13 Nadie como Santa Claus #2
—Qué emoción. Tenemos una representación de la Pasarela Cibeles en Australia —canturreó Brenda.
—Cuidado, Pocahontas. Como no te controles, tu John Smith te va a patear el culo.
Maca se refería a Ethan. El hombre más guapo que había sobre la faz de la Tierra y parte del sistema solar.
O eso le pareció a Carolina. Toda su seguridad se quedó en la puerta en cuanto lo tuvo delante.
Tenía la mandíbula apretada, conteniéndose por algo que se le escapaba.
Lo pudo ver porque estaba recién afeitado.
Por una vez, llevaba el pelo asentado, y el efecto fue todavía más impactante que vérselo alborotado.
Con aquella camisa azul oscuro, a juego con sus ojos, perfectamente colocada, para variar.
Si los vaqueros le quedaban como un guante, con el traje al completo era como un camión de testosterona envuelto en papel de regalo.
Carolina podía sentir a su alrededor el poder que desprendía aquel cuerpo y el claro mensaje que le transmitía su mirada.
La quería para él. Esa noche, y todas las demás hasta que el tiempo se les acabara.
Pero antes, Ethan tenía que arreglar algo.
Pasó por su lado sin ni siquiera saludarla, agarró del brazo a Brenda y cruzó el salón.
—Disculpadnos un momento.
Lo dijo tan rápido y tan bajo que ninguno pudo responder antes de que él la arrastrara hasta más allá del porche, donde nadie les pudiera oír.
¡Mierda! El vestido de Carolina le había puesto tan frenético que el calor le impedía pensar con su claridad habitual.
—¿Qué pasa?
—Te lo voy a decir solo una vez. Si vuelves a meterte con Carolina, te echo de aquí.
—Es ella la que aprovecha que tú solo piensas de cintura para abajo.
Ethan entrecerró los ojos y se pasó la mano por el pelo. Con toda probabilidad, no era la mejor ocasión para una conversación como aquella, pero ya había empezado.
—A ti tiene que darte lo mismo con lo que pienso —advirtió, levantando el dedo índice en su dirección—. Solo preocúpate de dejarla en paz.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que descubra lo que pasó entre nosotros?
Ahora le venía con esas…
—¿Otra vez? —preguntó con aburrimiento—. Ya lo hablamos en su momento. Creí que todo había quedado claro.
—Sí por tu parte, no por la mía. —Él dejó que le acariciara el cuello porque estaba muy ocupado intentando descifrar el brillo extraño que Brenda tenía en los ojos.
—Sueles tener un carácter muy voluble, pero lo de ahora mismo ya es pasarse —apreció, apartándole la mano—. ¿Qué te has metido?
—He bebido un par de copas en el Cheers antes de venir.
—¿Has conducido borracha?
—Veo que te preocupas por mí.
Como lo haría por cualquier persona que le importara. Solo que Brenda se empeñaba en entenderlo de otra manera y había buscado el momento menos apropiado para sacar el tema a colación. Ahora sonreía como si fuera una psicópata. Empezaba a darle miedo. Retrocedió, pero ella volvió a acercarse.
—No tergiverses las cosas —le advirtió.
—Esa tiparraca se ha metido en medio de lo nuestro —continuó ella.
—No fue nada nuestro. Y si la insultas otra vez, te tragas la lengua.
—¿Vas a decirme que no quisiste acostarte conmigo?
—No. Voy a decirte que ese día necesitaba precisamente eso, pero que terminó casi antes de haber empezado.
—Brenda levantó el mentón intentando mantener el tipo, pero se le notaba demasiado cómo le temblaba el labio o cómo le brillaban los ojos—.
Voy a decirte que fue un polvo de una noche, y que no interfirió en nuestra relación profesional, al menos por mi parte.
Voy a decirte que, fuera de la clínica y del refugio, no quiero nada contigo y sí con Carolina.
Y voy a decirte que te alejes de ella a la de ya.
—¿Por qué? ¿Crees que voy a matarla?
La simple palabra le provocó un escalofrío. Ethan prescindió de las buenas formas y volvió a clavarle los dedos en el brazo.
—Otro día te cuento lo que creo que has podido y querido hacerle —siseó—. Ahora, limítate a mantener la boca cerrada.
—¡No quiero callarme para que ella crea que no piensas en mí! —chilló Brenda, librando su brazo de un tirón.
—¡Es que no pienso en ti!
—Mentira. Cuando trabajamos juntos, me miras de una manera muy especial.
—Te miro como a una compañera.
