendré que hacerlo.

Ethan metió el coche en el garaje a las siete y media en punto.

Cogió los dos paquetes que llevaba en el asiento contiguo y casi corrió a casa.

Los problemas le abrumaban; las sospechas, aún más. Pero no había podido quitarse a Caro de la cabeza. Y cuando entró en casa y escuchó a Pink cantando a todo volumen Just give me a reason , supo por qué.

Fue a su habitación sin que ella se diera cuenta para quitarse la ropa y ponerse sus habituales pantalones anchos, pero cuando volvió a la cocina, no pudo pasar de la puerta.

La mesa estaba adornada con un par de velas encendidas.

En el ambiente, flotaba un olor delicioso y acogedor que le hizo recordar montones de escenas parecidas.

Comida recién hecha, una mujer sexy y dulce que se movía con delicadeza mientras canturreaba, mezclando el aroma único de su piel con el del guiso, para crear una burbuja de paz en la que él estaba deseando meterse…

No era Hannah quien le esperaba en aquella cita, sino Caro. No se parecían, ni en el físico ni en la forma de ser. Y sin embargo el detalle le hizo sentirse completamente aceptado en su propia casa.

Tuvo ganas de ponerse a bailar con ella. De pasar de la cena y llevársela directamente a la cama.

Robaste mi corazón,

y yo era tu víctima voluntaria.

Te dejé ver partes de mí

que no eran tan bonitas.

Y con cada caricia las arreglabas.

Pero antes, tenía que contarle lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Explicarle la existencia de Hannah. Hasta alguien tan cáustico como él sabía que debía abrirse a ella por completo sin temor a las consecuencias… Y estropear las cosas de forma irreversible.

Suspiró. Mejor sería dejar la sinceridad para otro momento.

Carolina se inclinó un poco sobre la encimera.

Su trasero se remarcó perfectamente a través de la tela de los pantaloncitos, y a él se le olvidó todo lo demás.

Dejó uno de los paquetes sobre la encimera y ocultó el otro a la espalda.

Luego se acercó a ella por detrás, pero se entretuvo a medio camino.

Al lado de la vitrocerámica, su cuaderno mostraba una receta. Probablemente, la que había estado haciendo.

Aunque esa en particular no terminaba en moraleja, la reconoció en cuanto la leyó. Suficiente para que el orgullo le bloqueara la garganta.

Era el pudding caliente que Kamballa hacía para Nochebuena.

—Hola, Caro —dijo, riéndose al ver cómo ella gritaba cuando la rodeó con su brazo libre.

—¡Ethan! Me has asustado.

—Normal. Tienes a Pink cantando a pleno pulmón —añadió, dándole la vuelta para tenerla de frente—. Pensé que seguirías con mi abuela.

—¿Y quién hace la cena? —le replicó ella, fingiendo enfadarse—. Que conste que el potrillo de Gretel me entretuvo más de la cuenta de tan bonito como es…

—¿Más que yo?

—Tú no eres bonito. Eres guapo y muy listo —recitó Caro, feliz de poder balancearse sobre el brazo de Ethan—. Por eso sabes qué preguntar para escuchar la respuesta que quieres. Y hablando de escuchar… Estuve fisgando en tu interminable colección de CD’s. No sabía que fueras fan de Pink.

—Me gusta probar un poco de todo.

No estamos rotos,

solo torcidos.

Podemos aprender a amar otra vez.

Carolina bloqueó adrede el significado de la canción. Pasado el primer sobresalto, pudo disfrutar del aspecto de Ethan, mitad sensual, mitad salvaje, con aquel pecho espléndido al desnudo y el pelo alborotado. Parecía un guerrero aborigen, pero sonreía como un hombre hambriento.

—¿Has tenido un día complicado?

—Tú lo arreglas siempre. —Atrapó su boca en un beso largo y profundo antes de enseñarle el paquete que había mantenido oculto—. Feliz Navidad, Caro.

Era un regalo para ella. Se lo quedó mirando sin moverse, hasta que en vez de cogerlo, Carolina desapareció. Antes de que pudiera preguntar, ella regresó con otro paquete que le entregó.

—Feliz Navidad, Ethan —respondió.

Los dos abrieron sus regalos a la vez. Ethan contempló con estupor la gorra de los Melbourne Storn que reemplazaba a la que dejaron olvidada cerca del lago Wallis, después de los disparos.

Por su parte, Carolina pasó los dedos por la inscripción que aparecía en el boomerang de madera barnizada, procurando que el corazón no se le saliera del sitio.

«Para Caro. No me olvides. Ethan».

—Qué pasada… —murmuraron los dos a la vez.

Después se miraron a los ojos y se echaron a reír.

—¿En esto empleaste el tiempo ayer? —le dijo Ethan.

