Volver a empezar Serie completa 13 Nadie como Santa Claus #3
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13 Nadie como Santa Claus #3

—Hola, Ethan —murmuró con una pequeñísima sonrisa.

—Hola, Caro. ¿Dormiste bien conmigo?

—De un tirón. ¿Y tú?

—Cuando me miras así, tengo tirones en más de un sitio —bromeó, abarcando con su palma la mejilla maquillada de Caro.

—¿Qué tal el koala?

—Lamentablemente, tuerto. No pudimos salvarle el ojo.

—Lo siento por él y por ti. Habrás tenido un mal día.

—Va mejorando. —La apartó lo justo para volver a saborearla con los ojos, pero luego arrugó el ceño—. Ya veo que seguiste mi consejo y te vestiste de… etiqueta.

—Maca me lo regaló esta mañana.

—Insinúa mucho y enseña todavía más. Si querías volverme loco, lo hubieras conseguido con bastante menos —apuntó, sin hacer caso del murmullo de ella—. No hacía falta ese escote por el que cualquiera puede verte hasta los dedos de los pies.

—¡Eh! —Carolina apretó los labios. Qué curioso. Con unas cuantas palabras había conseguido enfadarla más que con toda la escenita entre él y Brenda—. Te estás comportando como un tío posesivo. Y no me gusta un pelo.

—Pues a mí me encanta. No hago más que imaginarme lo que llevas debajo.

Estás preciosa —continuó él. Utilizó una de aquellas sonrisas devastadoras y Caro dejó de pensar en posesiones para centrarse en sus ojos.

Nadie la había mirado así nunca—. Pareces una pantera negra.

Elegante, sensual y preparada para seducirme. Solo a mí, claro.

—¿Perdona? —insistió, parpadeando con perplejidad absoluta.

—Te perdono, te perdono. Pero estos espectáculos en privado, por favor. —Ethan llevó las manos hasta su cintura y la aupó a la encimera de la cocina. Su expresión se volvió más intensa. Como la de un depredador—. Despéjame una duda: ¿ese pintalabios es permanente?

—Sí. Odio que horas de trabajo con el maquillaje se vayan con una servilleta porque…

Su boca se encontró con la de él de sopetón. Con sus labios que se movían en un beso repentino pero fuerte, y con su lengua que comenzó a buscar la de ella para enroscarse, pelear y, finalmente, acariciarla.

Él pasó un brazo por su cintura y llevó la otra mano a su nuca. Quería explicarle lo mucho que le atraía. Que no se encontraba en ese estado de continua efervescencia con una mujer desde hacía años. Quería…

Cuando se apartó, el pintalabios seguía en su sitio, pero la cabeza de Caro no.

—Un adelanto —le susurró al oído, antes de ayudarla a bajar de la encimera—. Vamos a cenar. Creo que los demás nos están esperando.

Brenda había vuelto y parecía tranquila. Carolina aparentó normalidad y la ignoró, pero estaba tan distraída que apenas prestó atención a las explicaciones de Kamballa acerca de los platos de la cena.

—Es un menú variado —decía, echándose hacia atrás en la silla con gesto cansado—. Aquí hay jamón dulce, ensalada, pudding bien calentito y carne fría. Y también filetes de canguro poco hechos con patatas fritas, aunque entenderé que tengáis prejuicios.

—Kamballa tiene una mano buenísima con la cocina —añadió Adam—. Brenda y yo nos apuntamos siempre en Nochebuena.

Manos. Las de Ethan deslizándose por su cuerpo. Provocándole aquel dolor tan agudo como repentino entre las piernas. Algo que…

Sonaba un móvil. Y Carolina estaba tan ensimismada en sus pensamientos que tardó en reconocer que era el suyo.

—Caro, ¿no contestas?

La inocente pregunta de Gavin alcanzó proporciones bíblicas en cuanto ella miró la pantalla. Frunció el ceño, se acercó el móvil como si no se fiara mucho de lo que veía, volvió a dejarlo sobre la mesa y miró a Ethan, sentado enfrente de ella.

Él sí había visto el nombre que aparecía en la pantalla. Casi ni pestañeaba, pero la empujaba en silencio a tomar una decisión que condicionaría lo que pasara después.

—Solo es Jorge —concluyó, sin apartar sus ojos de los de él—. Esto es mucho más importante.

Colgó. Y una calidez infinita la recorrió de arriba abajo cuando vio el gesto de aprobación y orgullo de Maca. Ethan movía apenas las comisuras de los labios, acariciándola con aquellas pupilas brillantes de satisfacción que volvían a recuperar su tono normal.

Ella no sintió remordimientos, ni la llamada se repitió, pero apenas cenó, porque por mucho que intentara distraerse con el resto, sentía esa mirada penetrante calando muy hondo.

Más allá de su vestido o de su piel. Taladrándole el corazón.

Cuando recogieron la mesa y Kamballa anunció que se marchaba a dormir en compañía de Rusty porque era demasiado mayor para trasnochar, Carolina se sentía como si el sol la hubiera abrasado. Pero Maca le dio un codazo y despertó.

—¿Qué?

—Ya sabes… Venga…

—¡Ah, sí! —Caro cogió la llave que Maca le dio y se levantó de la silla—. Ahora vuelvo.

Regresó con un maletín negro y una sonrisa de oreja a oreja con la que Ethan comenzó a ponerse nervioso.

—Gavin, ¿Kamballa tiene bebida?

—Solo tiene vino. Eso sí, del Valle de Barossa .

—Servirá para calentar el ambiente. En mi país, después de la cena de Nochebuena solemos jugar a algo.

—¿Qué propones? —preguntó Ethan con voz aguda.

—El póker —dijo Carolina, vaciando el maletín sobre la mesa—. El Strip Póker.