12 Lazos de familia #3
Todas sus ilusiones se fueron al garete cuando la vio. Al parecer, el agotamiento de Caro era más grande que su apetito.
Se había quedado completamente dormida, y él no tenía corazón para despertarla.
Mientras el cerebro se le enfriaba junto a la pizza en el salón, comenzó a pensar que no tenía tranquilidad desde que Carolina había pisado el suelo de su casa. Y lo más patético era que no quería tenerla.
No. Quería sentirse como se sentía. Preocupado, colérico y protector. Quería sentirse vivo.
En cuanto terminó la pizza, regresó a su lado, se puso el pantalón del pijama y empujó a Caro con cuidado para que su hombro herido no se resintiera.
Se acurrucó a su lado. Procuró no arrimarse demasiado a ella para no tocarle la herida. Ni la espalda. Ni ese precioso trasero o aquellas piernas que le habían aprisionado en el campo.
En resumen, no quiso hacer otra cosa que no fuera oler su perfume, sentir su respiración acompasada y dormir.
***
—Han estado a punto de matar a mi hermana. Necesito mimos.
Gavin se acurrucó en la cama, de frente a Macarena, y la acunó entre sus brazos. Si quería mimos, allí estaba él, preparado para cualquier contingencia de lloros, tacos a diestro y siniestro, gritos o apasionamiento.
Todo eso había estado oculto durante su fogoso encuentro sexual. Pero ahora que ese tipo de necesidades acababan de quedar cubiertas, afloraba el miedo de Maca por su hermana. La incertidumbre e incluso las intenciones de regresar a su país para mayor seguridad.
Lo leía en sus ojos, aunque no se lo dijera. Maca era tal y como se había mostrado por Messenger. Extrovertida, fuerte, decidida y muy sensual. Eso por no hablar de las cosas que hacían en la cama. Y sobre la alfombra, y en el sofá…
Aprovechaba toda la pasión que había en él de varias e imaginativas formas que no parecían terminar nunca.
Maca era insaciable, y él estaba encantado de poder satisfacerla, tanto en el sexo como en todo lo demás.
A ella le encantaba hablar si él escuchaba.
Contar chistes si él se los reía. Ir de un lado a otro sin estarse quieta siempre que él la acompañara.
Y besar. Se besaban mucho. Casi a todas horas. Sin importarles que estuvieran solos o con compañía.
Gavin nunca se había enamorado. Pero estaba convencido de que eso era lo que sentía por Macarena.
Por eso le mataba verla así de triste. Y le resultaba tan extraño comprobar que realmente se abría a él sin tapujos, que la apretó más fuerte contra su pecho.
Dormían desnudos. Su única intención era tranquilizarla, pero al notar la piel caliente y suave en pleno contacto con la de él, empezó a excitarse otra vez.
—¿No vas a llorar o a soltar esas palabrotas en tu idioma? —le preguntó.
—No. Estoy demasiado asustada hasta para eso.
—Al parecer todo fue un accidente. —Gavin la sintió temblar y dejó pequeños besos allí donde antes la había acariciado—. Ethan y yo interpusimos la denuncia correspondiente.
—Eso servirá para que anden con más cuidado, pero también para que Caro se enfade. Ella no quería denunciar.
—Pero él sí. Es más: yo diría que lo necesitaba.
Maca asintió y se apoyó aún más en el pecho de Gavin. Necesitaba sentirse segura, reconfortada. Y allí, en su pequeño fortín y con su hombre proporcionándole calor, era así como se sentía.
—Estoy preocupada por ella —jadeó, apartándose para poder mirarle a los ojos—. Tiene mucho miedo.
—Mi hermano también. Pero lo esconde.
—Es que Caro acaba de dejar una relación muy tóxica y desconfía de todo el mundo —replicó Maca, con el ceño fruncido. Afortunadamente, parecía más relajada—. En circunstancias normales, se habría echado a llorar incluso contigo.
—¿De mí también desconfía?
Ella se encogió de hombros y pasó sus manos por el pecho de Gavin hasta más abajo del ombligo. Cuando encontró lo que buscaba, sonrió con malicia, provocando que él temblara.
