14 Luces y sombras
brOCHETAS DE SOLOMILLO
Ingredientes:
-Aceite, sal y pimienta.
Preparación:
Cortar los solomillos en ocho tacos cada uno y asar el pimiento en el horno hasta que esté bien dorado.
Después, limpiar los champiñones (sin los pies) y partirlos por la mitad, además de cortar las mitades de melocotón en cuartos.
A continuación, formar brochetas alternando la carne, el pimiento, el melocotón y el champiñón.
Salpimentar y marcar en una sartén con aceite.
Nota a pie de página:
La picadura de un insecto malévolo ha tenido el mismo efecto en mi pecho que una brocheta. Lo ha atravesado de lado a lado. Hasta que Ethan decidió seguir el juego sin ataduras, y entonces me olvidé del insecto, del teléfono y de Jorge. No me arrepiento.
Carolina quería jugar.
Con todos en general y con él en particular. La perspectiva era interesante, pero Ethan sintió un escalofrío al ver las chispas divertidas en esos ojos dorados. Él conocía las reglas. ¿Se atrevería ella a cumplirlas?
—Gavin y yo jugaremos juntos —comenzó Maca—. Es evidente con quién quiere formar pareja Ethan, así que Adam, me temo que tendrás que soportar tú solo a la veterinaria. ¿Te sientes capaz?
—Yo creo que sí —respondió el aludido con resignación. En realidad, estaba encantado de soportarla.
—Bien. Ya sabéis. En pareja, se sumarán las jugadas de los dos para compararlas con las del resto.
La pareja que menos puntuación obtenga, tendrá que pagar una prenda…
Y así hasta el infinito. O hasta que acabemos todos en pelotas.
¿Alguna objeción al respecto? —Como nadie dijo nada, Caro se sentó enfrente de Ethan y esperó a que las otras dos parejas hicieran lo mismo para comenzar a repartir las cartas.
Él frunció el ceño. Ay, Dios, que iba a atreverse…
No le quitó los ojos de encima desde el minuto uno.
Cuando se concentraba en aquellos pechos tan cercanos y, a la vez, tan lejanos, perdía la noción del tiempo y de la realidad.
Bebía el vino del vaso cada vez que alguien —a esas alturas no sabía quién— se lo llenaba.
Y comprobó que le encantaba verla tan suelta.
Tan sonriente y tan acalorada.
Porque hacía mucho calor. E hizo más en cuanto la suerte les dio la espalda a las primeras de cambio.
—Hemos perdido la partida. —Lo cual debería asustarla. Más que nada porque tendría que quitarse una prenda. Había un desafío enorme en sus ojos cuando, sin dejar de mirarlo, se quitó una de sus sandalias—. ¿Así os vale? —preguntó, lanzando la sandalia como si estuviera empezando un striptease.
—Tendrá que valer, qué remedio —refunfuñó Maca—. Pero no os vais a librar, que lo sepáis. ¿Seguimos?
Siguieron. El siguiente en tener que desprenderse de algo fue Gavin. Miró con recelo su camisa, pero Maca se le adelantó.
—Si te da vergüenza, siempre puedo empezar yo —insinuó.
—Ni lo sueñes, cariño. Llevo más prendas que tú.
—¿Cómo lo sabes?
Gavin se acercó a ella muy despacio, como si fuera un felino. Guiñó un ojo a Brenda y Caro y, sin ningún disimulo, pasó la mano por los muslos de Macarena hasta llenárselas con su trasero.
—Ahora lo sé —respondió, abriendo y cerrando la boca como si tuviera mucha hambre—. Decididamente, empiezo yo.
Entre risas y silbidos exagerados, se desabotonó la camisa contoneándose como si sonara algún tipo de música y la arrojó a un rincón del salón.
—Oh, oh, Gavin… Estás para comerte…
Fue Adam quién le lanzó un beso tan sensual que Gavin apartó la cara, haciendo todo tipo de ascos al respecto.
—No puedo creer que estés tan necesitado —le reprochó, apretándose contra Maca como si tuviera frío—. Pero si lo estás, solo tienes que mirar al lado, capullo. Brenda está más buena que yo.
Ethan casi escupió el vino que tenía en la boca ahogado por la risa. Pero la mirada fulminante de Brenda se la cortó de cuajo.
Un nuevo coro de carcajadas amortiguó la sarta de palabrotas que ella le dedicó.
Al cabo de un par de horas, las formalidades habían dejado paso a todo tipo de obscenidades dichas en voz alta sin ninguna consideración. Los hombres estaban a medio vestir, y las mujeres con los vestidos por la cintura y el sujetador bien a la vista. Excepto Carolina.
Por lo demás, habían pasado a jugar sentados en el suelo, con las cartas sobre la alfombra.
Ethan era el único que seguía con toda su ropa, pero cuando perdieron la siguiente partida y Caro comenzó a bajarse el tirante del vestido, se levantó de un salto.
—¡Quieta! —gritó, lleno de un pánico absurdo.
—¿No sigo? —preguntó Carolina sin quitar la mano del tirante.
—No. Me toca.
