13 Nadie como Santa Claus
ENSALADA DE PERAS
Preparación:
Se pela la pera, se le retira el corazón y se trocea, para rociarla con el jugo del limón.
Se corta el queso en escamas, los granos de uva por la mitad y se les extrae las semillas.
A continuación, se vierte la ensalada en una fuente junto con el queso, la pera, las uvas y las nueces.
Antes de servir, se le añade el aceite y el vinagre, se salpimenta y se mezcla con cuidado.
Nota a pie de página:
Hoy al fin he comenzado a ver a Ethan. A extraer sus semillas para mezclar su interior con mis inquietudes. Por eso escribo su nombre por primera vez. Lo reconocí en su atractivo, en su mirada penetrante que hablaba sin parar. Solo he podido pensar que, en comparación, nada es más importante.
—Los «villancicos a la luz de las velas» de Melbourne. No me digas que no te suenan de nada porque son «hiperfamosos» en el mundo entero.
—Macarena, ¿de dónde te crees que salgo?
—A saber… ¿No son emocionantes?
Carolina se centró en el Adeste Fideles que un nutrido grupo de transeúntes comenzaba a entonar en perfecta sintonía en la televisión. A ella lo único que la emocionaba a aquellas horas de la noche era la dichosa nota.
La acarició con los dedos sin conseguir tranquilizarse y se fue al baño para quitarse la toalla húmeda del pelo. Luego la desdobló y la volvió a leer por enésima vez:
Hola, Caro.
Hoy tienes el día libre en el trabajo por prescripción médica.
Yo estaré con Brenda, operando al koala medio ciego. ¿Te acuerdas que te hablé de él? Intentaremos salvarle el ojo, aunque será complicado.
Por la tarde tengo otros asuntos que atender con Gavin, así que ni siquiera podré pasarme por el refugio. Menos mal que te veré esta noche.
Lo estoy deseando. En todos los sentidos que esta palabra pueda tener para ti.
Os esperaremos vestidos de etiqueta. Macarena y tú podéis ir en el coche de mi hermano.
Acuérdate de llevarte tu pijama, que hoy dormimos allí.
¡Ah, se me olvidaba! Te diré que por aquí se estila un modelo de Santa Claus un poco sui generis.
Se le llama Swag Man, y lleva una camiseta azul y pantalones cortos, en plan playero, ya sabes.
Pero no te preocupes. En casa de Kamballa no hay niños y todos tenemos demasiado sentido del ridículo como para aparecer así por allí.
Besos,
Ethan.
PD: Adam y Brenda siempre nos acompañan. Espero que no te importe.
La nota convirtió su cabeza en un lío de sensaciones.
Impaciencia por verle, cabreo sublime al pensar que Brenda estaba con él, y un ligero malestar que fue creciendo a medida que se imaginada sentada en la misma mesa que la veterinaria oftalmóloga, manteniendo el tipo por consideración a Kamballa y al resto, cuando terminaría por sentirse muy pequeña al lado de la australiana. Insignificante.
El tema no mejoró cuando Maca apareció para decirle que, al final, Ethan sí que había denunciado el incidente del lago. Carolina acabó teniendo tal embotamiento mental que se llevó a Maca a la calle y solo volvieron al apartamento de Gavin para prepararse.
Ahora se miraba al espejo. Y lo que vio la asustó. Porque tenía los ojos brillantes y los labios entreabiertos. Como si esperara algo, cuando sabía de sobra que no debía querer más de lo que se le ofrecía.
Él. Su cuerpo espectacular, lleno de cruda sensualidad. Su cama, y todo lo que pudiera disfrutar de esa combinación.
Hasta ahí podía leer.
—¡Caro! ¿Ya estás lista?
¿Cómo iba a estar lista si se pasaba el tiempo dándole vueltas a la cabeza?
Carolina sacó el vestido que aquella mañana le había regalado Macarena, y se lo puso.
Después se secó el pelo, se lo recogió en lo alto de la cabeza de manera informal, dejando unos rizos sueltos sobre las sienes y la nuca, y se aplicó un poco de maquillaje.
Dudó entre varios pintalabios, pero al final optó por el contraste.
Maca silbó cuando la vio, como si fuera un albañil a punto de echarle un piropo.
—Madre mía…
—¿Qué?
—¿Tú te acuerdas del dibu buenorro que representaba a la mujer de Roger en la peli «¿Quién engañó a Roger Rabbit?
». Pues su sex appeal no le llega al tuyo ni a la suela del zapato.
Vas armada con artillería pesada. —Carolina bajó la cabeza para recoger toda aquella inyección de seguridad que tanta falta le hacía.
Porque, para qué engañarse, la imagen que le había devuelto el espejo era la provocación andante.
Buscaba que Ethan babeara, y por la expresión de Maca, supo que lo conseguiría—. Estás espectacular.
—Pues anda que tú… Cuando te veo así, hasta pienso que puedes llegar a ser normal. Estás hecha todo un pibón.
Era verdad. Aquella noche su hermana pequeña parecía otra. Dejando a un lado su color de pelo chillón y su maquillaje a juego, Maca lucía un ajustado vestido rojo que le llegaba por las rodillas, y unas sandalias con unos tacones de vértigo que estilizaban aún más su figura.
—Vas a triunfar —puntualizó Maca, cogiendo el móvil para buscar el icono de la cámara de fotos—. Yo sé de uno al que se le caerán los pantalones y se le levantará la poll…
—¡Macarena!
