Volver a empezar Serie completa 15 La culpa fue de Gretel #3
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15 La culpa fue de Gretel #3

Ethan seguía con sus pantalones de vestir sin importarle que se mancharan, al contrario que ella, que había cambiado su vestido de fiesta por unos cómodos vaqueros y una de aquellas camisetas que tanto le gustaban.

—¿Necesitas ayuda?

—No, si te da asco lo que vas a ver —respondió, guiñándole un ojo con una sonrisa tranquilizadora.

—Ya te dije que había crecido en un pueblo rodeada de animales.

Él evaluó su actitud con detenimiento. Se pusiera lo que se pusiese, se recogiese el pelo o se pintara los labios, siempre estaba guapa. Y ahora mismo, bastante asustada aunque intentase disimular.

Ya estaba aprendiendo a reconocer aquel brillo de duda en los ojos dorados y la arruguilla que se le formaba en la frente.

Eran síntomas de que intentaba superar su inseguridad a base de retos autoimpuestos.

Eso había supuesto para ella aceptar el trabajo en el refugio, por muy normal que fuera para él.

Ahora, quería demostrar su valía delante de todos. Delante de él, aunque no hiciera falta.

Carolina era un valor seguro en sí mismo. Empezaba a admirarla por eso, pero comprendía que para ella, no fuera suficiente.

—Espera —aceptó, volviendo a la tarea. Masajeó el vientre de Gretel con una mano. El animal soltó una especie de relincho apagado—. Tranquila, bonita, tranquila… Las patas del primer potro ya están asomando. ¿Las veis?

—¡Sí! —exclamó Maca, completamente emocionada—. Yo nunca me perdí un parto. Es tan bonito…

Para Carolina era cualquier cosa menos bonito. Gretel no parecía sufrir demasiado, pero el agujero por el que Ethan comenzó a tirar de las patas del potro para ver asomar la cabeza, después de apartar la placenta, se agrandó tanto que estuvo a punto de salir corriendo.

No lo hizo, ni siquiera cuando distinguió un líquido amarillento que empapaba la placenta y que se mezclaba con las heces de la pobre madre, producto de los esfuerzos que realizaba.

La simple idea de ser considerada una tiquismiquis la mantuvo de pie con la mirada clavada en el potrillo que, a esas alturas, ya tenía medio cuerpo fuera.

—No te preocupes. A los animales les duele menos que a las personas.

Había adivinado sus pensamientos. Con un último tirón, la cría salió por completo y él le enseñó un enorme cilindro de plástico similar a una jeringuilla con una ventosa en uno de los extremos.

—Colócaselo en la boca y la nariz y tira de aquí —le indicó, señalando el otro extremo—. Así le sacarás las mucosidades para que no se ahogue.

Carolina obedeció. Sorprendentemente, las manos no le temblaron.

Se fijó en los ojos negros del potro, en su cuerpo brillante de fluidos, y se sintió tan orgullosa de sí misma y de lo que estaba haciendo, que le hubiera ayudado a levantarse si no fuera porque sabía que esa era una tarea que el animal debería realizar solo.

—Está asfixiado.

Había otro potro, pero no se movía. Ethan le arrancó la placenta y le cortó el cordón umbilical que llevaba enrollado al cuello con un bisturí. Le limpió las fosas nasales y le hizo la respiración boca a boca durante un par de minutos, alternándola con el masaje cardíaco.

A Carolina no le repugnó ver su boca unida a la del animal.

Solo comparaba el inmovilismo de aquella cría con la vida que manaba de la otra, que ya había conseguido sostenerse sobre las cuatro patas.

Verle trabajar para reanimar al potro era un lujo.

No era consciente de ello, pero despedía un atractivo tan brutal en cada movimiento, con una ligera capa de sudor acentuando el brillo de sus músculos, que Carolina suspiró.

Parecía totalmente entregado a salvar una vida que estaba condenada de antemano, en absoluta comunión con ella.

Sus manos la tenían completamente fascinada. Aquellos dedos, que antes le habían arrancado gritos de placer, luchaban ahora por obrar un milagro.