Todas las cabezas se giraron hacia él. Primero desapareció la chaqueta; después, la corbata.
—Te has quitado dos prendas, Ethan.
—Así puedo respirar mejor.
Las cabezas se movieron en dirección a Caro, como si estuvieran en un partido de tenis.
—¿Te asfixias? —le preguntó ella, parpadeando muy despacio. El tirón que él sintió en los pantalones fue tan fuerte que tuvo que inclinarse hacia delante.
Caro se estaba divirtiendo convirtiéndole en un manojo de nervios que no daba una a derechas. Sabía lo que le pasaba y quería sacarle el máximo rendimiento. Pues de acuerdo. Jugarían los dos.
—Tranquila —respondió, recuperando parte de su autocontrol con una media sonrisa—. Cuanto mayor sea el ahogo, mejor será el desahogo.
Gavin y Adam rieron hasta que se les saltaron las lágrimas, Brenda bufó y Maca se limitó a esperar la respuesta de Carolina.
—Estás estresado —le dijo, ladeando la cabeza y dejando en paz el dichoso vestido, por lo menos de momento—. Deberías tomarte las cosas con más calma.
Eso hizo, hasta que solo conservó los pantalones. A esas alturas, el vino había hecho su efecto y todos se trababan al hablar. Pero él parecía haber bebido agua. Ya no prestaba atención al juego. Hiciera lo que hiciese, la siguiente derrota terminaría con uno de los dos en ropa interior.
Y dudaba que Carolina la llevara puesta.
—Habéis vuelto a perder. —Brenda se lo quedó mirando, más que interesada en su pecho descubierto y en la posibilidad de que descubriera lo demás. Tenía los ojos desenfocados, y la cara como si le hubieran dado una docena de bofetadas—. Venga, desnúdate por ella.
—Oh, sí, hombretón —animó Gavin, poniendo voz de falsete, antes de agarrar a Maca por el cuello para comerse su boca delante de los abucheos de Adam—. Venga, que tú puedes.
—¿Qué es lo que puedo?
—Crear buen ambiente, ya sabes… Algo como una orgía.
Su hermano bromeaba. Al menos, por ahí se lo tomó Ethan. No le gustaba un pelo imaginarse la escena, con el cuerpo desnudo de Carolina expuesto a todos.
Sí, sabía que era una de las reglas principales de aquel juego, pero se negaba a compartirla con nadie.
De todas maneras, estaba lo suficientemente excitado como para no parecer un cobarde lleno de prejuicios.
Se puso de pie y se aflojó el cinturón, pero Carolina no estaba dispuesta a dar ese gusto a Brenda.
Se levantó a la vez y empujó uno de los tirantes hacia abajo.
—Caro, pon eso en su sitio.
—Cuando tú te abroches el cinturón.
—Jugamos en el mismo bando, por si no te has dado cuenta —apuntó con ironía. No tenía ni idea de lo que le estaba pasando.
—Por nosotros no lo hagáis, chicos —añadió Gavin, frotándose las manos. Cruzó una mirada con Maca y le susurró algo mientras le deslizaba la mano por debajo del vestido hasta que ella se reclinó junto a su hombro y suspiró—. Es mucho más interesante veros de rivales.
Ninguno de los dos le hizo el menor caso.
—Has bebido demasiado vino —insistió Ethan, con el ceño fruncido y los puños apretados.
—Estoy con el puntillo. Graciosa, como a ti te gusta.
Tenía mucha chispa, sí. La suficiente como para incendiar el bosque entero.
—Caro…
—Ethan…
—¿Quieres guerra? —preguntó, entrecerrando los párpados.
—¿Y tú?
Tiró del cinturón y lo arrojó al suelo sin dejar de mirarla.
Ella respondió al desafío bajándose la cremallera del vestido.
Él empezó a sudar. Si hasta entonces se había controlado, el sonido persistente y rasgado de los dientes metálicos estuvo a punto de hacerle gritar.
—Caro, no sabes de lo que soy capaz… —amenazó, llevándose la mano al botón del pantalón.
—Tú tampoco.
—Cuidado, Ethan —advirtió Maca, guiñando un ojo—. Mi hermana es muy fan de no dejar nada a medias.
En la boquita de Carolina apareció una sonrisa muy malvada. Y misteriosa. Y sensual. Tanto que, cuando se dio cuenta de que el tirante bajaba, ya se veía más de la mitad de un pecho.
—Se acabó.
Lo dijo con una voz oscura y áspera que no acobardó para nada a Carolina. La sensación de ligereza mental le gustaba. Como la impresión de que él estaba perdiendo algo más que la partida.
—¿Por qué? —preguntó, haciéndose la inocente—. Ahora que me empezaba a divertir…
A él le faltó tiempo para ir hacia ella, ponerla de pie y volver a subirle la cremallera del vestido.
Una cosa era contemplar cómo Brenda y Maca se quedaban en pelotas, y otra muy diferente que los otros pudieran hacer lo mismo con Caro.
Con su Caro.
—Si quieres diversión, yo te la doy —le susurró al oído—. Estoy más que preparado.