—A la Quiero y no Puedo le saldrá un quiste en el culo cuando te vea, de esos que supuran. Solo con imaginarlo estoy deseando que empiece la cena —continuó Maca, terminando por hacerla reír—. Por cierto, ya hablé con mamá.
El cambio brusco de tema acabó con la diversión.
—¿Y?
—Nada. Me encargó que te diera un beso y me dijo que tenía muchas ganas de hablar contigo.
—La había decepcionado. Con un simple encogimiento de hombros, Macarena se levantó de la cama y la besó en la mejilla, pero cuando se separó, volvía a estar igual de alegre que siempre—.
¿Nos hacemos un selfie y lo colgamos por ahí?
A Carolina le entró el pánico. Su hermana pareció leerle el pensamiento, porque le rodeó los hombros con un brazo y puso la pantalla del móvil delante de ellas antes de que pudiera reaccionar.
—Ni se te ocurra decirlo —amenazó, presionando la tecla.
—Jorge puede verlo.
Vaya. Lo había dicho. Macarena la miró fijamente.
—Que le den —proclamó.
—Ethan también puede verlo.
—Caro, Ethan no es como Jorge.
—¿Cómo sabes que no terminará haciendo lo mismo que él? —preguntó, sin importarle que acabara de contemplar la posibilidad de que hubiera algo más entre ellos. Macarena la abrazó. Había mucho de valentía, de ánimo y de comprensión en ese abrazo. Y se aseguró de que Carolina lo recibía.
—Porque tú le importas tanto como él a ti —respondió—. Ahora vamos, que se nos hace tarde.
Cogió una pequeña mochila con lo necesario para cambiarse de ropa y pasar la noche en casa de Kamballa y arrastró a Carolina hasta el garaje.
***
—Ethan, Caro no es como Hannah.
—A lo mejor por eso te gusta tanto.
Ethan dejó el nudo de su corbata por imposible y se dedicó a mirar alternativamente a Gavin y Adam a través del espejo de su cuarto. Una habitación con una gran cama que aquella noche Carolina y Macarena compartirían, mientras él y Gavin ocuparían otra más pequeña, con dos camas.
Kamballa tenía una mentalidad muy abierta, pero había ciertas fechas a lo largo del año en las que debían mantener las formas, y esa era una de ellas.
—¿Cómo estáis tan seguros? ¿Cómo sabéis que no acabará haciendo lo mismo que Hannah?
—Porque tú le importas tanto como ella a ti.
Tenían ganas de bromear, pero él empezaba a planear ahogarles en la laguna cuando escuchó el ruido de un coche aparcando a la entrada.
—Creo que Brenda ha llegado ya. Voy a saludarla. —Rio Adam, dejándoles solos.
—Gavin.
—Dime.
Ethan carraspeó. Si era verdad que le importaba a Caro, lo más sensato sería ayudarla con las maletas y pagarle él mismo el billete de regreso a España cuanto antes.
Pero no solo no se veía capaz, sino que se sentía cada vez más enganchado a ella.
A la tranquilidad que le proporcionaba saber que, por muy duro y largo que hubiera sido su día, ella estaría ahí.
—No hablábamos de Hannah por estas fechas desde que se fue —dijo.
—Si quieres seguir hablando de ella, mejor hazlo conmigo. No creo que sea buena idea que Caro se entere de todo en un día como hoy.
Le empujó a la salida, pero él se quedó clavado en la puerta.
—Gavin —repitió.
—Dime.
—Caro no sabe nada, pero se lo contaré.
No podía especificar cuándo, ni de qué manera, pero sería la primera chica con la que hablaría de Hannah a las claras.
Con esa idea en la cabeza para darle una seguridad pasajera, entró en el salón y saludó a Brenda con un par de besos fríos, pero al escuchar el timbre, las palmas de las manos le sudaron, el corazón le brincó dentro del pecho y pensó que su respiración se oiría en el otro hemisferio.
—¡Hola, Macarena! —Era la voz de Kamballa que acompañaba a las chicas al salón—. ¡Caro, cariño! ¿Cómo te encuentras?
—Perfecta. ¿Te ayudo?
—¡De eso nada! Vosotras quedaos aquí. Sois mis invitadas.
Ethan solo podía ver la espalda de Caro. Una espalda cubierta hasta el cuello por lo que parecía ser un vestido sin mangas muy soso, que desapareció entre los brazos de Adam y Gavin cuando las saludaron al unísono.
Cuando Carolina se volvió sonriente hacia él, fue incapaz de moverse, de hablar y hasta de respirar.
Se le secó la boca con aquel vestido negro, completamente pegado al cuerpo hasta los pies con una abertura lateral hasta más allá de medio muslo.
Quiso meterse de cabeza en el escote en forma de V que empezaba en los tirantes y terminaba en…
¡Un poco más y terminaría en los tobillos! Carolina estaba espectacular. Natural y elegante. Enseñando buena parte de sus pechos sin que pareciera vulgar.
Iba a hiperventilar de un momento a otro.
Aquel escote le provocaba vértigo. Si se asomaba, se caería en él.
Ethan estuvo a punto de abalanzarse sobre Caro y repasarle a conciencia esa boca roja delante de todos, tumbarla sobre la mesa llena de comida como si fuera un plato más, arrancarle el vestido y darse un atracón con ella, tanto por la vanguardia como por la retaguardia.