15 La culpa fue de Gretel #2
Un millón de luces estallaron bajo sus poros.
Era como un géiser. Se sentía enloquecida.
Desconocida para ella misma. Deslizó la mano dentro del bóxer y atrapó los testículos endurecidos para acariciarlos con mucho cuidado.
Disfrutó de su tacto. Estaban duros y suaves a un tiempo.
Transmitían un calor que comenzó a derretirla al mismo tiempo que movía las yemas de sus dedos por el vello que los protegía.
Él dejó de moverse. Su lengua quedó petrificada en el pezón de Caro. Hasta su corazón dejó de latir. Y cuando elevó los ojos, se encontró con una pequeña sonrisa llena de maldad.
—Estás jugando con fuego…
—Me encanta el fuego. ¿A ti no?
Sus dedos se desplazaron a lo largo de la erección hasta llegar a la punta. Allí presionaron un poco, hasta que el autocontrol de Ethan desapareció.
Hubiera jurado que respiraba fuego. El olor dulzón que despedía el cuerpo de Caro le envolvió, hasta que sintió el pulso aporreándole en las sienes y en el pene. Gruñó en medio de la más absoluta confusión. Estaba al límite, y ni siquiera había empezado.
Pero aquella mano parecía una tenaza que le castigaba de una manera absolutamente deliciosa.
Se irguió a duras penas y tiró del pelo de Caro hacia atrás para dejarle el cuello totalmente descubierto y clavarle los dientes en él.
Sintió el pequeño suspiro, el tacto suave de la piel en contacto con su lengua.
Tenía que contenerse un poco más. Solo lo suficiente como para tenerla preparada. Lo bastante como para sumergirse en la suavidad que le esperaba entre aquellas piernas con garantías de llevarla a las alturas.
A los dos.
Adelantó las caderas y jugó con el lóbulo de la oreja de Caro.
— Aroha … —suspiró, cuando otra tanda de caricias en su ingle estuvieron a punto de dejarlo en ridículo—. Si quieres rudeza, vas a tenerla.
Con un esfuerzo que iba más allá de su aguante, Ethan le subió el vestido hasta la cintura y palpó sus muslos. La suavidad de la piel y la carne tierna que se amoldó a lo que quería hacerle con las manos. Con la boca. Con la lengua.
Encontró lo que buscaba enseguida, porque Caro no llevaba nada debajo. Había ido todo el tiempo completamente desnuda.
Acarició los rizos de su vello púbico, para terminar recorriendo la hendidura empapada con lentitud. Si podía contenerse lo suficiente, conseguiría hacerla sufrir de placer. Le arrancaría un orgasmo memorable, y después dejarían volar su imaginación juntos.
Ella abrió más las piernas y abarcó con su mano la erección palpitante y caliente, pero cerró los ojos y contuvo la respiración cuando notó cómo él le introducía un dedo, al que rápidamente siguió otro.
Sintió cómo se movían en su interior. Cómo resbalaban, produciéndole una serie interminable de dolorosas sensaciones que se extendieron por todo su cuerpo.
Eran tan intensas que comenzó a marearse cuando su imaginación calenturienta sustituyó los dedos por el miembro húmedo que tenía entre las manos.
Cuando movió las caderas al ritmo marcado por él, elevándola para dejarla estallar y recogerla en su caída.
—Ethan…
—¿Qué?
Ella le apretó hasta que pudo sentir los latidos en su mano.
—Sigue así —suplicó sin aliento—. ¡Sigue!
No quería que ocurriera tan rápido, pero el orgasmo llegó casi sin avisar. Gritó su nombre y se dejó llevar por un millón de espasmos para terminar cayendo sobre los hombros de Ethan. Él la sostuvo y soltó el aire poco a poco.
—Pienso probar con la boca lo que acabo de conseguir con los dedos —aseguró, apartándola un poco para llenar su cara de besos—. Lo alargaré todo lo que pueda, y después volveremos al principio hasta que ninguno de los dos sepa dónde empieza uno y termina el otro. Te lo prometo.
Las palabras se convirtieron en garras alrededor de su estómago. Carolina era incapaz de moverse, pero sonrió.
—¿Cuándo?
—En cualquier momento. Tenemos toda la Nochebuena.
Entrelazó los dedos en su pelo suelto y la apartó un poco. Había conseguido domesticar a la pantera con rapidez y eficacia, pero él ya no podía esperar.
No desvió la mirada de la de ella más que para colocarse un preservativo. Adelantó las caderas buscando el calor que antes había disfrutado, cuando una voz se filtró entre sus pensamientos.
—¡Ethan!
No le hizo caso. Se aferró otra vez a las suaves caderas femeninas y suspiró.
—¿Dónde te has metido? ¡Ethan, joder!
—Eso es lo que quiero, pero no me dejáis…
Gavin pululaba cerca del cobertizo. ¿Se podía tener peor suerte? ¡Era increíble que le estuviera pasando algo así!
Apretó los dientes. Los puños. Hubiera apretado las piernas si no hubiera estado tan excitado y duro. Y se atrevió a levantar la cabeza de ese par de gloriosos pechos cuando Carolina comenzó a vestirse atropelladamente y se bajó de la mesa.
—Gavin te está llamando —susurró con pena.
Él volvió a subirla.
—Ya se cansará.
—Puede ser una urgencia.
—Esto también.
Una muy grande, dura y brillante, en opinión de Carolina.
—Esta urgencia puede esperar —insistió, señalándolo.
