Volver a empezar Serie completa 12 Lazos de familia #2
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12 Lazos de familia #2

Después de contemplar cómo su hermano tocaba fondo para volver a salir a la superficie, Gavin no iba a consentir que hubiera una tercera.

Se fue tras él y entró sin llamar. Lo encontró con un vaso de coñac en la mano derecha y la izquierda metida en el bolsillo de su vaquero. Con la mirada perdida en el infinito que se veía a través de la ventana y con la sangre en el brazo.

—Hay que llamar antes de entrar —refunfuñó—. Sobre todo cuando sabes que la persona del otro lado quiere estar sola.

—Pues no habernos pedido que viniéramos. Lo que ha pasado es demasiado grave como para que te lo tragues solo, así que guarda esa pose de duro, que estás conmigo y no con Caro.

—Os lo pedí por ella, no por mí.

Ethan era incapaz de racionalizar su situación. Estaba demasiado ocupado intentando protegerse de él y del resto del mundo. Gavin ya lo había visto otras veces. Aunque en esta ocasión también necesitaba ayuda emocional. Ni lo reconocería, ni la pediría.

Pero él se la daría.

—Estás acojonado porque no sabes qué hacer con lo que sientes por ella —insistió—. ¿Ya le has dado las gracias por haber conseguido la ayuda de Kamballa para ti?

—Kamballa está deseando ayudarme. Si no lo ha hecho antes es porque no la he dejado. Y no, todavía no le he dado las gracias.

No se enfadó con Gavin. Le daba en la nariz que ya tendría tiempo para eso. Le ofreció otro coñac y se sentó en su sillón predilecto. Por una vez en todo aquel asqueroso día, dejó salir la ansiedad que llevaba dentro hasta que la expresión de su cara cambió por completo.

—Caro está mejor que tú, que pareces un elefante en una cacharrería —añadió su hermano.

—Podría no estarlo. Y sería por mi culpa.

—Bueno, vamos a ver. —Asumiendo el rol de médico experto, Gavin le clavó los dedos en las mejillas y le sacudió la cara.  Después agrandó los ojos y resopló—. Los síntomas son claros: todavía no te la has tirado.

Ethan lo apartó de un manotazo con una mirada furiosa, pero a continuación sonrió. Gavin solo intentaba aligerar el peso de su culpa con una broma a lo bestia.

—Estábamos en ello —admitió, encogiéndose de hombros—. Si alguien no nos hubiera interrumpido cerca del lago…

—Así que te la llevaste a escuchar las kookaburras.

—Las escuchamos. Justo antes de los disparos.

Se masajeó el tabique nasal y suspiró largamente. Después dejó el coñac que no había probado sobre la mesa y volvió a levantarse.

Estaba tan nervioso que le era imposible permanecer quieto más de un minuto seguido.

—Te gusta mucho. Estás cayendo.

—No. —Aunque tenía que reconocer que había un vínculo muy especial entre su corazón y el de Caro, su pragmatismo no aceptaría más. Porque no había pasado ni una semana con ella, no se había acostado con ella, y lo más importante de todo: estaba Hannah—. Caro no ha tenido una vida fácil.

—No creo que eso importe demasiado a la hora de tener sexo del bueno.

—¿Quién está hablando ahora de sexo? Estoy hablándote de ella.

—Y parece ser que habéis alcanzado unas cotas de confianza muy elevadas, para que sepas de su vida hasta ese punto.

Mejor no responder como estaba deseando. Eso era justo lo que Gavin buscaba.

—Es espontánea y alegre —continuó, observando los restos de licor en la copa como si allí se concentraran todos sus problemas pasados, presentes y futuros—. Dulce, por mucho que se empeñe en ponérmelo todo patas arriba con la dichosa limpieza.

—¿Todo, todo?

Gavin se ganó un codazo por la broma.

—Cada vez que voy a hacer algo en la cocina, tengo que dedicar diez minutos a buscar lo que necesito —añadió, conteniendo una sonrisilla al pensar que Caro no sabía nada de esos inconvenientes—.

Además es valiente, divertida e inteligente.

El problema es que nadie parece habérselo dicho últimamente.

—Cuando hablas de ella se te calienta mucho la boca, Ethan.

—Cuando hablo de ella se me calienta algo más que la boca, Gavin. —Levantó la mano para evitar la respuesta mordaz y añadió—: La cabeza. He llegado a muchas conclusiones.

—Robert sigue en la cárcel. Y yo no creo en fantasmas.

—Esta tarde alguien la encerró en el recinto de Solomon. Alguien que sabía que Shiba estaba allí. ¿Hablamos de fantasmas?

Su hermano solo se encogió de hombros.

—No sé qué te traes con Caro —dijo, apretándole el hombro—, pero te ha dejado muy tocado.

—Te estás pasando de la raya.

—Pues perdóneme usted, señor veterinario —añadió Gavin, haciendo una reverencia tan ridícula que Ethan sintió ganas de estrangularlo—. Es que no puedo evitar partirme el culo de la risa al verte tan preocupado por una chica.

—¿Te gusta verme así?

—Me encanta. Porque Caro te hace sentir.

—Miedo por ella. Eso es lo que me hace sentir.

—Estás encoñado.

De eso nada. Por lo menos, no la clase de encoñamiento que se iba igual que venía. Este llegaba para quedarse, por mucho que a Carolina le faltara una semana para marcharse.

