Volver a empezar Serie completa 15 La culpa fue de Gretel
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15 La culpa fue de Gretel

RISOTTO DE CALABAZA

Preparación:

Dorar la cebolla picada en la mitad de la mantequilla.

Añadir el arroz y cocinar durante un minuto.

Verter el vino y dejar que se evapore. A continuación, añadir un cucharón de caldo hirviendo y cocinar durante ocho minutos agregando, poco a poco, más caldo y removiendo a menudo.

Por último, cortar la calabaza en dados para incorporarla al arroz y añadir el caldo hasta que el arroz esté completamente cubierto.

Después de unos dieciocho minutos, se retira del fuego para añadir la mantequilla restante, espolvorear con el parmesano y el perejil picado.

Nota a pie de página:

¿Qué hacer cuando tu cabeza toma una dirección completamente diferente a la que debería? ¿Cómo aceptar la pasión cuando esta amenaza con romperte el corazón como si fuera el interior de una calabaza?

¿Cómo se puede alcanzar el cielo desde las profundidades del infierno?

—No nos esperéis despiertos, chicos. Caro y yo tenemos que hablar largo y tendido.

Ethan agarró a Carolina por la muñeca y prácticamente la arrastró hasta el porche. Allí se detuvo un par de segundos para tomar aire fresco, y luego siguió tirando.

—¡Un momento, cavernícola! —exclamó ella, parándose en seco—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Sacarte de ahí.

—¡Estoy descalza!

—Yo también.

Se volvió lo justo para que ella pudiera ver su mirada oscura y siguió caminando.

—¡Espera! —Carolina pisó por el césped con cuidado y alargó una mano que no llegó a tocarle la cara—. ¿Estás enfadado?

—Un poco.

—¿Por el juego?

—En parte.

Carolina resopló y se apartó un rizo de la frente. A él le hubiera gustado quitárselo con la lengua.

—Las reglas son claras —dijo con los brazos en jarras—. Si no estabas de acuerdo, no tenías más que decirlo. Nadie te obligaba.

—Me obligabas tú.

—¿De qué me estás hablando ahora?

De muchas cosas, y de ninguna. Las emociones iban y venían por su cabeza cuando entrelazó sus dedos con los de ella y le señaló la oscuridad más completa.

—Ven conmigo.

Anduvieron en silencio hasta llegar a una pequeña construcción de madera que Ethan abrió y que ella reconoció como un cobertizo en cuanto encendieron la luz.

Pese a tener un montón de estanterías, estas estaban colocadas en perfecto orden.

Una mesa alargada y llena de polvo, ocupaba parte del reducido espacio.

Cuando se giró, Ethan ya había cerrado la puerta.

La miraba a los ojos muy fijamente. Caro sintió un instante de pánico, y otros muchos de creciente excitación.

—No me gusta el strip póker, pero a ti sí —empezó, enredando el dedo en uno de sus rizos sueltos—. Y suelo tener en cuenta la opinión de los demás. En especial, cuando son importantes para mí.

—¿Intentas decirme que soy importante para ti?

—Intento explicarte por qué me presté a esa tontería en vez de traerte aquí mucho antes, que era lo que quería. Estabas tan entusiasmada cuando el juego de todos pasó a convertirse en tuyo y mío, que ni me di cuenta de cuánto me provocabas.

—No quería provocarte.

—Mentira. —Ethan le mostró su sonrisa más cálida y dejó que la yema de su dedo le recorriera la mejilla—. No has parado hasta conseguir que me muera por estar a solas contigo. Pero es que cada vez que te miro, tengo ganas de abalanzarme sobre ti. Pierdo el control. Y no me gusta.

—Cualquiera lo diría.

—No estoy para bromas. —Apoyó las manos en sus caderas y la hizo retroceder un par de pasos en dirección a la mesa. Después deslizó los dedos alrededor de su cuello en una caricia liviana, casi inapreciable—. Si no hago el amor contigo esta noche, reventaré.

La piel de Carolina reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Le rodeó la cintura y coló la punta de sus dedos por dentro de los pantalones, pero él le apartó las manos.

—Espera —cortó, acariciándoselas—. Antes quiero darte las gracias, pedirte disculpas y hacerte una pregunta.

Pero no sabía por dónde empezar. Desvió la cara y carraspeó, pero volvió a mirar a Caro. Ella esperaba, con esa sonrisa que ahuyentaba miedos.

—Gracias por haber tenido la valentía de hablar con Kamballa acerca de mi falta de liquidez —murmuró por lo bajo.

—No es difícil hablar con tu abuela.

—Tú no la conoces de malas. Te arriesgaste a que te dijera dónde puedes meter las narices —añadió, describiendo lentos círculos en el reverso de sus manos con los pulgares—. Perdona por haberme comportado como un burro que no sabe apreciar tus gestos desinteresados.

—Te perdono solo porque te has definido al detalle —rio Caro—. Pero queda la pregunta.

Lo más complicado. Le soltó las manos para rascarse la cabeza, pero luego se las volvió a coger. Cuando mantenía algún tipo de contacto físico con ella, se sentía más seguro.