Le admiró por eso. Por su valentía, resolución y confianza. Y cuando le vio levantarse, apesadumbrado y enfadado al tener que darlo por perdido, ella estaba hecha un mar de lágrimas.

Ethan se quitó los guantes sucios y le acarició la mejilla mojada.

—¿Por qué lloras? —le preguntó, rodeándole la cintura para acercarla a él.

—La yegua ha perdido a uno de sus potros. A lo mejor tú estás acostumbrado a esto, pero yo no. Tengo corazón.

—Ya lo sé. —Uno rebosante de ternura que le hacía parecer frío e inconstante a su lado.

La chica que le había relatado parte de sus peores vivencias sin derramar ni una sola lágrima, se deshacía en llanto por la muerte de un potrillo—.

Puedes utilizarlo para alegrarte por el potro que vive. Gretel no notará la diferencia.

—¿Cómo no va a notarla? ¡Acaba de ser madre y una de sus crías ha muerto!

Ethan sonrió ante el espanto de Caro.

—Los caballos suelen tener solo un potro por parto —explicó—. Si los dos hubieran vivido, la madre habría rechazado a uno de ellos.

Así que la yegua no estaba preparada para aceptar una doble maternidad. Carolina se frotó los ojos para poder ver con claridad cómo Gretel se levantaba y lamía con devoción y amor el pelaje negro de su hijo. La cría se dejó hacer, y casi inmediatamente buscó la leche de la madre para alimentarse.

La estampa era tan tierna que le arrancó un suspiro. Realmente el milagro de la vida era algo para celebrar.

—Es… precioso —consiguió decir, en mitad de una sonrisa tan insegura que él se la quitó con un beso.

A ella no le importó que se lo diera delante de todos. Después de lo ocurrido en el cobertizo, su relación estaba clara.

—Así me gusta. —Ethan la apartó un poco del resto y abarcó su cara con las manos para apoyar la frente en la de ella—. Me encantaría seguir con lo de antes, pero tengo tarea para buena parte de la noche.

—Hay tiempo.

—No tanto como quisiera. Y estoy deseando probar una de esas cosas que escribes en tu cuaderno.

—Son recetas de cocina.

—Como tú digas. —A él le daba igual, siempre que pudiera volver a besarla como la besó.

Lenta y profundamente, para darle a entender que, aunque el asunto del cobertizo había terminado de un modo muy diferente al planeado, todavía le quedaba mucha cuerda—.

Tengo una idea: quedamos para mañana. Tú cocinas y yo llevo el postre.

—Pensaba que ibas a pringarte.

—Tengo la casa tan ordenada que hasta yo me pierdo en ella; puedo ver mi reflejo en la encimera de la cocina. No me pidas imposibles, Caro —casi suplicó—. El que consiga el plato más rico, tiene carta blanca el resto de la noche.

Las cejas de Carolina bailaron encantadas. ¡Cómo sonaba eso!

—¿Me estás proponiendo una cita? —preguntó, balanceándose en su cuello.

—Aquí me va a ser imposible emplearme a fondo contigo y mañana tengo que pasarme por el refugio, pero sí.

—¿Ha pasado algo?

— Solomon . —Los chispeantes ojos azules se apagaron de repente—. Han extraviado los resultados de los análisis. Tendremos que volver a sedarle para extraerle sangre.

Sufría. Pero ella le regaló su sonrisa más tranquilizadora y le acarició la mejilla, tal y como sabía hacer para que Ethan terminara olvidándose de todo.

—Quedamos a las siete y media —murmuró.

—Me parece perfecto. ¿En tu casa o en la mía? Ah, que no tienes casa… —Él fingió un grito de dolor cuando Carolina le dio un puñetazo en el brazo—. Entonces no nos queda más opción que la mía, claro.

Cuando arrugaba la frente con tanto encanto y bromeaba con esa ternura, el pulso se le disparaba. Y aunque no quería por nada del mundo, se alejó de él en dirección a la casa.

—¿Nos vemos mañana? —canturreó, mirándole por encima del hombro.

—Nos vemos mañana —le respondió Ethan con voz profunda y unos ojos llenos de promesas por cumplir, antes de volver al trabajo.