Él solo planeaba compartir con ella el poco tiempo libre que tenía, además de esas largas miradas insinuantes y sus risas espontáneas. Escuchar sus confesiones y ayudarla a relegar a ese tal Jorge al baúl de los recuerdos. Hacer el amor a todas horas hasta reventar.

Lo que él estaba era…

—Deja de decir chorradas —refunfuñó.

—Además tu capacidad de análisis se ha reducido bastante —continuó Gavin, cada vez más divertido—. Lo ocurrido en el parque pudo ser un descuido.

—¡No cuando se gira la llave dos veces! ¡Ni cuando tienes que esconderte de algún trastornado!

¡Y sí, cuando se trataba de Carolina él no razonaba, ni analizaba, ni pensaba!

La mirada aterrada de aquellos ojos dorados, que normalmente eran como dos catalizadores para él, se le había quedado grabada en la mente.

Si lo analizaba, las manos le temblaban casi tanto como las piernas.

Ahora que acababa de expresar todos sus miedos en voz alta, le parecían gigantescos, pero no podía evitarlo.

El hecho de imaginarse a Caro atacada por la tigresa o muerta a tiros, hacía que sintiera vértigo.

Era una emoción tan contundente como olvidada. No quiso compararla con nada ni con nadie, porque a la vez que le resultaba familiar, también le parecía desconocida.

—Venga, tranquilo. —Gavin volvió a acercársele, y él terminó por hundir los hombros—. ¿Has hablado esto con Caro?

—¿Qué le digo? —gimió, frotándose la cara con angustia—. ¿Que pienso que alguien la encerró con Shiba y que nos dispararon con la intención de arrancarnos la cabeza? ¿Que tengo miedo de que todo le esté pasando por mi culpa, exactamente igual que ocurrió con Hannah?

—Ni tuviste la culpa de lo de Hannah, ni la tienes ahora. Pero podrías dejar de tratar a Caro como si fuera una niña, Ethan. No necesita que le cuenten cuentos.

—Como si fuera sencillo. —Se revolvió el pelo y trató de dominar los sudores fríos que le hacían temblar.

Estaba tan desesperado que se bebió el coñac de un trago sin darse cuenta.

Pensó en Hannah. No sabía por qué acudió a su cabeza porque no tenía relación alguna con Caro, pero lo cierto fue que allí apareció.

Se alegraba de haber trasladado la foto y su nota al despacho.

Solo le hubiera faltado que Caro las descubriera antes de tiempo—. Le propuse denunciar, pero no quiso.

—¿Y qué quieres tú?

Actuar en algún sentido, en vez de quedarse quieto. Recuperar la capacidad de decisión en su vida. Había estado tan pendiente de lo que quería Caro que se había olvidado de lo demás.

—¿Tú qué crees? —preguntó a su vez, cruzando una sola y contundente mirada con su hermano.

Gavin le quitó el vaso de la mano y lo arrastró hasta la mesa.

—Empieza —dijo, encendiéndole el portátil.

—Soy veterinario. No puedo elaborar un informe médico así como así.

—Por aquí te llaman doctor. Si no sirve, volvemos a por ella y la llevamos al centro médico. Yo te acompaño.

No le quedó otro remedio que entrar en su dormitorio para coger la camiseta manchada, despidiéndose de las chicas con una sonrisa fingida. Cuanta más sangre hubiera, más caso le harían.

Como había supuesto, el trámite fue sencillo y rápido. A su vuelta, se encontró a Macarena abriendo y cerrando los armarios de la cocina, completamente desorientada.

—Ethan, Caro tiene hambre —dijo.

—Ya lo hago yo, no te preocupes.

Su momento de bajón había pasado. Quería estar solo con Caro. Después de despedirles, se dirigió a la cocina con toda la intención de sacar dos trozos de pizza del congelador, pero su cuaderno de recetas le llamó la atención sobre la encimera.

Se sintió malvado. Y curioso. Por eso echó un vistazo para asegurarse de que Caro seguía en la cama y lo abrió.

Lo que encontró le dejó completamente perplejo, porque iba mucho más allá de las recetas de cocina.

Se trataba de una especie de diario. Después de cada receta había anotaciones que, a buen seguro, reflejaban sus experiencias.

Vaya… Ethan casi se relamió al ver lo que tenía en su poder.

«Me relaja», le había dicho cuando le preguntó por la cocina.

Ahora veía que también le servía de vía de escape. Seguro que pensaba que un diario convencional era demasiado infantil para ella, así que decidió utilizar las recetas de cocina de una manera más creativa y profunda.

No pensó en lo arriesgado que podía ser curiosear. Lo hizo, y ya. Pero se decepcionó al comprobar las veces que aparecía el nombre de Jorge en esas reflexiones. ¡Valiente gilipollas!, pensó con una sonrisilla de orgullo.

Si supiera que ahora era él quien la tenía en su cama…

Eso debería contar a su favor, ¿no? Con un ramalazo de vanidad, siguió hojeando. Pues no. Su nombre no aparecía. Solo leyó un par de «él». El último, asociado a que se sentía «protegida y segura».

Bueno, eso solo podía significar que en su casa no tenía miedo, pensó para echar una mano a su orgullo masculino.

Por lo demás, estaba claramente espiando sus pensamientos, así que cerró el cuaderno de golpe más contrariado de lo que quería reconocer.

A regañadientes, preparó la pizza para volver a su cuarto, con la intención de compartir cena y novedades con ella.

Si tenía ganas de comer, quizá también tuviera ganas de…