—Quiero saber por qué no respondiste a Jorge —soltó.

—Ya os lo dije.

—Dijiste que lo hacías porque tenías algo mucho más importante —le recordó con voz queda.

—Sí.

—¿Ese algo era yo?

Otra vez sí. Representaba lo que ella siempre había buscado en Jorge, y nunca encontró.

Le daba estabilidad emocional. Seguridad en sí misma.

La hacía vibrar con cada una de sus sonrisas y sus caricias.

Con él, sentía que podía pasear por una cuerda situada a miles de metros del suelo, sin miedo a caer.

Pero no tuvo valor para reconocerlo.

—Tienes mucho que ver —concedió, desviando la vista.

—Si yo hubiera sido ese Jorge, habría insistido hasta que el móvil estallara —confesó, aunque no tardó en aterrizar en la realidad—. ¿Y si te dijera que nunca sentirás por mí lo mismo que por él? ¿Que no podré darte lo que él te habrá dado?

Caro no supo cómo interpretarle. Si se refería a la indiferencia, no la quería. Como tampoco quería la desidia sexual, o los engaños que ella le había pasado, solo para conservar una relación vacía con la persona equivocada.

—¿Estás hablando de amor?

Le dio miedo la respuesta. Su corazón dio un brinco, para terminar presionándole el pecho cuando él asintió y ladeó la cabeza, como buscando las palabras adecuadas para no meter la pata hasta el cuello.

—No estoy preparado —reconoció—. El amor es el sentimiento más traicionero que existe.

El menos estable. Nos quita la capacidad de decidir y nos vuelve marionetas en manos de la pareja.

En una relación, siempre hay una parte que ama más que otra.

—Carolina solo pudo mover la cabeza en sentido afirmativo.

Sin saberlo, Ethan le estaba relatando su historia con Jorge—.

Tiene el poder de destruir en un momento y crear al siguiente.

Yo no busco eso, Caro. No me gustaría que creyeras otra cosa.

Me siento atraído por tu cuerpo, por tus manos.

Por tu boca. Por tu mente y tu forma de ser.

Sin pensar más allá. Sin permitir que eso estropee la relación que hay entre nosotros volviéndola más hipócrita, con cadenas que terminen por hacernos sentir esclavos el uno del otro.

Aquella idea del amor correspondía a alguien que había sufrido.

Ella lo sabía demasiado bien. Se agarró al borde de la mesa con disimulo para evitar caerse redonda.

No tenía motivo para llorar, ni para sentirse completamente desengañada, y sin embargo así era como se sentía.

Intentó encajar el discurso de Ethan lo mejor que pudo.

Se dijo que él ya le había enseñado su faceta de persona que sabía escuchar.

Que lo que le planteaba era lo más realista que podría aceptar, y que estaba dispuesto a darse la media vuelta si ella daba la más mínima muestra de duda.

Se dijo, una vez más, que era lo máximo que obtendría de él porque era lo máximo que ella quería.

—Eso siempre es mejor que un terremoto o un tsunami. Podré soportarlo —bromeó, posando su palma en la mejilla masculina—. Me has dado bastante más de lo esperado.

—Era lo único que necesitaba saber.

Atrapó su boca con lentitud y le deshizo el peinado con rapidez. Enterró sus dedos entre aquellos rizos perfumados que le obligaban a detenerse en cada sensación, pero nuevamente la parte salvaje de Carolina tomó el control.

Se pegó a su boca con tanta fuerza que, cuando le mordió el labio, él se apartó con un pequeño grito de sorpresa.

—Así no voy a quedar entero —se quejó.

—Se acabó la delicadeza, Brown.

Los ojos azules se entrecerraron. Ethan dejó salir una de sus sonrisas seductoras y asintió.

—Tú mandas —dijo.

Se arrojó sobre ella. Le bajó la cremallera del vestido de un tirón y se quedó embelesado viendo cómo los tirantes se deslizaban por sus brazos desnudos hasta más abajo de los pechos.

Fue un segundo de indecisión que Carolina aprovechó.

Se lanzó sobre sus pectorales morenos y se los mordisqueó, como si tuviera hambre y de repente se encontrara el mejor plato solo para ella.

—Eh —advirtió él, con una risa baja y profunda—. Despacio o te atragantarás.

Eso era lo que quería. La frustración sexual acumulada era demasiada. Ahora, tenía delante una vía de escape atractiva, potente y con ganas de dejarla más que satisfecha.

Le acarició. Recorrió con sus manos los costados fuertes hasta encontrarse con los pantalones, y se los desabrochó para dejarle con aquel bóxer negro que acogía una erección igual de contundente que el resto del cuerpo.

De repente, todo se paró a su alrededor.

Todo desapareció o se hizo invisible. Solo vio los ojos azules oscurecidos por el deseo, derramando toda su lujuria por cada centímetro de su piel caliente.

Sintió las yemas de sus dedos recorrer el comienzo de sus pechos y detenerse en el pezón.

Notó cómo describía lentos círculos hasta endurecerlo, y gritó de auténtico placer cuando la boca de Ethan pasó a chuparlo y lamerlo, mientras la otra mano se llenaba con su otro pecho.