—¿Piensas dejarme así?
—No podemos hacer otra cosa. Tu hermano está al otro lado de la puerta.
¿Hablaba en serio? Ethan la miró desesperado. Con la frente brillante de sudor y una mirada turbia. Los testículos le dolían tanto que no pudo dar ni un paso, pero agarró a Caro del brazo antes de que se fuera.
—¿Cuándo? —insistió en voz baja.
—Cuando se pueda.
Y ahora era imposible. Debía asumirlo. Desde el otro lado de la puerta, vio cómo Caro se reunía con Gavin afuera y se alejaban entre cuchicheos que no pudo entender.
Todo para dejarle un momento íntimo de recuperación. Como si fuera tan fácil.
—Mierda… ¡Mierda!
Apoyó la frente en la puerta cerrada, pero no consiguió calmarse. Dio un puñetazo sobre la mesa que levantó parte del polvo que tenía; tampoco funcionó.
Había llegado demasiado lejos con ella. Aquello solo tenía una solución.
Se apoyó en la mesa y cerró los ojos. Ahora que ella no estaba, el mareo por el vino hacía su aparición.
¡Mierda otra vez!
Aquello lo complicaría todo. Si lo sabría él…
Se aisló de todo lo que no fuera Carolina.
Pensó en sus piernas abiertas. En el vello púbico sedoso, brillante de humedad.
En el olor que desprendían sus dedos todavía mojados de ella.
En el aroma de su pelo y en sus gritos disfrutando del orgasmo.
En aquella mano pequeña acariciándole. En su tacto tibio…
No podía. Eran los efectos del alcohol. Y para poder, tardaría un tiempo que no tenía.
Volvió a apoyarse en la mesa y respiró hondo varias veces, tratando de controlar el dolor de sus testículos.
Bien, tendría que concentrarse en algo. Sudando a mares, levantó los ojos de su erección y comenzó a contar las estanterías que veía.
Cuatro frente a él, seis a su derecha y otras tantas a su izquierda.
¿Qué contenían? «¡Vamos, Ethan, tú puedes!».
Cogiendo aire varias veces, empezó a serenarse poco a poco. Bolsas polvorientas de origen desconocido, un par de cajas colocadas en la parte de arriba, con su nombre y el de su hermano, que seguramente guardarían los recuerdos que Kamballa consideraba dignos de ser guardados.
¿Y la caja de herramientas? ¡Ah, allí estaba!, junto a un panel clavado en la pared del que colgaba una sierra, un martillo y diversos tamaños de llaves inglesas. Estaban perfectamente colocados, y Ethan sonrió.
Aquello era obra de Ben. Tenía tanto sentido del orden como Caro.
Caro…
Su simple recuerdo le provocó otro tirón dentro del preservativo y un gruñido de dolor y frustración.
Joder, otra vez estaba igual. ¡No podía pasar el resto de la Nochebuena en ese estado!
—¿Ethan?
La voz de Gavin le hizo volver la cabeza hacia la puerta. Ah, no. No había entrado, pero estaba a punto.
—Ethan, mira a ver si terminas de una vez, ¡que te necesitamos fuera!
Eso quería decir que se subiera los pantalones. Le dio el tiempo justo a ponerse presentable, antes de que Gavin apareciera delante de él, con cara de búho y ojos que le hacían un examen exhaustivo.
—Madre mía, qué pinta tienes —concluyó, señalándole—. Parece que vienes de la guerra. ¿Ya lo tiraste, o me doy media vuelta?
Ethan no supo a lo que se refería… Hasta que se dio cuenta de que todavía tenía el condón en la mano.
Se apresuró en esconderlo a la espalda y apretó los labios.
—Date la vuelta —murmuró entre dientes—. Y recuérdame que, cuando termine eso tan importante, te estrangule.
—Vale. ¿Con un condón nuevo o con el usado?
Aunque claro que, usado, usado, como que no está…
Es por eso que tienes esa cara avinagrada, ¿no?
Si siempre lo digo: no hay peor cosa que un hombre que no haya podido mojar a tiempo.
Puede que incluso sea malo para tu salud mental.
¿Espero otro rato fuera, por si acaso? Es que…
No pudo continuar. Ethan le estrujó los testículos tan fuerte que a Gavin se le marchó hasta la voz.
—Si quieres aprieto más fuerte —le dijo—. Así podrás comprobar lo malo que es de primera mano, y nunca mejor dicho. O si quieres, podemos salir de aquí de una vez para ver en qué puñetas me necesitáis. Tú decides.
—Tengo tentaciones de dejarte aquí para que salgas más sonriente —bromeó, soltándose poco a poco para pasar un brazo por los hombros de su hermano—. Incluso podría ayudarte si ves que no puedes tú solo.
—Gavin…
—De acuerdo, hombre. —Con una risilla, casi lo empujó al exterior—. Pero creo que me inclinaré por salir de aquí. El ambiente está muy cargado y tú necesitas despejarte.
***
— Gretel se ha puesto de parto.
Y si se atrevía a mirar con más detalle, llevaba ya un buen rato sufriendo.
Carolina se quedó parada en mitad del establo, viendo cómo la yegua yacía de costado mientras Ethan la exploraba con la mitad del brazo embutido en un guante, dentro del animal, y rodeado por Kamballa, Gavin y Maca, que esperaban expectantes.
Rusty se le subió encima para darle la bienvenida a su manera, pero ella le apartó.