—Sí. No es gran cosa, pero no podía permitirme más.

—Muchas gracias. Pienso utilizarla hasta que se me rompa de vieja. —¿Que no era gran cosa? Para él, era el mejor regalo que le habían hecho en mucho tiempo, por la sencilla razón de que provenía de ella. Pero mejor no decírselo. Si lo intentaba, se aturullaría—. ¿Te gusta el boomerang?

Carolina no encontraba palabras para describir el batiburrillo de emociones que se le anudaron en la base del estómago solo con leer la inscripción.

—No sé cómo agradecértelo —murmuró, volviendo a acariciarlo.

—Ya se me ocurrirá algo. —Torció la boca, dándose golpecitos en la barbilla con el dedo. Volvía a bromear. Y a sonreír—. Puedo enseñarte a utilizarlo.

—A partir de mañana, cuando quieras. —Con un pequeño suspiro de nostalgia, subió hasta su habitación para dejar el boomerang y volvió—. Ahora tenemos que cenar, o se nos pasará el arroz.

—¿Has hecho arroz?

—No. Es una manera de hablar. Quería hacer alguno de los platos de mi cuaderno, pero como me faltaban un montón de ingredientes, me decidí por el pudding caliente.

—Rio Caro, al ver cómo él se frotaba las manos.

Había pasado de parecer un hombre agobiado de responsabilidades, a un niño pequeño que se relamía inquieto—.

Le pedí la receta a Kamballa —añadió, poniendo la fuente en el medio de la mesa y colgándose la servilleta en el escote del pijama.

—Me encanta.

—¡Pero si todavía no lo has probado!

Los ojos azules la recorrieron con calma desde la cabeza hasta los pies, para volver a su cara.

—Lo has hecho tú, así que me encanta —repitió—. Yo he traído tarta Pavlova de postre. Me ha costado lo mío encontrarla, aunque es un dulce muy típico de aquí por estas fechas. Sus ingredientes despiertan la imaginación. Si gano la apuesta, lo verás.

Nata, merengue y frutas frescas. Él volvió a sus sonrisas sugerentes, y ella se las devolvió. De repente, sentía unas ganas inmensas de terminar de cenar.

—Si la gano yo, también —respondió.

La cena transcurrió en un relajado silencio, roto por retazos de conversación intrascendente entre copa y copa de vino. Cuando llegaron al postre, un ligero mareo comenzaba a apoderarse de la cabeza de Carolina.

—Creo que he bebido demasiado. —Rio, levantándose para quitar los platos.

—No es malo que estés así de contenta. En general, no es malo que estés, sin más.

—Las manos de Ethan la arrancaron del fregadero y la giraron para chocarse con su pecho desnudo y caliente.

Sostenía una servilleta limpia en una mano y una mirada brillante y profunda—.

Tu pudding estaba de muerte, pero todavía no has probado mi postre.

Tenemos que ver quién ha ganado. —Sin darle tiempo a replicar, la sentó en la silla y le vendó los ojos—.

Para sacar el máximo partido a uno de tus sentidos, no hay nada mejor que bloquear otro, ¿lo sabías?

—Empiezo a saberlo. —Carolina levantó la nariz y se prestó al juego—. Hueles de maravilla.

—Aquí tengo la tarta. Deliciosa. ¿Quieres probarla?

—Claro.

—Pues allá va. No te asustes. —Carolina levantó las manos esperando recibir su plato, pero él se las cogió y las colocó en torno a su cuello.

Con suma delicadeza, la besó. Cuando ella abrió la boca, le pasó un trozo de algo desconocido pero con una textura deliciosa.

Tan suave y húmeda como su lengua al repasar el interior antes de retirarse—. ¿A qué te sabe?

—A sirope de fresa y a… ¿melocotón?

—Probemos otra vez.

Solo era una excusa para volver a llenarle la boca. Ethan jugueteó con la comida y la mezcló con su saliva. Mientras ella intentaba masticar entre sutiles jadeos, él le repasó el labio inferior a conciencia, para mordisqueárselo hasta dejárselo casi insensible.

Caro gimió. Alargó las manos en busca de un asidero, y lo encontró en los hombros firmes de Ethan. Notó que se estremecían bajo sus palmas, y se relamió de gusto.

Fue un acto espontáneo, pero para él, supuso el equivalente a bañarse desnudo en la lava de un volcán. Se la imaginó relamiéndose igual, después de haber probado otras partes de su anatomía, y contuvo un gruñido.

De momento, era lo único que estaba seguro de poder controlar si la miraba.

Si apreciaba aquella mezcla extraña de inocencia intrínseca y sensual experiencia que Caro le mostraba sin darse cuenta.

Solo con la boca entreabierta. La cabeza ligeramente inclinada hacia delante, como esperando más, y los ojos vendados.