—¿En tu vida?
—¡En el trabajo! —gritó, sacudiéndola con fuerza para ver si así recuperaba el sentido común—. ¿Cómo quieres que te lo diga?
—Así estaría bien. —Brenda se enganchó a su cuello y se restregó contra él. Ethan intentó despegarse sin hacerla daño, pero no pudo—. Quiero que me digas todas aquellas cosas sucias que me dijiste aquel día.
—Yo no te dije nada sucio…
—En tu boca, sonaba muy sucio —siguió ella. De repente, su voz sonó insegura—. Quiero que volvamos juntos.
—Nunca estuvimos juntos.
—¡Quiero que me mires como a una mujer! —gritó, desesperada cuando él consiguió separarla—. ¡Como la mirabas a ella!
Hablaba de Hannah. Ethan sintió tal oleada de náuseas que a punto estuvo de vomitar allí mismo. No pudo, porque un murmullo a su espalda le hizo girarse.
Carolina estaba parada en el porche, clavándole esos grandes ojos dorados llenos de sorpresa, antes de desaparecer.
Él apartó a Brenda de un empujón y corrió detrás, rumbo a la cocina de Kamballa.
No la dejó reaccionar. Le quitó una fuente llena de comida de las manos y se la dio a su abuela.
—Déjanos solos.
Fue una orden. Cerró la puerta y la atrapó entre sus brazos hasta tener la espalda de Caro pegada a su pecho. Una espalda que ahora temblaba y se retorcía.
Supuso que estaba enfadada, pero no dejó que se fuera. La apretó más fuerte y apoyó la barbilla en su pelo.
—Lo que acabas de escuchar no son más que las salidas de tono de alguien que acepta muy mal el rechazo —empezó—. No quiero verte llorar.
—No voy a llorar.
—Fue hace un par de meses, un sábado por la noche —continuó él—. Necesitaba estar con una mujer y, contra todo pronóstico, apareció ella. Me confesó que yo le gustaba desde hacía tiempo y me aproveché. Sé que suena fatal, pero es la única explicación que puedo darte.
—No tienes que darme ninguna explicación, Ethan. Puedes hacer lo que quieras.
—Es que lo que quiero hacer tiene mucho que ver contigo. Ella no supone nada fuera del trabajo. Y después de esto, tampoco dentro.
Caro se quedó quieta. Él dejó salir el aire de sus pulmones poco a poco. Le escuchaba; para él, era suficiente.
—No he dejado de pensar en ti en todo el puñetero día —siguió, recorriéndole los brazos desnudos con las manos—. En cómo estaría tu herida. Si me echabas de menos.
Carolina suspiró. Había escuchado y visto toda la escena, pero debía ser realista.
No la había engañado porque entre ellos no había nada que fuera susceptible de engaño.
Y sin embargo, lo tenía pegado a su espalda, con el fuerte aliento de sus palabras cayendo sobre su ridículo ataque de celos para pulverizarlos.
Sonrió muy a su pesar e inclinó la cabeza hacia delante.
—Mi herida está perfectamente y yo también —respondió.
—¿Me dejas verla?
Ethan comenzó a bajarle la cremallera antes de darle tiempo a responder.
Muy despacio, produciendo un sonido rasgado y suave que se filtró en la mente de Carolina paulatinamente.
Estaba acostumbrada al poder de convicción de ciertas palabras dichas en el momento justo, pero esta vez no llegaron.
Porque él no era Jorge. Ni siquiera se había inventado alguna excusa patética que la hubiera hecho parecer tonta.
Sus métodos de seducción eran más contundentes: la verdad, la preocupación sincera y aquellas manos que apartaban la parte derecha de su vestido para masajearle el hombro y, de paso, provocarle escalofríos.
—Está curando bien —dictaminó, con la boca muy cerca de su oído. Dejó caer sus labios allí y luego le subió la cremallera de un tirón—. Después la miramos con más detalle.
Sin soltarla, le dio la vuelta.
—Brenda es un mal bicho —insistió—. Solo quiere meter cizaña entre nosotros.
—Ya te dije que le gustabas.
—Y yo te dije que ella a mí, no.
Estuvieron un rato mirándose en silencio. Los ojos de Caro se aclararon. Los de Ethan, volvieron a oscurecerse.
—Antes saludaste a todos menos a mí —murmuró él con la voz ronca.
—Eso no es verdad. A Brenda tampoco le hice caso.
—Ella no cuenta. Para nada.
Si volvía a repetirlo, terminaría por derretirse.