—Solo debería importarte lo que yo opine al respecto —dijo con un resoplido, volviendo a acurrucarse junto a él—. Yo confío en ti. Pero ahora necesito consuelo. Cuando la vi en la cama, tan pálida, con la herida en la espalda…
Gavin le puso un dedo en los labios para hacerla callar.
—Ya está, Maca. No sirve de nada recordarlo ni aventurar lo que pudo haber pasado y no pasó. Escucha —le pidió con voz suave—. No puedo dejar de pensar que a lo mejor nos hemos pasado un poco.
—¿Pasado? ¿Con qué? —A Macarena le costó averiguar de lo que hablaba sin preguntar antes. Cuando lo hizo, esbozó una lánguida sonrisa—. ¿Tú qué opinas?
—Pienso que están los dos solos. Juntos —ronroneó, besándola con toda la ternura que pudo emplear—. Pienso que podrían estar disfrutando igual que nosotros. Y pienso que podríamos… ¿repetir lo de antes?
Al final había conseguido hacerla reír. Mucho más tranquila y más excitada, Macarena se puso frente a él y le revolvió el pelo mientras dejaba que Gavin se aventurara por ese terreno ardiente y sedoso que habitaba entre sus piernas y que era solo para él.
—¿Sabes? —murmuró entre fuertes suspiros—. Venir a Stubborn es lo mejor que he hecho en mucho tiempo.
Porque le había encontrado, añadió para sí misma.
***
Tenía tiempo hasta la cena.
Estaba en Sidney, en el laboratorio encargado de los análisis de Solomon. Aprovechando el hecho de que Ethan todavía no hubiera recibido los resultados y preparándose para camelar a Sam, el encargado de la recepción y chico de los recados.
Sam había sustituido a Robert cuando este acabó en el trullo por su asunto con Hannah. Se conocían desde entonces.
—¡Cuánto tiempo! —saludó Sam—. ¿Cómo tú por aquí?
—Un jefe impaciente.
—El mío lleva unos días de vacaciones y ni siquiera puedo acceder a su ordenador para resolver imprevistos…
—Ethan tiene prisa —le interrumpió de la forma más amable que pudo emplear—. Mañana es fiesta y quiere los resultados del análisis de Solomon .
—Se los puedo pasar al correo electrónico en un momento.
—Ya sabes la alergia que le tiene al progreso informático, Sam. Mejor me los imprimes. Se los llevaré yo.
—No creo que le gusten. —Sam chasqueó la lengua—. Ese animal tiene los días contados.
—Lo suponía. Por eso te agradecería que no le dijeras a nadie que he estado por aquí. Le dejaré los resultados sobre la mesa y desapareceré —añadió, guiñando un ojo—. Los jefes suelen tener muy mala leche cuando las cosas no salen como ellos quieren.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —Resopló el chico—. No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.
Conectó la impresora y abrió la carpeta con toda la información que buscaba utilizando su contraseña personal, pero antes de encontrar el documento, alguien le llamó desde una de las salas de la planta baja.
—Hoy estamos bajo mínimos con el personal —protestó mientras atendía la llamada—. ¿Te importa esperar un momento? En cuanto vuelva te lo saco.
—No tendrás problemas con el tema, ¿verdad?
Sam se paró a mitad de camino y negó con la cabeza.
—Todo el mundo aquí te ha dado carta blanca hace tiempo, ya lo sabes —gritó antes de desaparecer.
Aprovechó el breve intervalo de tiempo en soledad y buscó el nombre de Ethan.
Sus dedos volaron sobre el teclado. Borró la información y vació la papelera de reciclaje con tanta rapidez que todavía le dio tiempo a marcharse antes de que Sam volviera.
No esperaba que su jefe estuviera de vacaciones, pero eso había facilitado las cosas. Al día siguiente era festivo. Sam buscaría los resultados como loco y hablaría con Ethan para terminar aconsejándole que repitiera la extracción de sangre.
Sonrió ante su propia perspicacia al conocer tan bien a Sam.
Aunque debía regresar a Stubborn, todavía era pronto. Tenía tiempo de prepararse para su esperada cena de Nochebuena e incluso tomarse unas copitas.
La suerte estaba de su parte.