Con todo el disimulo posible, adelantó las caderas para que ella pudiera notar su erección en el trasero. La escuchó contener la respiración, y sonrió.
Pero la sonrisa se le borró de la boca en cuanto vio cómo Brenda se levantaba, asesinándolo con la mirada.
—No me va a gustar veros follando en mitad del salón —dijo con voz pastosa. Se vistió con torpeza y apenas atinó a calzarse—. Me marcho.
Nadie se lo impidió. Se fue a la salida tambaleándose, pero Adam la siguió.
—Que paséis buena noche —deseó atropelladamente.
Interceptó a Brenda justo antes de que ella se montara en su coche. Sin ningún tipo de consideración, la agarró del brazo y la apoyó en el capó. No parecía lo suficientemente sobria como para mantenerse en pie, y eso le enfadó.
—No pienso dejar que conduzcas —afirmó.
—¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer? ¿Seguir jugando hasta verme medio desnuda como esa que sigue ahí dentro con Ethan?
—Te has pasado con la bebida —insistió Adam.
—Y tú con todo lo demás.
Brenda se soltó, pero se tambaleó tanto que Adam volvió a sujetarla. Él también había bebido. Lo suficiente como para destapar sentimientos sin miedo a las consecuencias.
—Las dos últimas horas has hecho el ridículo ahí dentro —le recriminó, señalando la casa de Kamballa—. ¿Se puede saber qué te pasa?
—¿Y a ti?
—A mí, nada. Intentaba disfrutar del juego, pero tú me lo has chafado.
—Ya. Del juego —añadió Brenda, chasqueando la lengua—. ¡Solo me ha faltado ponerte un caldero para recoger tus babas cuando la española se quitó las sandalias!
—No te das cuenta.
—¿De qué?
—Terminarás sola y amargada —siguió él, lanzándole una mirada llena de compasión—. Tú no eres así.
—¿Qué mierda sabes tú cómo soy? ¡Saliste de lo peor de Stubborn!
—Sí —afirmó Adam, sin que el comentario le afectara lo más mínimo—. Por eso sé distinguir cuándo una persona es mala por naturaleza, y cuándo se dedica a patalear para seguir detrás de un muro muy débil. Con un solo soplido, podría derribar el tuyo.
—¿Y qué ibas a hacer después, cerebro de mosquito? ¿Apagar el fuego con tus pezuñas?
Adam soltó una exclamación y cerró los puños. Le estaba costando horrores no tratarla como si fuera una niña pequeña.
—¿En algún momento vas a dejar de insultar, o piensas seguir así el resto de tu vida? —murmuró, intentando que la discusión no se le fuera de las manos.
—Ah, que era un insulto… Yo pensaba que hablábamos de tu estado natural.
—¡Bueno, ya está bien! —La expresión habitualmente risueña de Adam desapareció con tanta rapidez que Brenda se asustó.
Pero no le dio tiempo a reaccionar y se vio atrapada entre sus manos—.
Si hay alguien aquí que está fuera de juego, eres tú.
Si hay alguien que se merece un escarmiento, eres tú.
¡Y si hay alguien por quien yo pueda babear, eres tú!
No me preguntes por qué, pero me gustas, Brenda.
—La besó con dureza. No le sorprendió demasiado que ella le correspondiera.
Estaba borracha. Entraba dentro de lo posible que no supiera lo que hacía—.
Y has acabado con mi paciencia —añadió, besándola otra vez.
Pues no, no se separaba ni soltaba aquella lengua mortal que tenía para otra cosa que no fuera juntarla con la de él.
Aquel beso fue más largo, menos duro y mucho más dulce—, con mi sentido común y con mi buen comportamiento —concluyó en voz baja, repitiendo el beso por tercera vez.
Sintió las manos de Brenda en torno a su cuello y la abrazó.
¿Qué más daba que todo fuera por culpa del alcohol?
Mejor así. A la mañana siguiente ella no se acordaría, pero él sí.
La separó para recuperar la respiración y la miró.
Tenía los ojos vidriosos y los labios muy rojos.
Estaba desorientada. Y él no pudo aprovecharse más de la situación—.
Ahora que ya lo sabes, puedes estrellarte contra un árbol si quieres, o esperar a que se te pase la borrachera.
Puedes hacer lo que te dé la real gana contigo, conmigo.
Con nosotros. Pero antes, piensa en Ethan.
En mí y en el pequeño detalle de que has respondido a cada beso que te he dado.
Buenas noches y feliz Navidad para ti también.
Brenda vio cómo desaparecía en su coche y se quedó inmóvil.
Adam se había marchado después de haberla besado. Después de haberle confesado lo que sentía por ella y sabiendo lo que ella pensaba al respecto.
¡Qué imbécil!, pensó con desprecio. ¿De verdad creía que tenía alguna posibilidad con ella?
Brenda se frotó la cara con las manos. En otras circunstancias, ni siquiera le hubiera dejado acercarse a ella. Pero estaba borracha, y él se había aprovechado.
Daba igual, concluyó. Adam era un ser insignificante al lado de todo lo hecho y, sobre todo, de lo que todavía quedaba por hacer.